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La crisis China-Taiwán para principiantes

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La crisis entre Taiwán y China, con posibilidades de una escalada bélica, y con la injerencia de Estados Unidos, presenta un escenario ominoso que se agrega a las otras crisis que vive la humanidad (la guerra en Ucrania, el calentamiento global, las crisis energética y alimentaria, entre otras. 

Xi Jinping President of the People’s Republic of China speak’s at a United Nations Office at Geneva. 18 january 2017. UN Photo / Jean-Marc Ferré

Originalmente poblada por pueblos de origen malayopolinesio, la isla de Taiwán o Formosa siempre generó interés y ambición en las diferentes potencias asiáticas y europeas desde el siglo XVII, cuando fue colonizada por neerlandeses, españoles, chinos y japoneses. En 1683 quedó bajo el control de China por primera vez, como parte de los territorios de la dinastía Qing, hasta 1895, cuando al ser derrotada en la primera guerra chino-japonesa, Taiwán fue cedida a los japoneses.

Tras la derrota japonesa en la segunda guerra mundial, en octubre de 1945, la isla volvió bajo control chino. En 1949, frente a los conflictos entre los líderes históricos, Mao Zedong y Chiang Kai Chek, los seguidores de éste se dirigieron a la isla de Formosa, declarándose República de Taiwán y refugio del gobierno nacionalista chino del Kuomintang.

El Kuomintang (KMT), vencido en la guerra civil china por el Partido Comunista de China gobernó Taiwán (junto con las islas de Kinmen, Wuqiu y Matsu en el lado opuesto del Estrecho de Taiwán) como un Estado de partido único por cuarenta años, hasta las reformas democráticas de los ‘80, que llevaron a las primeras elecciones presidenciales democráticas en 1996. Durante la posguerra, tuvo un acelerado proceso de industrialización y crecimiento económico denominado como el “milagro de Taiwán”. Este país estuvo incluido en la lista de los denominados “Tigres Asiáticos”.

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China ha considerado siempre a Taiwán como parte de sus territorios y durante algunas décadas ha buscado recuperarla para su soberanía, como ya pasó con Hong Kong, ciudad que durante cien años fue colonia británica, el 1 de julio del 1997 y con Macao, antigua colonia portuguesa, recuperada por la China comunista el 20 de diciembre del 1999.

En el caso de Taiwán, las cosas no parecen ser tan sencillas. La isla de Formosa, enclavada en el Mar de China, se convierte en un escollo muy difícil de superar para el imperio comunista, al intentar expandir su influencia geopolítica en esa región, para impedir que fuerzas occidentales como las de Estados Unidos también amplíen su área de cobertura y dominio. La visita a Taiwán de la presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense, Nancy Pelosi (en términos de sucesión, la segunda opción en caso de ausencia del presidente Joe Biden), ha generado una ola de especulaciones respecto a acciones militares de parte y parte, generando un nuevo temor de una conflagración bélica en esa zona del mundo.

Recientes ejercicios militares chinos y taiwaneses en la zona marítima que ambos países comparten han generado efectos de disuasión entre los dos, pero queda claro que ni China ni Taiwán quieren ceder sus posiciones en esta estratégica zona del mundo. No hay que olvidarse que tanto chinos como taiwaneses son países productores de tecnología y de materias primas, necesarias para el desarrollo de industrias en países del primer y tercer mundo.

Una crisis relevante

Tras la visita de la presidenta de la cámara de representantes estadounidense Nancy Pelosi a Taiwan, Beijing ha realizado numerosos ejercicios militares como represalia por lo que considera una desviación del principio de “una sola China”. Así, tropas marinas y aéreas de la potencia asiática han bordeado los límites territoriales y el espacio aéreo taiwanés, intentando atemorizar a la isla. Entre el 4 y el 7 de agosto fueron denunciadas varias actividades militares chinas en zonas cercanas a Taiwán.

Paralelamente, el gobierno de Beijing había advertido a Washington que “no juegue con fuego”  con Taiwán y que si Pelosi llegaba a la isla, ellos “no se quedarían con los brazos cruzados”. Al ser Pelosi la segunda en la línea de sucesión para la presidencia de EE. UU., solo detrás de la vicepresidenta Kamala Harris, Beijing acusó al país norteamericano de desoír la política de “una sola China”, advirtiendo que se trataba de un contacto oficial, cuando previamente se habían comprometido a no mantenerlos, lo que ha resultado una provocación al régimen comunista.

