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La extrema derecha no funciona

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Las tendencias políticas latinoamericanas, en específico la extrema derecha, cuando ha llegado al poder en nuestros países no ha sido la solución.

Foto: Nico Bovio – Flickr Mauricio Macri

El análisis de caminos ideológicos en esta polarizada región encuentra también desorientada a la corriente de derecha y con riesgo de caer igualmente en los fanatismos y extremismos en los que se hundió la izquierda, demostrando que tampoco es la solución para los problemas de Latinoamérica. Lo más fácil suele ser calificarlos como “nazis” o “fascistas”, aunque esta definición se aplica tanto a extremistas de derecha como de izquierda. Pese a que han dejado el poder en la mayoría de los países de la región, mantienen influencia y la polarización puede ser más fuerte en los próximos años.

Se lo constató en el reciente asalto de las hordas bolsonaristas a los palacios de los tres poderes en Brasil; en las simpatías que sigue atrayendo Javier Milei en Argentina (personaje incómodo, no solo para el peronismo, sino para grupos de la derecha empresarial, como los del expresidente Macri y otros de la tendencia como Rodríguez Larreta; y en Chile tiene mucha fuerza la nueva derecha de José Antonio Kast, que sigue buscando desmarcarse del pasado pinochetista.

Los nuevos gobiernos progresistas de América Latina han triunfado, porque sus contradictores de derecha no plasmaron estrategias para reducir la pobreza. Por eso, la ola de protestas sociales, problemas de gobernabilidad y fragilidad política. No queda país en la región que se libre de la polarización y la violencia generada por ésta. La derecha en América Latina trata de revertir el orden actual. Desde la llegada al poder del venezolano Hugo Chávez en 1998, se mantienen -en algunos casos en alternancia con la derecha- gobiernos de izquierda. Esto propicia un debate sobre el “giro a la izquierda” y los matices de las izquierdas y centroizquierdas.

La mayoría de las naciones latinoamericanas son gobernadas actualmente por líderes y partidos de izquierda. No implica que la derecha no tenga importancia en esa disputa política. En Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Paraguay, Ecuador o México, además de América Central, hay partidos de derecha y centroderecha que captaron importantes espacios parlamentarios e incluso tomaron el poder en algunos casos. Tras la derrota -cuestionada- de Bolsonaro en Brasil, de Macri en Argentina y del uribismo en Colombia, se pensaría que la tendencia debió retroceder, pero nada más alejado de la realidad.

La derecha sigue teniendo capacidad para influir en los gobiernos, financiando campañas y haciendo cabildeo sobre actores políticos y funcionarios públicos, así como la difusión de sus ideas en medios de comunicación de masas y la presencia de tecnócratas que patrocinan políticas públicas afines a su ideología. El hecho de que la izquierda esté en el poder en buena parte de Latinoamérica no implica que la derecha no tenga su propio peso. La creciente politización de la desigualdad por parte de diversos actores puso en cuestionamiento sus ideas y su proyecto de modernización que tuvo su mayor apogeo en las décadas de ‘80 y ‘90.

Los conceptos de derecha

En su Enciclopedia de la Política y en otros textos, el pensador italiano Norberto Bobbio sostiene que “derecha e izquierda son conceptos antitéticos, vale decir, el uno existe gracias al otro”. Por eso, si una de esas tendencias domina, no significa que la otra desaparece. Bobbio agrega que “mientras que la derecha concibe que la mayoría de las desigualdades son naturales y difíciles (o incluso inconvenientes) de erradicar, la izquierda asume que la mayoría de las desigualdades son construidas socialmente y, por ende, las ve como producto de situaciones que deben ser modificadas”.

Bobbio plantea que “hay otros conflictos que son ortogonales a la distinción entre derecha e izquierda. Por ejemplo, el autoritarismo puede ser defendido por dictadores tanto de derecha (por ejemplo, Augusto Pinochet en Chile) como de izquierda (por ejemplo, Fidel Castro en Cuba)”.

Es más adecuado definir a la derecha como una postura política que sostiene que las desigualdades entre las personas son naturales y el Estado no tiene nada que hacer. La izquierda asume que las desigualdades entre las personas son artificiales y deben ser contrarrestadas por políticas estatales. Una de las distinciones que se hacían en tiempos de la polarización capitalismo/socialismo eran que en el sistema capitalista era casi nula la mano del estado, mientras que era lo contrario en el caso de los países del bloque pros-soviético: es decir, mercado contra Estado. Las reformas neoliberales en los ‘80 y ‘90 profundizaron la desigualdad en América Latina, pero permitieron aspectos como el control de la inflación, estabilidad macroeconómica y ampliación del acceso a bienes (antes solo un lujo de las clases dominantes).

