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Un mundo desconocido: el mundo indígena

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Esta es una investigación histórica sobre la situación de los indígenas a partir de la conquista española y todos los sucesos que han ocurrido desde hace casi 500 años y que no han significado ni cambios ni beneficios para ese mundo desconocido que es el mundo indígena. 

Fotos: Gianna Benalcázar – CCQ

La historia del movimiento indígena ecuatoriano es una historia de sometimiento, injusticia, maltrato y abuso, pero también de ritualidad, simbolismos y cosmovisiones que son poco conocidas por los blanco mestizos, que no se han detenido a verificar un drama que solo se actualiza cuando se producen paros y movilizaciones y al que hay que empezar a ver con cuidado, sobre todo si se trata de construir una verdadera identidad nacional, tarea inconclusa por casi 500 años.

La caída del último emperador inca Atahualpa, luego de un infame juicio de los conquistadores marcó un inicio de esta pugna histórica aún lejos de resolverse. Los cronistas españoles hablaban de Atahualpa como un hombre “muy bien dispuesto, de buena persona, de medianas carnes, no grueso demasiado, hermoso de rostro grave en él; los ojos encarnizados; muy temido de los suyos”. Estando preso, el último de los incas concedió todo lo que los españoles solicitasen. Les dio una entera pieza de su habitación llena de oro, hasta la altura de un hombre con los brazos alzados. ¿Acaso querían más? Era inútil. Fue condenado a muerte. Uno de ellos, Diego de Almagro, a quien Atahualpa consideraba malo y además era tuerto, le tenía especial antipatía.

Las causales de la acusación: fratricidio (mató a su hermano Huáscar); poligamia (tenía muchas mujeres); incesto (muchas de sus mujeres eran sus hermanas); idolatría (adoraba ídolos) y tentativa de conspiración contra los invasores, como informaron los cañaris. Se lo hizo sin tomar en cuenta la cosmovisión de los indígenas y sus prácticas, por las que se acusó al rey inca. La noche del 29 de agosto de 1533, Atahualpa fue ejecutado, quemado, no sin antes haber sido bautizado “en el nombre de Dios”, como Juan.  Por algunas horas los “inteligentes” conquistadores no sabían si condenarlo a morir al garrote o en la hoguera. Se lo consideró también un hereje, pues arrojó la Biblia al suelo en su juicio. Murió a garrotazos y luego su cuerpo fue quemado. Cuando el rey Carlos V supo esto, lo desaprobó, como muchos hispanos decentes en la metrópoli.

Proyecto estatista, sin reivindicaciones indígenas

Como se puede apreciar, desde los tiempos de la conquista española y el choque de culturas, los primeros momentos del período colonial se caracterizaron por una permanente lucha entre los diferentes conquistadores por consolidar amplias zonas territoriales y así extender su poder en sus dominios y someter a los nativos.

Se iniciaba un período de ocultamiento y represión de la propia cultura indígena, en beneficio de un centralismo metropolitano, que impuso un sistema de dominación, a través de la Encomienda, que consistía en un encargo a un colono (encomendero) para que evangelice a un grupo de indígenas, a quienes por este “beneficio” se les cobraba los tributos, además de que ellos tenían que prestar servicios y trabajos casi a perpetuidad, durante toda su vida y la de las futuras generaciones.

Se estableció un mecanismo de extracción de riquezas que, a su vez, era un instrumento de control ideológico. Los encomenderos incluso se enfrentaron entre sí. El caso es que las guerras de conquista no pusieron fin a las disputas. En la primera década de su presencia, los conquistadores Almagro y Pizarro confrontaron sus posiciones Almagro y Pizarro. Pizarro obtuvo de la Corona títulos de nobleza, enfrascándose con el resentido Diego de Almagro por el control de El Cuzco y Perú. Almagro fue ejecutado en 1538, pero su hijo encabezó una revuelta asesinando a Pizarro y tomando el poder.

Entre dos tierras

En el temprano 1592 hubo una importante rebelión, llamada de “Las Alcabalas”, que supuso un impuesto del 5% para la coca y otro de 2% para el valor de otro productos vendidos en los emporios a excepción de libros, caballos, aves, maíz, trigo, semillas y todo lo que sirviese para alimentar a la gente, que afectó especialmente a los indígenas.

En otras ciudades de la Audiencia estas alcabalas fueron introducidas fácilmente. En Quito hubo problemas, precisamente porque el Presidente de la Real Audiencia, Manuel Barros de San Millán, se opuso a estos tributos y al sometimiento de los indígenas a trabajos infrahumanos. El jefe de la revuelta era Alfonso Moreno Bellido, un rico mestizo, mandado a arrestar por la autoridad. Un motín carcelario logró su liberación.

