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Quito no aguanta más: que se vayan todos

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Jorge Yunda Corrupción

Para que Quito salga por sus fueros no será por causa de la justicia, que cada vez está peor, sino por los quiteños. Mañana es la marcha por la dignidad de la capital.

Fotos: Juan Ruiz Condor – API

Las elecciones de marzo de 2019 para la alcaldía de Quito mostraron la mezquindad de políticos que solo buscaban su figuración personal y dejaron de lado el servicio a los demás. Fue un comicio en donde la fragmentación de candidatos provocó un efecto similar en los votantes, que no tuvieron claridad para seleccionar a su alcalde. Y se equivocaron bastante feo…

Quito, durante muchas décadas, mantuvo una tradición de excelentes personeros municipales que fueron los primeros ciudadanos de la capital de los ecuatorianos y sus voceros, cuando de luchar por los derechos de la ciudad se trataba. Nombres ilustres e inolvidables como los de Jacinto Jijón y Caamaño, José Ricardo Chiriboga Villagómez, Jaime del Castillo, Sixto Durán Ballén, Álvaro Pérez, Rodrigo Paz, Jamil Mahuad o Roque Sevilla, que dieron al primer sillón de la ciudad un lustre importante. Hubo un lunar en todo ese tiempo -Gustavo Herdoíza- que fue excepción y no regla, pero presagiaba los peligros que se viven actualmente.

Para calificar la gestión de los tres últimos alcaldes, los peores que ha tenido la ciudad en su historia (Barrera, Rodas y Yunda) hay que fusionar la incapacidad y la ineptitud de esos tres personajes con la llegada del momento más nefasto para la ciudad con la irrupción del modelo populista de la “década perdida-robada” de Rafael Correa y la implementación del Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (COOTAD), que reemplazó a la Ley de Régimen Municipal (a partir de la Constitución de Montecristi en 2008), donde se hicieron modificaciones que incrementaron la autoridad del alcalde y los concejales. 

Por esa razón el alcalde es, prácticamente, quien toma todas las decisiones y concentra el poder en su persona y con esa gobernabilidad se asegura su dominio -bajo la modalidad de este código- entregando cuotas de poder a los concejales que, antes de la vigencia del COOTAD, asistían a sesiones y ganaban dietas. Actualmente son funcionarios de tiempo completo con buen sueldo y, adicionalmente, cada concejal maneja un área -feudo- (mercados, parques, transporte, cultura, deportes, agua potable y alcantarillado). En la alcaldía de Rodas, un exconcejal (Eddy Sánchez), juzgado por lavado de activos en el ejercicio de sus funciones, era quien mandaba en los mercados, mientras usaba grillete en su tobillo. También quiso ser alcalde.

El actual código perpetuó la ineficiencia que ya existía en el manejo de la ciudad. En las últimas tres administraciones municipales se aumentó considerablemente la burocracia (Quito tiene 22 000 servidores, mientras que Guayaquil solo tiene 4 000). Esta burocracia, aunque el exalcalde Barrera lo niegue, se incrementó en su alcaldía, para pagar favores a simpatizantes del correísmo que no hallaron “pega” en la administración central.

También ha habido funcionarios investigados por corrupción. Asesores, concejales y el actual alcalde usando grillete. Se han dado vergonzosos allanamientos a sedes municipales (como las del agua potable, la secretaría de salud o el metro de Quito). En tiempos recientes se agregan las irregularidades en la adquisición de pruebas de detección de COVID-19 (por esto Yunda enfrenta un juicio por peculado), los extraños desvíos de fondos de las cuentas de la EPMAAP a Hong Kong y otros destinos, así como la fuerte injerencia de personajes del entorno personal o familiar de los alcaldes (hijos, esposas, amantes y compañeras sentimentales, entre otros).  

Yunda fue removido de su cargo con el voto de 14 concejales (como señala el procedimiento del COOTAD), pero éste se da modos para aferrarse al cargo, con maniobras judiciales y leguleyadas ante cualquier tribunal en donde pueda influir. En el Consejo de la Judicatura, con mañoserías, se contactó con pesos pesados de la institución, presentó recursos legales (acción de protección y medidas cautelares) para que sean conocidos por pocos jueces y sin sorteo (hasta con falsificación de la firma de una secretaria de sorteos de los juzgados) e interpuso una acción de protección como si fuese un caso de violencia intrafamiliar y presentó medidas cautelares como un asunto de honorarios profesionales. Yunda ha usado su cargo para defenderse. 

Como las gestiones judiciales lo favorecieron, siguió actuando en la alcaldía como si nada. Fue entonces cuando el Tribunal Contencioso Electoral dictaminó (por 5 votos a 0) que la remoción de Yunda tenía valor de sentencia, pero él no la acató. En la Judicatura se descubrieron algunas de sus maniobras (la inexistencia de sorteos para sus causas o la falta de competencia de los jueces que fallaron a su favor, además de firmas falsificadas y sorteos nunca realizados).

