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Después de la pandemia, ¿una Tercera Guerra Mundial?

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Aún con los vestigios de una cruel pandemia, Vladímir Putin ha desatado una guerra en el este de Europa. Occidente intenta frenar sus acciones -que podrían desembocar en una tercera guerra mundial o una guerra nuclear- con sanciones que lo enardecen más. Ucrania se ha convertido en su principal objetivo y obstáculo.

Fotos: Kremlin.ur

Las personas mayores recuerdan cuando hace 54 años, entre medianoche y madrugada, entraron a la ciudad de Praga, capital de la entonces república de Checoslovaquia, tanques y tropas de la Unión Soviética, para poner fin a los afanes reformistas y anticomunistas de Alecsandr Dubcek, primer ministro de ese país. Por medio de la fuerza, la URSS ponía fin a la “Primavera de Praga”, un movimiento de cambio, el primero en la órbita comunista hasta la llegada al poder de Gorbachov.

Así también, entre medianoche y madrugada, entraron a las ciudades de Ucrania los ejércitos rusos, tras una orden del presidente Putin, justificando la invasión de ese país por considerar que, como dijo el mandatario en su discurso previo, “Ucrania fue una invención soviética que solo existió en los papeles”. Y lo dijo citando frases de Lenin, Stalin, Jrushchov y Gorbachov,  y  a sus espaldas una bandera de la dinastía de los zares Romanoff. Putin, con ese acto muy simbólico, se declaró “zar soviético” y heredero de las glorias del imperio ruso del siglo XIX y de todas las actuaciones de la Unión Soviética.

En esa hora oscura nuevamente estalló la guerra. Los fantasmas de los zares y los soviéticos reaparecieron en un país post totalitario donde un alucinado mandatario se revistió de un afán neo imperial y su odio a occidente. Su amenaza de poner a funcionar el “botón nuclear” y desatar la tercera guerra mundial es algo que asusta al mundo, porque esa ha sido la respuesta del gobierno ruso a una serie de bloqueos y embargos que pusieron la economía de ese país al borde del colapso.

Como si de una pinza se tratase, los ejércitos rusos atacaron las principales ciudades ucranianas rodeándolas. La toma de Kiev, se decía, era “cuestión de pocos días”, pero la resistencia ucraniana pone difíciles las cosas a las tropas invasoras. Sin embargo, las consecuencias ya se ven: gente refugiada en estaciones de metro de la capital y otras ciudades, combates que dejan muerte y destrucción, flujos de refugiados que buscan salvarse desplazándose a estados limítrofes -especialmente Polonia-, guerrillas internas que durarán años, la intervención de otros estados, grupos civiles de combatientes, ataques informáticos macizos y mucha desinformación. Se seguía esperando alguna decisión de la China de Xi Ying Pin que, en un inicio, no la denominó “invasión”.

No fue una decisión impensada de Putin. Este conflicto tiene una larga historia. Desde su visión anticomunista, el mandatario ruso dijo en su último discurso, previo al ataque, remontándose a los tiempos de la URSS, que «Ucrania fue un invento de los bolcheviques. Lenin y sus asociados cometieron un crimen histórico dividiendo un territorio que pertenecía al imperio ruso».

Cuando se extinguió la URSS y surgió la Federación Rusa, Moscú tuvo que aceptar que la situación cambió su área de influencia y consintió que Ucrania se convierta en un estado independiente. Para Putin, esas fronteras nunca fueron reales, aludiendo a una supuesta centralidad de la extinta república socialista soviética.

Sin embargo, el origen reciente del conflicto se origina en promesas mutuas incumplidas entre occidente y los rusos. tras el fin del Pacto de Varsovia. Fue un acuerdo verbal de 1990 el que explica las causas de la tensión entre Rusia y Occidente. Cuando se extinguía la URSS, la Alianza Atlántica prometió a Gorbachov que no ampliaría su influencia al este. Pero, para Rusia este pacto se incumplió cuando Ucrania anunció que solicitaría su ingreso a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), la asociación de defensa más grande del mundo, bajo la égida de EE. UU. En medio de los combates, el presidente Zelenski ha pedido que la Unión Europea admita a su país.

Desoyendo las promesas hechas a Gorbachov, la influencia de la OTAN creció hacia el este. Con Boris Yeltsin en el poder, hubo otros acuerdos con la Alianza Atlántica que posibilitaron, en 2004, ya con Putin en el poder, que los países bálticos -Estonia, Letonia y Lituania- entren en la organización. Desde entonces, Putin anunció que Ucrania sería el obstáculo principal y que no permitiría que la defensa occidental llegue a las fronteras rusas. Además de las repúblicas bálticas, la OTAN también aceptó ese año a Eslovenia, Eslovaquia, Rumanía y Bulgaria (países que fueron parte del bloque comunista y de la “Cortina de Hierro”).

