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El discurso de Guillermo Lasso

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Un discurso inaugural puede tener muchas interpretaciones y puede decir más de lo que transmiten sus palabras. Los ciudadanos debemos tratar de interpretarlas correctamente; pueden haber sido pronunciadas para provocar varias lecturas.

Foto: Flickr Asamblea Nacional del Ecuador

No se trata de hacer la exégesis del discurso, solamente destacar algunos aspectos que nos ofrecen pistas acerca de lo que será el gobierno de Guillermo Lasso. Todos los presidentes intentan, en el discurso inaugural, poner a la vista de los ciudadanos el cambio ofrecido. Todos quieren ser diferentes y todos quieren incendiar el corazón de los ciudadanos, pero también tienen que usar zapatos de plomo para mantenerse sujetos a la realidad. 

El discurso de Lasso ha tenido apariencia de sencillez, emotividad, pero con destellos de espiritualidad y con la voluntad de trazar la línea que debe separar el pasado del futuro. Ha señalado los puntos del encuentro prometido y ha concluido con la velada amenaza de una consulta popular.

Un destello de espiritualidad

En su discurso no apareció nada de resentimiento ni reclamo al pasado que ha sido una estrategia política repetida, sembrar desde el comienzo la idea de que es el pasado el culpable de posibles incumplimientos. Nadie recibe el país que quisiera, casi todas las transmisiones de mando han sido tensas, muchas veces han necesitado un mediador entre saliente y entrante. Lasso allanó el camino con una actitud de benévola comprensión de los problemas que hereda y confiada certeza en su capacidad para cambiar la realidad. 

Ni siquiera la corrupción, el monstruo que nos devora vivos, ha logrado envenenar su discurso. La seguridad en la tarea que emprende probablemente viene de asumir su mandato como una misión, una dimensión espiritual que expresó con una frase de San Pablo (Noli vinci a malo, sed vince in bono malum. Rm 12 , 21), pero dicho al modo de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei: “ahogar el mal en abundancia de bien”. Para calmar las inquietudes que pudiera despertar esta fe religiosa, aseguró que será el jefe de un Estado laico, aunque propenderá a una gran reconciliación entre el Estado y las religiones que conviven en el país.

Dimensión histórica de su presidencia

Se ha planteado, en la teoría y en los objetivos prácticos, metas muy exigentes. Hizo el diagnóstico, no solo de una presidencia, sino de la historia nacional en la que los gobernantes le han fallado al país porque nos han entregado históricos niveles de desempleo, incapacidad para encarar la pandemia; un país donde los corruptos llenan los bolsillos mientras los niños no pueden llenar el estómago; crónica desigualdad entre el mundo urbano y el rural; un país que le ha fallado a la juventud y ha dejado a los jubilados en el olvido.

Al hacer este diagnóstico plantea su presidencia como un cambio de la historia nacional, la recuperación de los principios olvidados y la reparación de todas las injusticias. Despierta expectativas que pocos verán con posibilidades de realización. Sin embargo, puso todo el empeño en pintar su misión como una ruptura de dimensiones históricas. Borró la etapa de Lenín Moreno y proclamó la ruptura con la revolución ciudadana y el populismo para anunciar el inicio de una nueva era que reemplazará a la era de los caudillos. 

Esta formulación es una maniobra hábil para desechar una etapa sin importancia histórica, pero con la que mantuvo una alianza política, para confrontar con el presidente anterior, con el que había llegado a un acuerdo de gobernabilidad. Sin decir su nombre le caracterizó como el último de los caudillos, que se creía un mesías, un iluminado con respuestas para todo y que sucumbió a la tentación del autoritarismo. Como una frase tallada en piedra sentenció que aquellos que buscan todo el poder, luego terminan buscando clemencia para sus crímenes. Tal vez quiso dejar caracterizadas así las negociaciones del acuerdo de gobernabilidad fallido, como una petición de clemencia. Aunque advirtió que termina la persecución política, que no perseguirá a nadie. Ante el riesgo evidente de que el odio cambie de bando, ha declarado que no ha venido a saciar el odio de pocos sino el hambre de muchos.

Los puntos del encuentro

A ese panorama del pasado caudillista, Lasso contrapone su declaración de principios y sus promesas más concretas. Define el espíritu del encuentro como la promesa de equilibrio entre crecimiento económico y justicia social, por eso señala como primer punto de encuentro la ruralidad, direccionar los esfuerzos y los recursos al campo para dotarle de agua, vialidad, escuelas y hospitales. Como segundo punto de encuentro la lucha por eliminar el hambre y la desnutrición infantil que prolonga las injusticias en el tiempo.