En la única audiencia a la que asistió, donde se resolvía la revocatoria de las medidas cautelares decididas antes por uno de los jueces sin sorteo, al no obtener fallo favorable, se declaró en indefensión pero amenazó y vaticinó: esperaba la decisión de la Corte Provincial de Justicia de Pichincha. En efecto, como sucedió -y probablemente él estaba seguro de ese fallo- la sala de lo civil y lo mercantil dejó sin efecto su remoción al rechazar la acción de protección “porque vulneraba sus derechos constitucionales”. 

Como dice el articulista José Hernández en Expreso: “el hecho cierto es que esos cuatro jueces salvan, hasta ahora, irregular y sospechosamente, al alcalde de Quito que fue removido de su cargo respetando las formalidades, según dictaminó el Tribunal Contencioso Electoral, máxima autoridad en esa materia”.

El vicealcalde Guarderas que, al inicio, apoyaba a Yunda, como declaraba en la campaña electoral de la alcaldía, duró en el cargo doce días. Como escribía Juan Esteban Guarderas “el éxito, los puestos, no son una garantía de honor. El hecho de conseguir un sitial, cualquiera que este sea, no produce automáticamente honor. La dignidad, la decencia, la entereza, la integridad tampoco se generan así”.

Refiriéndose a Guarderas decía: “usted apoyó ‘a brazo partido’ a Jorge Yunda y llegó a la vicealcaldía debido a que no hubo nadie que apostó por Yunda tanto como usted. Ese señor fue catastrófico para la capital. Usted interpretó la capacidad de jugar ecuavóley como un posible indicador de buena gestión. Usted apostó únicamente por el proyecto que lo llevaría al poder, independientemente de los daños que se generarían. ¡Sí, sería una alcaldía catastrófica, pero me llevará al Municipio! Habrá daños, ¡bueno, son efectos colaterales de satisfacer mi ego!”

El racismo y otras hierbas

Yunda declaraba que el acto de removerlo fue por racismo, una tesis agradable a los oídos del correísmo, que nombró a Yunda superintendente de telecomunicaciones en 2007, donde consolidó -mediante testaferros- un consorcio de radiodifusoras y canales de televisión, con la marca Canela que, junto al holding estatal de Correa y al del “fantasma” González, fueron los más importantes en esa época.

Es verdad que Yunda logró el 21,35% (solo 296 096 personas votaron por él para ganar la alcaldía de Quito). Sus rivales, la correísta Maldonado (18,44%), el exalcalde Moncayo (17,74%) y Montúfar (17,05%) estuvieron cerca. Pero la fragmentación hizo que muchos candidatos (18 en total) se quiten votos y al final los más opcionados sean perjudicados. Y no hay que pensar demasiado en qué hubiese pasado si ganaba la candidata correísta.

Con cálculos matemáticos simples, solo entre Moncayo y Montúfar sumaron el 35% de votantes, más el resto de candidatos (16 en total). El 60,21% de votantes  (833 366) no votó por Yunda ni Maldonado -la quintaesencia de lo peor del correísmo- que tanto dañó a Quito desde tiempos de Barrera. Pero Yunda sigue desafiando la paciencia de los quiteños al decir que sus recursos legales fueron por quienes votaron por él y que, para sacarle de la alcaldía, “deben ganarle las elecciones”. Como hubo tantos candidatos a la alcaldía, si se hacían alianzas en favor de uno, le hubiesen ganado fácilmente al ‘rey’ del ecuavóley, la radio chusca, los panas y del hijo ‘reguetonero’ y sinvergüenza”. Hasta Barrera dice que “la alcaldía de Yunda es indefendible (…)”

Una ciudad: ¿dos alcaldes?

Las ironías de las redes sociales sugieren que los dos alcaldes dirijan la ciudad según el sistema de pico y placa. Bromas aparte, la situación que vive la ciudad es calamitosa. Estos dos personajes reclaman la titularidad de la alcaldía. Desde cuando la Corte Provincial de Pichincha rechazó la apelación a la acción de protección que la jueza Domínguez le otorgó a Yunda el pasado 28 de junio, él regresó inmediatamente al despacho que dejó solo por doce días. Indignado, Guarderas dijo que presentaría “acciones pertinentes”, sin revelar su estrategia. 

