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El circo político y electoral de Latinoamérica

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Latinoamérica

Existen patrones comunes en Latinoamérica que han hecho muy difícil la gobernabilidad, porque a pesar de que existe democracia, las instituciones están quebradas, hay mucha corrupción y los populismos siguen amenazando. Una reflexión.

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Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Si algo caracteriza a la política latinoamericana es no ser aburrida. Pero, también, esos disparates y dislates que la representan son el reflejo de una idiosincrasia que muestra el drama que día a día viven los ciudadanos al enfrentar a una clase política cada vez más deteriorada y desprestigiada, que se vuelve un caldo de cultivo para las peores formas de autoritarismos, caudillismos y populismos, que reaparecen “vendiendo la pomada” o “dorando la píldora” para captar el voto de incautos ciudadanos.

Al ubicar en el mapa estas realidades, aparece un México cada vez más indefenso en la lucha contra los carteles del narcotráfico, con violencia en muchos estados y un presidente AMLO y su gabinete de seguridad que tratan de disimularlo diciendo que “se vive en paz y hay gobernabilidad”, cuando lo que en realidad está ocurriendo es que las estrategias para enfrentar la violencia han fracasado. Y no es cosa de los partidos de la derecha que conspiran y exageran o inventos sensacionalistas de la prensa.

Las aspiraciones de Jorge Yunda se esfuman

López Obrador, al igual que otros mandatarios de la tendencia del socialismo del siglo XXI se empecina en creer que todo lo malo que les pasa a estos países no es obra de ellos, sino de los opositores que conspiran. Cerca, muy cerca, en Nicaragua, ya no hay institución pública o privada contra la que no se haya enfrentado un gobierno, el de Daniel Ortega, cada vez más inmerso en temas de brujería y santería, inspirados por la cónyuge del mandatario, que por acciones concretas. No se salva ni la prensa ni la iglesia católica, con un culto mayoritario en el país centroamericano.

En otros países de esa región suceden también problemas: una exvicepresidenta de Guatemala, Roxana Baldetti, está presa por corrupción y hay denuncias contra el actual mandatario Gianmattei. Un expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández fue deportado a los Estados Unidos por su presunta vinculación con redes internacionales de tráfico de drogas que fueron activadas durante su presidencia.

De diferente tendencia, pero con afanes totalitarios, el joven presidente de El Salvador, Nayib Bukele, libra una batalla contra la pandilla de los “mara salvatruchas” acaso el cartel delincuencial más peligroso de ese país, que ha obligado al mandatario millenial a extremar las acciones de represión y a pasarse por encima a la constitución y al resto de poderes del estado, para poder mantener el control mediante estados de excepción. Lo paradójico es tiene el apoyo de la mayoría de la población salvadoreña.

Cuba sigue siendo una isla intolerante con cualquier tipo de protesta. El presidente Díaz Canel se inventa que la mayoría de reclamos son por la penetración del imperialismo y sus agentes en el país, antes que pensar en los errores y en la improvisación de las políticas del régimen socialista que provocan que la escasez de alimentos y los apagones sean cada vez más seguidos. Primero eran solo en los pequeños poblados, pero ahora hay cortes de luz en La Habana y son de varias horas. “Resolver” se vuelve en Cuba una cuestión de supervivencia, ante la represión a la disidencia interna, con castigos y penas mucho más severas. Cuba ya no aguanta más.

Algo parecido pasa en Venezuela, en donde la ineficiencia del estado ha provocado que siga existiendo escasez de productos básicos y los servicios públicos sean cada vez más deficientes. Sigue migrando la población venezolana que ha recibido con beneplácito la noticia de la apertura de las fronteras con Colombia tras la asunción de Gustavo Petro en Colombia. Seguirán siendo más los que salgan que los que se queden. Lo de Maduro ya es una cuestión de aburrimiento. Aparte de petróleo y refinerías mal mantenidas, es muy poco lo que ese país puede ofrecer.

Los casos más recientes

La llegada de Petro al poder en Colombia ha marcado un punto de quiebre del sistema bipartidista que funcionó en Colombia desde sus inicios republicanos. La asunción del representante del socialismo del siglo XXI llega con polémicas, por ciertas declaraciones de este exguerrillero del M19 y la propuesta de una reforma tributaria que puede generar nuevos conflictos en el país. Pero Petro no puede salirse de un esquema que se puede convertir en su camisa de fuerza.

