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El socialismo del siglo XXI no funciona

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Teorías y doctrinas políticas contemporáneas y lo que se está aplicando en el mundo, especialmente en América Latina, el socialismo del siglo XXI.

Socialismo del siglo XXI
Foto: Ricardo Stuckert – Flickr Lula Oficial

Quedan pocas dudas. Ver a Lula en Brasil señalando que la destitución de Pedro Castillo fue “legal”, nombrando ministros y vicepresidente a personajes cercanos al denostado neoliberalismo y enfrentando un intento de golpe de estado con la toma de instituciones (poderes ejecutivo, legislativo y judicial) en Brasilia, por simpatizantes del expresidente Bolsonaro que insisten que el triunfo de Lula fue por fraude electoral y no aceptan su llegada a la presidencia (inició con sospechas de corrupción). Hay más de 1500 detenidos y mucha polarización política. Los incidentes recordaron el asalto al capitolio de Washington (enero 2021), tras confirmarse la derrota del expresidente Trump ante el actual mandatario, Biden.

Al presidente Gabriel Boric intentando rehacerse del fracaso del plebiscito constitucional en Chile colocando funcionarios y ministros de la “odiada” clase política y acercando a su país, según los analistas a una “argentinización”, por el desplome de una economía antes sólida; Alberto Fernández intentando salir del atolladero económico y su vicepresidenta Cristina sentenciada (insinuando ambos un juicio político contra el Presidente de la Corte Suprema de Justicia). Lo antes mencionado demuestra que el proyecto alucinado de Heinz Dieterich continúa dando malos pasos y en camino a nuevos fracasos.

Más ejemplos al paso. Ya cayó Pedro Castillo en Perú por intentar dar un golpe de estado (aunque todo indica que el golpe lo dieron el congreso y las fuerzas armadas) y su sucesora, Dina Boluarte, quien no sabe qué hacer ante las protestas ciudadanas que piden su salida, la de los legisladores y elecciones anticipadas.

Constatar en Bolivia que la receta antes empleada por los “odiados” gobiernos de derecha ahora la aplica el presidente boliviano, Luis Arce, al mandar a apresar al líder opositor de Santa Cruz, el gobernador Luis Fernando Camacho, por presunta “conspiración”; y observar a Gustavo Petro en Colombia incapaz de lograr que los grupos insurgentes (ELN, disidencias de las FARC o el cartel del norte) entren en negociaciones de paz, mientras el peso, sigue devaluándose y el hijo del mandatario, Nicolás Petro, clave en la campaña presidencial del padre en 2022, es criticado por reunirse con los líderes de clanes tradiciones del Caribe y con un político condenado.

Yendo más al norte, el México del presidente Andrés Manuel López Obrador en una guerra sin cuartel contra los carteles del narcotráfico: motines carcelarios, graves incidentes y violencia armada en el estado de Sinaloa, en Culiacán, tras la captura del nuevo capo del cartel, Ovidio Guzmán, hijo del “Chapo” (quien guarda prisión perpetua en Nueva York). Eso pasa cuando se ofrece abrazos y no balazos a los grupos delictivos.

¿Cómo se llegó a esto? De la Venezuela de Maduro nuevamente amenazada por otra súper devaluación de su cada vez más inservible moneda; de la Nicaragua de Ortega (dinosaurio del viejo comunismo) que acumula cada vez más poder y la brujería de su cónyuge, sin que ese país logre lo que sus dirigentes proclaman. Cuba es un caso endémico. La dictadura iniciada por los hermanos Castro hace 64 años es hoy, con Miguel Díaz Canel, una caricatura de sí misma, aferrada a los dogmas del añorado comunismo soviético (por eso sus acercamientos con el criminal de guerra ruso Putin).

