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Las democracias a la deriva

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En esta ocasión, Ugo hace un análisis sobre la crisis del sistema democrático en el mundo, con un enfoque en la región y los peligros que representa el populismo como la alternativa que busca eternizarse en el poder e imponer la autocracia.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Lo dijeron funcionarios estadounidenses: la Cumbre de las Américas de Los Ángeles no invitará a los presidentes de Cuba, Venezuela y Nicaragua, países que no respetan la democracia. Los pedidos de mandatarios como Alberto Fernández de incluir a estos países y la negativa a asistir de los gobernantes boliviano Luis Arce y mexicano Andrés López Obrador dejan en claro que la región vive una crisis de la democracia participativa.

La potencial victoria de Gustavo Petro en Colombia, Lula da Silva en Brasil y la reciente victoria de Gabriel Boric en Chile confirman que, pese al fracaso de los gobiernos de la tendencia del socialismo del siglo XXI y de movimientos de esa corriente en América Latina, sus candidatos aún captan la atención de los votantes, porque los denominados políticos serios no sintonizan con las angustias de la mayoría de la población, que vuelca sus miradas hacia quienes, en algún momento les “doraron la píldora” o les vendieron humo y les ilusionaron al menos, por un momento, con la idea de que “alguien les prestaba atención”.

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La crisis de la democracia latinoamericana y mundial tiene su punto de partida. Desde la década anterior, anota Moisés Naim, la democracia pasa por una crisis global, con datos concluyentes: “en todos los continentes las democracias se han debilitado y las dictaduras están en auge, albergando al 70% de la población mundial, es decir cinco mil 400 millones de personas”. Según el Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), una década antes el porcentaje de personas bajo dictaduras era 49% y desde 1978 no había un número tan bajo de países en proceso de democratización.

El analista venezolano también dijo recientemente que los regímenes populistas “se cargaron la democracia y no nos dimos cuenta”. Naim agrega que las autocracias han vencido a base de lo que denomina las tres ‘p’: populismo, polarización y posverdad”.

Winston Churchill decía que “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”. La crisis de los últimos años muestra que mucho de lo sucedido deja poco espacio a los defensores de los sistemas democráticos, que se enfrentan a populismos y nacionalismos, que les tendieron una celada, culpándolos por las crisis de los países.

“Que se vayan todos” fue una consigna popular en muchas partes del mundo, exigiendo que los políticos renuncien y posibilitó la eclosión de los movimientos sociales. No es casual que hayan surgido movimientos como “Black Live’s Matter” en EE. UU., los “okupa” en España, los “gillet jaune” (chalecos amarillos) en Francia o indígenas de Ecuador, Chile o Colombia, añadiendo una explosión inusitada de violencia.

Lo que, al inicio, parecían protestas pacíficas degeneró en acciones contra el sistema y la propiedad, alegando que esa era la verdadera democracia. Luego llegó la pandemia y agudizó la crisis, completada con la invasión rusa a Ucrania (por cierto, Rusia es uno de los países del mundo que menos respeta la democracia).

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Los subversivos de antes prohíben la subversión

Cuba reformó sus leyes y anunció que la “subversión y la protesta serían consideradas como delito”. La reflexión necesaria es que, precisamente fue en países como la isla y Nicaragua. donde la subversión y la revolución violenta han dado lugar a las peores formas de dictaduras o autocracias, contrarias a cualquier disenso.

Larry Diamond, profesor de la Universidad de Stanford, la llama “recesión democrática” y se pregunta: ¿cómo movilizar a la población para defender a la democracia cuando la pandemia estaba causando la muerte de millones de personas en todo el mundo? “Según la Organización Mundial de la Salud, (OMS) solo entre el 2020 y 2021 murieron 15 millones de personas a causa del Covid 19 y sus variantes”. “En la década pasada también arreciaron los efectos del calentamiento global. Son más frecuentes, letales y costosos los incendios forestales, las olas de calor extremo, inundaciones, huracanes, tifones, el deshielo de los polos y mucho más”, agrega Naím.

De 2007 a 2009 se desató una profunda crisis financiera en EE. UU., que contagió a otros países, agudizando las desigualdades económicas. China es actualmente una de las sociedades más desiguales del mundo, pero también es uno de los países que más creció en los últimos veinte años convirtiéndose en primera economía mundial, lo que suelen destacar las informaciones.

