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El límite que no se debió cruzar

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Los 11 días de protestas evidencian un juego lúgubre para caotizar la capital. La sanción a quienes organizaron la revuelta es necesaria.

Foto: Freepik.es

Por años, la sociedad ecuatoriana ha estado caminando al filo de la navaja y jugando a mirar solo lo que pasaba en la cara visible o superficial de la política y, quizás, de la economía, sin querer enterarse de más.

Hubo momentos de susto como en el bombardeo de Angostura (2008), el 30 de septiembre (2010), el secuestro y ejecución de los periodistas de El Comercio (2018), pero siguió sin querer entender que estos fueron momentos de rupturas profundas y, en consecuencia, alarmas de que algo más grande pasaba en el país.

Hoy, luego de que la capital fue sitiada y aterrorizada por una mezcla entre protesta indígena, intento desestabilizador de la democracia de ciertos sectores políticos y, como dijo el presidente Moreno, presencia de grupos cercanos al narcotráfico, se abre una nueva oportunidad para entender que como sociedad tenemos que tendernos la mano para afrontar y dar una salida al país.

Los once días de actos vandálicos y violencia como antes nunca se había visto en la capital, el corazón político del Ecuador, enviaron tres mensajes muy claros. El primero es que los grupos que la propiciaron son un peligro real, tienen preparación en tácticas militares, organización, logística, usan guerra psicológica e informativa, tienen financiamiento, entre otros. Ellos no están jugando, mostraron que están dispuestos y tienen la capacidad de quemar camiones militares, tanquetas policiales, edificios, intentar tomarse medios de comunicación y dañar su equipo, enviar a gente a recorrer –durante el toque de queda y de sitio- algunos barrios de clase media alta y gritarles, a manera de insulto, burgueses ladrones, con afán de generar miedo. Tienen capacidad y conocimientos de construir lanza granadas caseras y usarlas… En suma, son capaces de cualquier cosa con tal de ir tras el objetivo que los esté motivando. 

El segundo mensaje es que, si eso pudieron hacer en una ciudad con las características de Quito y esto se difundió velozmente por los medios de comunicación y las redes sociales, los demás habitantes del país pueden fácilmente imaginarse lo que pudiera ocurrir con las ciudades más pequeñas. Ahí también jugó un papel primordial la desinformación y las noticias falsas que circularon.

Lo otro que dijeron estos grupos es que no tienen miedo y luego de la experiencia adquirida en esos 11 días, su barrera al temor, al riesgo bajó, mientras su adrenalina y el orgullo por haber hecho lo que hicieron les hace sentir intocables, poderosos (pensemos en Guacho).

Es por eso que el Estado debe poner como su prioridad dar con el paradero de las 2000 personas que, según informaron en esos días, eran los instigadores principales. Ellos deben recibir las sanciones que establece la ley, porque la acción imparcial y justa de la Justicia es una muestra real que en el Ecuador hay democracia. Paralelamente, la sociedad debe prepararse a que los tiempos futuros no serán color de rosa y que es hora de mirar el juego de poder en su real dimensión.

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