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La ciudadanía frente a la disputa política

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La ciudadanía tiene preocupaciones específicas sobre el futuro. Pero hay una seria crisis de representatividad. ¿Qué puede suceder este año electoral?

Foto: @element5digital – Pexels.com

Empezamos el 2020 y la clase política ya está pensando en elecciones y la pregunta es cómo piensan afrontar la contienda electoral. ¿A qué me refiero? A qué piensan los políticos hacer para atender los grandes vacíos que hay en el Ecuador.

El primero se reflejó en las elecciones seccionales: Quito no fue la única ciudad que nominó un alcalde con algo más del 20% de la población. El fenómeno no es menor y habla de muchas cosas. Por mencionar algunas: jóvenes apáticos de la política y del debate público, incluso del que se hace en las redes sociales; electores de menos de 35 años que están preocupados por su futuro, su trabajo, en cómo desarrollar sus proyectos, para lograr no solo subsistir, sino alcanzar la forma de vida que aspiran. También están nuestros viejos, esos que no tienen una pensión digna para vivir, es decir para pagar sus medicinas, sus arriendos, su comida. Ni que decir de las mujeres, que aún no logran las mismas condiciones y ventajas que los hombres… En fin, esa multitud de grupos que tienen sus preocupaciones específicas, y que no se sienten representados por los políticos que ocupan actualmente la palestra pública y que, por tanto, están a la espera de que alguien se muestre como una alternativa.

El segundo vacío es producto o consecuencia –pese a los casi tres años transcurridos, pero que se explica por un accionar similar en varios aspectos- de la agudización del populismo y el fraccionamiento ideológico del país. Durante la década 2007-2017, el Ecuador no solo se dividió entre socialistas del siglo XXI y el resto, o revolucionarios y opositores a la revolución, sino que esa partición fue entre buenos y malos, unos contra otros, lo cual llevó a que los puntos intermedios hayan desaparecido y con ello la pluralidad.

Si no fuera así, cómo explicar que los mismos miembros de la revolución ciudadana –no importa si fueron sus miembros al principio, en el intermedio o al final de la misma- ahora tratan de ponerse en el medio y presentarse como los representantes válidos de ese espacio. Si lo ponemos en términos de la cultura política tradicional ecuatoriana, se la puede llamar centroizquierda (aunque también puede incluirse aquí a las visiones liberales). Lo que está en disputa, entonces, es ese margen gigante de electores, con intereses y preocupaciones olvidadas, que se hartó del blanco y negro, y ahora estará atenta –obviamente habrá que hacerle que preste atención- a quien se pueda parar en la mitad, además de recoger y plasmar las demandas más sensibles de esos variados grupos.

De esos grupos, los más formados e informados tampoco caerán por la ya tan extendida práctica del populismo, que se ha repetido hasta el cansancio y con más fuerza en la década mencionada (bueno, aún se lo hace y es parte de la cultura de la clase política en general): regalar cosas, ofrecer y ofrecer, componendas, etc. De ahí que, seguramente, este inmenso número de electores será el blanco de la campaña de unos políticos que poco han evolucionado, pero que son sagaces. Y que no debería de extrañarnos si enlistan todos sus esfuerzos a mantener la división del país, porque piensan que es más sencillo apuntar a ese 20% de la población, para pasar a una segunda vuelta, y luego ganar con los votos que logre. Eso significaría que los ciudadanos perdimos y que la clase política va de mal en peor.

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