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Bicentenario de la Batalla del Pichincha: poco que celebrar

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Unas pintadas en las paredes de Quito, al día siguiente de la Batalla del Pichincha, resumían lo que vendría después: “último día del despotismo y primero de lo mismo”.

Foto: Flickr Quito Turismo

Lo cierto es que emanciparse de España no significó una libertad en todo el sentido de la palabra, sino que asumieron el mando quienes eran, por entonces, las elites de la sociedad hispanoamericana apoyadas por militares que se sublevaron al yugo español.

La historia de los países que hoy conforman América Latina tiene orígenes similares, de acuerdo con testimonios y relatos de historiadores, y un punto de convergencia que a la vez que identifica, también fue el origen de la separación y los conflictos, a consecuencia de un suceso que modificó definitivamente la historia del continente: la conquista española y el periodo subsiguiente -de alrededor de tres siglos- denominado Colonia.

Mediante la fuerza, la metrópoli entonces hegemónica en el mundo impuso un sistema político basado en el servilismo y el esclavismo, logrando como consecuencia un subcontinente de casi mil millones de personas, con un sistema corrupto, atrasado, mediocre y de privilegios para pocas minorías. Se podría argumentar que la herencia no es solo de los españoles, pero fue en gran medida por su influencia que se vive la actual realidad.

A partir de la dominación, a consecuencia de la conquista, España basó su predominio en sistemas inhumanos de control, cambiando para siempre el desarrollo propio de estos territorios. De los esquemas económicos y políticos que trajo una mal llamada capitalista España, los resultados se ven ahora. Lo que ese país trajo al Nuevo Mundo fue un feudalismo atrasado, no un capitalismo, aunque incipiente. Pero se debe criticar a España por todo. Algunas cosas buenas -como el idioma que unificó- llegaron desde la península ibérica, pero casi todas junto a una mal entendida evangelización, que sirvió y sirve hasta ahora para consolidar la hegemonía de grupos de poder.

Tras el período de dominación colonial vino el de las guerras libertarias y de independencia, que no introdujeron mayores cambios. Fueron los mismos libertadores que permitieron que muchos de los que mantenían el dominio colonial lo conserven. La frase «último día del despotismo y primero de lo mismo», escrita en las paredes de Quito, en los días siguientes de la Batalla del Pichincha del 24 de mayo de 1822, lo confirma.

A esto se puede agregar la tragedia limítrofe del Ecuador con sus prolegómenos en la división territorial de 1824 donde al Departamento del Sur se lo denominó tierras del “Ecuador”, como una reminiscencia de los geodésicos franceses. El ideal de una América unida, bajo su égida, que soñaba Simón Bolívar -aspirante a emperador o dictador, a la usanza de los antiguos romanos- no pasó de ser sino una ilusión pasajera. Poco antes de su muerte, los territorios que él unió, con derramamiento de sangre, estaban divididos y sumidos en guerras fratricidas. Bolívar despreció a los nuevos gobernantes (Páez, Santander y Flores) llamando a los nacientes países como “republiquitas”…

Guillermo Lasso inaugura la era de la reconstrucción nacional

Fue lo que ocurrió entre Ecuador y Perú, como parte de las nuevas naciones creadas. Antes que este país sea una entidad autónoma, Perú trató de tomar por la fuerza los territorios del sur y del Oriente. Lo consiguió entonces con los orientales de Jaén y Maynas, pero nunca pudo obtener las provincias de Azuay y Loja o el puerto de Guayaquil, que eran un objetivo sureño (de acuerdo con la doctrina del mar de Grau).

Desde 1830 (cuando el Ecuador anunció su separación de la Gran Colombia un 15 de mayo de ese año y luego con el nacimiento del estado en la Constituyente de Riobamba el 11 de septiembre), Perú se aprovechó de la ingenuidad e ignorancia del nuevo país para apropiarse de lo que no le pertenecía y empezar con una campaña de avance territorial, finalmente concretada con la firma de la paz del 26 de octubre de 1998.

A fines del Siglo XVIII el sistema colonial español estaba en decadencia y las ideas de independencia llegaban en los barcos y solapas de las chaquetas de algunos próceres. En Europa se afirmaba el capitalismo industrial, mientras España seguía atada al viejo esquema basado en privilegios y derroches de las riquezas extraídas de las colonias. Los criollos se estaban revelando, a pesar de haber gozado de privilegios (como en el caso de los terratenientes quiteños que organizaron las revueltas y la posterior toma temporal del poder del 10 de agosto de 1809 acallada en la represión del 2 de agosto del año siguiente).

Sin embargo, a pesar de la violencia hispana, el sistema iba declinando y empezaron a llegar noticias de triunfos de los criollos, encabezados por Simón Bolívar, cuya gran asonada independentista se dio entre 1819 y 1821. En 1919 partieron desde Venezuela y tras 75 días, los hispanos sucumbieron en la batalla de Boyacá, declarando libre a la Nueva Granada. San Martín hacía lo propio en los territorios del sur del continente.

