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Cambio de civilización después de la pandemia

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La globalización ¿ha llegado a su fin? Muchos economistas pronostican el retorno a lo local en el comercio y sociólogos y filósofos pronostican cambios en la cultura y hasta el fin de una civilización.

Foto: Kaike Rocha – Pexels.com

Para caracterizar el pesimismo y el optimismo podría decirse que el pesimista no tiene futuro y el optimista no tiene pasado. El pesimista ve el futuro con recelo y desconfianza y vive persuadido de que todo tiempo pasado fue mejor. El optimista cree que el futuro será siempre mejor, es un convencido del progreso continuo. En la época dorada de la televisión los éxitos morían el mismo día que se alcanzaban porque al otro día todo empezaba de nuevo. Un presentador de noticias despedía la emisión diaria con la frase: “esto ya es historia”.

El coronavirus y su secuela económica han matado el optimismo que ha exhibido la humanidad en las últimas décadas. La tecnología era una promesa que no conocía límites y parecía capaz de resolver cualquier dificultad. La medicina había derrotado casi todas las enfermedades y la manipulación genética ofrecía alargar indefinidamente la vida. La computación había logrado reducir los tiempos en todos los procesos y sus aplicaciones transformaron la producción agrícola, el transporte, la educación y el entretenimiento.

La pandemia con su carga de muertos en todo el planeta y la paralización de la economía ha puesto fin a una era de optimismo y devoción en el progreso. De pronto la ciencia no sabe nada del virus; no sabe de dónde proviene, cómo se contagia, cómo mata, cómo se cura ni cómo desaparecerá. Ahora que todos los gobernantes del mundo se rodean de científicos, es cuando menos saben y menos respuestas tienen a las preguntas; la única solución que ofrecen es el confinamiento. 

El pesimismo, el temor al futuro empiezan a hacer presa de las naciones. Casi todos los países tienen malos pronósticos, todos saben que ha terminado una era, que el mundo debe cambiar, pero no saben en qué ni cómo. Las profecías de Huntington y Fukuyama vuelven a resonar. El sentido de la historia se desvanece una vez más y nos recuerda que civilizaciones brillantes como Babilonia, Egipto, Grecia y Roma perecieron y la humanidad retrocedió a la oscura Edad Media. La humanidad tardó siglos en recuperar el nivel de esas civilizaciones. El historiador Henri-Irénée Marrou, nos previno en 1969 que el desastre puede repetirse porque: “ Lo que la teología, la historia y el sentido común me han enseñado  es que las civilizaciones que permiten la profundización de la brecha entre el ideal que proclaman y las realizaciones que exhiben, son las civilizaciones que mueren por su hipocrecía”.

En los años 80, en lo mejor de la civilización del bienestar, el espectáculo y el entretenimiento, la canción más popular, de los ingleses Roland Orzabal y Curt Smith, se llamaba “Todos quieren gobernar el mundo”; ahora parece que nadie quiere gobernar el mundo. El que creíamos lider mundial se ha entregado a la política personal y doméstica. La unión Europea no puede  apenas mantenerse unida y China carga con la mala conciencia del nebulosos origen del virus. En nuestro país, el gobierno que tiene todos los poderes, que encierra a los ciudadanos en su domicilio y los mantiene bajo custodia de la fuerza pública, no quiere tomar la decisión de cuándo salir y ha entregado esa responsabilidad a los líderes locales. Cada pueblo cargará con el acierto o el error, para eso no hay gobierno central.

La política es la que más se rezaga, dictamina el expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti y explica: “No estamos construyendo lo que vendrá. Apenas administrando lo que queda de lo que fue el equilibrio de fuerzas que en el último medio siglo, dígase lo que se diga, le dio al mundo los años de más paz y prosperidad de su historia”.

Los más optimistas creen que la “nueva normalidad”, oxímoron con el que se califica a la era posterior a la pandemia, traerá cambios para bien aunque nos costará y nos tomará tiempo.  La politóloga Julia Pomares dice que el año 2020 se recordará como el paso a la economia intangible, de los datos y la inteligencia artificial.  Ya hemos visto, antes de salir del confinamiento, la aparición de nuevas actividades, nuevas empresas, nuevos negocios, esencialmente en el sector de servicios. Nadie sabe con precisión cómo cambiará el mundo después de la pandemia porque los datos, aunque sean abundantes, no son precisos ni hay tiempo suficiente para procesarlos. Esto provoca que los pronósticos se sirvan más de la experiencia, la intuición y los deseos, con las imprecisiones que este método pueda tener, más que de la ciencia. 

La globalización es lo primero que ha empezado a cambiar porque la pandemia ha delatado que no hay gobierno del mundo, que los organismos internacionales no tienen tanto peso y que los países se han encerrado en sus fronteras, buscan salvar sus empleos y depender menos de los demás. Un estudio realizado por “The Econimist” señala que la globalización ya estaba en dificultades antes de la pandemia y fue afectada profundamente por la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Algunas cifras que aporta este estudio son reveladoras: El número de pasajeros en el aeropuerto de Heathrow, el más congestionado del mundo, ha caído en un 97%, las exportaciones mexicanas de autos se redujeron en un 90% en el mes de abril; el 21% del transporte naviero de containers para el mes de mayo ha sido cancelado. La pandemia afectará el turismo, el transporte, la migración y la tendencia política será mirar hacia adentro y no hacia afuera retardando la recuperación económica y provocando inestabilidad geopolítica.

Phillippe Nantermod advierte la posibilidad de un retorno a lo local después de la crisis de la globalización y a la vista de que la Organización Mundial del Comercio hace aguas: “Se prefiere el pequeño comercio local y los productos de la tierra. No hay interés, por principio,  en el intercambio con las gentes más alejadas y menos conocidas. Trabajar localmente es usualmente más simple y razonable. Si se aprecia la economía de proximidad es porque resulta ser la mejor, no simplemente porque tiene la marca “local”.

La crisis mundial afectará gravemente a los países menos desarrollados y llegará a niveles críticos en países como el nuestro que ya venían sufriendo una crisis económica y añade a la afectación de la economía global los efectos de un volátil clima social más la debilidad del gobierno. La realidad obligará a reducir el gasto público, a limitar los subsidios, las garantías laborales, las utilidades de las empresas.

Además de las consecuencias económicas veremos transformaciones culturales y los más alarmistas ven la posibilidad del fin de una civilización. José María Lassalle, del Foro de Humanismo Tecnológico, dice a la vista de las posibilidades de controlar a los ciudadanos con el pretexto del coronavirus: “De hecho, podrían controlar nuestros movimientos 24 horas al día y 365 días al año y, de paso, identificar quiénes nos acompañaban y qué vínculos existen entre nosotros si no se garantiza, como señala el comisario Thierry Breton, su anonimización, voluntariedad, descentralización, temporalidad, seguridad y transparencia”.

El confinamiento como remedio para controlar la pandemia ha reforzado el rol del Estado y les ha dado a las autoridades armas nuevas que pueden poner en peligro la privacidad y la libertad de los ciudadanos. Si los Estados, aliados con las empresas tecnológicas, pueden controlar los movimientos de los ciudadanos para determinar los mecanismos de propagación del virus, pasado el peligro de los contagios puede permanecer el peligro de que sigan utilizando esos mecanismos tecnológicos para seguir los movimientos de líderes de oposición, líderes sindicales o ciudadanos considerados peligrosos para conocer sus movimientos, sus contactos y el grado de peligro que representan.

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