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Límites y excesos de la libertad de expresión

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Libertad de expresión

El caso de Iza vs. La Posta abre un nuevo tiempo de reflexión sobre la libertad de expresión en Ecuador. Lea este análisis de un especialista.

Fotos: Flickr Secretaria Comunicación Ecuador

“Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”, Albert Camus, filósofo francés 1913-1960.

La libertad de expresión es un derecho humano que nos concierne a todos, pero el derecho a no ser discriminado también lo es. Entonces ¿cuáles son los límites de la libertad de expresión? En tiempos actuales, de posverdad, fake news y redes sociales invadiendo permanentemente las vidas de las personas, es necesario entender lo que este derecho significa.  

”Mi libertad termina donde empieza la tuya”, dijo el filósofo y premio Nobel francés Jean Paul Sartre, cuya obra y pensamientos estuvieron dedicados a este tema, a mediados del siglo XX, que no era la época de las tecnologías y la comunicación global, pero persisten aún ciertos peligros que aquejan el ejercicio de esta libertad, cuando en muchas partes del mundo existen gobiernos totalitarios, autócratas y déspotas, que hacen verdaderamente difícil el ejercicio de la comunicación y el periodismo. 

Reporteros Sin Fronteras (RSF) coloca en el mismo andarivel de “depredadores de la libertad de prensa” al “Stalin del caribe” Nicolás Maduro, al dinosaurio comunista Daniel Ortega en Nicaragua, al líder cubano Miguel Díaz Canel, pero también incluye en la lista al “zar soviético” Vladimir Putin, al gobernante derechista húngaro Viktor Orban o al mandatario brasileño Jair Bolsonaro. 

Luego de lo que significó la Segunda Guerra Mundial, la sociedad quería dejar atrás la barbarie y el holocausto y fue entonces que nació la Declaración Universal de los Derechos Humanos que, en sus 30 artículos, buscaba impulsar la convivencia pacífica para no repetir la barbarie vivida previamente. En esta declaración fue incluido el derecho al pensamiento, a la conciencia y libertades políticas (arts. 18, 19, 20 y 21). “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”, señalaba el documento de 1948.

Una declaración, como muchas otras, llena de buenas intenciones, pero que entra en debate cada cierto tiempo, precisamente por los límites y los excesos que ocurren en los países, en pleno auge de las nuevas tecnologías que modificaron para siempre las relaciones humanas: Facebook, Twitter, Whatssap, YouTube Tik Tok o Instagram se han convertido en espacios donde se ventila no solo los intercambios de información y opinión, sino que se han vuelto un vertedero de los más bajos instintos y odios de los seres humanos que, en sus encuentros cara a cara, no lo dicen.

Esta tendencia excesiva a las opiniones y juicios de valor nos pone frente a la determinación de cuáles son los límites de la libertad de expresión. Con las redes sociales han llegado los insultos, amenazas, bromas, injurias, descalificaciones y calumnias donde, en forma de mensajes, tuits y comentarios, las personas muestran sus bajezas y odio hacia sus semejantes, sobre todo a quienes piensan y actúan diferente.  

El reciente caso del programa de televisión “La Posta XXX” (de existencia efímera en el canal TC Televisión) demuestran hasta qué punto deben conocerse los límites y los excesos de comunicadores y periodistas. No debe justificarse, de ninguna manera, el uso que estos periodistas (ya no tan novatos) dieron a su propuesta televisiva donde atacaron a un líder indígena, Leonidas Iza, conocido por sus tendencias extremas, como se puede leer en un libro de su autoría. 

Boscán y Vivanco han hecho del ejercicio del periodismo una especie de espectáculo de noticias e informaciones donde intentan, mediante un lenguaje popular y hasta chusco, atraer públicos, especialmente jóvenes, en sus comentarios de redes sociales. Pero no se puede considerar su estilo como discriminatorio, aunque en el segmento en cuestión atacaron a Leonidas Iza, cuyas expresiones racistas y declaraciones del pasado sí son llamados al odio contra quienes él considera sus antagonistas en la vida (los blanco-mestizos). 

Este lapsus televisivo provocó una reacción en cadena de personajes de redes sociales y medios de comunicación, donde se volcaron toda clase de comentarios en los que se puede constatar el odio instalado en las redes sociales, atacando a estos periodistas por un error que les costó caro (e incluso aludiendo a la nacionalidad de Boscán, para atacarlo). TC no esperó y tuvo que terminar, unilateralmente, el espacio.

