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El presidente Sánchez ¿un tonto o un genio?

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Pedro Sánchez ganó tras una ajustada votación. Su gobierno se avizora complejo, tanto por la virulencia de sus adversarios como por las exigencias de sus aliados. Aquí un panorama de la democracia española.

Foto: La Moncloa Gobierno de España

Pedro Sánchez ha sido elegido Presidente del gobierno de España con 167 votos a favor y 165 votos en contra. Para esta victoria, la más ajustada de la democracia española,  ha necesitado de ocho partidos y la abstención de dos más. Entre los partidos que le apoyan están un partido independentista, ERC, de Cataluña; un partido separatista vasco, PNV; otro partido independentista del País Vasco y Navarra, EH Bildu; un partido populista de izquierda, Unidas Podemos; todos estos partidos cuestionan la monarquía y la Constitución española.

Nunca hubo en España un Presidente tan insultado como Pedro Sánchez durante la campaña electoral y mientras ejerció como Presidente en funciones. Le han dicho palurdo, indecente, narcisista, mentiroso, engreído, ambicioso, marioneta, traidor y docenas de insultos parecidos y le acusaron de atentar contra la unidad de España, de humillar al Rey, de incumplir la Constitución vigente. Los adversarios le consideran un tonto que pretende gobernar España aliado con los enemigos de España. Pero sus aliados le consideran un político extremadamente hábil que, después de haber sido derrotado en su propio partido, logró recuperarse para volver a ejercer un poder total dentro del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y después lograr, lo que parecía imposible, la presidencia del gobierno español con apenas 120 de los 350 diputados del Congreso.

Las dificultades que enfrentará Sánchez

El gobierno de Pedro Sánchez será difícil por la virulencia de sus adversarios y las exigencias de sus aliados. La derecha tuvo más votos que la izquierda pero logró menos escaños por ir dividida en tres partidos: el Partido Popular, Ciudadanos y Vox. Los tres se disputan la hegemonía de la derecha y por eso ponen distancias entre sí, aunque coinciden en despreciar a Sánchez, cortar las alas a los separatistas y alentar la economía de mercado para mantener los logros que alcanzó España en desarrollo económico. Los tres le harán la vida imposible a Sánchez para sacarlo en la primera oportunidad y no le dejarán pasar uno solo de sus errores.

Los amigos y aliados son también de cuidado, tanto como los enemigos. Podemos es un partido populista y de izquierda, algunos de ellos abiertamente comunistas. Sus líderes fueron pupilos y asesores de Chávez, Maduro, Correa y Evo Morales. Recibieron dinero de los caudillos latinoamericanos y de Irán, proponen impuestos a las empresas y odian a los ricos, aunque ahora ellos también gozan de viviendas de lujo y sueldos de privilegio, igual que los viejos  partidos a los que llamaban la casta.

Este partido puede convertirse para Sánchez en una banda de desalmados que le traigan problemas con los empresarios españoles y con los organismos europeos que controlan los presupuestos, los déficits y los programas de todos los países. Pablo Iglesias es considerado más listo que Pedro Sánchez y puede estar calculando que su partido está destinado a reemplazar al partido socialista como el representante de la izquierda española. Se adjudicará todos los triunfos del gobierno y le endosará al Presidente todos los fracasos. Le obligará a entrar en el esquema izquierdista de incrementar desaforadamente el gasto público y acosar a las empresas y a los inversionistas con el viejo cuento del Robin Hood que roba a los ricos para repartir a los pobres. Pablo Iglesias ha señalado entre sus enemigos a los tribunales, los medios de comunicación y la empresa.

Hasta ahora se han turnado en el gobierno español dos partidos, el socialista y el conservador; este es el primer gobierno de coalición y nadie sabe cómo le harán funcionar. El Presidente será presionado desde el primer día para que cumpla las promesas que ha hecho, en acuerdo reservado, a los diez partidos que forman la coalición.

Los separatistas catalanes y vascos nunca renunciarán a la idea de declararse independientes y lo han hecho saber. No se sabe cómo logrará Sánchez cumplir las promesas de establecer mesas de diálogo entre el gobierno de Cataluña y el gobierno español sin renunciar a los límites constitucionales. Cómo hará para convertir las sentencias ejecutoriadas en diálogo político para desjudicializar el problema catalán. Los independentistas que se han burlado de Sánchez y le han humillado le extorsionarán cuanto puedan, dicen muchos periodistas, y finalmente le traicionarán.

Los bloques políticos provincianos son pequeños pero igualmente necesarios para completar los votos, sus demandas son menores pero todos reclaman “¿qué es de lo mío?”. Piden vías, peajes, ferrocarriles, protección para sus productos, solución para los pueblos abandonados y las regiones despobladas. Entre todos suman centenares de hojas con más de trescientas peticiones. Entre todos han llenado folios de aspiraciones y han vociferado sus demandas, como dice un periodista, “ante el silencio anuente de un presidente-marioneta al que sus socios han alquilado el usufructo del poder por persona interpuesta”.

