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Quito: una ciudad abandonada a su suerte

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En esta crónica se explica la actual situación de la ciudad de Quito en todos los ámbitos, los pesares y angustias de millones de habitantes que se sienten desprotegidos por la indolencia de unas autoridades que parecen estar muy lejanas de los problemas que dicen atender, pero sin resultados concretos.

Fotos: Gianna Benalcázar – CCQ

“Mi Quito es un edén de maravillas”, rezaba la estrofa del pasacalle del mismo nombre del compositor Jorge Salas Mancheno, cantada por los habitantes de la capital del Ecuador, especialmente en épocas de las fiestas de fundación cada diciembre. La ciudad que cantó el poeta es solamente un recuerdo: las fiestas se extinguieron -gracias a la revolución ciudadana- y el edén se ha convertido en un infierno.

Existe caos en el tránsito. Trayectos que normalmente deberían tomar treinta minutos, pero en la ciudad del caos, se tardan más de tres horas. La medida del pico y placa funcionaba hace veinte años, cuando el parque automotor no superaba la media de un auto por cada cuatro personas (muchos, incluso de estratos socioeconómicos medios y bajos adquieren vehículos con facilidades de pago y lo seguirán haciendo si se restringe más placas todo el día y tampoco esa será la solución). Paradas de autobuses descuidadas y abandonadas, llenas de pintadas. Todo esto -dicen- hasta cuando llegue el Metro (que sería en diciembre de 2022). Pero, nunca se sabe…

El Metro de Quito operará en diciembre

A eso hay que agregarle el pésimo servicio público de transporte, manejado por empresas privadas y son un grupo de presión muy fuerte. Recientemente, sin mejorar el servicio, las cooperativas se auto incrementaron el pasaje a $ 0,30. Viajar en los buses urbanos es una verdadera odisea homérica: si no son los vendedores ambulantes (algunos anuncian sus antecedentes penales antes de ofrecer el producto) son los delincuentes que ingresan con pistola o cuchillo en mano amedrentando a los pasajeros. Si no son los controladores gritando -cuando el bus está lleno- que “atrás entran seis”, son los atascos y las frenadas bruscas de los choferes en cualquier parte. Las paradas son una utopía. Todos los pasajeros quieren que les dejen casi en sus casas…

Los parques y otros espacios urbanos son otro símbolo del deterioro. Hay que caminar por esos lugares esquivando la basura y a los mendigos. También hay el riesgo que bandas de delincuentes amenacen y se lleven todo. Los juegos de esos parques se han destruido, se roban las piezas, se substraen frecuentemente las alcantarillas o se tapan con basura y cuando llueve se inunda todo el sector. Salir a hacer deporte se vuelve una actividad de riesgo.

En las zonas de quebradas existe un riesgo permanente de que se desplomen las modestas viviendas que fueron construidas precariamente en tiempos de invasiones, autorizadas o no por funcionarios municipales o por candidatos a alcaldes buscando votos. Los planes de remediación no han funcionado y las laderas de las montañas que rodean a Quito siguen siendo un peligro latente (como pasó con el aluvión de La Comuna y la Gasca y otros derrumbes que siguen sucediendo en toda la ciudad). Y como va a seguir lloviendo en la ciudad…

El caos se ha apropiado de las aceras, espacios públicos y edificios patrimoniales. Llenos de grafitis, suciedad e irrespeto. Esto es mucho más evidente en el Centro Histórico, antes un orgullo patrimonial de la ciudad. Hoy un espacio para que malandrines e informales hagan de este espacio un botadero de basura y zona precaria llena de negocios ilícitos.

El Centro Histórico…

El 80% de calles y avenidas deterioradas, con cuadrillas municipales que “parchan” algunas partes de ellas y cuando deben completar el trabajo (muchos meses después) cuando el asfalto colocado se levantó y surgen otros baches que son uno de los peligros de los automotores. Si por estos huecos hay que bajarse a revisar el carro, se corre el riesgo de un asalto. No sirve la alternativa ecológica de las bicicletas municipales, muchas dañadas y arrinconadas en bodegas. 

La ciudad padece con postes de alumbrado eléctrico que albergan millones de cables (fideos los llama el vulgo y se desconoce el destino del plan de soterramiento) que se confunden con el paisaje de los letreros, carteles, publicidad ambulante, valles, pantallas led y música ruidosa en los negocios. Todo vale para llamar la atención, pero lo que más sorprende es la audacia con la que los comerciantes formales e informales se han adueñado de las veredas -incluso modificándolas- para expender sus productos. No se respeta las ordenanzas municipales (como la 282). Se construye sobre las líneas de fábrica y se ignora la distancia entre los inmuebles. No hay vigilancia ni autoridad que haga respetar los mandatos.

