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La informalidad y su impacto en la economía

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El país tiene demasiadas trabas para legalizar los negocios. Por eso vemos ahora un repunte del trabajo informal, en las redes sociales y en las calles. Un análisis.

Foto: Freepik

Antes de la pandemia, ya muchos de nosotros comprábamos a través de grupos de Facebook, de Whatsapp o cuentas de Instagram. El  acceso a las redes, la comodidad, la variedad y, en muchos casos, los precios nos han hecho fans de este sistema de transacciones. 

En Ecuador hay mucho potencial para el emprendimiento, yo personalmente he encontrado  cosas hermosas a través de las redes sociales y este nuevo mercado nos refuerza la idea de lo complicado que es tener una empresa en Ecuador. 

El tiempo que toma la creación de una, con el papeleo y costos asociados, nos ubican en el puesto 137 según la página Doing Business del 2019. Pese a haber subido cinco posiciones, aún estamos bastante atrasados. Hay trabas, burocracia y también pocos incentivos para el emprendedor. No hablo únicamente de exoneraciones de impuestos o flexibilidad laboral, que han intentado hacerlo con la Ley de Emprendimiento o la Ley Humanitaria; sino ese incentivo colectivo de la sociedad, de las autoridades y del Estado. 

Más allá del sinnúmero de impuestos que hay que pagar para operar, es desmotivador para cualquier emprendedor saber que lo que paga al IESS, al SRI y otras entidades públicas únicamente sirve para llenar los bolsillos de las autoridades de turno. No hay una sola entidad pública que no esté salpicada con algún escándalo de corrupción; sea por compras direccionadas, carnés de discapacidad, obras con sobreprecio, enriquecimiento ilícito, por citar las más escuchadas en los últimos días. 

Aportar al Estado con la excusa de buscar una equidad, pero que las diferencias sociales crezcan desmotiva a cualquiera. No por nada a aquel empresario que hace las cosas correctas lo critican de “lento”, de tener “pocos contactos”. Y es que la justicia en nuestro país nos está enseñando que el robar no está mal, el delito es no escaparse a tiempo. 

El problema no está en evadir las leyes sino en no haberlo hecho de manera que nadie se entere. Esta nueva normalidad molesta a muchos y fomenta la informalidad, la trampa y el desinterés por enseñar a las próximas generaciones el hacer las cosas de manera correcta. Si la corrupción ya no nos sorprende y preferimos hacernos de la vista gorda… lo que nos espera en próximos años es aún peor de lo que hemos vivido en los últimos 14. 

No obstante, la pandemia nos confirmó que los ecuatorianos somos gente trabajadora y de empuje. Muchos grupos en redes sociales han incrementado sus ventas porque, pese al desempleo, la gente ha tratado de buscar nuevas fuentes de ingreso. 

Algunos se han dedicado a vender pasteles, a confeccionar ropa o a ofrecer algún servicio que antes lo tenían como un hobbie. Es gracias a ese ingenio que todos hemos encontrado algo en alguna red social que se ajuste a nuestro presupuesto. Esto ha generado micro nichos de mercado y por eso, pese a existir varias opciones de un mismo producto o servicio, la competencia entre ellas les permite mantenerse en el mercado. Muchas veces los clientes prefieren desplazarse menos para evitar su exposición al virus, han decidido comprar más a los vecinos o locales del barrio y han diversificado sus compras para no hacerlas en un solo lugar con el fin de contribuir a la economía de más familias. 

Foto: @jcomp – Freepik

La tecnología nos permite realizar entregas a domicilio, enviar fotos o vídeos de los productos y servicios sin necesidad de contar con un espacio físico. Muchos de estos emprendedores realizan sus ventas desde la sala de sus casas, mientras supervisan las tareas de sus hijos. 

Esto ha sido una gran ventaja para el emprendedor porque le evita los trámites ya mencionados anteriormente, los gastos de adecuación de cualquier espacio físico y también le quita el estrés del acoso de las entidades públicas. Sin embargo, desde el lado del Estado existe un gran perjuicio. 

Al mismo tiempo, las ventas ambulantes crecen en distintos barrios de la ciudad. Vemos en los medios de comunicación que, lugares como el Centro histórico o el Comité del Pueblo, son ejemplos de aglomeraciones por las ventas en la calle. No obstante, por el Quito Tennis, la av. 6 de Diciembre o en los valles también se ofertan muchos productos que tradicionalmente se caracterizaban por ser vendidos en locales establecidos, como útiles escolares, calentadores, pijamas o maquillaje  

Todas estas ventas no facturas ni declaradas le privan al gobierno de una suma importante de dinero para completar sus planes de trabajo. La informalidad genera un perjuicio económico al Estado y también a los municipios. El deterioro de aceras, parques o plazas lleva a las alcaldías a gastar más en el mantenimiento de las mismas. Los operativos de control y la recolección de basura también implican rubros que deben tener en cuenta los municipios. Así como también el costo social tras el aumento de la delincuencia, el trabajo infantil, entre otros. Muchos niños no han podido estudiar este año y ayudan a sus padres a vender en las calles. Esto también aumenta la probabilidad de enfermedades, no solo de COVID-19 sino de tantas otras que afectan a los ecuatorianos. 

El Estado, a más de perder por la informalidad, debe incurrir en costos adicionales. Pero lo más evidente es que el Estado ha perdido su rol de autoridad. Cuando quien dictamina las reglas del juego es el primero que incentiva a romperlas, no se puede esperar que exista un buen resultado. Eso es lo que está pasando en el Ecuador y que se está contaminado a nuevas y viejas generaciones. 

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