Si los dos dicen ser alcaldes, cuál sería la suerte de la ciudad, mientras se dirimen en el terreno de la justicia estas incoherencias judiciales como todas las que ocurren en el país tras la desinstitucionalización iniciada en el 2011, con la metida de mano en la justicia de Correa. Ambos dicen tener la razón, pero Quito es un barco a la deriva, sin norte fijo, en medio de la inseguridad, con una obra pública que no se hace, no existe ni se inaugura, con paredes llenas de grafitis, edificios abandonados y un Jorge Yunda inaugurando obras invisibles. ¿Para cuándo el Metro? Ya mismito…

Yunda asistió a un acto municipal e “inauguró” la pavimentación de una calle (una sola) en una parroquia rural en Yaruquí. Dice que es el alcalde y que le quedan dos años más de mandato. Según el constitucionalista André Benavides “Guarderas solo puede acudir a la Corte Constitucional para interponer una acción extraordinaria de protección que ratifique la sentencia del Tribunal Contencioso Electoral”. Pero, mientras esa Corte no resuelva el caso, Yunda sigue como alcalde. Para Jessica Jaramillo, vocera del Frente de Profesionales por la Dignidad de Quito, que impulsó la remoción de Yunda, la sentencia del Contencioso Electoral (TCE está en firme y debe ser cumplida y el delito en el que Yunda incurre, al seguir como Alcalde, es su desacato a esa resolución.

La tragedia de Quito

Así calificó a lo que está sucediendo en la capital ecuatoriana el exvicepresidente Alberto Dahik, señalando que “el problema gravísimo por el cual atraviesa la ciudad de Quito pues no es un problema de ‘la municipalidad’, ni siquiera de todos los quiteños, es ya un problema nacional”.

Como señala el ex segundo mandatario existe una pelea entre bandos que se disputan -como las pandillas que luchan por prevalecer en las cárceles- para saber quién mismo es el alcalde. Pero, los problemas no son solo sobre quién ocupa el cargo y qué concejales apoyan a cada uno, sino que Quito se ahoga en las turbulencias de un pésimo manejo financiero, donde el gasto corriente (30% del presupuesto total) -sueldos de los burócratas- es mayor que el gasto de inversión (no pasa del 30%), con un sistema de transporte, el Metro (que se lleva el 40% del presupuesto de la ciudad), sin certeza en el inicio de sus operaciones que, probablemente, se postergarán hasta quién sabe cuándo…

La nómina municipal es abultada y se da el caso, como señaló Guarderas en sus pocos días de gestión, “que existen hasta tres personas que hacen el mismo trabajo de una sola” en algunas dependencias municipales. Hay muchas comisiones, subcomisiones, secretarías, subsecretarías, direcciones y subdirecciones y demasiada gente en el Municipio de Quito que no sabe cuáles son sus funciones ni cómo realizarlas.

Desde la nefasta alcaldía de Augusto Barrera se fue agrandando la burocracia municipal, que no fue reducida por Mauricio Rodas y, más bien, se incrementó en el período de Jorge Yunda. Tampoco existen balances contables y financieros confiables en las empresas y direcciones municipales. En las dependencias existe celo y secretismo para compartir la información. 

Quito debe mirarse en el espejo del Guayaquil de los años 70 y 80, cuando el puerto principal fue gobernado por individuos cuestionados por corrupción. Se recuerda la alcaldía de un presentador de televisión, Antonio Hanna, quien terminó en la cárcel, acusado por el escándalo de las procesadoras de basura. También a Bolívar Cali Bajaña, a quien el imaginario porteño bautizó como “baja calaña” y después, los Bucaram (Abdalá y Elsa), que hicieron del municipio una alcantarilla, denigrando a la población guayaquileña con los teletones navideños, donde arrojaban por un tobogán juguetes que la gente, desesperada, intentaba atrapar.

Dahik recuerda que “Guayaquil vivió épocas muy obscuras en su municipio, realmente tenebrosas. Con gran decisión se realizaron los cambios requeridos, y se pasó de un municipio enfermo de muerte a un motor que le dio vida y cambió a nuestra ciudad”.

Para volver a ser lo que antes fue

Quito llegó a la cloaca en donde está porque no escogió bien a los últimos alcaldes. El uso político de la municipalidad que hicieron gobernantes como Correa y políticos oportunistas de la ciudad, así como la indecisión para hacer cambios necesarios muestra hoy este espectáculo de parodia donde la justicia juega un rol de ridícula comparsa, beneficiando a políticos descarados como Yunda.  

Quito cayó al suelo, pero cuando se creía que era lo más bajo a lo que se podía llegar, optó por Yunda, que se convirtió en el sepulturero que espera, pacientemente, darle a la ciudad los santos olios y la extremaunción y declararla clínicamente muerta. No se equivocan las Cámaras de Comercio y de la Producción cuando advierten el caos en el que está la otrora “Luz de América”, y exigen cambios urgentes, ante la inestabilidad e inseguridad existentes. 