La vieja ciudad franciscana no ha logrado modernizarse, ante la desidia de las autoridades de los últimos cuatro períodos (Quito ha padecido desde el 2009 a los peores alcaldes de su historia y la tendencia es que gane otro improvisado). Lo que empezó como una novelería modernizadora del exalcalde Barrera, solamente es una fachada que esconde las miserias. Si hay que hacer trámites en las plataformas gubernamentales del norte y el sur (esos armatostes creados por Correa), se puede perder todo un día.

El historiador Manuel Espinosa Apolo en su recuento de la historia urbana de Quito hablaba de muros, cimientos y piedras ocultas por siglos emergieron durante los trabajos de restauración del patrimonio tras el sismo de 1987. La Quito española fue hecha sobre la ciudad inca y remontando quebradas. Al excavar se ha encontrado partes de la historia. Pero la modernidad se sigue abriendo paso en desorden e ignorando el pasado.

A medida que la ciudad crece también lo hacen sus redes de agua y alcantarillado, pero sin ninguna planificación porque se hacen en el momento y de acuerdo con necesidades puntuales de los habitantes. En muchas zonas hay continuos cortes del servicio. La luz eléctrica tampoco se salva (los apagones son frecuentes). Quito se ha vuelto una ciudad donde la regla es la improvisación. Se tapa baches o se hace obras de alcantarillado al ojo y al apuro, colapsando también el tránsito en algunas zonas de la ciudad.

La ciudad ofrece atractivos turísticos, plazas, centros de recreación e historia, pero no parece estar preparada para los cambios, que llegaron y se acomodaron como pudieron. El desorden, la precariedad y el descuido son las principales características de una urbe que ha crecido longitudinalmente, pero también hacia los valles, que empiezan a padecer también las calamidades urbanas. Un viaje desde Tumbaco, San Antonio o Sangolquí al híper centro puede tomar más de dos horas en los horarios de mayor congestión.

De Vuelta al Centro con más seguridad, más turismo y más comercios

Luego de la pandemia

La gente volvió a las calles tras la pandemia y lo que se ve es a muchos necesitados, que perdieron todo y que tratan de ganarse la vida como pueden. La disputa de la alcaldía entre Yunda y Guarderas fue otro síntoma del desgaste, porque las obras y la remediación de necesidades urgentes de la capital pasaron a segundo plano y la ciudad le sigue pasando la factura a los que menos tienen.

Así, los quiteños y residentes ven, poco a poco, el colapso de una ciudad que no proyecta, que no planifica y que tiene suspendidas sus obras de infraestructura, mientras que muchos edificios y terrenos que pertenecen al Municipio se encuentran abandonados o se han convertido en guaridas de delincuentes. El tejido social se desarticuló y vive en permanente conflicto. Hay una emergencia estructural que no se atiende por atender las necesidades coyunturales.

Se desconfía de los vecinos, se actúa con violencia en las calles, los vehículos se vuelven armas letales porque no se respeta los límites de velocidad. Ni las multas sirven. Aunque se trata de castigar a los infractores, éstos hacen como si nada. La nueva ordenanza para sancionar o detener a quienes porten armas blancas parece ser un paño frío para curar la fiebre, no para detener a la delincuencia, que lleva armas muy sofisticadas (de fácil consecución en el mercado negro).

Aunque los parques son lugares esenciales para la recreación de las personas, se han convertido en espacios agresivos y peligrosos, con presencia de delincuentes, pordioseros y gente que solo busca destruir el espacio público y robarse los bienes, porque nadie respeta la propiedad pública.

La iniciativa por la Seguridad de Quito se fortalece con el trabajo coordinado

La mayoría de los automovilistas no respetan a los ciclistas. Muchos pitan o lanzan los autos, pese a que pueden matarlos.  Algunos lugares de comida no toman en cuenta los protocolos de bioseguridad y distanciamiento entre las personas. A la hora del almuerzo muchos conductores invaden las calles en ambos carriles e impiden el flujo en las vías. Aunque ahora hay patinetas y escúteres, muchos usuarios no usan el equipo de seguridad necesario e invaden las veredas, de uso exclusivo de los peatones.

Los motociclistas y conductores de automóviles no respetan a los ciclistas y transeúntes. Las motos se suben a las veredas y los autos invaden las ciclovías. Los conductores de automóviles no son sancionados pese a que muchos de ellos se estacionan en lugares prohibidos. Los dueños de mascotas responsables –muy pocos– llevan una bolsa para recoger sus desechos, pero la mayoría no lo hace. Las veredas y los parques de la capital están llenas de desechos de perro. Muchos peatones cruzan la calle fuera de los “pasos cebras” peatonales, porque los conductores no ceden el paso a las personas. Hay algunas zonas de la ciudad que parecen “pueblos fantasma” por el abandono en el que se encuentran, especialmente al caer la noche.