En 1821, en Carabobo, Bolívar consolidó el triunfo en Venezuela, con la invalorable ayuda de los ingleses, que entregaban ayuda desde el mar y hacían préstamos rápidos de dinero a las fuerzas libertadoras (origen de la denominada “deuda inglesa”, cancelada recién en 1973 por el dictador Guillermo Rodríguez Lara). Guayaquil era entonces un punto estratégico de la avanzada de las tropas de Bolívar. Una vez consolidada la toma de Guayaquil y días después la de Cuenca (acción a cargo de José María Vásquez).

Tras la independencia de Guayaquil, Cuenca y el resto de las ciudades del Ecuador, el punto objetivo era Quito, un bastión realista, controlado por las tropas del Mariscal Melchor Aymerich, que se prepararon con antelación para enfrentarse a las tropas comandadas por el futuro Mariscal Sucre.

Desde Chillogallo

El Plan de Sucre funcionó a la perfección. La noche del 23 de mayo, ingresó a la ciudad por la zona de Chillogallo, donde las tropas acamparon y esperaron. En esa madrugada partieron por la zona de Lloa hasta las faldas del Pichincha. A la hora del alba las tropas españolas se dieron cuenta que tenían a los independentistas encima de ellos.

El enfrentamiento duró algunas horas. La gente de la ciudad se reunía en los balcones para testificar el desenvolvimiento de las acciones bélicas. La batalla era visible desde todos los puntos cardinales. La gente quiteña no sabía quién ganaría, ni tomó partido por ninguno de los dos bandos, hasta que se consolidó el triunfo granadino.

¿Desde cuándo Quito se volvió ingobernable?

Las fuerzas de Sucre apuntalaron la victoria en las primeras horas de la tarde. Manuel J. Calle habló del heroísmo de Abdón Calderón, un joven cuencano que, según «Leyendas del Tiempo Heroico», luego de perder sus extremidades cuando estallaron cerca de él municiones enemigas, alcanzó a recoger la bandera tricolor grancolombiana y gritar antes de morir: «viva la patria»… Esta versión nunca pudo ser comprobada, pero se convirtió en uno de los pilares de nuestra nacionalidad.

Entretanto, Sucre y sus fuerzas, habían logrado someter a los realistas y pocas horas después era firmada la rendición. Quito era al fin libre. Pocos días después, de todos modos, aparecieron en las paredes de las calles de Quito unos pintados que decían «último día del despotismo y primero de lo mismo».

La Independencia: el problema de Jaén y Maynas

El origen del problema fue la retención de facto, por parte del Perú, de Jaén y Maynas. En la reunión entre Bolívar y San Martín en Guayaquil ya hubo algún roce entre la Gran Colombia y las intenciones sureñas. Al anexarse Quito a la Gran Colombia comenzó todo. Bolívar envió al Perú a Joaquín Mosquera por el problema de Guayaquil (la libre anexión) y surgió lo de Maynas (con la convocatoria a elecciones en el Perú).

En 1823 se firma el Tratado Mosquera-Galdeano para un arreglo de límites. Allí se expresó que en el Perú se habían extraviado los documentos de la Cédula Real de 1802. Mosquera presionó poniendo como base el Uti Possidetis Juris con los límites establecidos en 1809 (los de los virreinatos) en la desembocadura del río Tumbes al Pacífico y por el Brasil al este. Mosquera rechazó lo segundo. Se acordó establecer una línea de proyección topográfica. Colombia rechazó el tratado pues exigía respetar el Uti Possidetis Juris (poseer lo que se poseía).

Nuevamente, en 1824, cuando el Gobernador de Jaén, Pedro Checa, pidió la anexión de Jaén y Maynas a Colombia, personajes como el sabio peruano Unanue, lo aceptaron. Sucre fue nombrado plenipotenciario en 1825 para un arreglo franco de la divergencia, pero Perú convocó en 1826 elecciones en Jaén y Maynas provocando otro reclamo.

Perú olvidó el plebiscito en esos territorios y tomó posesión efectiva de facto, de acuerdo con su Uti Possidetis Juris de 1824 sobre Jaén y Maynas. En 1828 llegó a Guayaquil el plenipotenciario peruano José Villa y negó la retención, pero la intención peruana era agrandar su territorio. Colombia dio un ultimátum de seis meses. El coronel irlandés -amigo de Bolívar-, Jeremy O’Leary, trató de mediar, pero el 9 de setiembre de 1828, Perú bloqueó los puertos colombianos.

La Batalla de Tarqui. Las Bases de Oña. Los Convenios de Girón.