Foto: Flickr Fuerza Colombia

Algo parecido le viene ocurriendo a Gabriel Boric en Chile. De los anuncios despampanantes que presagiaban cambios radicales en ese país se pasó a un distanciamiento de los partidos políticos que lo apoyaron y, no obstante, su pensamiento de izquierda, el joven mandatario ha tenido que sustentarse en la realidad que dejaron sus antecesores. Causa expectativa el plebiscito de septiembre sobre la nueva constitución, aquella que ha incluido reformas, pero también disparates, que pueden marcar una cancha nueva, sin el peso del pasado pinochetista.

En Perú hay un palacio presidencial allanado, con agentes fiscales buscando a la cuñada del presidente Pedro Castillo, por denuncias de corrupción y de favores políticos en la provincia de origen del mandatario (Cajamarca) quien, por el momento, ha logrado esquivar tres mociones de destitución, encabezadas por la oposición fujimorista, que no tolera la presencia de un presidente que ha tenido que cambiar varias veces en apenas un año de mandato a funcionarios de su gabinete y se ha distanciado de los grupos políticos (pro senderistas y maoístas) que lo apoyaron en sus comienzos.

En Bolivia, con Evo Morales -expresidente y exdirigente cocalero- como el poder tras la sombra del presidente y su exministro, Luis Arce, se han dado unas paradójicas protestas de los productores de hoja de coca en ciudades como La Paz y El Alto. Mientras tanto, se mantiene en prisión a la expresidente Jeanine Áñez, acusada de conspiración, cuando lo único que hizo fue suceder en el poder ante la ausencia del reelecto presidente Morales (en dudosa elección), del vicepresidente García Linera y el presidente del senado de esa época.

Argentina sigue siendo un dilema de difícil resolución. A los problemas de gobernabilidad que aquejan al presidente Alberto Fernández, distanciado de la todopoderosa vicepresidenta Cristina de Kirchner, se suman los asuntos judiciales de la exmandataria, que sigue intentando torcer la justicia a su favor en los innumerables casos de corrupción en los que se encuentra involucrada. Se ha tenido que cambiar en dos ocasiones al ministro de finanzas, cartera ahora en manos de un viejo militante peronista, Sergio Massa, pero sin que el país salga de los problemas de deuda externa que mantiene con los organismos crediticios internacionales, que son los que por ahora sostienen la precaria economía del país gaucho.

La espada como fetiche

Brasil vive los prolegómenos de lo que será un choque de trenes entre el ex reo de la justicia y exprisionero expresidente Lula Da Silva, favorito en las encuestas, frente al mandatario de derecha Jair Bolsonaro, quien no ha escatimado esfuerzos para recordar a los brasileños el pasado de su rival político, sin tomar en cuenta los escándalos políticos de su entorno, incluso familiar, y los saldos pendientes que deja, por su pésimo manejo de la pandemia.

En Paraguay tuvo que renunciar el vicepresidente, Hugo Velásquez, porque las investigaciones de las agencias estadounidenses determinaron que estaba involucrado en temas de corrupción y de narcotráfico. A eso se agrega el caso del fiscal Pecci, asesinado mientras estaba de vacaciones en Colombia. Este asunto muestra algunas de las ramificaciones de la cada vez más poderosa organización narcodelictiva de los carteles mexicanos de la droga.

En Ecuador hay un expresidente, Rafael Correa, prófugo de la justicia por delitos relacionados con corrupción en casos que también involucran a un exvicepresidente, Jorge Glas (que está preso) y varios ministros y funcionarios de ese gobierno que han evadido la justicia y se encuentran exiliados en otros países. Otro expresidente, Lenin Moreno, está siendo también investigado por algunos temas de corrupción (los Ina Papers) y desaparición de bienes culturales de la sede de la presidencia de la república.

Foto: Flickr Secretaría de Comunicación Ecuador

El actual mandatario, Guillermo Lasso, no parece dar pie con bola en su lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, que siguen sumando ataques y atentados terroristas, como el más reciente en el barrio del Cristo del Consuelo en Guayaquil, mientras que la oposición correísta hace de todo para desestabilizarlo, intentando tomarse las funciones del estado, adueñándose del legislativo y tratando de nombrar funcionarios leales a la agrupación del expresidente Correa, para intentar desvanecer todos los cargos que pesan en su contra y que le impiden volver al país y participar en política. Algunos de los gobiernos de estos países son rehenes de las mafias del narcotráfico y en el caso ecuatoriano, también de la oposición correísta y de los indígenas.

¿Sirven de algo las democracias?