Si la derecha sostiene que las desigualdades entre las personas son naturales y están fuera del alcance del Estado, se podría pensar que, en un continente caracterizado por la desigualdad, la derecha no tendría opciones electorales, pero lo que se ve es que en algunos países (Chile, Perú, Ecuador, Brasil o Colombia) los resultados electorales son estrechos, como que las votaciones en segundas vueltas no superan el 55% en el caso de los ganadores (por lo que se deduce que quienes pierden son casi la mitad de los electores), sean de la tendencia que sean.

Foto: Flickr Colombia a mil

Aunque la propuesta de modernización conservadora tuvo su acogida y luego su ocaso en la región, no se puede decir que no haya dejado ciertos recuerdos en los simpatizantes y lo que ha ido aconteciendo en América Latina en donde se ha politizado la desigualdad. Si hay algo que tienen en común líderes populistas como Lula en Brasil, Maduro, el difunto Chávez en Venezuela y Rafael Correa en Ecuador, los movimientos indígenas de Bolivia y las organizaciones detrás de las protestas en Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Brasil y Chile, es que todos han buscado reformas para confrontar la desigualdad, según lo planteaban en sus idearios políticos, aunque luego lo olvidan.

Un factor determinante para politizar la desigualdad fue el declive de la influencia de EE. UU. en la región, así como el aumento del precio de las materias primas en el mercado global, que permitió a los gobiernos de izquierda -en la primera etapa- tener más libertad económica y política para implementar proyectos lejanos al llamado “Consenso de Washington”. Luego de la implementación de reformas neoliberales y de períodos de estabilidad macroeconómica, pero sin lograr reducir la desigualdad, se vio necesario que se implementen otro tipo de políticas públicas en que se privilegie el aspecto de la lucha contra la desigualdad.

¿Qué busca la derecha latinoamericana y qué futuro político tiene?

El hecho de que América Latina tenga altos niveles de desigualdad no implica que la izquierda estará en el poder para siempre. El politólogo Adam Przeworski sostiene que “los cambios políticos no duran por siempre y la alternancia es un elemento central del juego democrático”. El giro a la izquierda se explica por la politización de la desigualdad por parte de ciertos actores, mientras que la debilidad electoral de la derecha se relaciona con su dificultad para politizar temas cercanos a su ideario. Desde hace algunos años la derecha viene desarrollando estrategias para luchar contra la hegemonía de la izquierda.

Una primera estrategia es la movilización -como lo hace el progresismo- para maniatar y presionar a los gobiernos de izquierda para que no logren implementar reformas radicales que fueron parte de sus programas de gobierno. Esto sucedió recientemente tras el golpe de estado que derrocó a Pedro Castillo en el Perú. Sin embargo, se mantiene el recuerdo de una derecha apoyando y financiando golpes de estado en los países latinoamericanos, con la connivencia de Estados Unidos, especialmente en la década de los ‘70. Esto es más difícil actualmente, porque entran en juego otros actores (grupos empresariales y organizaciones vinculadas a la gran empresa, entre otras).   

Otra de estas prácticas es el cabildeo y la incidencia de organizaciones empresariales y tecnocráticas sobre distintos organismos del Estado. En varios países hay fundaciones y think tanks de derecha con presencia en la formulación de las políticas públicas. La derecha también tiene dinero para auspiciar y generar medios de comunicación, generando tricotomía entre medios públicos, independientes y partidarios. También promueve la formación de actores y colectivos que aparecen en el espacio público e inciden para generar preferencias en temas morales o identitarios y con la regulación de la actividad económica (con estrellas mediáticas como Milei y Agustín Laje).

Otra estrategia es desarrollar opciones electorales no partidistas. Liderazgos que buscan competir en elecciones sin partidos políticos, en calidad de outsiders, basados en la mala evaluación de la clase política y los partidos, sin olvidarse que también usaron esta estrategia Chávez, Morales y Correa, entre otros. De todos modos, desde la década de los ‘90 hubo algunos líderes de derecha: Alberto Fujimori en Perú, Fernando Collor de Mello en Brasil- y el colombiano Álvaro Uribe (en 2002) que armaron proyectos personalistas y de larga duración, hasta hereditarios. Se evidencia por la alta votación que mantuvo Keiko Fujimori en las elecciones presidenciales peruanas de 2011, 2016 y 2021.  Otro caso fue el de Marcelo Kast en las elecciones chilenas de 2022.

Otra estrategia de la derecha latinoamericana radica en invertir recursos y tiempo para formar partidos políticos, que es más costosa, pero menos complicada en países donde la derecha tiene partidos políticos sólidos: Brasil, Chile o México. Ante las críticas que hace la izquierda sobre la desigualdad, estos partidos sostienen como tesis la eficiencia económica, combinando este discurso con otro que resalta posibles (a veces indiscutibles) malas prácticas de la izquierda (clientelismo, nepotismo o corrupción).