Cuando en 2014, la Unión Europea y Ucrania firmaron un acuerdo de asociación no se preveía la entrada del país en la UE, pero garantizaba ampliar vínculos políticos y económicos con ese país, alejando a los ucranianos de la influencia de Putin. La firma del acuerdo estaba programada para 2013, pero fue suspendida por el gobierno ucraniano por presiones desde Moscú, desencadenando protestas masivas en todo ese país (el denominado Euromaidán, de tinte europeísta y nacionalista). La convulsión duró varios meses y costó la caída del presidente prorruso Víktor Yanukóvich.

Ese mismo año el Euromaidán provocó también una reacción de la población rusa de Ucrania, generando una guerra en la región del Donbass (fronteriza con Rusia) que continuó en estos años. Los analistas sostienen que la actual invasión rusa es una escalada de esas escaramuzas militares. Putin agitó más el avispero al reconocer la independencia de Donetsk y Lugansk (provincias del Donbass). El Euromaidán generó otra reacción en Crimea, donde el viceprimer ministro de la región, Rustam Temirgalíev, impulsó un referéndum de autonomía en marzo de 2014, tras la salida del primer ministro ucraniano del poder y declaró la independencia.

¿Guerra en Europa o una Tercera Guerra Mundial?

Cuando parecía que el mundo dejaba atrás los dos años de pandemia estalló en Europa un nuevo conflicto bélico de impredecibles consecuencias. De un mundo traumado por la enfermedad, la desunión, la desconfianza, el desgaste de los políticos, la recesión mundial y la inflación, se pasó a una guerra en el este europeo. Una guerra anunciada y prevista, pero nunca esperada.

Y no es cualquier guerra. Es un enfrentamiento entre Estados, algo que no parecía probable en el siglo XXI, con prevalencia de conflictos civiles o étnicos, así como guerras híbridas. Y así como el coronavirus fue la continuación -cien años después- de la mal llamada “gripe española”, casi como una secuencia maldita, con ocho años de retraso, de otra guerra entre países (como en la primera y segunda guerra mundial), algo que parecía superado.

Los contendores: una potencia militar -la tercera del mundo- que invade un país más pequeño, que es respaldado por otros países. Parece un libreto de otras épocas. Una fuente diplomática confesó a la agencia Reuters que se trata “de las horas más oscuras en Europa, desde 1945”. Si es así: ¿estamos frente al inicio de la tercera guerra mundial?

En las dos guerras mundiales del siglo XX se involucraron las mayores potencias políticas, económicas y militares del mundo. En la primera eran los aliados europeos del Entente contra el imperio austrohúngaro y Alemania. En la segunda, algunos países se unieron a EE. UU., Francia y Gran Bretaña (los aliados) y otros a los países del eje (Japón, Alemania e Italia). Por lo pronto, los grandes protagonistas de esta conflagración son dos, EE. UU. y Rusia. De todos modos, ni los estadounidenses ni sus aliados de Europa occidental enviaron tropas o anunciaron ataques militares. Pero efectuaron duras sanciones económicas contra Rusia. Solo faltaría que intervenga China en esta guerra para definirla como mundial. Pero, aunque ese país tiene acercamientos y buenas relaciones con Rusia, intenta seguir el curso de los acontecimientos.

Beijing no parece interesado en participar militarmente en el conflicto. Ya tiene algunos en su territorio, con zonas que intentan mantenerse independientes -Hong Kong- y sus propios separatistas de Xinjiang, sin quedar claro lo que tienen planeado respecto a la isla de Formosa (Taiwán), separada del país desde 1948. A China no le conviene esta guerra porque su economía sería la principal afectada, así como la de sus principales socios comerciales (EE. UU. y Europa).

Según Andrés Oppenheimer, es algo inédito, porque “la invasión rusa a Ucrania, un país soberano, amenaza con crear un nuevo orden mundial en el que las superpotencias, incluida EE. UU., tendrían derecho a atacar a los países vecinos cuyos gobiernos no les gustan. Irónicamente, esta invasión podría revertirse contra Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros países latinoamericanos que apoyaron la invasión del dictador ruso, Vladimir Putin, o que, como México en las primeras horas después del ataque, no la condenaron categóricamente”.