Lo que sorprende es aparecieron algunos conocidos activistas de derechos sexuales, derechos humanos, asambleístas muy sumisas de los tiempos de Correa y hasta exfuncionarios y asesores del correísmo, que salieron a apalear a los dos periodistas, cuando en los tiempos del apogeo de Rafael Correa no dijeron ni media palabra sobre los excesos que éste cometía en las sabatinas y otros espacios obligatorios de opinión que el exmandatario mantenía en el otrora poderoso holding de medios públicos.

¿Se puede hablar de respeto en este tipo de programas o en las reacciones de muchos de estos personajes? La académica de la Universidad de Harvard, Susan Benesch, estudiosa de la violencia del lenguaje, habiendo creado el término “discurso peligroso”, señala que debe analizarse los mensajes en su contexto. Como decía Sartre, cada uno de los derechos individuales fundamentales se limitan ante los derechos fundamentales de los demás. 

Una de las mayores confusiones que se vivieron durante el “estado de propaganda” en los diez años de mandato del presidente Correa fue desconocer, intencionadamente, la diferencia entre información y opinión. Y desde la tarima de 523 sabatinas, se realizaba un espectáculo grotesco para denigrar, atacar y ofender a quienes pensaban diferente de los enunciados oficiales. Así, muchos comunicadores, periodistas y líderes sociales y de opinión fuimos escarnecidos en estos programas en donde el exmandatario decidía la agenda política, legislativa (las leyes a ser aprobadas por los “levanta-manos”) y judicial (a quiénes se debía juzgar, multar o amenazar). 

Opinar debe ser un derecho y respetar un deber. Con el cambio político que se dio en el Ecuador actualmente parece una rareza (en todo caso, positiva) que las personas puedan opinar libremente sin sufrir consecuencias por sus actos y dichos (el caso de La Posta fue resuelto internamente en el todavía canal incautado TC).  La discrepancia sirve para enriquecernos, no para generar odios a los otros, se podría decir. Pero, expresar una opinión y que sea escuchada, respetuosa y prudentemente, es un tesoro.

Catalina Botero, ex relatora para la Libertad de Expresión en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), señala que los gobiernos en América Latina no han respondido como se debería sobre este derecho. “Regular los medios de comunicación es una necesidad de hoy, tenemos que escuchar a quien no queremos hacerlo. Pasa lo mismo con los gobiernos, pues ellos deben aprender a tolerar y no censurar las ideas”, como, por ejemplo, pasa en Venezuela, Nicaragua, Cuba o pasaba en Ecuador. Se atribuye al filósofo francés Voltaire esta frase: “No comparto tus ideas, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlas”. 

Las relaciones de Correa con la prensa y la libertad de expresión 

Desde el inicio de su gobierno el expresidente Rafael Correa, atacó a los medios de comunicación y a los periodistas, hacia quienes no solo dirigió sus principales acometidas verbales, sino también acciones judiciales. Las denominadas “sabatinas” (cadenas de radio y televisión de los sábados) eran el espacio donde Correa exponía sus actividades, sin dejar de hablar de logros personales y otros asuntos, incluso banales (qué comió, dónde se hospedó o qué habló), para llamar la atención del público. 

La Contraloría General del Estado (CGE) señaló que estos enlaces significaron fuertes egresos de dinero del presupuesto estatal. Solo entre el 1 de junio de 2013 y el 24 de mayo de 2017, se destinaron $ 6,7 millones para montar esos espacios. El entonces mandatario quería estar presente en casi todo asunto de interés público –ya sea político, social, económico, religioso o deportivo– en persona o en redes sociales. 

Pero la herramienta que más utilizaba fueron los enlaces ciudadanos. Correa hizo 523 durante su mandato. Fuera de Quito y en el exterior (Estados Unidos, Italia y España) donde había “gabinetes itinerantes”. En ellos, según Correa, había un “diálogo directo” con las comunidades de migrantes. Estas cadenas las difundían TC Televisión y Gama TV (incautados, durante el gobierno correísta, a los hermanos Roberto y William Isaías, dueños también del Filanbanco en una operación que, supuestamente, estaba destinada a devolver los ahorros a los clientes del banco cerrado) y otras televisoras locales y regionales, así como radios del holding gubernamental.

Con esto daba la sensación de que Correa “todo lo veía y lo sabía” como el Gran Hermano, al que se refería George Orwell en su novela 1984. Era maestro de ceremonias, cantante, presentador, bailarín y todo lo que la situación ameritase. Lo acompañaba su traductor al quichua, el “mashi” (compañero) José Maldonado. Sus alocuciones incluían segmentos como la “caretucada o la cantinflada de la semana” donde hacía escarnio de políticos, activistas, sindicalistas, mujeres, periodistas y líderes indígenas (esto vale recordarlo porque les dijo “ponchos dorados” o “mamá lucha”). 