Y aunque en países como el Ecuador existan ilusos, como los correístas, que creen que “antes estábamos mejor”, como fraudulentamente proclaman los spots publicitarios de candidatos de esa agrupación al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, queda claro que la idea iniciada por el comandante Chávez en 1999, secundada entusiastamente por cubanos y nicaragüenses y otros líderes del Foro de San Pablo, va demostrando lo poco que puede ofrecer a los pueblos y a los votantes que alguna vez creyeron en esta posibilidad que es alimentada, eso sí, por mucho populismo. 

En tiempos recientes surgió una nueva forma de gobiernos autoritarios de izquierda que consolidaron su mandato a través de sucesivos y repetidos procesos electorales en los que el mismo pueblo escogió la permanencia de estos personajes en el poder por prolongados períodos de tiempo, incluso algunos de ellos modificando la Constitución para reelegirse infinitamente (como pasó con Chávez en Venezuela –hasta su muerte-, Morales en Bolivia o Daniel Ortega en Nicaragua). Lo intentó, sin éxito, Cristina Fernández en Argentina.

El más importante representante de esta corriente sigue siendo el fallecido presidente venezolano, Hugo Chávez. Surgido de la milicia y célebre por su intento de golpe de estado contra Carlos Andrés Pérez en Venezuela en 1992 que lo catapultó en la política, con la fama de no haber sido político. Gobernó Venezuela desde 1999 hasta su muerte en el 2013, pocos meses después de ser reelecto para la presidencia. Fue el creador de la llamada “corriente del socialismo del Siglo XXI en América Latina” a la que se adhirió el expresidente ecuatoriano Correa. Como para Ripley, se quiso adoptar en ese país una especie de rezo al líder que iniciaba “salve Chávez, que estás en los cielos”… (!!!)

Una doctrina alucinada: ¿y qué mismo es Correa?

El creador de la teoría del “socialismo del siglo XXI”, el alemán Heinz Dieterich decía en el año 2007, en su obra del mismo nombre “Socialismo del Siglo XXI” (pp. 75): “frente a los desafíos del capitalismo actual, la democracia participativa o el socialismo del siglo XXI es el único proyecto histórico nuevo. Como tal, crecerá rápidamente en tres dimensiones: a) el perfeccionamiento de su teoría; b) la elaboración de programas de gobierno nacional-regional- globales con horizonte estratégico no-capitalista y, c) la creciente asimilación por los movimientos de masas”.

Ante acontecimientos ocurridos tras el estallido de la crisis en la Venezuela post Chávez, ahora gobernada por Nicolás Maduro, Dieterich en el portal informe21.com (del 21 de abril de 2014) declaraba: “El gran error del gobierno de Maduro es seguir con la idea de Chávez, insostenible, de que el gobierno puede sustituir a la empresa privada. El gobierno usará su monopolio de importaciones y exportaciones para repartir las atribuciones en las empresas”. A eso le sumaba en una declaración posterior -que no se cumplió- que no le daba al gobierno de Maduro “más de ocho meses en el poder porque él y el grupo que gobierna Venezuela son ineptos”. En entrevista con KienyKe.com, el reconocido pensador alemán y padre del Socialismo del Siglo XXI dijo que Maduro es “un inepto” y su gabinete “un fracaso” para el modelo chavista. Además confesó que Chávez acuñó su idea pero no la supo ejecutar. 

En el discurso de posesión de Rafael Correa, el 15 de enero de 2007, no hubo ninguna alusión al socialismo del siglo XXI. Probablemente la tesis de Dieterich fue acogida luego de la visita de Chávez a la inauguración de su gobierno. Rafael Correa demostró luego, en los primeros años de su mandato, ser un ferviente defensor del socialismo del siglo XXI de Dieterich, como lo declaraba en el 2009 en una conferencia en la Universidad de Teherán, capital de Irán: “el socialismo del siglo XXI proyecta la necesidad de sociedades con justicia, equidad y felicidad. El socialismo del siglo XXI hereda varias de las mejores manifestaciones del socialismo tradicional, pero confronta con valor y con sentido, los dogmas que la historia se encargó de enterrar a la vera de su camino”.