Otro tema con mucha acogida de la tendencia es sobre la actual situación de violencia e inseguridad que afecta a muchos países, en donde se pone énfasis en “la mano dura” que ha implementado el presidente Nayib Bukele en El Salvador, pero sin medir las consecuencias, como le ha venido pasando al presidente ecuatoriano Lasso, quien no logra enfrentar eficientemente este problema. 

La derecha debería tener capacidad de distanciarse del proyecto de modernización conservadora de las décadas de los ‘80 y ‘90, para convertirse en una opción política atractiva para el electorado latinoamericano. Pero, hay que tomar en cuenta que este escenario actualmente adverso para la derecha puede cambiar si los gobiernos de izquierda no cumplen promesas (suele pasar en la lógica del péndulo electoral). Sin embargo, todos los gobiernos de la región deben mostrar resultados a sus ciudadanos, porque, caso contrario, se seguirá con una alternancia entre modelos empresariales con modelos estatistas o populistas con inciertos rumbos por venir.

Tras años de gobiernos populistas fiscalmente irresponsables de los Kirchner, Argentina optó por Mauricio Macri, un empresario de derecha, quien también se ahogó en sus problemas. En Brasil, llegó al poder Jair Bolsonaro aprovechando que, por entonces, su principal contradictor, Lula da Silva, estaba en la cárcel. Hubo una influencia indudable en el triunfo que, en 2016, obtuvo en EE. UU. Donald Trump, que provocó muchos seguidores en esta región, que se vanagloriaron de los éxitos del polémico empresario.

La dinámica política de la región obedece a varios factores. Los precios internacionales de commodities (petróleo, gas y cobre), la desaceleración de la economía china, la caída de exportaciones de la región y los problemas económicos locales, agravados por la volatilidad de flujos financieros a países en desarrollo, una inversión extranjera que no llega a todos los países y el temor para el comercio internacional de una retórica antiglobalización que surgió en la región y fue aupada por países del primer mundo.

El deterioro económico resultante acentuó la insatisfacción ante los servicios públicos y volvió el antiguo debate de la desigualdad y malversación de fondos públicos. En países con una larga tradición de buena gestión, como Chile, los sectores de menores ingresos mejoraron muy poco, lo que provocó el estallido de noviembre de 2019 y los procesos constituyentes fallidos de 2022 que tienen al presidente Boric contra las cuerdas.

La derecha de América Latina busca un camino

Tras muchas derrotas electorales, el fracaso de presidentes-gerentes y un aparente agotamiento del discurso trumpista en la región, ¿a dónde va la derecha? Seis meses antes de que Petro sea el primer presidente de izquierda de Colombia, el politólogo Alberto Vergara decía que la estrategia de meter miedo hacia los candidatos progresistas sin ofrecer nada a cambio ya no funciona para la derecha latinoamericana. En 2021, Keiko Fujimori en Perú, José Antonio Kast en Chile y Juan Orlando Hernández en Honduras perdieron las elecciones por agitar sobre sus adversarios el miedo del comunismo (algunos de ellos reivindicando políticas de las dictaduras).

Tras la falta de logros y la decepción de esta derecha gerencial, con exponentes como el empresario chileno Sebastián Piñera, el argentino Mauricio Macri o el peruano Pedro Kuczynski (una derecha “que no aprende a ser ciudadana de sus países, sino dueña de sus países”, decía Vergara), tampoco dieron resultado las réplicas del modelo trumpista: el miedo al comunismo, el racismo, la prohibición del aborto o combatir la “ideología de género”, que solo ayudaron a Jair Bolsonaro en Brasil en 2018, pero nada más.

El candidato con el que Petro disputó el balotaje en Colombia, Rodolfo Hernández, parecía un híbrido de las dos tendencias: un empresario luchando contra la corrupción (pero con causas judiciales en contra cuando era alcalde), que hablaba de las mujeres como fábricas de hijos o prostitutas y que llegó a decir que admiraba a “un pensador alemán, Adolf Hitler”, fue la opción del uribismo, que no tuvo candidato propio.

Aunque los gobiernos de López Obrador y de Petro no se parecen, tienen un paralelismo en su llegada al poder y en la caída de los modelos políticos tradicionales: son los primeros presidentes de izquierda de sus países y en su ascenso fueron demoliendo a los partidos tradicionales que dominaron la política por décadas.

En Colombia, el declive del expresidente Álvaro Uribe, fue estrepitoso. La incapacidad de tener su candidato en las presidenciales mostró los límites de su proyecto personalista y su situación judicial le pasó factura, sumado a la baja popularidad de su delfín, Iván Duque, quien enfrentó las protestas más fuertes de la historia reciente del país. También en México los partidos políticos quedaron arrinconados: en 2018 Andrés Manuel López Obrador arrasó con la ideología. Desde hace más de tres años, solo hay dos opciones: el “lopezobradorismo” y sus opositores. Se espera su reelección, ante a la crisis del PRI (el eterno partido ganador de la “dictadura perfecta”), el PAN y el PRD.