Allí ordenaba todo lo que, en la semana posterior, algunos jueces debían hacer para impulsar procesos judiciales en beneficio de Correa y su gobierno. Según los defensores de estos enlaces, el expresidente llevó la política a actores nunca tomados en cuenta. Pero, para sus detractores, fue el escenario para linchar a sus opositores en vivo y en directo, incluso exhortando a sus seguidores a tomar la justicia en su mano, presentando fotos de periodistas, indígenas, activistas y políticos opositores, para su identificación. 

La consultora independiente Gobierno Responsable hizo un monitoreo y demostró que, en 2009, Correa profirió 171 insultos contra políticos, periodistas, organizaciones sociales, campesinas, empresarios y otros. En los diez años de gestión hubo 523 enlaces ciudadanos, sumando 1 544 horas de cadenas financiadas con recursos del Estado (quiere decir que Correa habló alrededor de un año seguido, si se suma el tiempo). La Fiscalía General del Estado (FGE) conoció un examen de la Contraloría referido a los gastos de la Secretaría de Comunicación (Secom) en Enlaces Ciudadanos ente 2013 y 2017 y señaló indicios de responsabilidad penal. 

Los principales involucrados, además de Correa: los hermanos Fernando y Vinicio Alvarado, ex secretarios de Comunicación. Otros personajes implicados, el ex subsecretario de Comunicación, Pablo Romero; el periodista Marco Antonio Bravo y su hermano Carlos, cuyos contratos con el Estado no han sido aclarados.  

El exmandatario hacía representaciones mediáticas, con libreto preestablecido por los asesores de imagen, que podía ser modificado de acuerdo con la audiencia, aunque en muchos casos la esencia era la misma. El discurso presidencial tenía el acto de habla y de lenguaje (los dichos y los gestos) que hacían de su aparición mediática una representación simbólica. 

El lingüista estadounidense John Austin denomina performativos a los enunciados en los que la acción verbal se realiza al mismo tiempo. Es decir, el verbo define una acción del locutor quien, al enunciarlo, cumple también la acción en ese momento. Los verbos performativos se diferencian de los declarativos, que tienen valor descriptivo. 

Al criticar el trabajo de la prensa y los periodistas, a quienes denominaba “mercantilistas”, Correa tomaba un ejemplar de algún periódico y lo rompía, ante el aplauso (real o fingido, de acuerdo con los movimientos del director de cámaras) del público asistente. 

Hubo casos en que los asistentes se “salían del libreto”. En el enlace ciudadano del 26 de enero del 2010, Correa preguntó a un grupo de seguidores si fueron pagados para asistir a la sabatina. Todos contestaron que sí y alzaron la mano, lo que disgustó mucho al expresidente. Los enlaces ciudadanos eran una puesta en escena que generaba expectativas durante la semana siguiente. Lo que hacía o decía el entonces presidente era asunto de interés. Cuando interactuaba con el público, cantaba, bailaba o hacía cantar, preguntaba “¿no es cierto?” o “¿no es verdad?” y las personas le respondían afirmativamente. Había en ello también una función metalingüística, que se refiere a los códigos que van más allá del lenguaje hablado y escrito. 

Muchas cosas lo evidencian: el uso de un diseño especial de camisa, las pantallas, las diapositivas, las tabletas o laptops, las tomas de televisión que pretendían constatar que había mucha gente, siempre desde la perspectiva del director de cámaras. 

En su discurso, Correa conminaba a que “no compren ni lean El Universo, compren El Telégrafo”. De manera maniqueísta decía que “unos mienten y otros dicen la verdad”, que en el caso de la prensa ecuatoriana tenía que ver con quienes estaban a favor del gobierno (medios públicos e incautados) y en contra (medios privados). Dedicaba en cada sabatina una parte a las “mentiras de la prensa”, en la sección “la libertad de prensa ya es de todos” utilizaba el estribillo de una canción del cantautor argentino Piero: “…y todos los días y todos los días los diarios publicaban porquerías…” 

Una de las premisas de Joseph Göebbels, el asesor de propaganda de Hitler (personaje admirado por Vinicio Alvarado, asesor de comunicación en el gobierno de Correa), señala que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. El objetivo de la retórica correísta era persuadir y que la persuasión proviniera de lo verosímil. Es decir, no de la verdad absoluta, sino más bien de la aparente, que hacía que el orador fuera creído. 