Paradojas de una ciudad desamparada

A sus casi 488 años de fundación, Quito vive en el caos. Es una ciudad desordenada y el primer gran desafío es movilizarse. La ciudad es larga y angosta, sin vías de desfogue. Solo entre Calderón y Guamaní, desde el norte hacia el sur, hay casi 50 kilómetros de distancia, mientras no se llega a 10 kilómetros de ancho entre las laderas del Rucu y el Guagua Pichincha y las zonas del Itchimbia y el Parque Metropolitano. La concentración de actividades de tres millones de habitantes en ciertas zonas provoca congestiones diarias que el pico y placa, los carriles únicos y contraflujos no han logrado evitar. Incluso antiguas vías de desahogo, como la Mariscal Sucre (Occidental) y la Simón Bolívar (Nueva Oriental) colapsan, especialmente cuando llueve.

Contraflujos

El ambiente de Quito lleno de ventas ambulantes y música estruendosa que asusta a los peatones que caminan desconfiados por la inseguridad. Desde buses y vehículos particulares se ve con impaciencia cómo la vida sigue. Un viaje en bus se convierte en una experiencia aterradora si es que la unidad está llena, va lento o, en ocasiones, es detenida por un agente municipal en busca de papeles o cuando se daña, obligando a buscar el siguiente que irá, inevitablemente, más lleno. Es peor cuando buses de cooperativas diferentes corren para ver cuál gana recogiendo pasajeros.

Si se opta por el Trole, la Ecovía o el Metrobús, con vías exclusivas, puede haber más fluidez, pero el riesgo es permanente. Hay zonas de estos transportes públicos donde hay que esconder las carteras, maletas y estar atentos a la entrada en cualquier parada de malhechores que buscan hacer “su agosto”. Muchos truhanes ya son conocidos por pasajeros frecuentes. En horas pico hay que viajar pegados con desconocidos con el mismo dilema. Sin olvidarse, al bajarse de las unidades, de las montañas de basura, los baches y la inseguridad a cualquier hora en las paradas (garabateadas y descuidadas). Un punto de terror es el túnel de San Roque, por ejemplo.

La idea de modernización se redujo a pocas construcciones de cemento en diferentes zonas de la ciudad. El metro sigue siendo esperado y es probable que cuando opere ya no abastecerá la demanda original de los estudios previos, porque se requieren extensiones hacia el norte (Calderón, Carapungo y San Antonio) a los valles (Los Chillos, Tumbaco y Cumbayá) o hacia el sur, que crece rápidamente.

En el centro, desde los miradores y las iglesias aún se aprecia una belleza que se pierde poco a poco. Aunque los paisajes urbanos parecen estar detenidos en el tiempo, los problemas alrededor siguen latentes: mendigos, escándalos, microtráfico, prostitución callejera y más miserias en una ciudad que va perdiendo su identidad. Y por la noche, la experiencia se vuelve más peligrosa, por la falta de vigilancia.  

Barrios tradicionales como La Mariscal, en el centro norte, llenos de bares, hoteles y restaurantes que ofrecen diversión, entretenimiento y cultura, pero con mafias locales del tráfico de drogas que actúan a la vista de la autoridad estatal o municipal y donde se mantienen zonas de prostitución, gomeros que inhalan cemento de contacto o estacionamientos de carros que pueden ser otro riesgo para la seguridad, por la agresividad de los vigilantes. Abundan las licorerías, pero no hay farmacias abiertas.

Al calificar la gestión de los últimos alcaldes, los peores que ha tenido Quito en su historia (Barrera, Rodas, Yunda y Guarderas) hay que fusionar la incapacidad y la ineptitud de esos personajes con el momento más nefasto para la ciudad gracias al modelo populista de la “década perdida” de Rafael Correa al implementar el Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (COOTAD), que reemplazó a la Ley de Régimen Municipal (en la Constitución de Montecristi en 2008), con modificaciones que incrementaron la autoridad del alcalde y los concejales.

El alcalde toma todas las decisiones y concentra el poder. Con esa gobernabilidad asegura su dominio entregando cuotas de poder a los concejales que, antes de la vigencia del COOTAD, asistían a sesiones y ganaban dietas. Ahora son funcionarios a tiempo completo con buen sueldo y, adicionalmente, cada concejal maneja un área -feudo- (mercados, parques, transporte, cultura, deportes, agua potable y alcantarillado) a su antojo.