A pesar de que Jair Messias Bolsonaro, hizo polvo la tradicional alternancia entre el centroderecha y la izquierda tras el fin de la dictadura y llegó al poder con un discurso ultraliberal en economía, ultraconservador, reaccionario y antisistema, sus intentos de reformas se opacaron por su mal manejo de la pandemia y la reciente derrota electoral -no aceptada- ante Lula, que provocó que sus seguidores repliquen el asalto del Capitolio en Washington, ante los tres poderes del estado en Brasilia. Desde su entrada en política, Bolsonaro era conocido por sus provocaciones, exabruptos y su nostalgia de la dictadura. Como diputado era machista, homófobo, defensor de los intereses corporativos de soldados y policías, pero leyó entonces el descontento de los brasileños -todavía no aplacado- con el Partido de los Trabajadores (PT).

Foto: Flickr Palácio do Planalto

Sus ataques a las instituciones y al sistema de votación electrónica provocaron que no reconozca un resultado adverso lo que provocó una crisis e incluso un intento de golpe. Fue clave el rol que jugaron las Fuerzas Armadas y la Policía Militar. Pero, aunque Bolsonaro perdió las elecciones, coinciden los especialistas, el bolsonarismo está vivo.

La crisis de 2001 en Argentina, con la implosión del modelo neoliberal del presidente Carlos Menem en la década previa, dejó a la derecha sin referentes. Sin embargo, mantiene su poder de cabildeo en organizaciones intermedias (cámaras empresariales o rurales) que le hacen la guerra al Gobierno kirchnerista (ala izquierda del peronismo).

Esas derechas inorgánicas se aglutinaron alrededor de la figura de Mauricio Macri, miembro de una de las familias más ricas del país. Verónica Giordano, socióloga de la Universidad de Buenos Aires, define a Macri como de “una derecha liberal, como la de Sebastián Piñera en Chile o Luis Lacalle Pou en Uruguay, cercana a estructuras de empresarios vinculados al Estado, pegadas a la escuela de los Chicago Boys y a una visión política con menos peso de la Iglesia Católica”. Eso explica que haya votantes de la derecha dominante en Argentina que defienden el aborto legal.

Macri llegó a la Casa Rosada en 2015, pero no resolvió la crisis económica, lo que le costó la reelección cuatro años después, posibilitando el retorno del peronismo y de la actual vicepresidenta, Cristina Fernández (sentenciada por la Corte Suprema) al poder.

Desde el sector “libertario” surgió un personaje: Javier Milei, diputado ultraliberal vociferante, seguido por los decepcionados del sistema. Milei ha sido capaz de captar adhesiones con discursos incendiarios en los que no duda en llamar ladrones (“chorros”) a los políticos que han gobernado Argentina en las últimas décadas y en sortear mensualmente su sueldo como parlamentario entre quienes se inscriban.

Esta dinámica entre extremos y la moderación en la misma derecha también es problemática en Chile, donde las fuerzas conservadoras, pese a no lograr reconstruir su proyecto tras el triunfo de Gabriel Boric en diciembre de 2021, lograron rehacerse en el plebiscito constituyente de 2022 y son una posibilidad electoral en los próximos años.

Es evidente que la derecha tampoco no ha creado proyectos orgánicos y creíbles, esperando que surjan estos personajes, outsiders, que rompen con los esquemas del partidismo, sin concretar posibilidades de organizaciones fuertes que no tengan reminiscencias con el pasado de los países (de dictaduras o regímenes autoritarios).

La derecha no ha sido tampoco la solución, como no lo ha sido la izquierda. Pero, el temor que está surgiendo en muchas partes del continente es la propuesta, que pudo ser la que le costó el cargo a Pedro Castillo en Perú, de la creación -entusiastamente promovida por Evo Morales, Leonidas Iza y otros líderes del indigenismo latinoamericano- de crear un estado aymará, en medio de Perú y Bolivia, con muchas reservas naturales, denominado “Runasur”, con el que Bolivia recuperaría el acceso al mar, pero sus connotaciones son muy al estilo de las presentadas por Iza en el libro Estallido: “comunismo indoamericano o barbarie”.

Queda por ver cuál será la estrategia de la derecha y de la izquierda (en cualquiera de sus corrientes), frente a este proyecto autoritario, marxista y para nada democrático que se viene cocinando en la región, ante el fracaso de las tendencias ideológicas que han dominado Latinoamérica en tiempos de polarización.

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