Agrega este analista que Putin rompió la base del derecho internacional “desde la creación de las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial: que las disputas territoriales deben resolverse por medios pacíficos. Hay docenas de tales disputas sin resolver en todo el mundo, incluidas las que existen entre China y Taiwán, Corea del Sur y Corea del Norte, y Colombia y Venezuela. ¿La invasión rusa de Ucrania sentará el precedente para que estos países se invadan entre sí? La idea rusa de ‘esferas de influencia’ destruiría el derecho de los países pequeños a existir y decidir democráticamente su futuro. Es una amenaza para el orden y la paz mundial”.

Para Sergio Berensztein “la invasión de las tropas rusas en Ucrania ratifica un diagnóstico del que teníamos suficiente evidencia: ya no queda casi nada de aquel ‘nuevo orden mundial’ unipolar, dominado por EE. UU., que había emergido tras el abrupto final de la Guerra Fría. Si bien pareció consolidarse sin obstáculos durante la década de 1990, sufrió un primer y durísimo embate con el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001”.

Sostiene que, desde ese momento, “un conjunto de errores no forzados, a veces grotescos desatinos, obligó a un repliegue estratégico de EE.UU. y sus aliados que, como pudo observarse recientemente en Afganistán, desnudó que aquellas ínfulas cuasi imperiales que predominaban cuando la democracia y el mercado eran considerados por muchos los únicos modelos posibles de organización económica, política y social estaban basados en supuestos infantiles que implicaban un profundo desconocimiento de los diversos y complejos entornos en que esos paradigmas pretendían implantarse”.

Escenarios del conflicto

Por lo pronto, Putin dio el primer golpe. Occidente preveía una invasión, pero no total. En apenas doce horas, las tropas rusas entraron por el Norte, el Este y el Sur de Ucrania, rodeando a la capital Kiev y obligando a repensar cualquier tipo de estrategia que occidente tenía prevista. Se espera que las tropas rusas se instalen en Ucrania, depongan al presidente Voledymyr Zelensky y nombren un “gobierno títere”. Ante esto, las sanciones de EE. UU. y la UE no bastarían, lo que obligará a repensar la seguridad europea y hacer una regresión a las viejas fronteras entre las exrepúblicas soviéticas y sus aliados y las de la zona occidental manejada por la OTAN.  

Es poco probable que Putin avance con sus tropas a otros países (Letonia, Estonia o Lituania) y menos a Polonia, que es parte de la UE. Si lo hace, el escenario bélico sería el de una guerra europea. ¿Hasta dónde deben involucrarse militarmente EE. UU. y Europa? EE. UU. tiene un pésimo antecedente con el reciente retiro de sus tropas de Afganistán. Al no ser Ucrania miembro de la OTAN es difícil intervenir directamente en ese país, a menos que suministren armas y soldados a la resistencia. Algunos especialistas miran a Ucrania como una especie de Siria europea.

Vladimir Putin, personaje formado en los aparatos de inteligencia de la URSS (la KGB), fue funcionario durante la caída de ese país y gobierna Rusia desde hace 23 años. Quiere ser protagonista de la geopolítica mundial, reposicionado a su país como una potencia militar y económica. Como hizo Hitler en Alemania en la tercera década del siglo XX, Putin apela al rencor ruso por la pérdida de relevancia de su país y la humillación que sufrió en su zona de influencia ante el avance de la OTAN en el este europeo.

La agresión rusa a Ucrania encuentra a Occidente con problemas: desde la inflación alimentada desde la crisis de 2008 y acelerada por la pandemia, sin Angela Merkel y con Emmanuel Macron buscando su reelección, sin contar con liderazgos europeos fuertes, mientras que Joe Biden y Boris Johnson enfrentan sus propias dificultades internas.

Pero Moscú también tiene sus propios aprietos. La crisis económica ocasionada por el bloqueo y las sanciones de occidente debilitarán el sistema político del país, sumado a una resistencia interna, fuertemente reprimida, que difícilmente se sostenga si la guerra en Ucrania se prolonga. Los aliados de Putin en el exterior son discutibles: desde el títere bielorruso Lukashenko, líderes de estados fallidos como Maduro (Venezuela), Ortega (Nicaragua) y Díaz Canel (Cuba), así como mandatarios y políticos de dudosa reputación que representan al autoritarismo mundial, como López Obrador (México), Rafael Correa (Ecuador), el norcoreano Kim Yong Un o los ayatolas iraníes.

En 2024 habrá elecciones presidenciales en Rusia (Putin reformó la Constitución para reelegirse a perpetuidad). Aunque su régimen autoritario se revistió de cierta institucionalidad, la oposición interna sigue siendo débil, pero Putin no oculta su agotamiento por el ejercicio del poder y no logra enmudecer a figuras como Alekséi Navalny, quien llamó a la población rusa a oponérsele en las calles declarando que “Putin no es Rusia”.

