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Escuchando al Espíritu del Lugar (Las enseñanzas de nuestros Maestros de Arquitectura)

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La arquitectura puede cautivar, emocionar, a los seres humanos. Pero hay unas características ineludibles. Lea esta reflexión.

Foto: Pexels

Hace pocos días, docentes y estudiantes de Arquitectura de la Universidad de Las Américas, tuvimos la fortuna de escuchar a los Maestros Arquitectos Mauricio Moreno Vintimilla y Jaime Andrade Heymann, conversar acerca del Espíritu del Lugar. 

Pudimos entender en sus disertaciones, cómo ese espíritu puede impregnarse en la Arquitectura que ha sabido “escuchar” cuidadosamente al sitio y ha sabido ser suficientemente sensible para no imponerse ni dominarle sino, al contrario, ser su complemento. Cómo esa comunión del lugar con la Arquitectura hace que exista una danza sublime colmada de movimientos armónicos, seductores, perfectos y cautivantes. 

Cuando la Arquitectura ha sido atenta, responsable y sensata con el lugar, se enraíza, dialoga y comulga con él. Se puede sentir que esa Arquitectura ya pertenecía ahí, incluso mucho antes de haberse edificado. El sitio ya quería ‘Ser’ aquello que sólo la Arquitectura le permitió revelar. Como si se hubieran encontrado, al fin, después de una larga búsqueda, para convertirse en ‘Uno’.

Como arquitectos, debemos tener la sensibilidad suficiente para “entender” al territorio. Debemos ser pacientes y siempre atentos para no imponernos frente a ese espíritu. No debemos desafiarlo con intervenciones que lo opaquen o lo disuelvan. Cuando ese espíritu no ha sido considerado, los edificios son simplemente “injertos” no compatibles. Son parches forzados que no han podido acoplarse con ese cuerpo donde se lo ha insertado. Y no es algo que haga falta explicar. Es algo que se siente. Ese rechazo natural a lo que no corresponde es evidente por todo ese “ruido” que genera en el perfil quiteño. Un edificio así jamás podrá ser arquitectura. Puede haber sido concebido desde una “sólida base” de principios compositivos, estéticos, técnicos y tecnológicos. Pero si no pertenece a ese lugar, cada esquina y cada rincón nos lo van a recordar constantemente. 

La arquitectura debe ser ese puente que crea y fortalece los lazos afectivos entre un espacio y los seres humanos. Cuando la arquitectura se compenetra con el espíritu del lugar, él se manifiesta y se fortalece; nos cautiva, nos emociona, nos eriza la piel y es capaz de conectarnos con nuestros más profundos sentimientos. Cuando a ese espíritu se le ha permitido ‘Ser’, el edificio nos conmueve y su belleza se potencia, sus materiales se destacan y se los siente parte de un ‘Todo’ impecable. Es un espacio que parece haber sido construido por movimientos mismos del sitio donde está. Como si siempre hubieran sido uno, como si siempre hubieran existido juntos. 

Mientras estuvimos confinados, como respuesta a nuestra instintiva necesidad de sobrevivir, algunos edificios, vacíos de arquitectura, se han levantado vertiginosamente, fuera de todo contexto, fuera de toda proporción. Se han erguido buscando alcanzar el cielo, pero con raíces débiles que no han podido perforar ni siquiera la superficie del suelo donde se han asentado caprichosa y vanidosamente. Han desafiado cualquier rastro del espíritu del sitio donde, irrespetuosamente, se han levantado como contorsionistas desequilibrados, sin regresar a ver ni siquiera al majestuoso Pichincha que le da el nombre al territorio donde se asientan.

Es importante que la Arquitectura manifieste su tiempo, su momento, sin buscar dominar a ese espíritu del lugar en donde se implanta. Pequeños gestos de un edificio, pueden modificar el comportamiento de la gente. Pueden modificar la comprensión del sitio en donde se está implantando. Puede desaparecer elementos propios del sitio físico, y aniquilar dinámicas propias que construyen gran parte de la identidad de la gente y del lugar. Pueden eliminar la esencia del origen mismo de los asentamientos humanos, diluyendo elementos importantes como las montañas, el agua, el cielo y el fuego de esos volcanes recostados como dragones dormidos que nos contienen en un cálido abrazo.

Afortunadamente, también hay unos pocos, pero valiosos destellos del espíritu del sitio que se han manifestado gracias a la Arquitectura. Varios de ellos nos han regalado una bocanada de esperanza dentro de este lugar de tinieblas donde nos encontrábamos. Sumándome a las palabras optimistas de los Maestros Mauricio y Jaime, espero que esos destellos se vayan convirtiendo poco a poco en un solo cuerpo que deslumbre con su belleza y nos conecte más con nuestras raíces, con nuestra esencia andina, con nuestra tierra y con nuestro origen.

  • La autora es Docente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Las Américas.
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