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Perú en un callejón sin salida

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Con seis presidentes en cuatro años, Perú es el símbolo de la ingobernabilidad política que afecta a muchos países de Latinoamérica. La novedad en el caso peruano es la estabilidad de la economía y la moneda a pesar de las crisis políticas.

Foto: Flickr Presidencia del Perú

Perú lleva una década entera en crisis política con una sucesión de ocho presidentes, alguno de ellos con una duración de pocas semanas. Sin embargo, hay continuidad en el modelo económico y sigue llegando la inversión extranjera.

Los problemas de Pedro Castillo “el sombrero luminoso”

El presidente Pedro Castillo, elegido para cinco años, solo pudo sostenerse un año y medio en el poder. Llegó a la presidencia, igual que otros mandatarios de la región, como una sorpresa política y como rechazo de los electores a los partidos políticos que no se interesan en resolver los problemas del pueblo y se ven envueltos en casos de corrupción.  Castillo era un maestro de escuela de una población muy pobre, militó en un partido político de izquierda, Perú Libre, fundado por Vladimir Cerrón, un neurocirujano admirador de Cuba, que no pudo ser candidato a la presidencia por haber sido condenado por la justicia. La mezcla de un programa de izquierda, el recuerdo de Sendero Luminoso y el símbolo utilizado por Castillo, el sobrero típico de su región, llevaron a calificarle como “sombrero luminoso”.

Vladimir Cerrón, el político temido por la clase dirigente peruana, fue impedido de llegar a la presidencia, pero muchos creían que era quien manejaba los hilos del poder, sobre todo cuando pretendía abolir la Constitución para diseñar un nuevo modelo parecido al de Cuba, “desmontar el modelo neoliberal para pasar de una economía social de mercado, que no tiene nada de social, a una economía popular con mercados, donde el hombre no sea un objeto mercantil”. Presionaba a Castillo para que cumpla el compromiso de cambiar la Constitución y desmontar la estructura económica y social que imperan en Perú. La economía popular que deseaba imponer definía como “aquella economía que combate, por ejemplo, el centralismo económico. Lima se queda con el 74% del presupuesto y solamente un 25% va a los gobiernos regionales y un 5% a los municipales”.

Cerrón se distanció de Castillo porque éste no cumplió los compromisos asumidos y para sobrevivir tuvo que entregar parcelas de poder para ganar apoyo político. Para Cerrón eso significaba allanarse al sistema cuando la propuesta era cambiar el sistema. 

La clase dirigente peruana consideró desde el inicio que Castillo no tenía la educación ni la capacidad para gobernar el país y el Congreso le hizo la vida imposible negándole todos los proyectos de ley que había presentado. La fiscalía le inició investigaciones por corrupción y el Congreso juicios políticos para destituirle. Cuando Castillo advirtió que había votos suficientes para su destitución, decretó la disolución del Congreso. Sin apoyo militar el golpe de Castillo fue un fracaso, el Congreso declaró vacante la presidencia por incapacidad moral y su propia guardia le entregó a la justicia.

Dina Boluarte, acorralada por amigos y enemigos

Elegida vicepresidenta en binomio con Pedro Castillo, Dina Boluarte asumió la presidencia por mandato constitucional, condenó el intento dictatorial de Castillo y propuso un gobierno de unidad nacional. Sin apoyo político suficiente, las posibilidades de gobierno de la primera presidenta que tiene Perú parecen muy limitadas. No tiene mayoría en el Congreso y enfrenta la protesta callejera en todo el país. Los amigos de Castillo en el sur le ven como traidora y los enemigos como otro político popular sin capacidades para gobernar.

Maestra de profesión, la presidenta carece de preparación política. Intentó una alcaldía y fracasó; tampoco puso ir al Congreso como diputada, pero llegó a la presidencia en binomio con Pedro Castillo. Desde que juramentó el cargo hasta el 2026, empezó la protesta callejera pidiendo la convocatoria a nuevas elecciones. La protesta que va extendiéndose por todo el país y aumentando en virulencia, pide también la disolución del Congreso al grito de: Que se vayan todos.

La autoridad de la presidenta se erosiona rápidamente. Pretendía quedarse hasta el 2026, pero ante la protesta y el reclamo de elecciones anunció que solo se quedaría hasta el 2024. Los manifestantes exigen elecciones inmediatas y el gobierno trata de calmarlos anunciando que adelantará las elecciones todo lo posible. El proceso electoral tiene plazos que hay que cumplir y parece imposible realizar elecciones en menos de un año. El destino de Dina Boluarte puede ser el mismo que el de los seis presidentes de los últimos cuatro años: terminar cediendo a la presión y concluir anticipadamente un mandato que carece de base política y condiciones de gobernabilidad.

Un país que funciona sin presidente. 

Los problemas del Perú son similares a los de todos los países de Latinoamérica: partidos políticos desprestigiados, políticos entregados a la corrupción, inestabilidad de los gobiernos y necesidad de reformas que no se producen. La diferencia con Perú es que sigue funcionando a pesar del caos. La economía no se ve afectada, la moneda permanece estable, hay crecimiento y la gente se ha acostumbrado a castigar a los partidos eligiendo advenedizos y después botar a los elegidos.

Todos los intentos de reformas importantes han sido neutralizados. Castillo y Perú libre tenían una plataforma política revolucionaria, pero no pudieron hacer nada. El Congreso pese a su desprestigio, ha funcionado como estabilizador y como guardián del sistema. 

En las próximas elecciones puede producirse una repetición de lo que ya ha vivido el país, que aparezcan figuras antisistema que encandilen al electorado y pasen por encima de los partidos. Una de esas figuras puede ser Antauro Humala que ha salido hace poco de la cárcel después de cumplir su condena de 18 años y ha logrado que sobreviva su proyecto que es ultranacionalista, con aspectos muy negativos como su posición radical en contra de los inmigrantes, pero también con posibilidades de entusiasmar a las masas ansiosas de reivindicación. 

Por el momento no se ve una salida política para Perú, pero la buena noticia es que la economía no se derrumba, sigue funcionando y es la estabilidad de la economía la que, por paradoja, le resta riesgos a la crisis política y provoca que los peruanos se hayan acostumbrado a vivir en la inestabilidad.

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