Uno de los temas que parecen caracterizar a los países de la región es que establecieron el sufragio universal a mediados del siglo XX, aunque no consiguieron crear un verdadero estado de derecho. La situación actual de violencia, ingobernabilidad y corrupción es ocasionada por la falta de institucionalidad y la persistente queja de los ciudadanos frente a un estado que no les soluciona sus problemas más urgentes.

No parece ya importar que se siga eligiendo mandatarios a personas de dudosos antecedentes (incluso con procesos judiciales en marcha). En el circo de la democracia latinoamericana se elige y se reelige a los mismos integrantes de las castas o elites que lo único que han logrado es beneficiarse ellos y a sus entornos familiares y de negocios.

Cuando en América Latina se estableció el sufragio universal no se pensó que concomitantemente debía existir un estado de derecho. Esto ha provocado la existencia de poderes institucionales muy débiles y la idea de que, para ser servidores públicos, no hacen falta las mejores personas y, además, éstas se niegan a participar ante el descrédito en el que ha caído el estado y la cosa pública, en general.

La aparición del populismo en todas sus vertientes generó un espejismo y una ilusión en pueblos cansados de todas las formas tradicionales de la política, como pasó en Argentina, Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela o Brasil. Líderes mesiánicos como Chávez, Lula, Correa o los Kirchner, alcanzaron el favor popular porque “parecían estar cerca de la gente”.

Foto: Flickr Instituto Patria

Pero, una vez en el poder, adquirieron todas las miserias de ese ejercicio y lo demonizaron, al punto que actualmente es muy difícil interesar a los jóvenes en la política, a menos que sea para que obtengan beneficios personales, generalmente acompañados de corrupción.

A lo anterior se puede añadir la falta de una división de poderes, en la acepción de Montesquieu, porque el poder ha caído bajo el control de líderes y caudillos autoritarios que solamente han utilizado la justicia, la constitución y los poderes del estado para perennizarse en los cargos, mediante elecciones generalmente fraudulentas, en las que vuelven a ganar, porque tienen cooptada la oficina electoral de sus países.

De naciones que vivieron regímenes militares dictatoriales en las décadas de los ’60 y ’70 se volvió a la democracia, pero ésta se ha ido deformando y debilitando, al punto que hoy en día parece imposible que se celebren verdaderas elecciones libres, siendo los sufragios una mera formalidad para cumplir obligaciones y para hacer trámites, como ha sido en casos como el ecuatoriano, donde el voto es obligatorio.

También hay países en los que, al no ser obligatorio votar, se deja en manos de una minoría la decisión de la mayor parte de los ciudadanos, desnaturalizando lo que sería una verdadera elección, lo que hace cuestionarse si esas son verdaderas democracias.

Activismo: Más allá de los clicks

Los aparentes logros de los procesos democráticos se ven opacados por la falta de garantías sociales y altos niveles de corrupción, desigualdad y pobreza. La brecha entre los más ricos y los más pobres se va incrementando y llegará a niveles preocupantes en los próximos años.

Las tensiones sociales en América Latina durante el siglo XX se resolvían en “eventos políticos”, en donde algunos grupos sociales que se decían poseedores de las soluciones o de las fórmulas para cambiar los países, promovían violentas protestas o revoluciones, que muchas veces eran sofocadas por regímenes militares que se dedicaban a la represión, tortura y desapariciones, un fenómeno del que pocos países latinoamericanos fueron ajenos.  

Desde los años ’90 la región hizo la transición de los “eventos” a los “procesos electorales”. Aunque la región ha tratado de controlar los gravísimos conflictos sociales quedan las cicatrices y se promueven nuevas manifestaciones e intentos conspirativos de cualquier índole (con actores de la sociedad civil, indígenas, agricultores, lobbies empresariales o militares de menor rango).

Pese a numerosas críticas en su contra, fue un referéndum el que logró la desmovilización del 95% de excombatientes de las FARC en Colombia, en 2016. El estallido social en Chile en 2019 logró ser apaciguado con un plebiscito que produjo unidad nacional alrededor del llamado a un proceso constituyente que tuvo como resultado final la elaboración de una nueva constitución que será sometida a un plebiscito. Pero, esas parecen ser soluciones parche que solo son para el momento.

Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras, México, Paraguay y Perú celebraron procesos electorales en medio de la pandemia. Sin embargo, el poder que emanan las urnas se distribuye entre fuerzas polarizadas (específicamente de extrema izquierda y de ultraderecha, en ambos casos clientelares).  La diferencia entre el ganador y el segundo lugar en Chile fue del 5%, en Ecuador el 4% y en Perú (en discutido conteo de votos) de menos del 2%. En todos los casos, los gobiernos electos no consiguieron mayorías legislativas y en casos como Ecuador y Perú, existe una oposición que espera el momento más adecuado para deshacerse de los mandatarios.  

