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Crónica de un 10 de agosto: pasaron 213 años y el país sigue sin tener independencia

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En esta ocasión, Ugo propone una crónica histórica sobre un acontecimiento que, por la falta de identidad del país, sigue siendo un tema menor, porque hasta se traslada la fecha del feriado.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Una crónica para reflexionar. Sucedió hace 213 años. Las reuniones en la vivienda de Manuela Cañizares, ubicada en la actual casa parroquial de El Sagrario, a pocos metros de la Catedral y del Palacio de Carondelet que, aunque se decía que eran secretas, circulaban como información fidedigna en recados, chismes y serenatas en las frías noches quiteñas, alumbradas por velas de sebo.

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Poco antes de la medianoche, los conjurados parecían haber desistido de dar el golpe. Antonio Ante, Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez Quiroga, el padre Riofrío, Juan de Salinas y el Marqués de Selva Alegre -Juan Pío Montúfar- estaban nerviosos. Algunos amagaron con abandonar la vivienda de doña Manuela, quien los detuvo en el zaguán y blandiendo un cuchillo les dijo: “¡hombres nacidos para la servidumbre! ¿de qué tenéis miedo? ¡No hay tiempo que perder!”, ordenándoles a quedarse para cumplir el plan.

Antonio Ante y Juan de Dios Morales recibieron entonces el delicado encargo de caminar unos pasos hacia el Palacio para entregar la proclama escrita. El relato de Manuel J. Calle sobre este hecho histórico es interesante: “Os digo que es absolutamente indispensable que yo vea al señor Presidente”, dijo Ante, presentándose ante los guardias. “¡Pero, señor, a estas horas!”, señaló uno de ellos asustado y diciendo que “es imposible”. Ante lo recriminó y le dijo “y por qué ha de ser imposible? Vaya, dejadme ir, caballero oficial, y basta de explicaciones?”.

Ante el pedido, el guardia no consideró una hora adecuada para molestar al presidente de la Audiencia, el Conde Ruiz de Castilla, don Manuel de Urríes. “¡Las cuatro de la mañana! ¡Y al Excelentísimo señor Conde!”, dijo el soldado.  Después de varios minutos de pláticas, Ante y Morales insistían que era completamente necesario entregar el documento. Ante ratificó: “por última vez os prevengo que despertéis cuanto antes al señor Presidente y le entreguéis en la mano esta comunicación”.

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“¿Se puede saber, a lo menos, en nombre de quién?”, dijo el oficial y Ante replicó: “en nombre y de parte de la Junta Soberana de Quito. Ya lo sabéis. ¿Resistiréis todavía?” “Aturdido el oficial que tan bravamente disputara al doctor Ante la entrada a la alcoba de su señor, tomó el pliego, saludó a su porfiado interlocutor y penetró resueltamente en el dormitorio”, escribe Calle.

“El viejo, porque ya era viejo el Magistrado español, despertó sobresaltado”, continúa el relato de Calle. “¡Eh! ¿Qué hay? ¿Quién anda ahí?”, “Yo, señor Excelentísimo… el oficial de servicio”. “¿Y qué quiere el oficial?” “Un oficio…” “¿Qué oficio, hombre?” “Este que acaba de traerme el doctor Ante, quien ha instado terriblemente para que se lo entregue a Vuecencia”.

“¿Vienes a molestarme por eso? ¡Largo de aquí! ¡A un demonio!”, respondió el Conde, intentando volver a conciliar el sueño. “¡Dice que es de la Junta Soberana, o de cosa así! Sorprendido el Conde volvió a preguntar “pero ¿qué Junta?

“A ver, ese oficio… Aproxima esa luz. ¿Qué dice el sobrescrito? ¡Ah! Ya, La Junta Soberana al Conde Ruiz, ex-Presidente de Quito. ¿Cómo ex-Presidente?… ¡María Santísima! ¿Qué será esto?”

Ruiz de Castilla leyó en voz alta el comunicado: “El actual estado de incertidumbre en que está sumida la España, el total anonadamiento de todas las autoridades legalmente constituidas y los peligros a que están expuestas la persona y posesiones de nuestro muy amado Fernando VII de caer bajo el Poder del tirano de Europa, han determinado a nuestros hermanos de la Península a formar gobiernos provisionales para su seguridad personal, para librarse de las pérfidas maquinaciones de algunos de sus pérfidos compatriotas indignos del nombre español y para defenderse del enemigo común.