Todos los sectores de la sociedad tienen grandes esperanzas en el gobierno de Lasso, incluyendo a los más ricos, porque aspiran a la rehabilitación de la economía destrozada por la crisis y la pandemia. Advirtió que tendrá prioridades al decir que mientras, como país, no podamos ayudar a los más pobres, su gobierno no podrá ayudar a los más ricos. Podía haber parecido un balde de agua fría, pero enseguida anunció que Ecuador abre sus puertas al comercio mundial, que firmará tratados de libre comercio, que ingresaremos a la Alianza del Pacífico y que llevará más Ecuador al mundo y traerá más mundo al Ecuador.

Una promesa difícil que compromete a todos

Derrotar la pandemia es una condición para cualquiera de las promesas de buen gobierno y es indispensable para marcar una nueva era. Nueve millones de vacunas en cien días significa 90 000 vacunados por día y ya han pasado tres días sin una sola vacuna. Si cumple esta promesa el país le creerá capaz de alcanzar cualquier meta, si no la cumple habrá destapado el sifón para que se vaya su capital político como agua.

La vacunación no es un problema de logística como sugieren todos porque solo hablan de la organización. Será el más grande despliegue logístico de nuestra historia, dijo el presidente, pero nadie habla de vacunas, cuántas tenemos, cuántas hemos comprado, cuándo serán entregadas, de dónde vendrán. La logística sanitaria resultaría un fiasco si las farmacéuticas, los Estados, los amigos no envían vacunas por millones.

La salud no tiene ideologías, como dijo el presidente, nadie puede negar su contribución al éxito de la misión, siempre que haya la materia prima. La primera causa es también la primera prueba. Si resulta bien, el pueblo le premiará y será, como proclamó en el discurso inaugural, el mejor pueblo al que un presidente puede aspirar.

La institucionalidad hasta que el pueblo decida lo contrario

Todo el país conoce que las instituciones están en crisis. El Consejo de Participación Ciudadana, el que organiza los concursos para elegir titulares de los organismos de control, está acosado, amenazado, disminuido. La Contraloría tiene a su titular en prisión, el Consejo de la Judicatura es blanco de críticas, hay diversas propuestas para cambiar la institucionalidad mediante una consulta popular. El presidente Correa utilizó el Consejo de Participación Ciudadana para elegir funcionarios afines en los organismos de control. El presidente Moreno utilizó el Consejo de Participación Ciudadana provisional para hacer nombramientos a su gusto. ¿Qué hará el presidente Lasso?

En el discurso dijo que aceptará la institucionalidad vigente solo hasta que el pueblo decida otra cosa. Habrá consulta popular y será pronto, antes de que empiece a perder capital político. El problema es el alcance que tendrá esa consulta. Puede plantearse desde la reducción del número de asambleístas que tendría la más alta votación, hasta la eliminación del Consejo de Participación Ciudadana o la bicameralidad. Todo dependerá de las posibilidades de un acuerdo con el bloque de Asambleístas de Pachakutik.

La primera opción será un acuerdo legislativo que asegure la gobernabilidad, como sugiere el evidente afán de seducir a la presidenta de la Asamblea Nacional Guadalupe Llori. Puede resultar inútil porque deberá lidiar no solo con el bloque legislativo, sino con el partido y con la Conaie. Llori asegura que una cosa es Pachakutik y otra cosa la Conaie, insinuando que pudieran tratar de navegar a dos aguas, haciendo acuerdos en la Asamblea mientras protestan en las calles.

La realidad es distinta de cualquier plan, ni siquiera los amigos son lo que parecen. Uno puede imaginar el disgusto que habrá tenido la cúpula de CREO cuando su presidente hablaba del futuro en Guayaquil con Correa, con Nebot, con Pavel Muñoz y Henry Kronfle, mientras ellos estaban lejos. No creo que hayan tolerado sumisamente el desaire. 

Los medios y los periodistas, lo que se llama la opinión pública, puede ser todo y nada, a veces lo uno, otras veces lo otro. Ahora ha logrado cambiar la decisión presidencial, echar abajo un acuerdo de gobernabilidad, ha aplaudido la sabiduría del nuevo gobierno y ha minimizado las discrepancias con los nuevos aliados; no será fácil después criticar al presidente Lasso si la alianza con Pachakutik se torna áspera.  

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