La visita de Pelosi a Taipéi, calificada en EE. UU. como “histórica” ha causado una enorme agitación. Además, los portavoces chinos sostienen que los norteamericanos continúan comercializando armas con Taiwán, a la que el régimen de Beijing califica como una “provincia rebelde”.

Xi Jinping debe enfrentar en los próximos meses el XX Congreso Nacional del Partido Comunista, en donde buscará renovar por tercera vez su mandato, por lo que ha advertido a Washington de las consecuencias que tendría su acción de intensificar esos vínculos con Taiwán, que no forma parte del sistema de Naciones Unidas, precisamente por el veto de China, país que es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de ese organismo, junto con los Estados Unidos, Francia, Rusia y Gran Bretaña.

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Se trata de una situación muy delicada, que ya provocó en el siglo XX otras dos escaramuzas que pudieron terminar en conflagraciones nucleares. Tampoco hay que dejar de mencionar que China mantiene muchas ambiciones en el océano Pacífico y en el mar de China mientras que, por su parte, Washington busca ‘contener’ a Pekín para reafirmar su influencia geopolítica en la región.

China considera que la isla es una provincia rebelde de su territorio, mientras que el gobierno de la isla, cada vez más cercano a EE. UU. rechaza la tesis de “una sola China” y sostiene, desde hace algunos meses, que Beijing planea una invasión a gran escala.

Según las denuncias del gobierno de Taipei, el Ejército Popular de Liberación chino (EPL) lleva meses realizando incursiones dentro del espacio taiwanés. En coincidencia con la visita de Nancy Pelosi a la isla, el presidente chino ha ordenado operaciones militares con fuego real, más allá de la línea imaginaria que separa a China continental de Taiwán.

Los entrenamientos se han llevado a cabo alrededor de la isla y a pocos kilómetros de su línea de costa. Incluso los medios de comunicación chinos califican estas acciones como “el operativo reunificación”. En las operaciones aéreas, los chinos están utilizando aviones Caza J10, Caza J1, bombarderos H6K y aviones de transporte V8. Las operaciones militares chinas se vienen multiplicando porque la cercanía entre Taipéi y Washington se ha cristalizado con visitas oficiales y operaciones militares estadounidenses en la zona.

El origen del conflicto

La Isla de Formosa, devuelta a China en 1945, es un enclave anticomunista con un estatus de soberanía ambiguo, pues casi ningún país lo reconoce como estado, pero “de facto” si funciona como tal, manteniendo oficinas comerciales en muchas otras naciones, pero sin el rango de embajadas, aunque con funciones análogas.

Taipei oscila entre los movimientos independentistas taiwaneses, actualmente en el gobierno y los anhelos de reunificación con China de los sucesores de Chiang Kai Shek, del partido del Kuomintang. La afinidad de Taiwán con los estadounidenses causa mucho malestar en la China comunista, que no está dispuesta a aceptar esta presencia en lo que ellos denominan como territorios propios y aguas que reclama como suyas.

En 1949, los comunistas triunfaron en la guerra civil china, con Mao a la cabeza. El gobierno de la República de China, el Kuomintang, se refugió en la isla de Formosa e impuso la ley marcial. En 1971 la ONU reconoció a la República Popular de Chna como el único gobierno chino. En 1987 terminó la ley marcial y nueve años después (1996) se celebraron las primeras elecciones libres.

En 2001, EE. UU. envió armamento a Taiwán, en prevención de una invasión china. En el 2019 se celebró un acuerdo de libre comercio entre los presidentes chino y taiwanés, que realizaron su primer encuentro en 2015. Sin embargo, desde el 2021 se viene produciendo una escalada militar, donde China y Taiwán (con el soporte estadounidense) han mostrado sus fuerzas, hasta la reciente escaramuza de agosto de 2022.

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China fue una potencia militar de segundo orden hasta inicios del siglo XXI. En las últimas dos décadas ha venido desarrollando sus fuerzas militares como ningún otro país de la región y solo es comparable con Rusia. China mantiene un gasto militar de aproximadamente $ 293 mil millones y lleva desde hace más de 25 años incrementando su presupuesto militar, superior en 22 veces al de Taiwán. Según la organización Global Firepower, China tiene dos millones de militares activos.