Entre las iniciativas ciudadanas que circulan por redes sociales y medios de comunicación está la realización, de manera urgente, de nuevas elecciones para alcalde antes del fin del período. Los más radicales piden “que se vayan todos” y no solo el alcalde “re-movido” y “re-instalado”, sino también el o los vicealcaldes (¿siguen siendo?) y los concejales irresponsables que permitieron llegar a este enmarañado estado de las cosas.

Quito debe enfrentar su realidad y hacer lo correcto. Es la hora de que prevalezca la iniciativa ciudadana, quizás recogiendo firmas o pidiendo a las autoridades electorales, constitucionales o de cualquier índole resolver, de una vez por todas, la enfermedad del agonizante al que, en lugar de aplicarle terapias para aliviar sus dolencias, le han dado remedios para matarlo (Yunda es un médico que no ejerce, no hay que olvidarlo). Quito parece un enfermo desahuciado, pero el compromiso es que Quito se levante.  

Pero, para que Quito salga por sus fueros no será por causa de la justicia, que cada vez está peor, sino por los quiteños, que deben demostrar en las calles lo mismo que se hizo en horas aciagas del pasado: la reacción ciudadana ante la masacre del 2 de agosto de 1810, la Gloriosa de 1944 o la caída de Bucaram en febrero de 1997. 

Como menciona el articulista y jurista Fabián Corral en “réquiem por una ciudad”, “agoniza la ciudad. Muere su dignidad, caducan sus valores, prospera el cálculo político. Los jueces resuelven que más importante es el interés de un sujeto, la estrategia de un aspirante a caudillo, que la seguridad jurídica, que la certeza de las leyes, que los derechos de los ciudadanos, y los derechos y el destino de la Capital. Sí, más importante que los derechos de Quito”.

Como agrega Corral “agoniza una ciudad que fue la cara de la República, el sitio de encuentro, el punto de referencia, el signo distintivo del país”. Para el autor, qué se puede decir ahora del centro histórico, “antes monumento de la arquitectura colonial, expresión del mestizaje y el arte”, que hoy es “un mercado donde impera el griterío, el desorden, la delincuencia y la suciedad”. 

¿Qué es hoy el Municipio? Un revoltijo de intereses y mezquindades. De un alcalde y unos concejales que piensan solo en sus feudos de poder, no en el interés por la ciudad. La ciudad creció, pero también crecieron sus problemas. Se acabaron las vecindades donde todos se conocían y el espíritu barrial, que eran las micro identidades de una gran razón. 

La ciudad perdió su esencia española (y esto no solo tiene que ver con la supresión de las corridas de toros, sino de algo más profundo), pero también perdió la idea del mestizo y del indígena en medio del tráfago cotidiano, donde impera la ley del más fuerte y del más vivo. Acota Corral: “los vecinos no cuentan; los ciudadanos no existen; los contribuyentes no tienen derechos; la seguridad es un recuerdo; las calles y plazas se ahogan en el desorden, el tráfico, la basura y la humareda de los buses”.

¿Dónde quedó el Quito de antes y de siempre? La orgullosa ciudad de la rebelión de las Alcabalas de 1594, de la revuelta de los Estancos o Barrios Quiteños de 1766, la del grito de independencia del 10 de agosto de 1809, la de la constitución quiteña de 1812, la del 24 de mayo de 1822, la del pueblo que se rebelaba ante las arbitrariedades. ¿O lo que hay es el Quito de Barrera, Rodas y Yunda?¿Se merece Quito seguir con este lamentable desfile de alcaldes incompetentes y leguleyadas de quienes se atornillan al cargo? La respuesta, definitivamente, es no.  

Como menciona el periodista Martín Pallares: “de lo que ocurra en estos días depende que la ciudad pueda volver a tener un Municipio legítimo y decente. Por lo pronto hay tres escenarios: el recurso ante la Corte Constitucional que luce demorado, la movilización ciudadana que lo único que podría generar es una presión ante la misma Corte Constitucional y la posible demanda del TCE, ante la propia Corte Constitucional, por conflicto de competencias”.

Quito no se merece esto. Lamentablemente, la ciudad ha escogido en las urnas este destino, pero la obligación de los ciudadanos es cambiarlo. La capital de todos los ecuatorianos no puede morir así, porque de Quito depende el destino de un país que busca salir adelante. Quito nunca más debe ser una ciudad abierta para que cualquier charlatán de turno la maneje a su antojo. La ciudad debe volver a ser lo que era. No esa ciudad atrapada entre la demagogia y la ineptitud. Que salgan de la zona de comodidad las elites y los ciudadanos y reaccionen. Quito no aguanta más. ¡Que se vayan todos! ¡Que Viva Quito, carajo…!

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