¿Qué es lo que define las relaciones entre la prensa y el poder político? Como planteaba el escritor y filósofo francés Albert Camus: “una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad la prensa nunca será otra cosa que mala”. 

Quien fuera secretario de Comunicación Nacional de Correa, Fernando Alvarado, aseguraba en una entrevista a la revista Gatopardo que los medios “eran una maleza que había que limpiar” y aconsejó a Correa: “tiene que cortar la maleza y podarla todos los días porque no se va a morir”. La entrevista a Alvarado, de agosto de 2012, fue reveladora: allí el funcionario explicaba su interés por polarizar la sociedad, como único remedio para sostener su lucha política. La política es un ring en el que se debe derrotar al contrario.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Cuando se aprobó la Ley de Comunicación, en 2013, el gobierno creó organismos como la Superintendencia de Comunicación (Supercom) y el Consejo de Regulación de la Comunicación (Cordicom) y quiso crear la Defensoría de Audiencias, para que cada medio tuviera un veedor externo, pagado con fondos propios, para controlar los contenidos de programas, noticiarios e informaciones, lo que no se concretó. Desde la aparición de estos organismos se llamó a varias empresas de comunicación y periodistas a declarar ante tribunales de la Supercom y hubo multas a medios radiales y televisivos.

La guerra entre Correa y los medios privados prosiguió hasta el final de su mandato, en mayo de 2017, habiendo dejado establecido un sistema polarizado de comunicación donde colocó a los medios como opositores políticos, generando confrontación en los espacios de opinión pública. 

Iza y los medios de comunicación

El principal aludido en el programa de La Posta, el actual presidente de la Conaie, es un crítico del orden establecido, como lo demostró en las violentas protestas de octubre de 2019. Esto quedó registrado en su libro Estallido (2020), donde Leonidas Iza hace un desglose, desde su visión, de cómo debe ser la disputa entre el pueblo (al que dice defender) y los aparatos mediáticos estatales y privados. 

“La disputa de los discursos -la batalla de las ideas- es a fin de cuentas una pugna por la lectura de la historia. Una persona no puede sustituir la acción de millones; ni siquiera una genialidad individual puede entenderse sin la carga histórica que se condensa en ella”, decía. “La coyuntura de Octubre fue diferente. La clase dominante tuvo escasa capacidad de tergiversar la realidad, de interferir en la voluntad de los otros y, sobre todo, de operar en el desenlace del conflicto. De tal suerte que se concentró en posicionar la idea de que ‘todos hemos perdido’”, agregaba. 

“Para romper el cerco oficialista, las redes sociales se convirtieron, por primera vez en el Ecuador, en un recurso con significativa influencia mediática que reproducía la versión de la realidad apegada a las necesidades de las mayorías que formaban parte de la Rebelión de Octubre. Los medios de comunicación comunitaria y alternativa fueron los primeros en usarlas, pero tras la extensión e intensificación de las movilizaciones, se multiplicó entre la población no organizada su manejo”, manifestaba. 

Sobre el secuestro de los periodistas y policías en el ágora, Iza lo justifica diciendo que “algunos equipos reportaron la salida e ingreso del lugar sin problema (y que…) dentro del recinto, a los periodistas se les dio agua, un sánduche, cola, huevos duros, se les facilitó la recarga de la batería de sus equipos para la transmisión y se les garantizó su seguridad y así fue. Pero se les exigió que transmitieran “todo” lo que ocurría allí dentro”. 

Para entender la mentalidad del dirigente indígena hay que señalar estos párrafos de su libro, donde muestra su poco o ningún respeto por las instituciones democráticas, medios de comunicación formales y otros estamentos. Él busca acceder al poder con los únicos mecanismos posibles en su propuesta de “comunismo indoamericano”: toma violenta de ciudades e instalaciones y una “guerrilla mediática”, promoviendo el desorden social. 

Está claro que el programa de televisión de La Posta presentó un discurso que muchos ciudadanos comparten o no pero que, al exteriorizarlo, calienta los ánimos y causa que surjan algunos que, durante el correísmo, no dijeron ni hicieron nada frente al escarnio semanal del mandatario, con los peligros para el ejercicio periodístico que enfrentaron personajes como Vera, Ortiz, Calderón, Zurita, los mismos Vivanco y Boscán y otros, que se jugaron contra el modelo socialista del siglo XXI.

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