En 1995 y 1996 la República Popular China realizó maniobras de entrenamiento en la zona reclamada por Taipei, pero entonces la diferencia de armamentos era muy pequeña. Cabe recordar que en 1990 China y Taiwán destinaban similares cantidades a gastos de defensa. Este despliegue actual de los chinos despierta los receles de EE. UU. y sus aliados. En septiembre de 2021 se suscribió un acuerdo, denominado Aukus, entre países occidentales, para intentar frenar los avances militares chinos.

Los conatos

“Mantenemos un alto estado de alerta, listos para la batalla en todo momento, capaces de luchar en cualquier momento”, dice Zu Guanghong, capitán de la armada china en un video del Ejército Popular de Liberación (de China comunista) sobre los ejercicios militares. Agregaba que “tenemos la determinación y la capacidad para montar un doloroso ataque directo contra cualquier invasor que destruya la unificación de la patria y no muestre piedad”.

Lo que ha quedado claro es que, en vista del poderío militar que exhiben los chinos tras la visita de Nancy Pelosi, muchos otros estados van a desistir de realizar visitas a Taiwán, pese a mantener relaciones comerciales con esa nación. Sin embargo, va a ser complicado, de acuerdo con los analistas, que China logre reconquistar la isla mediante negociaciones. Y esto va a ser difícil mientras Xi Jinping se mantenga a la cabeza del estado y del partido comunista chino.

“Nada va a cambiar después de los ejercicios militares; habrá uno como este y luego otro”, dijo Li Wen-te, un pescador jubilado de 63 años en Liuqiu, una isla frente a la costa suroeste de Taiwán, a unos 10 kilómetros de los cohetes chinos. “Son tan acosadores como siempre”, dijo, y lo explicó con un refrán chino, “cavando profundo en suelo blando”, que significa “dales un centímetro y tomarán un kilómetro”. A Xi Jingping no le parecen intimidar las demostraciones de fuerza estadounidenses ante lo que considera como una alianza peligrosa entre la oposición taiwanesa y los estadounidenses.

El resultado de todo esto puede generar mucha desconfianza pero, difícilmente, llevaría a Beijing y Washington a un conflicto. Aunque no se prevé un estallido en el corto plazo, puede mantenerse latente la posibilidad de otras crisis, sostienen diplomáticos conocedores del tema chino-taiwanés. Taiwán nunca ha sido gobernado por el partido comunista y China sostiene que la isla forma parte de su territorio.

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Asimismo, las fuerzas nacionalistas chinas que huyeron a Taiwán en 1949 tras perder la guerra civil dijeron por mucho tiempo que la isla era parte de una gran China que habían gobernado. Pero desde que Taiwán emergió como una democracia desde la década de 1990, una gran mayoría de sus habitantes no comparten en lo absoluto los valores de la República Popular China y ese escepticismo crece a medida que aumentan los lazos económicos entre Taiwán y occidente.

Desde finales de los ‘70, Deng Xiaoping y otros líderes chinos intentaron convencer a Taiwán para aceptar la unificación bajo el marco de “un país, dos sistemas” con autonomía legal, religiosa, económica y otras áreas siempre que la isla acepte la soberanía china, un modelo que ya fue impuesto en Macao y Hong Kong (donde se mantienen focos de resistencia al modelo chino, con protestas y represión de los militares chinos). En un Taiwán cada vez más democrático, pocos de sus habitantes se ven como futuros ciudadanos chinos. El caso de Hong Kong creó temores en Taiwán sobre su futuro.

La actual presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, deberá renunciar al terminar su segundo mandato este año. Su sucesor, que también será miembro del Partido Progresista Democrático, que rechaza el principio de “una sola China” y favorece la independencia, puede generar más hostilidades frente a Beijing.

Taiwán no es una región administrativa especial de China, como Hong Kong y Macao, sino que funciona como un Estado de facto, con Gobierno elegido democráticamente, una Constitución y un ejército con 300.000 soldados y es la 21ª potencia económica mundial y líder de la industria de los semiconductores, con alrededor del 65% de la cuota del mercado.

Anotaciones finales

La guerra no parecería ser una salida conveniente para nadie, pero el rearme de los chinos es algo sin precedentes. Como si no bastase lo de Ucrania, la crisis energética, alimenticia y climática o los residuos de la pandemia, Taiwán también podría tener el poder de provocar una tercera guerra mundial, además de la que se lleva a cabo desde hace seis meses -sin encontrar una salida- con la invasión rusa a Ucrania.