El punto máximo de esta rebelión ocurrió cuando fue asesinado Moreno Bellido, al producirse un nuevo motín que, por poco, logra el linchamiento de Barros de San Millán. Poco después, desde Lima, se ordenó su destitución y las alcabalas fueron impuestas.

La condena a José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru)

La posibilidad de la guerra entre España e Inglaterra, por el dominio de los mares del mundo y el deseo inglés de reivindicarse de la pérdida de sus trece colonias en EE. UU., amenazaba la estabilidad del imperio español. Pero era mayor la amenaza en el interior de sus dominios. Las rebeliones ocurrían frecuentemente. El indio peruano Túpac Amaru estuvo a punto de lograr el objetivo, no de desconocer a Carlos III, sino acabar con la represión de los chapetones (españoles) o criollos (hijos de españoles).

La rebelión estalló el 4 de noviembre de 1780 en el pueblo de Tinta (50 leguas al sur del Cusco) y puso en movimiento a todo el sur del Virreinato del Perú, hasta la región de Charcas. Repercutió, además, en el resto de los dominios españoles de Sudamérica.

El primer episodio de la revolución fue el apresamiento del odiado corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, quien fue ejecutado públicamente. Luego, Túpac Amaru se puso en marcha hacia el norte con la simpatía y adhesión de los pobladores que, en su mayoría, estaban armados de picos, palos, hachas y algunas armas de fuego. En estas condiciones, ganó la batalla de Sangarará, librada el 18 de noviembre de 1780. Pero no fue al Cusco y prefirió retirarse a Tinta, donde el día 27 lanzó un manifiesto explicando las causas que le llevaron a sublevarse. Luego, a inicios de diciembre se dirigió al sur, atravesó la cadena del Vilcanota, pasó por Lampa, Pucará y penetró en Azángaro, extenso recorrido con el que pretendía ganar simpatizantes para su causa.

El virrey Agustín de Jáuregui envió al Cusco al visitador José Antonio de Areche, con poderes extraordinarios para sofocar la rebelión. Su ejecutor inmediato fue el mariscal José del Valle. Es así como los españoles, con refuerzos llegados desde Lima, enfrentaron a Túpac Amaru, que ya por entonces (enero de 1781), buscaba atacar el Cusco. Sin embargo, no pudo doblegar el poderío de las fuerzas realistas y fue derrotado en las batallas de Checacupe y Combapata.

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El 18 de mayo de 1781, en la Plaza de Armas del Cusco, Túpac Amaru II fue descuartizado a hachazos, tras un intento fallido de desmembrarlo usando la fuerza de cuatro caballos. Previamente se le obligó a presenciar la muerte de su esposa, de sus dos hijos mayores y otros familiares y partidarios. El sacrificio de Túpac Amaru y la represión feroz de la rebelión (cuyo saldo, según el cálculo de los propios represores, fue de 120.000 hombres andinos muertos) avivó la rebeldía contra la dominación española.

La rebelión de Daquilema contra García Moreno

El punto de partida fue el 18 de diciembre de 1871, cuando el mestizo Rudecindo Rivera, recaudador de diezmos, partió de Yaruquíes a Cacha. Al llegar a las inmediaciones en donde vivía Carlos Manzano, en la laguna de Cauña, en la parte alta de Cacha y Amulá, a su alrededor había un buen número de indígenas preocupados por saber si el diezmero traía con él los libros de cobranza de la aduana.

Se destacó en el grupo la figura de Fernando Daquilema, líder en ascenso y con influencia entre compañeros y vecinos, a quien historiadores como Enrique Garcés señalan como heredero de la dinastía Duchicela (emparentada con Atahualpa). Pese a las explicaciones del visitante, hubo angustia y miedo en la gente por la posible aplicación de la “aduana”. Manzano agredió a Rivera provocando su caída, y luego recibió una paliza de los presentes, que casi lo matan.

Esa misma noche se produjo la consagración de Fernando Daquilema como caudillo de la rebelión: la pequeña y humilde capilla de Cacha dedicada a la Virgen del Rosario fue el escenario de la coronación del nuevo rey indígena. Menciona Alfredo Costales Samaniego, que se plantearon los “nueve puntos de Cacha”, adoptados por Daquilema, entre los que constaban no pagar diezmos a los curas, aduana al gobierno; no acudir a los trabajos de la carretera nacional; apoderarse de las tierras de las haciendas que antes fueron de los indios; y no trabajar para los blancos, “aunque les paguen con oro”.

La rebelión de Daquilema tomaba fuerza: entre dos mil y tres mil indios se enfrentaron a tropas gubernamentales en Guachaguay en el primer combate. Una lucha desigual de palos, puñales y lanzas indígenas frente a armas de fuego de los soldados: su número superior les permitió asesinar a dos milicianos. Cerca de Yaruquíes, algunos soldados mejor preparados mataron a varios indígenas disparando a quemarropa a la gente que se acercaba iracunda. La llegada de un contingente armado desde Riobamba, a pocos kilómetros de Yaruquíes, impidió que el pueblo cayera en manos de los indígenas.