Los leales habitantes de Quito, imitando su ejemplo y resueltos a conservar para su Rey legítimo y soberano señor esta parte de su reino, han establecido también una también una Junta Soberana en esta ciudad de San Francisco de Quito, a cuyo nombre y por orden de S. E., el Presidente, tengo a honra el comunicar a U. S. que han cesado las funciones de los miembros del antiguo gobierno. — Dios guarde a U. S. — Sala de la Junta en Quito, a 10 de agosto de 1809. – Juan de Dios Morales, Secretario de lo interior”.

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Casi cayéndose de la cama, el anciano Conde, asombrado de lo que leyó, y medio desnudo, corrió a la habitación donde esperaba Ante y mantuvieron una tensa conversación, donde Ante le ratificó el cese de sus funciones.

En esos tiempos Europa vivía tiempos convulsionados, bajo la influencia de un imperio poderoso, nacido pocos años antes con la Revolución Francesa, encabezado por Napoleón Bonaparte, un genio de la estrategia militar que quería conquistar el continente, como lo habían hecho los grandes del antiguo Imperio Romano.

Engrandecido por sus victorias y animado por el genio, traicionó la República de la que era hijo y se auto coronó Rey y Emperador, sentándose en el Trono de San Luis que la Revolución bañó en sangre. Su ambición y fortuna eran incontenibles. Ninguna nación estaba segura, ningún rey tenía su corona firme sobre la cabeza. Naciones y reyes temblaron ante él. Venció a la Europa coaligada y distribuyó reinos a parientes y soldados. En 1809 estaba en el mayor apogeo de su poder y grandeza.

España también cayó en las garras imperiales. Era un reino debilitado, ya no en manos de Carlos V o Felipe II, sino de Carlos IV y Godoy, al cual Bonaparte, años antes, encadenó al carro de su gloria para obligarlo a ir con él a las aguas de Trafalgar…

Cuando los traicionados españoles retomaron la cordura y vieron su país ocupado por tropas extranjeras, con un rey intruso (José Bonaparte o “Pepe Botellas”, en argot popular), su juventud asesinada y su marina deshecha, buscaron recobrar esa independencia. Desconocieron al rey impuesto, organizaron juntas e hicieron la guerra.  Era el momento oportuno para que las colonias americanas, oprimidas y vejadas por una administración virreinal que odiaban, se proclamen como pueblos libres.

Si en España existían Juntas provinciales y supremas ¿por qué no en las colonias?, decían los próceres, pensando que establecerlas era el primer paso a la independencia, pues al desconocer toda autoridad, el hecho de su existencia era su declaración de autonomía. Los ilustrados de la época no quisieron al inicio hablar de independencia, sino que pretextaron que defendían la libertad del “amado rey” Fernando VII que, junto a su padre, entregó España a los franceses.  

Algunos ciudadanos de Quito conspiraban en la sombra, ante las noticias de la tragedia de 2 de mayo del 1808, cuando los franceses asesinaron españoles en las calles de Madrid, el posterior levantamiento de la Metrópoli, la victoria de Bailen y el establecimiento de las Juntas. Fracasó entonces un intento conspirativo en Quito y muchos fueron reducidos a prisión, aunque salieron ilesos, porque se perdieron los autos de los procesos en su contra.

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Una vez liberados volvieron a actuar, pero con más precaución. La fecha señalada era el 10 de agosto de 1809. Se reunieron donde Manuela Cañizares, cerca de la plaza mayor -hoy de la Independencia-. La señora Cañizares era una mujer de temple varonil y palabra elocuente. Allí estaban reunidos Pedro Montúfar, Juan Salinas, Juan de Dios Morales, Manuel Quiroga, Antonio Ante, Juan Pablo Arenas, Manuel Mateu, Manuel Zambrano, Javier Ascázubi, el presbítero Riofrío, Checa, Correa, Vélez, entre otros.

Juan Salinas comandaba la escasa guarnición y Joaquín Zaldumbide era jefe de los soldados de caballería. Estos militares, Salinas especialmente, insistían en la conspiración, fueron a los cuarteles y convencieron a las tropas hablándoles de la usurpación de Bonaparte, del apresamiento del rey legítimo y de la obligación para defender la causa contra los usurpadores. Muchos oficiales creían lo mismo y así fue como los soldados desconocieron al gobierno de la Audiencia y se pusieron al lado de los patriotas. Pasada la medianoche Salinas sacó las tropas formándolas en la plaza mayor. La revolución estaba lista.

