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El beneficio económico de la honestidad

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Con la corrupción, uno gana y muchos pierden. Eso sucede en todo aspecto de la vida personal o nacional. Campañas como Honestidad Criolla brindan esperanza.

Foto: @Cottonbro –  Pexels

El éxito de una economía radica en la asignación eficiente de los recursos, cuyo uso tiene como finalidad la generación de una ganancia o beneficio. Al mismo tiempo, el empleo de los recursos en una actividad genera costos de oportunidad, entendidos como aquel beneficio perdido por no haberlos utilizado de manera alternativa. 

La búsqueda de todo agente económico –individuo o empresa- de la maximización de su ganancia en las actividades en que invierte sus recursos es una expectativa racional. La suma de los beneficios y pérdidas individuales compone la ganancia agregada de una economía. En consecuencia, los agentes económicos planifican sus emprendimientos anticipando cierto grado de seguridad sobre aspectos tales como disponibilidad de recursos, marcos regulatorios, incentivos, restricciones, entre otros, que influencian los resultados de las distintas actividades económicas. 

Por otro lado, una economía y sus actores están expuestos a los efectos producidos por choques externos, es decir aspectos que no pueden ser previstos en el corto plazo y cuyo control escapa a los agentes y reguladores de la economía. Desastres naturales, crisis financieras globales y pandemias como la más reciente son ejemplos de choques externos. La presencia de un choque externo distorsiona las expectativas y resultados de una economía y obliga a tomar acciones correctivas que normalmente no tienen un efecto inmediato.  

No solo los choques externos son responsables de las distorsiones. Existe un factor interno que tienen la particularidad de impedir sistemáticamente el desarrollo y la maximización de los beneficios en una economía: la corrupción. Cuando un agente económico incorpora prácticas corruptas a sus actividades con el fin de incrementar sus ganancias, afecta al mismo tiempo de manera negativa a otros actores. Es decir, además de limitar o eliminar el posible beneficio que otros participantes de la economía podrían haber obtenido, eleva los costos de oportunidad asociados con las actividades de aquellos. 

Supongamos que una empresa utiliza coimas para ganar un concurso, garantizando un beneficio que normalmente no habría obtenido. El resultado obvio será la pérdida por parte del competidor que habría sido escogido en ausencia de la coima. Por un lado, se ha perdido el margen de ganancia que la empresa más eficiente podría haber generado y, por otro, se ha “arreglado” un concurso con recursos que podrían haber generado ganancias adicionales derivadas de otras actividades. En consecuencia, el efecto neto de la corrupción en la suma de beneficios es negativo. 

En el plano más individual y cotidiano, el ejemplo más ilustrativo de esa realidad lo proporciona la fila para hacer un trámite en una institución financiera. Cuando una persona no respeta su puesto y se adelanta -valiéndose de cualquier maroma o mentira-, obtiene una ganancia al acortar el tiempo que habría tenido que esperar. Ese beneficio logrado perjudica a las personas que acudieron más temprano y respetaron su puesto: mientras un solo individuo gana, son varios los que pierden. Al igual que en el caso de las coimas, el efecto neto en la suma de los beneficios es negativo. Lo mismo sucede con temas como la “viveza” para obtener una vacuna contra el coronavirus en detrimento de adultos mayores y personas con condiciones de riesgo que son más vulnerables. 

Al comprender la dimensión del impacto negativo de la falta de honestidad en actividades empresariales, así como en actividades cotidianas, podemos imaginarnos la magnitud de los beneficios que se podría haber generado a través del respeto a principios. Más allá de ser valores que deberían caracterizar toda actividad, la honestidad tiene efectos económicos positivos.

La falta de ética y la búsqueda de ganancias o ventajas a cualquier precio han pasado factura no solo a la economía sino también a la sociedad. Se ha dado preferencia a acciones individuales de corto plazo con rendimientos más altos y mayores costos de oportunidad, relegando a iniciativas de consenso con retornos menores, pero de alta sostenibilidad y beneficio agregado en el largo plazo. El resultado es la reducción de la eficiencia en la asignación de recursos, reflejado en el debilitamiento de las instituciones y en la adopción de una cultura de deshonestidad.

Los modelos y sistemas económicos y políticos son marcos que generan expectativas de crecimiento y desarrollo de un país. Será complicado acercarse a las proyecciones de dichos modelos -más aún sostenerlas-, ya que la consolidación de un beneficio general será una tarea difícil mientras no se corrija los problemas que existen a nivel desagregado. En ese sentido, las iniciativas que buscan promover valores, a nivel individual, corporativo y público, son fundamentales y deben ser apoyadas, pues constituyen un punto de partida para que la honestidad vuelva a ser el denominador común del diario vivir. Es responsabilidad de todos multiplicar y mantener los efectos positivos que aquellas generen. 

Ejemplos como la campaña Honestidad Criolla, de la Cámara de Comercio de Quito, brindan esperanza y aliento para construir un mejor país para nuestros hijos, con la convicción de que recuperar una cultura de principios es posible.

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