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Cuando los extremos se unen: la izquierda y la derecha son lo mismo

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El debate sobre las ideologías se reactualiza; pues, tanto la derecha como la izquierda persiguen objetivos parecidos, a propósito de la ola de gobiernos de la llamada izquierda (socialismo del siglo XXI) en la región. 

Foto: @law – Pexels

Los extremos se unen en un círculo imaginario en el que, en algún momento, convergen. El fascismo y el comunismo son parecidos, porque en el fondo ambos buscan supremacía política, control total, censura de ciudadanos y medios de comunicación y perpetuarse en el poder. Y aunque todo cambia en la historia, nada desaparece totalmente. Los mitos e ideas, odios y amores son parte consustancial de ambos extremos, porque surgen, desaparecen y reaparecen. Este es un debate necesario.

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Escribía el columnista Loris Zanatta, “Fascismo y comunismo, ¿volvimos al punto de partida? ¿Los fantasmas del siglo XX revolotean sobre el XXI? La derrota de los fascismos en 1945, el colapso de los comunismos en 1989, ¿fueron espejismos? Así parece. No hay elección latinoamericana donde no se los evoque, político que no se sienta en trinchera contra uno u otro, académico que no los mencione”.

Agrega el analista: “¡Cuántos pontifican sobre la paja en ojos ajenos, sin darse cuenta de la viga en los suyos! Los liberales se han vuelto libertarios y ven comunismo en todas partes. Incluso en la socialdemocracia, tan odiada por los comunistas: “revisionista”, le decían para excomulgarla. ¡Ojalá existiera un verdadero socialismo democrático en América Latina!”

Las posiciones se polarizaron tanto que los izquierdistas ven fascistas por todo lado y pasa igual con los liberales o conservadores, que ven comunistas o “progres” por doquier. Las luchas ideológicas parecen haber sido reemplazadas por estas discusiones entre grupos que, aunque son distintos, se parecen demasiado. Como para pensarlo: ¿por qué tanto las izquierdas como las derechas apoyan al mandatario ruso Vladimir Putin? ¿la mano dura, los nacionalismos o sus políticas extremas -la proscripción de grupos feministas o elegebetístas- pese a que en América Latina serían impensables?

Todo cambia en la historia, pero nada desaparece totalmente. Mitos e ideas, odios y amores que animaban a fascistas y comunistas dan vueltas en un círculo concéntrico. Actualmente la mayoría de los fascistas y comunistas se amoldó a la democracia. De regímenes comunistas quedan muy pocos (tal vez Cuba y Corea del Norte, porque China es capitalismo de estado) y ni hablar de gobiernos fascistas, que no aparecen por ningún lado, aunque se intente decir que lo de Trump o lo de Putin lo son.

Aunque el fascismo sucumbió al final de la Alemania nazi y el suicidio de Hitler en el bunker de Berlín y el comunismo se cayó a pedazos junto con el muro (también de Berlín) y la antigua URSS, se sigue viendo un regreso a estos conceptos, totalmente anacrónicos

Para Zanatta, “muchos llegamos a la conclusión de que “democracia” es un sustantivo que no tolera adjetivos. Que nada como ‘el método de la libertad’ favorecía nuestros ideales de progreso e inclusión, cooperación social y promoción individual. O la izquierda aceptaba los principios del pluralismo político y de la libertad económica, o de ella solo quedaría la pulsión paternalista en el mejor de los casos, tiránica en el peor, disfrazada de superioridad moral. O la derecha se sacaba de encima de una vez por todas las sombras autoritarias del pasado y la arrogancia clasista, o nadie creería nunca en su conversión liberal y democrática.”

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¿Cuál sería la diferencia entre el Foro de San Pablo/Grupo de Puebla y la “nueva derecha” latinoamericana? Aunque la dictadura de Pinochet fue francamente repudiable por los atropellos a los derechos humanos y los asesinatos masivos, la dictadura cubana no se queda atrás. La chilena desapareció hace muchos años, aunque Petro diga desatinadamente que “revivió” Pinochet -tras el plebiscito-, pero la castrista cubana sigue sometiendo a un pueblo al que se le hace difícil sobrevivir y cuando protesta es reprimido con toda la fuerza.

No hay que ser muy cuerdo para entender en qué terminó el engendro sandinista de Nicaragua, en donde Ortega y la “bruja” Murillo someten a todos los opositores y se han metido hasta con la iglesia católica, acusándola de subversión. Y hay personajes de la izquierda criolla que sostienen que lo de Nicaragua, Cuba y la impresentable Venezuela son asuntos que deben resolverlos sus propios pueblos, como si no supieran que en esos países el derecho a la protesta es prohibido y reprimido, no como en Ecuador, en donde hay grupos -como los indígenas- que han abusado del derecho a la resistencia consagrado por la Constitución.