En la obra “El Cuentero de Carondelet”, del periodista argentino Nicolás Márquez, se alude al tema en una entrevista concedida por Correa al periodista argentino Jorge Lanata, solo seis meses después de iniciar su gobierno, en julio del 2007: “¿Me puede explicar qué es el socialismo del siglo XXI? C: Es maravilloso, pero no se lo puede empaquetar en conceptos sencillos, porque básicamente son principios más que modelos, pero le puedo decir algunos principios coincidentes con el socialismo tradicional y otros no coincidentes. Por ejemplo, clave, el que nos diferencia enormemente del neoliberalismo y de lo que hemos visto en los últimos veinte años: supremacía del trabajo humano sobre el capital. Si usted ve lo que se ha hecho con las políticas económicas de los últimos veinte años, es convertir al ser humano en un instrumento más de producción en función de las necesidades de acumulación del capital y de ahí vienen la tercerización, el trabajo por hora, la flexibilización laboral, etc. eso es la antítesis del socialismo del siglo XXI. Para nosotros el trabajo humano, no es un factor más de la producción, es el fin mismo de la producción”.

Este discurso fue repetido en otras ocasiones en diferentes foros políticos, económicos y académicos, como en una conferencia en la Universidad de Montevideo (Uruguay), titulada “La crisis económica y el cambio progresista en América Latina”, el 1 de marzo 2010, donde señalaba enfáticamente: 

“En Ecuador, el socialismo del siglo XXI está fuertemente inspirado en el Buen Vivir, que propugnaron nuestros antepasados. Nuestro socialismo del siglo XXI añade por lo tanto nuevos parámetros a lo que entendemos por desarrollo, en los que juega un papel importantísimo la potenciación de la capacidad humana, la satisfacción profesional, la defensa de identidades de todo tipo, la armonía entre los seres humanos, y entre los seres y su entorno”.

Añadía: “este hecho, el socialismo del siglo XXI propone un cambio paradigmático importante frente a lo que entendemos como economía. Privilegia los valores de uso por encima de los valores de cambio, y el bienestar humano por encima de la capacidad de consumo. Existen beneficios de inmenso valor pero sin precio, como la seguridad ciudadana, la paz social, el medio ambiente, y el mismo aire que respiramos, sin el cual no podríamos existir. Dar este giro conceptual es quizás uno de los mayores retos del socialismo del siglo XXI”.

“Ecuador está luchando para que se dé este cambio paradigmático, esta revolución. Lo estamos haciendo, por ejemplo, mediante la iniciativa Yasuní ITT. Nuestra propuesta al mundo es que no se explote la reserva de petróleo más importante de nuestro país, y que se deje el petróleo bajo tierra. Al hacer esto, nuestro propósito es proteger la inmensa biodiversidad de este tesoro ambiental que es el Yasuní y evitar, al mismo tiempo, que se consuma esta energía fósil que produciría más emisiones de carbono”, concluía.

Sin embargo, en el 2015, el petróleo del Yasuní no solo que se extrajo, sino que además provocó un hostigamiento presidencial, e incluso espionaje electrónico e inteligencia, desde mediados del 2013, a un grupo de jóvenes, “los yasunidos”, que recogieron firmas para realizar una consulta popular (negada por el Consejo Electoral Ecuatoriano) para impedir que el gobierno de Correa extraiga el crudo de esa zona que, en 2010, Correa decía defender. 

De todos modos, en el discurso de conmemoración del tercer aniversario de la revolución ciudadana, el 19 de enero de 2009, ya no se hizo ninguna alusión al socialismo del siglo XXI. “La Patria ya no es la misma, con la revolución ciudadana. El futuro ya no tiene regreso. Entre todas, entre todos, estamos construyendo la Patria solidaria que sí tiene memoria; que reconoce su pasado antiguo, las luchas libertarias, los esfuerzos de cada uno de nosotros para ser cada día mejores seres humanos. La Patria, en donde comienzan a florecer la equidad y la igualdad de oportunidades, de derechos”.  