A las seis de la mañana se oyó una descarga de artillería, repicaron las campanas de las iglesias, sonó música marcial y hubo gritos de una población entusiasmada. A las 10 fueron nombrados los miembros de la Junta Soberana: el marqués de Selva Alegre, Presidente; el Obispo de Quito, José Cuero y Caicedo, Vicepresidente; Los marqueses de Villaorellana, Solanda y Miraflores, Manuel Larrea, Manuel Mateu, Manuel Zambrano, Juan José Guerrero y Melchor Benavides, Vocales.

A Juan de Dios Morales, Manuel Quiroga y Juan Larrea se les designó Secretarios de Gobierno, eran miembros natos de la junta y como Secretario particular del Presidente fue elegido Vicente Álvarez. La Junta publicó un Manifiesto explicando las causas de la revolución y el derecho que tenían los pueblos americanos de hacerlo.

En la Sala capitular del convento de San Agustín se reunió el Cabildo abierto integrado por miembros del incipiente movimiento autonomista, que juró fidelidad a Fernando VII, destronado por Bonaparte. Esta fue la revolución del 10 de Agosto. El primer grito de independencia de la América española, que repercutió en todo el Continente, por lo cual Quito fue bautizada como Luz de América.

Esta junta tuvo una presencia efímera, porque no llegó el apoyo que se esperaba desde Guayaquil, Pasto y Cuenca, que se mantuvieron leales al nuevo soberano español. El levantamiento no tuvo ecos populares en la ciudadanía quiteña y tampoco hubo grupos organizados ni trabajo de concienciación.

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Desde los Virreinatos de Lima y Santa Fe de Bogotá llegaron tropas para poner en orden a los insurrectos. Se juró y se ofreció “perdón y olvido” para los complotados, pero la mayoría fueron apresados (exceptuando al Marqués de Selva Alegre y a Antonio Ante).

El 2 de agosto de 1810 la población salió a las calles y fue salvajemente reprimida por las tropas realistas, matando a cientos de ciudadanos. En la cárcel del Cuartel Real de Lima eran asesinados dos de los cabecillas de la revuelta, Juan de Dios Morales y Manuel Quiroga. El hijo del Marqués, don Carlos Montúfar, llegó a Quito poco después, logrando calmar los ánimos de la población. Había sido nombrado Comisionado Regio por el Rey de España y vino con la misión de conformar una nueva Junta de Gobierno.

El Pacto Solemne de Sociedad y Unión

En 1812 se creó la Junta que expidió la que sería la primera Constitución firmada y aceptada en la América Española, “Artículos del Pacto Solemne de Sociedad y Unión de las provincias que forman el Estado de Quito”. Quito, que es como debió haberse llamado este país…

El proceso de independencia de las colonias americanas de España supone una serie de interpretaciones de los historiadores desde cuando esta gesta se produjo. Los historiadores españoles o hispanófilos consideran que fue por el mal ejemplo o influencia de las ideas de la independencia estadounidense, la penetración de la Revolución Francesa con sus ideólogos ilustrados o las maquinaciones de la masonería internacional.

Los pensadores ilustrados del liberalismo consideraron siempre que se dejó atrás siglos de oscuridad y oscurantismo colonial, dando paso a las luces. Hay que analizar de todo lo anterior muchos factores. España atravesó durante casi todo el período conocido como “La Colonia” una crisis, debida a muchos factores: la sobreexplotación de los recursos (con las mitas, obrajes y encomiendas), el excesivo cobro de tributos, el trato inhumano a los indígenas y el comercio infamante de esclavos, entre otros.

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Para colmo, un buen porcentaje de la riquezas que los españoles extrajeron de estas tierras no llegó a su destino; se calcula que los países de esta región, en la actualidad, podrían prestar recursos a los países industrializados y serían los más grandes de este tiempo. Así fue la proporción de lo perdido. Y que no lo disfrutaron ni siquiera los españoles, porque en el océano lo arrebataban los piratas y corsarios (los primeros robaban para sí, los segundos para su majestad, el Rey de Inglaterra).

Así, España, aparentemente colmada de riquezas, fue también despojada, lo que obligó a Carlos V y Felipe II a generar más recursos a través de la explotación de minerales y textiles, pero también a enfrascarse en confrontaciones bélicas con países vecinos (Francia) o lejanos (Inglaterra) y también a disputarse los territorios que los portugueses iban alcanzando con sus “bandeirantes”, irrespetando el Tratado de Tordesillas de 1493.