Con izquierdas y derechas retorcidas, que han polarizado la lucha en los países latinoamericanos, que siguen cayendo en el fracaso de dos modelos que no funcionan, precisamente porque sus líderes terminan confluyendo en los mismos lugares comunes (abusos de poder, gobernar a perpetuidad, control y censura de la presa y de los opositores). Como concluye Zanatta: “si esta es la izquierda, la derecha la llamará comunista. Y si se ve crecer a la derecha, la izquierda la llamará fascista. ¿Quién representará las razones del antifascismo y del anticomunismo?”

Durante la guerra fría se podía identificar las tendencias ideológicas. Una izquierda reivindicativa, defensora de minorías, derechos humanos, sindicatos, obreros y pobres, revolucionaria (de acuerdo con los manuales marxistas clásicos) y buscando el bien común con participación intensa del Estado. La derecha defensora del libre mercado, de las libertades, con una mínima participación del estado, de las iniciativas individuales, de gremios empresariales y propulsora del liberalismo.

Para la académica Ana Teresa Martínez, tanto derecha como izquierda forman parte del lenguaje político como categorías “nativas” desde la Revolución Francesa, cuando los partidarios de la monarquía y la aristocracia se sentaron a la derecha y los simpatizantes de la república (gremios artesanales y campesinos) en la parte izquierda de la Asamblea Nacional, generando un origen de esta distinción. Pero no es solo eso.

Si la izquierda y la derecha son formas de ver el mundo, esto se disipó en los últimos tiempos por la irrupción de los populismos que, como principal característica, siguen siendo iguales aunque su origen sea de ambas tendencias. Gobiernos con raíz ideológica diametralmente opuesta, que hacen casi lo mismo. El populismo está hecho de emociones, carisma y liderazgos fuertes que buscan mantenerse en el poder por mucho tiempo.

En el populismo de derecha están Bolsonaro (Brasil) y Bukele (El Salvador), así como el expresidente Donald Trump (EE. UU.). En la vereda contraria, los integrantes del Foro de San Pablo y simpatizantes del socialismo del siglo XXI: Lula (Brasil), los Fernández (Argentina), Correa (Ecuador), Pedro Castillo (Perú), Boric (Chile) y Petro (Chile). Los resultados de ambas formas de gobierno dan como resultado el autoritarismo, la concentración de poder y afanes de extender sus mandatos.

¿Con qué nos encontramos?

¿Qué define izquierda o derecha? Para el pensador italiano Norberto Bobbio hay que dejar de lado el significado emocional para centrarse en el descriptivo, estableciendo que izquierda y derecha podrían ser términos “exclusivos y exhaustivos”, luego de hacer una revisión de trabajos anteriores que -durante la década de los 90- intentaron suprimir o recuperar la posición de dos tendencias ideológicas y establecer una dicotomía.

Para Bobbio “derecha” e “izquierda” siguen vigentes en el lenguaje político. Todos aquellos que los utilizan no darían la impresión de usar palabras en balde porque se entienden muy bien entre sí”. Si se acepta el de Bobbio se podría analizar estas dos categorías desde una perspectiva dicotómica: igualdad-desigualdad y libertad-autoridad.

Para Bobbio el uso de los conceptos de izquierda y derecha se da en el marco de sociedades políticas ilustradas, donde prevalecen las mayorías y existe un régimen democrático. Sin embargo, quedan algunas preguntas sobre quién está más a la derecha y quién a la izquierda.

Si se analiza en un sentido semántico se diría que las categorías de arriba-abajo, izquierda-derecha, delante-detrás, dentro-fuera, son las que organizan la relación con el espacio de nuestro cuerpo. Y como éste carga las disposiciones que se producen en la socialización, las relaciones espaciales se producen socialmente.

Basta mirar ejemplos en el lenguaje, los gestos y textos que sostienen creencias sobre la vida, la muerte y el sentido (en sociedades occidentales se sitúan en el aspecto religioso). El famoso caso de la Asamblea Francesa postrevolucionaria que sirve como referencia en el análisis histórico, no es más una particularidad de esta experiencia.

Si se traslada al campo de la política, para Bobbio la dicotomía izquierda-derecha no puede ser siempre exclusiva y exhaustiva. Como dice también, con razón, el carácter positivo o negativo adjudicado a “izquierda” o “derecha” en el campo político es objeto de luchas, y las asociaciones pitagóricas no se asumen como parte de un sentido común propio.

El actual “giro a la izquierda” de los gobiernos latinoamericanos provoca muchas discusiones académicas. Las experiencias en Argentina, Bolivia, Colombia, Brasil, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Paraguay, Uruguay y Venezuela puso a la academia frente al desafío de pensar y analizar los rasgos que asumieron dichos procesos políticos.