El actual código perpetuó la ineficiencia en el manejo de la ciudad. En las últimas administraciones municipales se aumentó la burocracia (más de 22 mil servidores, cuando Guayaquil tiene 4 mil). Esta burocracia, incrementada desde tiempos del exalcalde Barrera, sirvió para pagar favores a simpatizantes del correísmo sin “palancas” en la administración central.

El peligro de otro “Yundazo” en Quito

A pocos meses del inicio de la campaña para la elección de alcalde, casi dos docenas personajes han anunciado su intención de llegar -o volver- al sillón edilicio. Han sido muchos años de gestiones con bajo nivel de respaldo en las encuestas y que se han visto salpicadas por escándalos de corrupción que no terminan y concejales que solo piensan en sus agendas políticas personales. Solo el último alcalde, Guarderas, logró salir ileso de una acusación de que tenía inversiones en paraísos fiscales.

Los resultados de la elección de 2019 mostraron un grado de dispersión que provocó que el ganador triunfe con solo el 20% de los votos, frente a otros candidatos que habiendo llegado al 17 o 18% perdieron, cuando debieron haberse unido antes. Con ese poco respaldo comenzó una alcaldía catalogada como la más caótica de los últimos tiempos, la de Jorge Yunda.

En una ciudad caracterizada en el pasado por haber tenido muy buenos alcaldes (como Chiriboga Villagómez, Del Castillo, Durán Ballén, Paz o Mahuad), los últimos cuatro alcaldes son el reflejo de una ciudad que perdió su autoestima, escogiendo burgomaestres descalificados para el cargo (Barrera, Rodas, Yunda y Guarderas). Con el agravante de que la mayoría de los concejales electos no nacieron en la ciudad. Esto complica mucho más la gestión, por tener funcionarios que ni siquiera conocen Quito.

Hay otro peligro que está latente. Después de un año de su remoción como alcalde, Jorge Yunda se da modos para dilatar los procesos judiciales en su contra. El 3 de junio de 2021, por primera vez en la historia de la ciudad, un alcalde era cesado en sus funciones tras dos enmarañados años de gestión. Con el voto de 14 ediles del Concejo Metropolitano Yunda abandonó el cargo, pero usó argucias judiciales para continuar.

El Alcalde Guarderas habla sobre Jorge Yunda, los nuevos descubrimientos, la relación con el Gobierno, obras y las fiestas

El sucesor, Santiago Guarderas -vale recordar que llegó a la concejalía aupado por Yunda-, ha tenido que enfrentar diversos problemas que no han podido ser solucionados: el tránsito, los baches, la basura, la red de agua potable, el alcantarillado, las laderas, la corrupción municipal, la contaminación, los permisos de construcción y obras inconclusas o incompletas, entre otros.

Yunda fue llamado a juicio, junto a 13 personas más, por presunto delito de peculado en la compra de pruebas PCR (las pruebas “chimbas”), en abril de 2022. El juicio se inició el 29 de septiembre de 2021 y quedó suspendido el 21 de octubre, cuando la defensa de Yunda recusó a uno de los jueces, Fabián Fabara, con el argumento de que era parcial en la diligencia y que quería sentenciarlo por una causa distinta (tráfico de influencias) y no por peculado.

Ocho meses después, el juicio sigue sin reinstalarse porque se han presentado varias apelaciones para demorarlo. En una de esas ocasiones la jueza Patlova Guerra tomó vacaciones. Se trata de la misma jueza que revocó la prisión preventiva contra la prefecta de Pichincha, Paola Pabón, el exlegislador correísta Virgilio Hernández y el activista Christian González (hoy amnistiados por la Asamblea).

Yunda mantiene una denuncia por infracción electoral en el Tribunal Contencioso Electoral (TCE), pero no hay plazo para instalar a los cinco jueces que traten la causa. Esto le posibilitaría a Yunda volver a ser candidato a la Alcaldía de Quito. Él sigue manifestando que no tiene intención de participar, por estar concentrado en su labor empresarial, pero el 30 de mayo dijo encabezar una presunta encuesta de opinión.

Sin embargo, según Informe Confidencial, el 70% de los quiteños no le cree a Yunda cuando habla (su voto duro estaría entre 20 y 30%). Vale recordar que el hijo de Jorge Yunda, Sebastián, también fue llamado a juicio por asociación ilícita (por sus asuntos con empresarios chinos y otros relacionados con el cargo del padre), hallados en su celular). Pero, pese a que se pidió su extradición, todavía permanece en Argentina, en donde fue detenido.

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