¿Y qué con la economía?

Un informe de la consultora Eurasia sostiene que: “la invasión rusa tendrá amplios efectos en la economía global, ya que la combinación de sanciones occidentales, disrupciones de guerra, y retaliación rusa conducirá a turbulencias en los mercados de energía, condiciones financieras más frágiles y a una demanda global debilitada. El crecimiento del mundo industrializado se reducirá en al menos un punto, las cadenas de suministro sufrirán y habrá más proteccionismo”.

Rusia produce actualmente el 10% de los 100 millones de barriles diarios de petróleo del mundo y genera el 40% del gas de Europa. Esto ha provocado el aumento de los precios de la energía y habrá mayor inflación global. En ese escenario, los países más frágiles sufrirán mucho. El efecto de la guerra para el Ecuador es directo, porque subió el precio del petróleo a casi $ 100/barril y esa es la mayor fuente de ingreso de divisas del país, pero hay afectaciones en otros productos de exportación, como banano y elaborados, flores, camarón, pesca fresca, enlatados y café industrializado, en los que Rusia y Ucrania eran importantes compradores.

Muchos países que dependen de la oferta de energía, trigo, níquel y otras materias primas experimentarían escasez y aumento de precios, impulsando el descontento social. Por dar un ejemplo, Italia, con la mitad de población y menos recursos naturales, tiene una economía que es el doble de la rusa, mientras que Polonia exporta a la UE más mercancías que Rusia.

Hay que tomar en cuenta que el precio de los alimentos sigue en aumento desde inicios de la pandemia. Un reciente informe de la ONU señala que Rusia es el mayor proveedor mundial de trigo y con Ucrania, son casi la cuarta parte del total de las exportaciones del planeta. Para algunos países, la dependencia es mayor. Esa afluencia de grano es de más del 70 % del total de importaciones de trigo de Egipto y Turquía (que ya atraviesa una fuerte crisis económica).

Habla la diplomacia

Lo que parecía una estrategia de presión para adueñarse de provincias prorrusas se convirtió en la posibilidad de tomarse Ucrania. Lo que esperaban los rusos era que ese país se someta y se rinda, porque militarmente es menos fuerte. La capacidad occidental para detener a los rusos es limitada, pero ya se ve el efecto de las sanciones contra Moscú. Rusia tiene un PIB muy bajo, menor al de Brasil, pero mantiene reservas monetarias internacionales de unos $ 600 mil millones, que podrían sostener el embargo a corto plazo. Además, Rusia firmó un acuerdo de cooperación con China, para el suministro de gas a ese país.

La Federación Rusa sabe lo que son las sanciones, que ya se produjeron tras la anexión de Crimea en 2014, cuando una crisis similar generó un conflicto bélico parecido a éste. Aunque Putin amenaza con el poder nuclear que tiene Rusia, sería un irresponsable si lo utiliza. Pero, hay que tener cautela, porque Rusia es una de las mayores potencias atómicas, con niveles paralelos a EE. UU. y China.

En el discurso en que Putin anunció la independencia de Lugansk y Donetsk en la región minera de Donbass, aludió a las figuras centrales de la URSS, incluido Lenin, en lo que más que un recuerdo de la era soviética parecía la de los zares. Habría que ver lo que, de aquí en adelante, hagan sus aliados internos: los oligarcas del gas, el petróleo y las mafias rusas.

Rusia es parte del sistema capitalista. Por eso no se sabe qué busca Moscú al desafiar al mundo, excepto quedar aislado. Asimismo, puede afectarle la suspensión del gigantesco gasoducto Nord Stream 2 construido en conjunto con Alemania. Rusia obtiene poco más del 15% de su PÏB por venta de gas y petróleo. Sus clientes ahora son sus enemigos: los países de Europa Central (porque parte de ese fluido atraviesa Ucrania).

Es difícil saber las consecuencias de este conflicto. Va a ser complicado que Rusia supere las sanciones y bloqueos e intentará acercarse a China. Pero, a este país tampoco le conviene que la guerra se prolongue. Por ahora, la OTAN muestra unidad y EE. UU. busca recuperar el liderazgo global. Putin, de todos modos, sigue siendo un enigma.

Como señalaba en un reciente artículo para The New York Times la ex secretaria de Estado estadounidense, Madeleine Albright, “Ucrania tiene derecho a su soberanía, sin importar quiénes sean sus vecinos. En la era moderna, los países grandes lo aceptan, igual que Putin debe hacerlo. Ese es el mensaje que la reciente diplomacia occidental sustenta. Define la diferencia entre un mundo gobernado por el Estado de derecho y uno que no responde a ninguna regla”.

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