Una de las características de la denominada izquierda fue, desde finales del siglo XX, luchar contra los postulados del Consenso de Washington calificados como neoliberales y el retorno a posturas estatizantes, algo definido como un post neoliberalismo, donde el socialismo del siglo XXI captó adhesiones y simpatías que permitieron crear una especie de “franquicia” ideológica que se instaló en muchos países de la región.

El problema de este tipo de gobiernos surge cuando, en el ejercicio del poder, asumen atribuciones y logran, mediante sistemas de democracia plebiscitaria (consultas, plebiscitos o referéndums), cooptar las funciones del estado y manejar los países a su antojo, convocando asambleas constituyentes que desbaratan la institucionalidad previa, colocando en las cartas magnas candados y posibilidades para que los mandatarios asuman hiperpresidencialismos que los mantienen en el poder por años. 

Referéndums, consultas populares y plebiscitos: opción de cambio o voto castigo

El amplio apoyo popular a estos gobiernos es interpretado como el resultado del componente carismático de los liderazgos presidenciales de esos varios gobiernos, con riesgos comprobados de caer en autoritarismos y populismos. No obstante, el paso por el poder de la tendencia socialista del siglo XXI da como resultado el empobrecimiento de las sociedades, la movilización política de diversos sectores y actores sociales y la crisis de representación política (como pasa actualmente en Ecuador, Perú, Chile, Colombia, Argentina o Venezuela).

Izquierda y Derecha: ¿son lo mismo?

El analista Alejandro Navas señala “¿qué significan exactamente izquierda y derecha en el plano político? Los científicos sociales reconocen que podrían ser conceptos equívocos, pero las encuestas reflejan que los ciudadanos siguen usándolos para orientarse en el espectro político. En la tradición del análisis sociológico hay dos tipos ideales, para componer sendos talantes o estilos de hacer política”.

Encasillar cualquier propuesta política como de derecha o izquierda es difícil, porque, aunque parecen dos formas de mirar la sociedad, no se reduce a la simpleza de señalar una dicotomía entre mecanismo frente a organismo, entre centralización frente a privatización o igualdad frente a libertad.

La izquierda ve a la sociedad como algo armable y desarmable para realizar diseños sociales ideales para llevarlos a la práctica, con reformas que pueden ser pacíficas o violentas. Para la derecha, la sociedad es un organismo que debe ser controlado en su funcionamiento y no es posible descomponerlo sin mutilar o matar. En la postura de izquierda el ser humano es determinado por el medio social y solamente bastaría manipular la estructura social. Se entiende así importancia que la izquierda da a la educación y a la cultura como herramientas de transformación. La derecha considera que el individuo gestiona su vida, libre y responsablemente.

Para la izquierda, el valor político es la igualdad o solidaridad. Su principal enemigo, las elites o castas políticas. Son hostiles ante conceptos como la familia. Para la derecha la libertad es el valor superior y la igualdad es de oportunidades. Desde esos puntos de partida, los actores, individuales y colectivos, llegan a posiciones diferentes, en función de sus capacidades, esfuerzos y la suerte en la vida. La izquierda busca la igualdad final, como objetivo y la libertad mediante la igualdad. La derecha busca la igualdad en libertad.

En economía, la izquierda planifica, regula a través del estado y redistribuye la riqueza, con bonos y subsidios. La derecha cree en el mercado y la iniciativa privada, priorizando la producción y creación de riqueza.

La izquierda en el Gobierno gasta más de lo que recibe (como en tiempos de Correa) incrementando la deuda y llevando al fisco a una cuasi quiebra. La derecha arregla desequilibrios, aplica ajustes y busca el crecimiento económico (“pone la casa en orden”). Al concluir el ciclo, los ciudadanos se cansan de la disciplina y la austeridad y votan por la izquierda para aumentar el gasto público y las ayudas sociales. Luego vuelve la derecha en un péndulo electoral interminable, a menos que los gobiernos de cualquiera de las dos tendencias, con matiz populista, busquen perpetuarse en el poder.

La izquierda se oponía al Estado en el siglo XIX y actualmente lo defiende. Si hay voces contrarias al Estado, reducir la burocracia o privatizar empresas públicas, es obra de la derecha. En el siglo XIX la izquierda apoyaba el progreso tecnológico y el industrialismo, mientras que la derecha añoraba un pasado humanista que podía perjudicarse con la tecnología. Hoy es al revés: la izquierda, con matiz ecologista, mira el desarrollo tecnológico con recelo, mientras que la derecha lo defiende.

