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La espada como fetiche

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A la izquierda latinoamericana le gustan los símbolos y los utiliza muy bien para darle una dimensión trascendente y emotiva a la política. La escenificación montada para la posesión del nuevo presidente de Colombia es un buen ejemplo.

Foto: Flickr Fuerza Colombia

El principal invitado a la posesión de Gustavo Petro como presidente de Colombia, no fue ningún personaje famoso sino un viejo sable, la espada de Simón Bolívar. El equipo del nuevo mandatario había diseñado una ceremonia a la altura del gran cambio: una plaza llena con el pueblo como invitado y la espada de Simón Bolívar presidiendo la ceremonia. Casi falla todo por capricho del presidente saliente que negó la autorización a última hora a pesar de que el equipo de Petro había cumplido todas las condiciones exigidas. El nuevo presidente tuvo que pedir la espada como la primera orden de mandatario. Nada puede fallar en el gobierno de Petro por temor a la maldición por él mismo proferida: “Si fracaso, las tinieblas arrasarán con todo”.

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La presencia de la espada en la ceremonia es un hechizo para asegurar el éxito del gobierno, la espada es un fetiche. El origen de la palabra fetiche es hechizo en portugués. Freud explicó el concepto como una parafilia en la que el sujeto de afecto es representado por un objeto perteneciente a esa persona. Es una práctica de carácter religioso. Se suponía que el fetichismo era una etapa primaria de la religión, de modo que podría considerarse como una práctica regresiva aunque convivió siempre con la religión, como muestra el culto a las reliquias. No importa si es verdadera o no. Importa que la gente lo crea. La espada de Bolívar bien puede ser tan falsa como el brazo de la santa.

El presidente Petro perteneció al movimiento guerrillero que robó la espada y la devolvió cuando decidió abandonar las armas y hacer política democrática. Petro puede considerarse un hombre de éxito porque ha buscado el poder desde hace cuarenta años, primero por la fuerza y después por la vía democrática. El columnista colombiano Lorenzo de Madrigal le llama el hombre de los tres palacios porque perteneció al grupo que asaltó el palacio de justicia y asesinó a magistrados y visitantes, después ocupó el palacio municipal como alcalde de Bogotá y ahora es huésped del palacio de Nariño como presidente de la república.

El rey Felipe VI de España y el presidente argentino Alberto Fernández no se pusieron de pie cuando pasó la urna con la espada. Más que en Colombia, el gesto provocó polémica en España.   La   ultraizquierda   y   la   ultraderecha,   discreparon exagerada y rabiosamente. Los comunistas exigían al gobierno que pida disculpas a Colombia por la falta de respeto del rey a un símbolo de la libertad en varios países latinoamericanos. Algún estrafalario hasta hizo mención de la guillotina, descubriendo hasta dónde llega el odio a  la  monarquía.   La  ultraderecha,  en  cambio,  alabó  al   rey  señalando  que la presencia de la espada estaba fuera de protocolo y que Bolívar era racista, que tenía 2.000   esclavos   y   que   ordenaba   ejecutar   a   los   soldados   heridos.   Una   discusión envenenada entre la ultra izquierda y la ultraderecha.

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La espada estaba en el museo de las pertenencias del libertador hasta que fue robada en 1974 por  los  guerrilleros del  M-19 y estuvo  desaparecida  durante 17  años.  No hay coincidencia entre todas las fuentes, pero se dice que estuvo en la casa del poeta León de Greiff, que estuvo algún momento en manos de Pablo Escobar hasta que fue llevada a Cuba. Fue devuelta en 1991, cuando era presidente César Gaviria, después de que el movimiento guerrillero decidió firmar la paz y participar en la política democrática.

El presidente Gustavo Petro ha ofrecido en su juramento cumplir la Constitución y las leyes, se ha comprometido por la paz y ha dado  señales  de  que busca  un gobierno centrista alejado del caudillismo dictatorial de Venezuela, Cuba y Nicaragua. Maduro ni   siquiera   fue   invitado   a   la   posesión,   pero   esta   misma   semana   se   anunció   el restablecimiento   de   relaciones   militares   entre   Colombia   y   Venezuela.   Petro   genera todavía  preocupaciones  y   esperanzas.  El columnista   del  diario  El   Tiempo,  Eduardo Escobar, dice: “Como candidato era sombrío, vil con sus adversarios. El discurso, en cambio, estuvo lleno de nobleza”.

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