En ese marco, en lo interno de las colonias tampoco andaban bien las cosas. Hubo constantes levantamientos populares e insurrecciones (las Alcabalas y los Estancos de Quito son un buen ejemplo). Tampoco hay que olvidar que muchos precursores de la independencia que habían viajado a la Ilustrada Francia y a la laboriosa Inglaterra iban trayendo de contrabando ideas nuevas.

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Muchos, como Zea y Nariño, trajeron ocultas en los forros de sus trajes la Constitución de los Estados Unidos, la Declaración de los Derechos del Hombre de Francia o los documentos del comercio liberal de Adam Smith y David Ricardo. Otros, como Eugenio Espejo, engendraron la semilla en las propias entrañas del territorio colonial. España vio minadas sus estructuras en su propio interior.

La crisis de los años 1700 trajo a España graves incidencias en su equilibrio social, político y económico. Muchos grupos de propietarios y terratenientes locales empezaron a exigir su parte, porque querían que el régimen colonial les deje libertad de acción. Al consolidarse el sistema de las haciendas y de la agricultura, decayó la burocracia estatal. El latifundio empezó a ganar poder, espacio y terreno.

Así fue como la clase terrateniente local y la burguesía comercial tomaron paulatinamente el control de la economía nacional, dejando a la clase burocrática solo el control político. Los grandes protagonistas de la independencia fueron los latifundistas, como señala Enrique Ayala Mora en su resumen de Historia del Ecuador. A ellos se sumaron los intelectuales, artesanos y pequeños comerciantes. Las masas indígenas, protagonistas de otras revueltas, quedaron relegadas.

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La intervención de Napoleón Bonaparte en España a inicios del siglo había puesto en aviso a las autoridades virreinales y audienciales en América. Así fue como se formaron Juntas, integradas mayoritariamente por criollos.

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Lo que debe quedar claro es que esos criollos representaban a las clases pudientes, encabezadas por comerciantes y terratenientes. Ellos gobernarían a nombre de un supuesto rey “legítimo”, desconociendo las resoluciones napoleónicas.

Cuando se conformó la Junta Superior de Gobierno, a cargo del hijo de Juan Pío Montúfar, Carlos, quien había retornado de España, se convocó elecciones para la Asamblea Constituyente, siguiendo el modelo de la Asamblea Nacional Francesa, surgida tras la Revolución de 1789. La reunión constituyente fue celebrada el 2 de diciembre de 1789.

De aquella reunión surgió el llamado “Pacto Solemne de Sociedad y Unión” entre las provincias que formaban el Estado de Quito, que fue dictado el 15 de febrero de 1812, y era a la postre la primera prueba de que la nueva nacionalidad ecuatoriana formada a través de los siglos de existencia de la Audiencia y antes.

De acuerdo con la doctrina del Derecho Interamericano, este simple hecho marcó la fecha inicial del principio del Uti Possidetis Juris a 1812. Se trataba de la primera liberación de la metrópoli y por ende, el punto de partida para lo que vino luego con los Libertadores de América.

Las partes que confluyeron para suscribir ese documento se hallaban indisolublemente unidas, todas eran consideradas parte del Estado de Quito y por ningún motivo podían separarse de esa entidad para formar otro estado y no podían tampoco las provincias tomar determinaciones ajenas u opuestas al pacto.

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Para establecer el Uti Possidetis Juris era necesario que exista un vínculo político y es lo que determinó que se trate de la Primera Constitución Americana. Aunque los españoles lograron pronto restablecer el orden colonial, el germen de la libertad había sido sembrado, y en un terreno muy fértil.

De todo lo anteriormente analizado podemos decir que aunque se trató de un acto soberano, no fue precisamente para liberar a todos, sino para tratar de apaciguar o morigerar ciertas deudas que casi todos los complotados mantenían con la Corona.

Ya se ha dicho que los cabecillas del levantamiento fueron poderosos latifundistas y terratenientes, a quienes la burocracia estatal impedía acciones. Una vez instalados en el mando suprimieron los impuestos (para ellos), manteniendo los de los indios. Y de paso, desvanecieron las cuantiosas deudas que habían contraído con la Real Audiencia de Quito por la compra de bienes inmuebles.

Hubo, eso sí, radicales intelectuales, como Ante, Quiroga y el cura Riofrío, a quienes les fue asignado un papel secundario en la dirección de la naciente, pero abortada república. De haber sido ellos los protagonistas principales, es casi seguro que el Ecuador no hubiese nacido 18 años después en la más completa acefalía y carencia de liderazgo, que llevó a la toma del mando por el iletrado y analfabeto militar venezolano Juan José Flores, en el comienzo de la azarosa andadura del Ecuador.

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