El presidente estadounidense Joe Biden ha prometido que intervendría en defensa de la isla de Taiwán y de su democracia, en caso de una agresión militar china. Sin embargo, existiría una precondición para una conflagración entre las dos superpotencias nucleares, que Biden ha evitado en el caso de Ucrania.

Taiwán tiene una importancia estratégica única, por su ubicación en las rutas navales por donde se mueve la energía indispensable para dos de los aliados de occidente: Corea del Sur y Japón. Se trata de una superpotencia tecnológica que produce el 60% de los semiconductores y materiales para informática y telefonía celular mundiales. Su caída en manos del régimen comunista sería fatal para los equilibrios del Indo-Pacífico, en donde puede estar en juego el futuro del planeta. Estados Unidos considera esa área del mundo como el centro de sus intereses vitales, más que Europa.

Muchos se preguntan sobre los peligros generados por la visita que hizo la presidenta de la cámara baja estadounidense Nancy Pelosi y que se podían evitar. En occidente, los juicios sobre ese viaje son más bien negativos. Una de las ideas que subyace para los líderes de algunos países es que “ya han ayudado”, en referencia a todos los paquetes de emergencia que fueron destinados a Ucrania. Para ellos, volver a ocuparse de otra democracia prooccidental amenazada por otro régimen autoritario puede ser demasiado. Si no es posible sostener a Taiwán, Pelosi cometió un grave error.

Además hay que echar una mirada a la situación de Xi Jinping, quien podría verse tentado a seguir los pasos de Putin y desencadenar otra guerra. No hay que apresurarse a juzgar las respuestas chinas inmediatas. Las maniobras militares alrededor de Taiwán y las duras sanciones a la isla podrían ser una prueba de lo que puede venir. Xi no tiene prisa: el “fuego” que le prometió a Biden puede esperar algún tiempo más…

Viendo que el crecimiento económico chino se viene estancando en los últimos años, se acumulan los problemas en el frente interno y China, además, está muy involucrada en la economía rusa, parece que tendría mucho más que perder si estalla un verdadero conflicto. Xi aún tiene un factor en común con Putin: ha fomentado por años un nacionalismo revanchista y rencoroso hacia occidente y ha creado un sistema interno lleno de venganzas y controles que domina el escenario real y el virtual, en donde controla las redes sociales y toda posibilidad de disenso.

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Expertos más optimistas sostienen que el consenso hacia XI en China se basa en el bienestar económico, la estabilidad y el orden, antes que en el orgullo patriótico. A los ultranacionalistas que actúan en las redes sociales él está en grado de moderarlos. Dos años y medio de confinamiento total por la pandemia reforzaron el control del Gran Hermano Chino. Una guerra no parecería indispensable en este momento para el poder de XI, aunque debe mantener la mano dura para evitar cualquier desvío.

En cambio, quienes analizan los cosas con pesimismo señalan que la escalada y el formidable rearme al que se ha lanzado la República Popular China no tiene más explicaciones que una posible acción bélica. La flota naval china supera largamente a la Armada estadounidense, algo impensable hasta hace pocos años. Ni siquiera existen amenazas a las fronteras chinas, sino que por el contrario es China la que busca anexarse zonas de países vecinos.

La fábula comunista de que en China no existe un ADN de guerra, fabricada por la propaganda de Xi y creída por muchos occidentales, se contradice por las cinco guerras que este país tuvo desde su fundación en 1949, casi todas ocasionadas por agresiones de Beijing (Tíbet, Corea, India, la ex URSS y Vietnam). Anexar Taiwán a la madre patria le daría a Xi el trofeo que se escapó a sus predecesores y lo pondría por encima de Mao Zedong (fundador de la república) y de Deng Xiaoping (artífice del milagro económico).

¿Xi Jinping entiende lo que es una reunificación pacífica y consensuada? A los taiwaneses les cuesta creer en un escenario de “una nación, dos sistemas políticos”, tras la feroz “normalización” de Hong Kong. La clave de la persistencia de Xi contra Taiwán está precisamente en esto: para un genuino leninista es la supremacía del partido comunista y la superioridad de ese sistema político, por lo que no es tolerable la supervivencia de la democracia china taiwanesa, así como tampoco era admisible un estado de derecho con libertad de expresión en Hong Kong. Aunque su importancia no está siendo percibida en occidente es todo esto lo que está en juego.

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