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Los alfiles de la educación

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El fracaso de las clases por video conferencias es el resultado de una forma de trabajo que puede y debe cambiar. Lea esta reflexión.

Foto: Freepik.es

Se llama racionalización a este esfuerzo humano por justificar las emociones. Algo que ahora ocurre con las discusiones aparentemente “racionales” sobre la educación a través de plataformas digitales.

Imagine a la educación como un juego de ajedrez. En primera línea, los peones cuyo valor está en su capacidad de funcionar como equipo. Hermosa metáfora, pues un buen docente no es tan importante como el trabajo en conjunto de todos.

Las torres ubicadas en las cuatro esquinas delimitan el campo de batalla, representan el sistema informático. Los caballos proveen el ritmo de la batalla, saltan de un color a otro, representan la capacidad de transformación en manos de los coordinadores de áreas. También pueden llevar al fracaso la partida.

Los alfiles, cómo no, representan la lealtad. Son los penosos agentes de la conservación, solo pueden desplazarse en el mismo color, les queda bien a las jerarquías administrativas – académicas. 

El rey representa al jugador o al comandante en el campo de batalla, mientras que la reina suele asociarse al pueblo: los estudiantes.

El juego de la educación, desde hace años, es híbrido: virtual y presencial; pero los alfiles pelean por mantenerlos separados, subestiman las tecnologías y afirman que las pantallas nunca pueden compararse con lo presencial. En realidad, se defienden a sí mismos del miedo a experiencias que superan su visión del mundo.

Los informáticos actúan como si fueran técnicos en el campo de batalla, torres vigías y no agentes estratégicos que soportan los cañonazos del analfabetismo tecnológico.

El rey no puede escapar: de un lado, está rodeado por todas las piezas que, a veces, le ocultan la realidad que viven los peones; y, sus enemigos del otro lado del tablero, que tratan de encerrarlo para hacerle jaque mate. 

El pueblo espera que el rey prevalezca, pero no siempre es posible. El mayor enemigo de las instituciones educativas, desde las escolares a las universitarias, es el pasado. Generaciones de actores se formaron en el sistema educativo de la era industrial en la que las jerarquías, las ideas y las instituciones se mantenían relativamente estables. 

Los alfiles, acostumbrados a un sistema jerárquico, no entienden la presión que viven los peones por un aprendizaje creativo y el deseo de comunicación. Tampoco reconocen el anacronismo de la evaluación cognitiva e individualista 

El pueblo, la reina para el caso, representa a los jóvenes que demandan tiempos y formas flexibles de aprendizaje pues pueden crear, argumentar, indagar, a veces con más facilidad que sus maestros. 

Los niños y jóvenes viven una forma de evaluación más emocional: carita feliz, triste, enojada, corazón, enojo. Crean memes, videos, tutoriales, resuelven problemas en colaboración a través de los resultados, un examen no les dice nada acerca de su aprendizaje.  

El fracaso de las clases por video conferencias es el resultado de reproducir torpemente la clase oral, pero como los tiempos de atención y gestión de la pantalla son otros, lo compensan con trabajos. Los peones continúan la batalla: se inscriben en cualquier webinario o curso que les dé respuestas y estrategias; pero se encuentran con los caballos de la pedagogía que no comprenden los lenguajes de los nuevos medios y la burocracia de los alfiles. 

En el nuevo tablero de la educación, el juego es la experiencia, el pensamiento para el diseño, el hacer de forma colaborativa, la participación en sistemas de comunicación algorítmicos, apoyados por inteligencia artificial y laboratorios de simulación. 

La diferencia entre presencial, no presencial, a distancia o en línea ya no existe. En la actualidad, un aula “presencial” permite hacer llamadas, compartir archivos, formar grupos, gestionar las salas y proyectar los resultados en las pantallas inmediatamente; todo integrado a cualquier entorno de aprendizaje y a través de cualquier dispositivo.  Los estudiantes que no asistieron, incluso de otras aulas interesados en aprender, pueden unirse, virtualmente, a la clase presencial. 

El COVID-19 destapó el confinamiento de las ideas y la libre circulación de los prejuicios tecnológicos. 

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