Sucre envía a José de Lamar (primer presidente peruano, nacido en Cuenca) las Bases de Oña para arreglar los límites de acuerdo con los territorios de los virreinatos. Lamar no acepta, Sucre insiste y Lamar sugiere aceptarlo, pero incluyendo a Guayaquil en el arreglo. Se da la Batalla de Tarqui en febrero de 1829. Sucre vence en inferioridad numérica y se firma el convenio de Girón avalando la aquiescencia del Uti Possidetis Juris de 1810, excepto en «pequeñas concesiones».

Perú buscaba terminar la contienda y envió a José Larrea y Loredo a Guayaquil. Lo esperaba Pedro Gual. Los presidentes peruanos Gamarra y Gutiérrez pidieron indulgencia a Bolívar. Larrea y Loredo, hábilmente, propone que el territorio quede como estaba y que una comisión o los gobiernos resuelvan las pequeñas diferencias, según él. Gual exigía los límites virreinales. El 22 de setiembre de 1829 se firmó el Tratado de Guayaquil, incluyendo «cesiones mutuas», y una comisión que fije fronteras en cuarenta días, seis meses para el arreglo definitivo y una solución antes que intervengan terceros países.

Este tratado fue de límites, firmado libre y voluntariamente, cumplía con los requisitos del Derecho Internacional Público y fue el documento más importante para el Ecuador en materia limítrofe, pero no fijó detalles geográficos, aunque confirmó el Uti Possidetis Juris y creó bases para fijar límites. Perú entonces demoró el nombramiento de su comisión demarcatoria, queriendo desconocer el Tratado de Guayaquil para evitar la demarcación de la Cédula de 1740, con la frontera en el Río Tumbes hasta Maynas.

‘El nuevo Presidente’

El General Mosquera presionó para suscribir un Protocolo y así lo hizo con el Dr. Carlos Pedemonte (11 de agosto de 1830). Perú trata de usar la Cédula de 1802 (de desmembración, según ellos). Mosquera lo niega y dice que ese documento sólo era eclesial y pretorial. Si se lo hacía de acuerdo con el Uti Possidetis Juris, Ecuador hubiese quedado como dueño del territorio de la margen izquierda del Marañón y con la banda meridional del Amazonas hasta la línea de 1740, pero solo se redujo al curso superior del Amazonas.

Este Protocolo hubiese servido para ejecutar el Tratado de Guayaquil, poner límites en el Marañón, Macará y Tumbes. Margen derecha para el Perú y margen izquierda para Colombia. La duda quedaba sobre si efectuar la división en el río Huancabamba (como alegaba Colombia) o en el Chinchipe (como pidió Perú). Perú argumentó que Mosquera se había marchado de Perú antes de la firma del documento y que Colombia ya no existía (por la suscripción de la primera Constitución ecuatoriana de Riobamba en 1830), que no hubo aprobación legislativa, que ese tratado dependía de una condición. Y lo más grave, que Mosquera, por cuestiones políticas de su país, ocultó el documento…

El tratadista Rafael Euclides Silva en su obra sobre el sesquicentenario del Tratado de Guayaquil, de 1980, demostraba que ese fue un documento internacional clave del Ecuador en materia territorial. Señalaba que «la reunión territorial de Audiencias es lo que traza el marco del Virreinato. por esto, cuando se hace referencia a las fronteras de los Virreinatos, las determinantes son las que separan las Audiencias y sus territorios correlativos, en derecho público, de la soberanía moderna. Este derecho histórico de los pueblos debía ser resaltado por la espada de los libertadores en las luchas por la emancipación. Bolívar así lo expresó siempre como consigna de su legendaria política de Libertador. El Tratado de Guayaquil, que solemniza y perpetúa las relaciones con el Uti Possidetis, de Paz y Límites, entre el Perú y Colombia, reconoce y formaliza el valor internacional del principio histórico-audiencial.

La Audiencia de Quito es Amazónica en su remoto ancestro. Esta evidencia no podrá desvirtuar ni borrar ningún imperialismo de las páginas de la historia de América, sin estrujar la verdad y dar paso a la fuerza, a la ambición y a la injusticia rechazadas de raíz en el Derecho Internacional Americano, que se forjó y alquitaró en cuanto es rector de los destinos de las naciones americanas, en las puras esencias de su historia y de su derecho, perfilados en el TRATADO INMORTAL DE GUAYAQUIL…»

La Gran Colombia y la creación del Estado Ecuatoriano

Durante la primera presidencia de Juan José Flores, Diego Noboa, plenipotenciario ecuatoriano y José María Pando, Ministro de Relaciones Exteriores peruano, suscribieron un Convenio de Amistad y Comercio en 1832, hasta resolver los problemas de límites. Perú lo usó para desconocer el tratado de Guayaquil. Noboa desconocía la existencia de ese documento (algo inconcebible) porque Ecuador aún pertenecía a Colombia. Perú dudó en celebrar un tratado con una parte de Colombia, pero Ecuador sí podía hacerlo y tampoco renunciaba al Tratado de Guayaquil. El tratado fue aprobado en el Congreso Nacional y las tres repúblicas lo aceptaron sin canje de ratificaciones.

