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Fracaso de la derecha

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Todos le reprochan al gobierno de derecha de Guillermo Lasso por un acuerdo con el populismo para garantizar la impunidad de los acusados por el robo de los recursos del Estado. El gobierno niega, pero sin convicción. ¿Para qué sirve un acuerdo que  no pueden reconocer?

Foto: Andrés Reinoso – Flickr Presidencia de la República

Gobernabilidad y gobernanza son términos que se refieren a la capacidad de gobernar, es decir la posibilidad de satisfacer las demandas populares. Hay dos razones para que se declare la ingobernalidad: la primera, cuando el gobierno no es capaz de justificar su legitimidad y la segunda, por acumulación de demandas populares insatisfechas. En Ecuador aparece un tercera razón para la ingobernabilidad: cuando los otros partidos políticos quieren gobernar sin haber ganado las elecciones y hacen todo para impedir el gobierno del ganador.

Los acuerdos, pactos o negociaciones son legítimas  si el gobierno carece de mayoría legislativa, pero los acuerdos deben ser transparentes y dentro del marco de la ley. Los acuerdos son ilegítimos cuando se reparten cuotas de poder o se pacta impunidad. Los mandatarios electos consiguen apoyo político aceptando modificaciones a su plan de gobierno para dar apertura a ideas y propuestas de los socios. Cuando la política está huérfana de ideas, resulta difícil concebir acuerdos dentro del marco legal y los pactos se tornan vergonzosos y secretos.

Hábeas Corpus para uno de los máximos representantes del correísmo

Tenemos a la vista los resultados de un pacto vergonzoso: la impunidad para el funcionario de más alto nivel condenado por corrupción. También son beneficiarios de la amnistía los terroristas de octubre. El gobierno puede haberse beneficiado con la aprobación en la Asamblea de una reforma tributaria que puede rendir 1.900 millones. Sin embargo, las partes niegan el acuerdo a pesar de que los resultados obtenidos requería la concurrencia de los dos actores en las votaciones de la Asamblea Nacional.

El rechazo del gobierno resulta poco convincente

El presidente Lasso niega cualquier acuerdo con el correísmo y prueba su aseveración acusando a los socios del acuerdo de haberle perseguido y acusa a los que sospechan del pacto de pedir algo ilegal: que el presidente meta la mano en la justicia. En política no existe el pasado, las conveniencias borran las peores injurias y las decisiones se basan siempre en la oferta de prometedores futuros. Por otra parte, nadie ha pedido al presidente que meta la mano en la justicia, solo que cumpla sus obligaciones y las haga cumplir, desde los funcionarios más cercanos hasta las otras funciones del Estado.

El mismo gobierno había señalado la necesidad de asegurar la gobernabilidad y había calificado de golpistas a los grupos políticos que no aprobaron sus tesis y sus proyectos en la Asamblea. El acuerdo negociado ente el gobierno, el correísmo y el Partido Socialcristiano, se presentaba en nombre de la gobernabilidad y tenía sentido porque se anticipaba a la acción obstruccionista que podía tener la mayoría legislativa. La disolución de ese acuerdo prefirió una alianza diferente del gobierno con Pachakutik, Izquierda Democrática y los independientes, alianza que tampoco esclarecía los términos del compromiso y duró muy poco.

El fracaso del segundo acuerdo parece haber inducido un regreso al primer acuerdo, al menos parcialmente. Los signos concretos están señalados: la reforma tributaria para unos y la impunidad para los otros. La negación de los acuerdos obliga a preguntarse qué sentido puede tener un pacto que no se puede reconocer y consideran perverso los mismos actores que han llegado al acuerdo. También es pertinente preguntarse dónde quedó la gobernabilidad que se suponía se buscaba con los acuerdos.

El fracaso de la derecha

Con ocasión de la crisis política que vivimos, se puede señalar que la victoria electoral de Guillermo Lasso no fue la victoria de la derecha sobre la izquierda ni de la democracia sobre el populismo sino el rechazo del correísmo con el voto por cualquiera que pudiera derrotarle. Parecía que el segundo o el tercer candidato de la primera vuelta electoral podía derrotar al candidato del correísmo; el segundo de derecha y el tercero de izquierda. Algunos consideraban que era mejor el tercero que el segundo para vencer al populismo. Sin embargo no fue la izquierda de Yaku Pérez sino la derecha de Guillermo Lasso la que llegó al poder.

Lo que está por entenderse es la razón por la cual la derecha no puede gobernar a pesar de haber ganado las elecciones. La excusa más inmediata es que no tuvo la mayoría legislativa, pero muchos presidentes han gobernado sin mayoría. Puede explicarse por el diverso comportamiento de las élites de la izquierda y la derecha. La izquierda es muy tolerante con sus líderes, aunque sean torpes, ladrones o borrachos; la izquierda, haciendo de tripas corazón, defiende a sus líderes. Presidentes de izquierda tan cuestionables como Maduro, Castillo, Ortega, son tolerados por las élites de izquierda, incluso por intelectuales y académicos como si el peor presidente de izquierda fuese mejor que el mejor de derecha.

En contraste, las élites de derecha no perdonan nada a sus líderes, caen pronto en la decepción y son muy exigentes en reclamar fidelidad a las promesas, especialmente de orden económico. Es difícil explicar esta diferencia de conducta porque obedece a complejas circunstancias históricas, morales, sicológicas, económicas, etc. A nivel de las élites, la derecha parece avergonzarse de ser derecha, mientras la izquierda se siente orgullosa. Puede deberse a que el tiempo ha erosionado los valores más importantes de la derecha como la familia, la religión, la paz.

Más conjeturas

La derecha siente que va perdiendo terreno, que la izquierda ha ganado batallas importantes como el divorcio, la diversidad, la ecología. La izquierda le ha robado banderas a la derecha y le ha dejado sin causas para la lucha. La cultura, la inteligencia, la libertad, la solidaridad son casi sinónimos de izquierda aunque hayan sido banderas de la derecha en el pasado. Las causas nuevas como la ecología,  el amor a los animales, la igualdad y diversidad sexual, son identidad de la izquierda; y toda esta transformación se resume en el uso de progresismo como sinónimo de izquierda.

El presidente Lasso rompió con su aliado de derecha, el Partido Socialcristiano, desde el inicio. Se alió con la Izquierda de Pachakutic y la Izquierda Democrática, ha hecho gestos a la izquierda con el incremento salarial, con los “impuestos a los ricos”, con las amnistías a los revolucionarios de octubre, con el lenguaje en contra de los empresarios afectados por las exportaciones a Ucrania y Rusia (que no me vengan a llorar). La élite de la derecha no le reconoce a su presidente que se ha quedado solo, sin izquierda, sin derecha y con un pacto obsceno con la corrupción populista.

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