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No te aloques papá

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Los ecuatorianos experimentan por primera vez el temor de encontrarse con un virus a la vuelta de la esquina, las medidas de prevención salvan vidas. Lea este relato.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

No te aloques papá, exageras,  me dice mi hijo a propósito de mi negativa a salir de casa para comer con su mamá y el resto de la familia que permanece allí.

El día que salí por víveres me detuve donde la señora de las frutas, le acompañaban dos mujeres más y un hombre que descargaba los productos, probablemente la señora mayor era la mamá y las mujeres jóvenes sus hijas. Todas llevaban la mascarilla, pero las tres las tenían debajo de la boca sobre la barbilla. Mientras hablaban manipulaban las frutas ya sea acomodando, enfundado o entregando.

—Señora, por favor, cúbrase la boca, cuando habla cae saliva en las frutas, así es como nos contagiamos —le dije tranquilo —. Con cierta molestia se ubicó la mascarilla en la boca, el resto no lo hizo.

Avanzaba en dirección al centro comercial, cuando veo a un hombre sobre la acera retirarse la mascarilla y escupir; le pido que no haga eso que es muy peligroso y con asombro me responde que no se dio cuenta, que le disculpe. Por supuesto, no tenía nada que disculpar, pero sí la familia entera de cualquier persona que pise la saliva y se lleve el virus a su hogar.

Entonces me di cuenta, es como la sensación de que en el barrio no te van a robar, finalmente eres vecino; de la misma manera, el virus no puede estar aquí en la esquina o en la tienda, el virus es nuestro vecino y solo infecta a los del barrio lejano.  

En el centro comercial había una extensa columna de clientes con un metro y medio de distancia, cuando me tocó el turno fue grato mirar a todos con mascarilla y guantes, excepto algunos que solo llevaban mascarilla.

Frente a una percha tuve una duda de tipo existencial entre una funda de arroz de un kilo o de varios,  ¿necesitaba más arroz?,  finalmente me quedé con la de un kilo; fue cuando reparé en un señor que no llevaba guantes y pensé: si a él le ocurrió lo mismo que eligió un producto y luego lo cambió, en caso de tener el virus o ser portador quedaba en la funda. Me molesté con el hombre, además llevaba una camiseta sin mangas (me gusta más el termino bibidí) y bermudas, ¿no debíamos estar cubiertos el cuerpo por seguridad?.

Cuando llegué a casa de mi hijo, para dejarle algo de pan que me pidió (esto fue antes de ir al Centro Comercial) y retirar unas flores de Bach que preparó mi ex esposa para subir las defensas, que dicho sea de paso saben delicioso, verle me llenó el corazón de energía y fuerza; quería abrazarlo, sentir su cuerpo fornido, pero no me atreví, un metro de distancia.

Cuando llegué a mi casa descargué las compras  en un lavabo que, por suerte, instalé fuera de la casa; lavé las fundas de las frutas, eché desinfectante sobre las fundas, no demasiado, luego abrí la puerta y me desvestí por entero. Así ingresé las compras, la ropa y los zapatos quedaron fuera. Antes de entrar, arrojé algo de desinfectante y unos baldes de agua en el corredor de entrada. La ropa quedó en cuarentena, al menos por tres días.

Continuando con mi alocamiento, abrí las fundas de las frutas y las lavé a todas, incluso desinfecté las latas de atunes; lo único que se libró fue el café, que está confinado bajo las gradas por si se le ocurre traicionarme con un virus.

Vivo solo y por eso extremo mis precauciones, quiero evitar que mi hijo cumpla su promesa: -Papá, si te contagias me importa un comino que no quieras, iré contigo a cuidarte.

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