Pero, volvió a hablar del socialismo del Siglo XXI en una ponencia efectuada en Asunción (Paraguay), el 23 de marzo de 2009. En la Universidad de Champaign Illinois, cuando recibió el Premio al Logro excepcional Académico 2009, el 8 de abril de 2010, seguía manteniendo su postura sobre la propuesta de Dieterich: 

“Todo esto es lo que nos ha llevado a generar desde el sur lo que llamamos el “Socialismo del Siglo XXI”, que sin pretender tener todas las respuestas, es nuestra respuesta ante sistemas excluyentes, especulativos, responsables de haber conducido a la humanidad a un callejón sin salida de crisis civilizatoria y de destrucción del medio ambiente”.

En otra ocasión en la que hizo referencia al socialismo del Siglo XXI, aunque a título personal, fue en un discurso efectuado el 18 de marzo de 2010, en el 184º aniversario de la Universidad Central del Ecuador, al referirse de manera muy crítica a la situación de los centros de educación superior del país, muy a su estilo:

“Como socialistas del siglo XXI hemos puesto en tela de duda los paradigmas de progreso y desarrollo que dominaron por siglos bajo el capitalismo y permanecieron intocados por el socialismo tradicional. Nosotros, ponemos el énfasis en la producción de valor antes que en la producción de mercancías. Preferimos el valor de uso al valor de cambio. Nos negamos a someterlo todo al mercado, creemos que es innegable ese fenómeno económico llamado mercado, sociedades con mercado, no sociedades de mercado; mercado, que puede ser un buen siervo pero es un pésimo amo. Trabajamos por fortalecer nuevos valores. Al individuo ‘competitivo’ que se guía por el ciego egoísmo, oponemos el ser solidario que se realiza en comunión, en colaboración, con sus semejantes”.

Después de esas declaraciones, durante un período bastante prolongado, no hubo más referencias al denominado Socialismo del Siglo XXI, tesis de la que hasta Heinz Dieterich reniega…

De socialismo, nada: es solo populismo

El expresidente Rodrigo Borja, en su Enciclopedia de la Política, llama populismo “a una posición y a un estilo políticos -que no llegan a ser ideológicos- caracterizados por el “arrebañamiento” de las multitudes en torno a ese “hechicero del siglo XXI”, listo siempre a ofrecer el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina”. Una frase asombrosa para el tiempo actual. Borja, retirado de la vida política hace muchos años, pone el dedo en la llaga, aunque no menciona nombres: “no es un movimiento ideológico sino una desordenada movilización de masas, sin brújula doctrinal.”

Ernesto Laclau, un pensador argentino, experto en Perón y en el populismo de su país, señala un concepto bastante claro: “populismo es una categoría ontológica y no óntica –es decir, su significado no debe hallarse en ningún contenido ideológico o político que entraría en la descripción de las prácticas de cualquier grupo específico, sino en un determinado modo de articulación de esos contenidos sociales, políticos o ideológicos, cualesquiera ellos sean–“. 

Roger Bartra, en su ensayo “Populismo y democracia en América Latina” hace una recomendación a los estudiosos del fenómeno del populismo: “vale la pena, pues, volver a leer los textos que escribieron los sociólogos en los años sesenta del siglo pasado. Por supuesto, aquí solamente daré un rápido vistazo a las antiguas reflexiones, como un recordatorio y una invitación a considerarlas de nuevo. Y escogeré algunas ideas para conectarlas con mis interpretaciones y propuestas”. 

Cuando Gino Germani se refirió a los movimientos que llamó nacional populares y a los regímenes populistas establecidos por ellos enumeró sus características principales así: “El autoritarismo, el nacionalismo y alguna que otra forma del socialismo, del colectivismo o del capitalismo de Estado: es decir, movimientos que, de diversas maneras han combinado contenidos ideológicos opuestos. Autoritarismo de izquierdas, socialismo de derechas y un montón de fórmulas híbridas y hasta paradójicas, desde el punto de vista de la dicotomía (o continuidad) ‘derecha-izquierda’”.