En ese mismo período, China profundizó el autoritarismo. En 2018, el presidente Xi Jinping, eliminó una norma constitucional que, desde 1982, limitaba la presidencia a dos períodos de cinco años y será presidente casi para siempre. Igual que Putin, al extender su mandato hasta el 2036. Dos líderes autoritarios encabezando potencias mundiales.

Otro golpe fuerte para la democracia fue el Brexit, la inesperada salida del Reino Unido de la Unión Europea y caldo de cultivo de la eclosión económica, política y social de las redes sociales en política, que posibilitó la llegada al poder del conservadurismo radical, encabezado por Boris Johnson. Mientras tanto, el autoritario Putin sigue enviando ejércitos a Georgia, Crimea, Abjasia, Osetia del Sur, Siria y Ucrania, en misiones “especiales” o de “pacificación”, que se han convertido en baños de sangre.

Las emociones

En las tranqueras del sistema de colegios electorales se coló en EE. UU. la figura de Donald Trump, no solo como candidato del Partido Republicano, sino como presidente de EE. UU., provocando un cambio en las percepciones sobre la democracia en un país que había logrado blindar sus sistemas para evitar la llegada del populismo al poder, ayudado por las mentiras que Trump usó para convencer al electorado estadounidense.

Mientras tanto, muchos líderes autoritarios se adueñaron del poder en varios países: Bolsonaro en Brasil, Orban en Hungría o Duda en Polonia, que muestran que la democracia pasa por uno de sus peores momentos en las últimas décadas. Sin embargo, lo que sorprende es la falta de respuestas y la inacción ante esas arremetidas. Correa es uno de los que cree que no debe haber división de poderes y gana adeptos en el país, con maniobras que lo llevarían a encabezar otra acción antidemocrática, disfrazada de democrática, en elecciones donde los ciudadanos votan manipulados.

Pasa porque muchos asaltos a las democracias llegan por vía democrática, aunque sería una contradicción. Como dice Roberto Aguilar “los proyectos autoritarios prosperan en todo el planeta y la sociedad política ecuatoriana decide darles carta blanca”.

Las monarquías “democráticas”

En tiempos recientes surgió un estilo de gobiernos autoritarios que consolidaron su mandato con sucesivos y repetidos procesos electorales donde el mismo pueblo escogió la permanencia de estos personajes en el poder por largos períodos. Algunos, modificando la constitución de sus países para reelegirse indefinidamente (Chávez en Venezuela –hasta su muerte-, Morales en Bolivia u Ortega en Nicaragua).

Oswaldo Hurtado, en su obra “Las Dictaduras del Siglo XXI”, dice que este tipo de mandatarios -pone de ejemplo al expresidente ecuatoriano- consolidaron un poder absoluto, refrendado en las urnas por los votantes. Hurtado advierte que en los últimos 50 años no hubo un Presidente con más poder que Correa. Ni las dictaduras militares de los 60 y 70 tuvieron tanto control en las demás funciones del Estado como, a su juicio, sucedió en la llamada “revolución ciudadana”. “No hay memoria histórica de un presidente elegido por el pueblo que se haya comportado de forma tan abusiva”, sostiene el exmandatario.

¿Qué se entiende por democracia? ¿gobierno del pueblo para el pueblo o un pretexto de los grupos de poder para conservarlo? Palabra bonita, mal interpretada. Por días se la invoca y otros se la pisotea. En libros de historia y diccionarios, se define a la democracia como “la forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo”

Un gran colectivo de personas encarga el mandato a uno de ellos, mediante el sistema de sufragio universal, secreto y directo. En teoría, está bien. Se gobierna y se toma decisiones colectivas, que adopta el pueblo con mecanismos de participación directa o indirecta, otorgando legitimidad a sus representantes. Asimismo, se trata de una forma de convivencia social donde todos sus habitantes son libres e iguales ante la ley y las relaciones sociales se establecen de acuerdo con mecanismos contractuales (como planteaba Rousseau en el “Contrato Social”).

Algunos conceptos merecen ser comentados: un colectivo que encarga el mando. Es decir, el pueblo escoge a una persona para que decida por ellos. Nada más ni nada menos. Las decisiones del mandatario son de consenso y aceptación pública. Igualdad y libertad ante la ley. Pero, como planteaba Orwell en su obra “Rebelión en la Granja”, ese concepto se trastoca a “todos somos iguales, pero unos más iguales que otros”.