Los datos que preocupan

Según un reciente informe del Latinobarómetro, solo el 20% de latinoamericanos confía en su sistema judicial, el 75% opina que no hay igualdad ante la ley y 84% de la población cree que sus conciudadanos no cumplen con las leyes. Uno de cada cinco latinoamericanos, se beneficia de un subsidio estatal que no le corresponde (caso del Bono de Desarrollo Humano en Ecuador y Bolsa Brasil en ese país) y 14 de los 19 países de la región, evaluados por Transparencia Internacional, fueron catalogados por tener altos niveles de corrupción. El resultado es que actualmente existe una democracia sin instituciones.

La ausencia del estado de derecho y de sistemas judiciales funcionales ha producido cleptocracias (gobiernos de ladrones) que están por encima de las ideologías y de las ataduras políticas. La corrupción ha logrado reelegirse sin importar quien gane en las urnas. En las elecciones legislativas del 13 de marzo en Colombia, el exguerrillero Gustavo Petro y el Pacto Histórico obtuvieron el mayor número de votos a través de un discurso que se identificó con un sentimiento nacional

Pero ya en la presidencia, Petro trata de desmarcarse de su discurso extremista porque el sistema colombiano no le permitirá ir mucho más allá. Su coalición de gobierno tiene acusaciones por corrupción y narcopolítica, como ocurre con el regreso al senado de Piedad Córdoba (involucrada en el caso de Álex Saab, testaferro de la dictadura venezolana de Nicolás Maduro y en otros casos de narcopolítica).

Lula da Silva en Brasil duplica en intención de voto a Bolsonaro en las encuestas y puede volver a ser presidente del Brasil, pese a las numerosas denuncias dentro del mayor caso de corrupción de la historia de su país, Java Lato, y los vínculos de este mandatario y de su sucesora Dilma Rousseff con la empresa Odebrecht, promotora de la mayor parte de casos de corrupción en Latinoamérica en los últimos treinta años.  

Foto: Flickr Lula

La corrupción produce desconfianza y desgobierno. Asimismo, la falta de un estado de derecho produce el riesgo de que el populismo vuelva al poder en algunos países, pese a las graves y comprobadas denuncias que hubo en sus gestiones anteriores. En esta realidad en donde prevalece la postverdad (las noticias falsas), construida por líderes populistas, impide la evolución democrática e no permite construir un verdadero estado de derecho.

La contraparte de los populismos, generalmente de izquierda, es un liberalismo que defiende el libre mercado y el comercio mundial (vinculado con regímenes de derecha). Sin embargo, el liberalismo todavía podría ser una solución En los actuales procesos electorales, los ciudadanos deberían evaluar si la oferta de los candidatos protege, preserva o promueve la separación de poderes; garantiza la libertad del individuo o de grupos particulares;  y si su propuesta se enmarca en procesos electorales o en la toma violenta del poder. Para contrarrestar a la postverdad hay que exigir la despolitización de las instituciones para garantizar derechos mínimos: justicia, educación, salud, seguridad, libertad individual y de pensamiento.

Para escapar de este circo político y electoral es necesario limpiar los gobiernos de las tentaciones “clepto” e “ineptocráticas”, evitando caer en las provocaciones emocionales de los populistas. Tener una educación digna, acceso a la salud, estado de derecho e igualdad ante la ley no son cosas imposibles de lograr, pero requieren de muchos consensos.

Como se lleva muchos años eligiendo a gente sin preparación para los puestos políticos no sorprende que reinas de belleza, influencers, tiktokers o futbolistas aparezcan como candidatos. Es problema es que los políticos saben que la mayoría de las veces aprovechan la ignorancia de los votantes y que para ganar votos solamente necesitan que estos candidatos sean reconocidos por alguna de sus performances (en la tarima, en las redes sociales, en la televisión o en la cancha) para captar las preferencias.

Los políticos van a seguir poniendo candidatos con posibilidades de éxito, aunque éstos no estén preparados en ninguna de las facetas que requiere cualquier cargo de elección popular. Y los ejemplos sobran en todos los países de la región, en donde parece que se ha convertido en una regla no escrita que los menos preparados sean quienes gobiernen, aprovechándose de la indiferencia y la anomia de la mayoría, que prefiere no participar o que solamente hace activismo digital en las redes sociales.

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