El historiador José Álvarez Junco analiza el populismo, en un artículo publicado en el diario español “El País”, versión digital, de donde se extrae textualmente algunas definiciones: “se habla mucho de populismo últimamente. En Europa se aplica a la derecha xenófoba francesa, británica u holandesa; en América Latina, al eje chavista venezolano, ecuatoriano o boliviano. Pero el término sigue teniendo difícil acceso al mundo académico. El diccionario de la RAE, por ejemplo, no incluye el sustantivo “populismo”; y define el adjetivo “populista” como lo “perteneciente o relativo al pueblo”, que en castellano actual correspondería más bien al adjetivo “popular”.

Apuntes finales

El populismo no es, en verdad, fácil de definir. Frecuentemente se lo usa en sentido denigratorio, atribuyéndolo a fenómenos que, como mínimo, carecen de contenido serio. Una politóloga propuso, hace años, el abandono del término, por indefinible. La obstinación con que se sigue utilizando indica, sin embargo, que algo deben de tener en común los dispares fenómenos a los que se aplica ese nombre como para que valga la pena intentar ponerse de acuerdo sobre su significado.

Lo primero indiscutible es que los movimientos o personajes políticos a los que se llama “populistas” basan su discurso en la dicotomía Pueblo / Anti-pueblo. El primero, no hace falta aclararlo, representa el súmmum de las virtudes; el pueblo es desinteresado, honrado, inocente y está dotado de un instinto político infalible; mucho mejor nos iría si le dejáramos actuar o al menos si le escucháramos. Su antítesis, en cambio, el anti-pueblo, es la causa de todos los males; y puede tomar cuerpo, según los populismos, en entes internos o externos: la oligarquía, la plutocracia, los extranjeros, el clero, los judíos, la monarquía…

Esta última definición es muy interesante: “…A juzgar por sus proclamas, nadie puede llamarles antidemócratas; al revés, el gobierno del pueblo es justamente lo que anhelan. Pero democracia es un concepto que admite al menos dos significados: como conjunto institucional, unas reglas de juego, que garantizan la participación de las distintas fuerzas y opciones políticas en términos de igualdad; y como “gobierno para el pueblo”, sistema político cuyo objetivo es establecer la igualdad social, favorecer a los más débiles. Desde esta segunda perspectiva, muchas dictaduras pueden declararse “democráticas””. 

En un reciente artículo el Premio Nobel y escritor peruano Mario Vargas Llosa decía: “América Latina parece empeñarse en seguir el ejemplo de Cuba y Venezuela, países que basta averiguar lo que ocurre con sus poblaciones y la deserción de sus habitantes para partir al extranjero –a Estados Unidos, por supuesto, o, en todo caso, a cualquiera de los países de América Latina–, en busca de trabajo y de un futuro que no sea seguirse empobreciendo y arruinando, para darse cuenta de que ofrecen las peores perspectivas. Ya basta de imitar los malos ejemplos, que solo conducen a agravar la situación de los pobres, sobre todo, pero también de esas clases medias a las que parecería que queremos llevar a la ruina, hundiéndolas cada vez más en la miseria o la desocupación…”

Agrega: “Venezuela ha “expulsado” a seis millones de habitantes (un millón han ido al Perú), a juzgar por la manera como los pobres venezolanos han invadido los países de América Latina, en busca de paz y de trabajo. No es de esta manera como un país progresa y se levanta. Hoy en día cualquier país puede elegir el progreso y la modernidad. Pero, para ello, debe renunciar a políticas absurdas y que ya han sido derrotadas por la historia del siglo XX. Mientras nos aferramos a un pasado anacrónico, podemos perder el tren. Y el resultado es un conjunto de países cada vez más pobres y atrasados, del que los ciudadanos solo quieren huir. ¿Eso es lo que queremos para América Latina?”.

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