En la antigua Grecia, Platón y Aristóteles clasificaron las formas de gobierno: monarquía (uno gobierna a todos), aristocracia (pocos gobiernan a todos) y democracia (todos pueden auto gobernarse). ¿Qué existe? Uno o algunos que gobiernan a todos. Si se piensa que las elecciones son el sistema para decir que todos gobiernan, entonces algo funcionó mal. O los que gobiernan usaron la persuasión para hacer creer que todos gobiernan y no se cae en cuenta de que es uno o muy pocos los que lo hacen.

Más conceptos de la “Politika griega”: hay democracia directa cuando la decisión es adoptada directamente por los miembros del pueblo y democracia indirecta o representativa cuando la decisión es adoptada por personas elegidas por el pueblo como representantes. Tal vez esta sea la forma de gobierno: muchos escogen a algunos para que los representen. La historia nacional muestra cómo esos pocos se han beneficiado ellos mismos y han decepcionado a los demás.

Finalmente, hay democracia participativa “cuando se aplica un modelo político que facilita a los ciudadanos su capacidad de asociarse y organizarse de tal modo que puedan ejercer una influencia directa en las decisiones públicas o cuando se facilita a la ciudadanía amplios mecanismos plebiscitarios. Estas tres formas no son excluyentes y pueden complementarse”, según el diccionario de política de Bobbio y Mateucci.

¿Sirve la democracia participativa? La sociedad es una red que genera relaciones entre el gobierno, las comunidades, grupos de interés, sectores e instituciones para conocer de primera mano las necesidades de la población. Las instituciones, organismos sectoriales, empresas y gobiernos acaban por apreciar que tienen mucho que ganar si logran esa interacción con los ciudadanos y organizaciones. Así, todos caminan hacia objetivos comunes y cristalizan sus proyectos.

La “democracie de merd”

Si la democracia solo se sustenta en tener elecciones cada cierto tiempo, poniendo en marcha no la participación ciudadana, sino maquinarias electorales que buscan con un frenesí, digno de mejor causa, cargos y prebendas burocráticas y salvar su parte individual, económicamente hablando. Así, algo no está funcionando con la democracia.

Si los adalides de la democracia contemporánea son quienes hasta hace poco tiempo eran golpistas o conspiradores, entonces, algo anda mal. Lo que importa es ser “leal al gobierno de turno” y atacar a aquellos que no comparten proyectos e ideas. En países como el Ecuador nunca hubo un sistema verdaderamente democrático ni transparente. La institucionalidad desaparece y la corrupción campea. Así, cualquier prospecto de revolución sigue en marcha.

“Pues la libertad solo está en la ley, la ley de todos, la voluntad suprema es mi obra, está hecha por mí sometiéndome a las leyes me obedezco a mí mismo prefiero la humilde virtud que cubre la choza a los vicios de los opulentos”.

Esta extraña pero reveladora poesía fue escrita por un soldado de un batallón francés durante la Revolución Francesa y demostraba cuán informados estaban los franceses poco antes del levantamiento revolucionario del 14 de julio de 1789, lo que demuestra la gran importancia que ya tenía la comunicación –sin ese nombre- en la vida cotidiana de ese país. Los pensadores de la burguesía se apoyaban en escritos de los pensadores ilustrados. Pero solo gracias a los almanaques y a los cancioneros, el pueblo conoció de primera mano lo que ocurría en París y en los salones del lujoso Palacio de Versalles.

Una inmensa capa de la gente se iba nutriendo gracias a la vulgarización de estos textos, mediante la lectura pública de escritos o canciones. La obra de los enciclopedistas era “vulgarizada” a pesar de la aversión y enojo que estos sabios tuvieron por la “literatura popular”. Rousseau nunca estuvo de acuerdo con estos escritores de panfletos, sobre quienes decía que “mienten por dos peniques diarios”.

Otro factor que desencadenó la gesta parisina fue precisamente que el público conocía lo que pasaba. El antiguo régimen tambaleaba y se perfilaba el paso hacia una verdadera democracia, encarnada por la revolución. Se puede generar opinión si hay redes de comunicación, para fijar los objetivos políticos sobre la base de la información persuasoria. La principal causa de la revuelta fue el descontento y la miseria de la clase popular y los líderes revolucionarios aprendieron “maneras de expresar la protesta”.

Adecuaron un lenguaje convencional revolucionario que extrajeron del coloquio, de la conversación y de leer e intercambiar ideas. Las bases de la auténtica libertad están ahí: en la libertad de expresión y en la libertad de reunión (dígase “forajidos”, majaderos” o cualquier otra palabreja que se les ocurra a los lectores). Cuando la revolución se institucionalizó y se temían brotes de una contrarrevolución, hubo medidas de represión dirigidas contra aquellas instituciones que facilitaban la libertad de reunión. Solo podían hacerlo aquellos que coincidían con los postulados revolucionarios.