La política de la incoherencia

Es complicado identificar a la derecha y a la izquierda en el ejercicio del poder (revisar el artículo de mi autoría Correísmo: fascismo a la ecuatoriana). El neo marxismo no busca la revolución violenta para tomar el poder (aunque existen excepciones como el indo-comunismo de Leonidas Iza, que son poco probables, pero existen y son peligrosas). La dictadura del proletariado dejó paso a matices socialdemócratas y a medida que el voto se fue ampliando, la violencia del sector obrero se moderó (con excepciones de anquilosamiento, como sucede en el caso del FUT ecuatoriano).

Para compensar esa aparente “traición” a los viejos ideales, algunos partidos de izquierda son radicales en asuntos como el matrimonio, la familia, la sexualidad, o la vida, al inicio y al final (aborto, reproducción asistida, eutanasia). La defensa de estas posiciones permite mantener un viejo radicalismo porque moviliza. La aparición de otros actores (feminismo, pacifismo, elegebeteísmo, ecologismo y género) son atraídos por esa izquierda que, agotado su discurso, se adapta camaleónicamente a estos cambios que le acomodan y sirven para su objetivo.

Todo cambia en la historia, pero nada desaparece totalmente. Los mitos, ideas, odios y amores que eran las banderas de lucha de ambos extremos van y vienen, se desvanecen y vuelven. La izquierda y la derecha son parte de un mismo círculo, porque unas veces están bifurcados y en otros casos se complementan y se unen.

Enrique Krauze alude a un personaje del siglo XVII para explicar esta dicotomía. “¿Qué tiene que decir Baruch Spinoza, un remoto filósofo del siglo XVII, sobre los predicamentos del siglo XXI? Mucho, porque los fanatismos que enfrentó de manera solitaria en su tiempo se han multiplicado en el nuestro. Aquellos provocaban guerras religiosas; los actuales –surgidos de identidades ciegas, narcisistas, excluyentes– se disputan, con igual ferocidad, el reino de este mundo”.

Agrega: “ayer marchaban los soldados de la fe; hoy proliferan los cruzados de la raza, la nación, la clase, la lengua, la ideología, el género, la cultura. Entonces los inquisidores excomulgaban a los herejes”.

Ahora sí: ¿Ecuador en camino de ser un estado fallido?

Es bastante claro Krauze cuando señala, siempre de acuerdo con Spinoza, “que los iluminados de derecha o izquierda ‘cancelan’ a los que piensan distinto o los queman vivos en las redes sociales. Por si fuera poco, el absolutismo político, las supercherías que pasan por verdades, las guerras de conquista y de limpieza étnica que creíamos extirpadas de la historia, han vuelto con ímpetu renovado”.

¿Qué quieren las derechas latinoamericanas?

Seis meses antes de la elección de Petro como el primer presidente de izquierda de Colombia, el politólogo colombiano Alberto Vergara decía que ya no le funciona a la derecha crear miedo hacia los candidatos progresistas, aunque no ofrezca nada a cambio. En 2021, Keiko Fujimori en Perú, José Antonio Kast en Chile y Juan Orlando Hernández en Honduras perdieron las elecciones por agitar sobre sus adversarios el fantasma del comunismo. A Guillermo Lasso sí le resultó, pero ya no como gobernante.

Tras la falta de logros y decepción que causa una derecha de corte gerencial, cercana al neoliberalismo y “que no aprende a ser ciudadana de sus países, sino dueña de sus países”, escribía Vergara, no dan resultado las réplicas locales del modelo trumpista: hablar de la amenaza comunista, del racismo o la prohibición del aborto y combatir la “ideología de género”. Esos temas le sirvieron a Bolsonaro para ganar, pero parece que no funcionarán para su reelección. La disputa en segunda vuelta entre Petro y Hernández en Colombia dio la razón a este argumento.

Aunque los gobiernos de López Obrador y Petro son diferentes existe un paralelo en su llegada al poder: no solo fueron los primeros presidentes de izquierda de sus países, sino que para su llegada arrasaron con los partidos tradicionales. En Brasil a Bolsonaro le podría alcanzar su postura radical para enfrentar al expresidente y expresidiario Lula da Silva y llegar a la segunda vuelta, pero nada más. En Argentina Javier Milei, que se autodefine como liberal, está dando pelea al kirchnerismo en el poder e incluso ha puesto en dudas la alianza del macrismo para las elecciones presidenciales del próximo período.

La espada como fetiche

El discurso de odio, la dicotomía amigo/enemigo, la concentración de poderes, la censura de prensa, el ataque a quienes no están de acuerdo y el intento por mantenerse en el poder no son patrimonio de una sola ideología. Por el contrario, tanto quienes se dicen de derecha como de izquierda, apelan a las mismas estrategias para lograrlo.

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