Las noticias corrieron en la región. Los habitantes de Sicalpa y Cajabamba, enterados del levantamiento indígena, se organizaron para defenderse. Ante un posible triunfo indígena, algo inesperado cambió el destino del violento encuentro. Dice la leyenda que una visión de grandes escuadrones de caballería dirigidos por “un hombre muy hermoso”, cabalgando sobre un “caballo blanco”, atemorizó a los indígenas que al huir gritaban “¡no peleamos con el cielo!”.

El número de pérdidas humanas fue alto: más de cincuenta muertos, sin contar heridos y contusos, que fueron más de doscientos. La prioridad del gobierno era reorganizar una vez más sus tropas porque el Rey de Cacha tenía otro objetivo para profundizar el levantamiento indígena: el ataque a Punín, el 22 de diciembre, “día de la venganza”.

En medio de una crisis…

Ante una situación que amenazaba con salirse del cauce, el gobernador de Chimborazo, José Larrea y Checa, pidió refuerzos a Quito y otras gobernaciones, y declaró estado de sitio en toda la provincia. Al día siguiente, el gobierno central, encabezado por Gabriel García Moreno, tomó cartas en el asunto, iniciando la represión para aniquilar la revuelta.

García Moreno declaró el estado de sitio en Chimborazo y desde Ambato partieron algunas tropas y se prepararon grupos selectos de veteranos para atacar directamente a Cacha, núcleo duro del movimiento.

Más allá de las reivindicaciones y reclamos de los indígenas rebeldes de Chimborazo, fue notorio el punto de inflexión y desbande en una lucha que, desde un principio, buscó ser organizada y planificada. Ese mismo viernes, ante la rápida presencia de las tropas del gobierno, varios cabecillas y amotinados de Cacha y Amulá pidieron indulto, sin pedir permiso a Daquilema.

El sábado 23 de diciembre se iniciaron las operaciones contra los rebeldes. Los campesinos amotinados decidieron atacar Licto, siendo una de sus últimas acciones, antes que los escuadrones de blancos y mestizos les den cacería y les apliquen el peso de la ley de mala manera.

Daquilema, solo y traicionado, buscó el indulto, esperando que los blancos se apiadaran de él o que reciba el peor de los castigos para librar a su comunidad y a su gente. Salió de su choza y se entregó a un pequeño grupo de soldados que lo apresaron y llevaron a juicio. Fue el fin del efímero y trágico reinado de Fernando Daquilema, Rey de Cacha.

Fue juzgado por los delitos de “motín, asesinatos, robos e incendios” y conducido al patíbulo, en la plaza central de Yaruquíes donde fue fusilado. El cadáver de quien se enfrentó al presidente García Moreno fue exhibido todo el día en la plaza, para que lo vean todos, como un escarmiento para quienes osen enfrentarse al poder central.

La situación indígena en el siglo XX

La lucha de los pueblos indígenas continuó en las décadas de los ‘20 y ‘30 y se concretó con el “primer congreso nacional de organizaciones indias”, nombrado “conferencia de cabecillas indígenas”, realizado en Quito, en 1931. En 1944 nació la Federación Ecuatoriana de Indios (FEI). Su primera secretaria fue la legendaria Dolores Cacuango.

Entre las décadas del ‘40 y ‘50 monseñor Leonidas Proaño desarrolló un importante trabajo en las comunidades indígenas, especialmente en Chimborazo. En 1972, con apoyo de la Iglesia y Proaño se creó Ecuarunari. Su plataforma de lucha incluía la reforma agraria y le agregaron la autodeterminación, respeto a su cultura y autogestión. Era una nueva postura indígena que logró respaldo y respeto en la sociedad.

La perspectiva original tenía un enfoque indigenista de varias vertientes. Una de ellas desde los partidos de izquierda y grupos marxistas. El socialismo y el comunismo apoyaron las movilizaciones indígenas y reforzaron sus posturas ideológicas, dando énfasis a la lucha de clases. En la década del ‘70 la iglesia católica disputó con la izquierda esa hegemonía, bajo la corriente de la Doctrina Social de la Iglesia y la Teología de la Liberación, promoviendo la organización social, la inclusión integral y la mejora de condiciones de vida. Sin embargo, esta visión paternalista mantuvo el statu quo de los indígenas.