En este Tratado se reconocieron los límites de 1829, pero Perú quiso aprovecharse de las pequeñas concesiones. No entró en vigor y no tuvo valor jurídico, porque se desconocía la existencia del protocolo Pedemonte-Mosquera.

En su artículo del diario El Universo, titulado “Feliz día, república”, el articulista Alfonso Reece hacía un recuerdo histórico: “este viernes, 13 para complicar, se cumplirá el 192° aniversario de la fundación del Ecuador. En esa fecha de 1830 se proclamó la independencia definitiva y completa de nuestra nación. Un día que los ecuatorianos prefieren olvidar, lo que es tan aberrante como que un ciudadano quisiera borrar del calendario su cumpleaños y hacer desaparecer su partida de nacimiento”.

El nacimiento del estado ecuatoriano fue producto de ambiciones de grupos de poder, encabezados por elites políticas y un naciente caudillismo militar que, en el caso ecuatoriano, tuvo preponderancia hasta 1860 (en sucesivas presidencias del general venezolano Flores y de los ecuatorianos Urbina y Robles), que culminó con el advenimiento del primer caudillo civil ecuatoriano, García Moreno.

Era un período incierto, cuando la Gran Colombia dejó de existir y los notables del aún inexistente estado llamaron a conformar un país independiente. Quien representaba a la Gran Colombia, el venezolano Juan José Flores, asumió el poder (por alianzas políticas y civiles y por estar casado con una dama de la elite) y llamó a una asamblea constituyente en Riobamba, para establecer el Ecuador, antes federación colombiana.

Aunque la primera Constitución ecuatoriana hablaba de “una indisoluble unión con la Gran Colombia”, esto no ocurrió nunca. Para algunos historiadores fue lamentable la extinción de la Gran Colombia pero nunca, hasta la presidencia de Correa, se intentó, reconstruir no solo “el sueño de Bolívar” -con la integración- sino el del caudillo de fines del siglo XIX, Eloy Alfaro.

En 1830 el Ecuador se convirtió en un país soberano, con el antecedente de la primera constitución quiteña de 1812 (tras el grito del 10 de agosto de 1809, bañado por la sangre del 2 de agosto de 1810). Fue necesario el 9 de octubre 1820 -independencia de Guayaquil-, para comenzar un proceso libertario. Muchos autores sostienen que el puerto manifestó su intención de ser independiente de la Gran Colombia y del Perú. Como señala Reece, “Bolívar, violentando la voluntad popular expresada en un plebiscito, las incorporó manu militari a Colombia. Quienes lamentan la disgregación de ese enorme país piensan que habría sido un ente poderoso y adelantado, del que formaríamos parte”.

Debió llamarse Quito

Los antecedentes históricos hablan de Quito como una entidad territorial reconocida desde la Cédula de Erección de la Real Audiencia de Quito  (29 de agosto de 1563) y la Constitución de 1812, que señalaban tres departamentos (Guayas, Azuay y Quito) como provincias de la naciente república parlamentaria, con el modelo de las Cortes de Cádiz, desconocida por la Corona española. Este proceso culminó con la Batalla de Pichincha en 1822, sin que quede clara la razón del cambio de nombre, a no ser por la justificación de que Bolívar denominó a los territorios del sur o de Quito, como “Ecuador”, por los académicos franceses, con la Ley de División Territorial de la Gran Colombia, en 1824.

Foto: Daniel Molineros – API

Desde la visita de los geodésicos franceses se hablaba de “las tierras del Ecuador”. Lo que fue oficializado por la Gran Colombia, con la integración de las provincias del norte, de Pichincha, Imbabura y Chimborazo con las de Guayas y Azuay. Dice Reece que “la más probable significación de la palabra Quito es ‘sol recto’, una idea cercana a Ecuador; entonces, se puede considerar a la una traducción de la otra”. Agrega el columnista que “es el único Estado en el mundo que tiene por nombre un concepto científico, y debería ser un llamado a la racionalidad y al pensamiento lógico”.

El mural que inicia la ruta del arte urbano en Quito

Es vergonzoso que la alcaldía de Quito y la prefectura de Pichincha promocionen, para esta conmemoración, un mural con un personaje de historietas del anime japonés (Pikachu) y pagando casi medio millón de dólares por otro a un pintor correísta y promocionando festivales con reguetoneros (como si no hubiera música en estas tierras). Lástima que un festejo tan importante se diluya en la intrascendencia de las principales autoridades de la ciudad y la provincia.

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