Sergei Tchakhotine, autor ruso, describe en su obra “le viol des foules” (algo así como la violación multitudinaria, en traducción del francés) que se creó una oficina del Espíritu, una especie de Ministerio de Propaganda y relataba algo que tiene sindéresis con la realidad: “Si examinamos con cierto detenimiento los procedimientos propagandísticos de la Revolución, lo que nos sorprende es el amplio empleo de los símbolos: la bandera tricolor como símbolo visual, los acentos de la Marsellesa como símbolo vocal y auditivo, así como el término “ciudadano” en lugar de “señor” y que se origina en octubre de 1792”. Como para acordarse de aquello de “la patria ya es de todos” y “Patria, tierra sagrada”…

Los elegidos

Antes de ellos no había nada y después, el diluvio. Padres de la patria, refundadores, reformistas, inventores de nuevos contratos sociales y funciones del estado acomodadas a sus intereses. Para ellos la división de poderes de Montesquieu es anacrónica. Sus medios de comunicación son de propaganda. Definen qué se publica y qué no. Persiguen a los medios y a los periodistas independientes por no ser leales “al proyecto”. Putin, Correa, Ortega, Orban o Díaz Canel lo ejemplifican bien.

La democracia es, para ellos, un sistema para convocar elecciones para ganarlas. Son partidarios del partido único. Atacan a la oposición hasta exterminarla. Encarcelan rivales (por el peligro que representan, como pasó en Nicaragua o en Rusia). Según Roberto Aguilar “este modelo no es una filosofía política ni una ideología, nomás un mecanismo para no perder nunca el poder. Se aplica por igual a dictadores de izquierda o de derecha alrededor del mundo: sirve para Putin como para Chávez y Maduro; para Erdogan como para Correa; para Viktor Orbán como para Nayib Bukele… Es la mayor amenaza que ha afrontado el sistema democrático desde los años 30”.

La Premio Pulitzer de Periodismo Anne Applebaum, en su más reciente libro ‘El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo’ señala las trampas de los nacionalismos y los discursos populistas en países tan diferentes como Polonia, Venezuela, Hungría, España, el Brexit y Donald Trump… Applebaum, quien vive en Polonia 30 años, ganó el Pulitzer por ‘Gulag’ (estudio sobre los campos de concentración soviéticos). También escribió ‘El telón de acero’ (historia de la Europa del Este en la Guerra Fría), y ‘Hambruna roja’, sobre la guerra de Stalin contra Ucrania, muy actual.

‘Gulag’, un híbrido entre el reportaje, el testimonial histórico y el manifiesto, presenta a caudillos autoritarios del siglo XXI que buscan acabar con la democracia desde su interior, creando enemigos existenciales, realidades alternativas que aplican en sus gobiernos o el uso de la meritocracia que busca lealtad más que capacidad. Parece una radiografía del correísmo, pero muestra el mundo actual. Se refiere a funcionarios e intelectuales de estos gobiernos y la obligación de “defender a los líderes por más deshonestas que sean sus declaraciones, por más extendida que sea su corrupción y por más desastroso que resulte su impacto en las instituciones y en la gente corriente”. Como si hubiese escuchado el reciente audio entre Glas y Cortázar.

Hay una amenaza global que no pudieron blindar ni los británicos (luego del Brexit) ni el sistema de colegios electorales estadounidenses que no evitó la irrupción de Donald Trump. “Dadas las condiciones adecuadas”, dice Applebaum, “cualquier país puede dar la espalda a la democracia”.

En Ecuador, cuando se creía que podía erradicarse el autoritarismo (en las elecciones presidenciales de 2021), se volvió otra vez a la modorra política (con la peor asamblea de todos los tiempos, aunque siempre se podrá estar peor). Políticos irresponsables que hacen el juego a los “revolucionarios de pacotilla”, listos para escarbar en las miserias del sistema que crearon para volver triunfantes, tras haber aniquilado la institucionalidad.  

Los autoritarios no ocultan sus intenciones y con total desparpajo siguen buscando la impunidad de sus delitos, para lograr que los organismos de control que ellos crearon sean funcionales a sus intereses. Su plan siempre será tomarse el poder para no soltarlo nunca y vengarse de los opositores. Y cuando están en el poder, aniquilar cualquier vestigio de disidencia.

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