En 1977 el Instituto Indigenista Ecuatoriano quiso superar esa etapa cuando convocó el primer encuentro de indígenas ecuatorianos, con delegaciones de la costa, sierra y oriente, mientras en el país se debatía la reestructuración jurídica del Estado (bajo la mirada de la dictadura militar). Uno de los debates fue sobre el voto de los analfabetos, ya que algunos dirigentes políticos querían incorporarlo en la nueva Constitución (aprobada en plebiscito en 1978) para integrar como ciudadanos a los iletrados que, en su mayoría, eran del sector indígena. La declaración final de ese encuentro se pronunció por el reconocimiento de los indígenas como ciudadanos completos, con iguales derechos y responsabilidades que los alfabetizados. Todavía no se hablaba de pueblos y nacionalidades, sino de comunidades. 

Surge la Conaie

En 1986 se creó la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie).  Su líder, Luis Macas, declaró que el poder de esta organización radicaba en las comunas y organizaciones de base, que apoyaban la legitimidad de sus reclamos. Fue en esta línea que se dio el histórico primer levantamiento de 1990, transformando al movimiento indígena en actor político.

El gobierno de entonces, presidido por Rodrigo Borja, como relataba su secretario general Gonzalo Ortiz, dio facilidades a los grupos que se desplazaban para su llegada a Quito. La visibilización de estos movimientos permitió, en 1991, la creación de Pachakutik-Nuevo País (esta segunda, una agrupación luego cooptada por el expresentador de televisión Freddy Ehlers para su campaña presidencial de 1996). El partido político del indigenado ingresó a las contiendas electorales por alianzas con organizaciones como la Coordinadora de Movimientos Sociales, que se mantienen hasta la actualidad.

Los indígenas no solo proponían una nueva agenda, sino que tuvieron gran protagonismo en las destituciones presidenciales de Abdalá Bucaram en 1997, Jamil Mahuad en 2000 y Lucio Gutiérrez en 2005, a quien habían ayudado a conquistar el poder tras una segunda vuelta frente a Álvaro Noboa en 2002 (incluso una de sus líderes históricas, Nina Pacari, fue ministra de relaciones exteriores de ese gobierno, hasta cuando se retiraron, acusando de traición al mandatario). Pachakutik intentó, en algunos momentos, apartar a los mestizos. En su ideario actual señala que son “un movimiento étnico”.

Su nueva plataforma de lucha logró que se reconozcan los derechos colectivos en la constitución de 1998, sin haber logrado colmar sus pretensiones.  Una corriente indígena la calificó “como perversa”, porque exigían mayor presencia política y su participación en la reforma integral del estado.

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Poco antes de la caída del presidente Mahuad, en enero de 2000, había posiciones distintas entre los sectores indígenas, entre los que se querían sujetar a las formalidades de la democracia y otros que las objetaban, así como a sus normas y reglas, que empezaron a desconocer, dando énfasis a la denominada justicia indígena.

Las paralizaciones de octubre de 2019 y junio de 2022 marcaron un punto de quiebre final entre esas posturas, con la llegada a la Conaie de líderes vinculados con sectores radicales de la izquierda ecuatoriana y fuerte presencia en universidades públicas. Aunque las decisiones se siguen tomando comunitariamente, en la actualidad prevalecen ciertas posturas individuales de los actuales cabecillas. Con Leonidas Iza, la Conaie optó por la vía insurreccional como primera opción, como se señala en el libro Estallido, publicado en octubre de 2019.

La nueva postura del movimiento indígena tiene sustento en las ideas del mariateguismo o la lucha del terror instaurada por el sanguinario Pol Pot en Camboya en la década del ‘70 y otros extremismos y radicalismos que serán difíciles de apartar de la actual corriente de la Conaie. Estos, más bien, se ha vuelto más evidentes, ahora que tienen el apoyo del correísmo, sumado a su propuesta del comunismo indoamericano y el apoyo de facciones guevaristas y mariateguistas que han creado un caldo de cultivo para la subversión e insurrección, sin dejar de lado el objetivo final de una toma violenta del poder, donde coinciden con las tesis del expresidente Correa.

Como mencionaba la experta en temas indígenas Ileana Almeida: “las comunidades indígenas, casi desconocidas para los gobernantes, por ser igualitarias son un fundamento para la democracia: conservan rasgos de un desarrollo nacional truncado por el colonialismo, y conforman un modelo para legalizar y modernizar la presencia indígena en las ciudades”.

Sin embargo, agrega Almeida: “el Estado ecuatoriano conserva una estructura sociopolítica ajena a los indígenas, que no alcanzan igual consideración y derechos que los demás ciudadanos, no digamos ya el reconocimiento de su nacionalidad histórica”. Por esto, es lamentable que, como colectivos, los indígenas y sus agrupaciones evangélicas y los afroecuatorianos, hayan perdido su autonomía de pensamiento y acción y tengan como prioridad las plataformas individuales y personalistas de líderes como Leonidas Iza, Eustaquio Toala o Gary Espinoza.

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