Buscar y aceptar la presidencia en estas condiciones, les parece una tontería a los analistas, políticos y periodistas más lúcidos, y piensan que Sánchez pone en peligro el desarrollo de España, que puede llegar a romper la nación como unidad y que acorralará al Rey hasta dejarlo como mero símbolo inocuo y anacrónico. Si los dudosos aliados empiezan a sacar pronto sus garras, los líderes regionales de su propio partido empezarán a creer que se equivocaron dejándole llegar tan lejos a Pedro Sánchez.

El escritor Arturo Pérez Reverte escribió, hace poco más de un año, un artículo llamado ‘Tontos peligrosos’ en el que establecía las diferentes categorías de tontos que encontraba en España, mencionaba entre ellos al expresidente Rodríguez Zapatero, el mediador de Maduro, quien “necesitado de tensión electoral, nos devolvió, desenterrada y fresquita para las nuevas generaciones que la habían olvidado, la Guerra Civil”; hacía también discretas alusiones a Pedro Sánchez y las exigencias de la izquierda y los independentistas. 

“Estaba en Segovia con mi compadre José Manuel Sánchez Ron, científico honrado y valiente, amicus usque ad aras al que hace años dediqué El asedio; y bajo el acueducto, mirando hacia arriba admirados, comentábamos lo sorprendente de que nadie exija todavía su demolición por ser vestigio del imperialismo romano que crucificaba hispanos, imponía el latín y perpetraba genocidios como el de Numancia. Eso nos hizo hablar de tontos, materia extensa. «A los tontos hay que ignorarlos», dijo José Manuel. Pero no estuve de acuerdo. Eso, respondí, los hace más peligrosos. Un tonto fuera de control es letal. Se empeñan en estar ahí aunque los ignores, tropezando en tus piernas. Con ellos no hay cordón sanitario posible, pues no hay tonto sin alguna habilidad. Hasta en la RAE tenemos alguno. El caso es que la vida acaba poniéndotelos delante. Y como dije alguna vez, juntas a un malvado con mil tontos y tienes en el acto mil y un malvados”.

Pedro Sánchez, el genio

Aunque los enemigos y no pocos amigos le consideren algo tonto o muy tonto al nuevo presidente del gobierno de España, cabe la posibilidad de que a la postre se descubra como un político genial que, por necesidad o por diseño, vio que la única salida para España es una Federación en la cual las regiones constituyan verdaderos Estados independientes pero reunidos en una unidad supranacional.

Las distintas regiones de España son tan diferentes unas de otras y tan alérgicas al gobierno central que no se van acercando sino alejando con el tiempo y las relaciones son cada vez más ásperas con el riesgo de que pueda empeorar hasta la reedición de una guerra civil.

Los viejos partidos políticos que se han turnado en el poder desde que se acordó la actual Constitución, hace 42 años, han perdido conexión con la gente, son partidos que tienen muy pocos adherentes en las regiones más separatistas y son partidos contaminados con la corrupción. Los nuevos partidos son creados por tensiones separatistas, provincianas, por líderes populistas que han despertado viejos nacionalismos que parecían superados en Europa. El llamado régimen del 78 no parecía ya capaz de mantener funcionando la democracia y la unidad.

Los partidos ya no son capaces de alcanzar mayorías ni son capaces de hacer alianzas. Los españoles han demostrado en una elección tras otra que la división entre izquierda y derecha es irreconciliable y están equilibradas inmovilizándose mutuamente. Sánchez vio que la única manera de romper la inmovilidad era hacer un gobierno de coalición con los partidos de izquierda y estos acuerdos le obligan a revisar todo, aunque no tiene los votos para cambiar la Constitución.

El primer cambio de Sánchez ha sido sentarse a conversar con todos incluidos los independentistas y tratar de dar soluciones políticas a los problemas políticos. La vía judicial intentada con anterioridad no ha dado resultados. Los jueces iniciaron procesos en contra de los separatistas catalanes cuando se aventuraron a declarar unilateralmente la independencia, llevan dos años presos o huidos y los presos tienen sentencias ejecutoriadas pero ni los electores ni las instituciones europeas han tomado en serio a la justicia española. Los separatistas se presentaron de candidatos para el parlamento europeo y ganaron. Ahora, uno de los presos, Carles Puigdemont es ya parte del parlamento europeo y goza de inmunidad y el otro, Oriol Junqueras, ha sido calificado como parlamentario pero sigue preso en España. Los jueces deben decidir si le autorizan a Junqueras viajar a Bruselas a recoger sus credenciales. La orden internacional de prisión dictada en contra de los separatistas ha sido desoída por los jueces en Bélgica y en Alemania.

Los líderes separatistas han tenido una victoria indudable. El movimiento independentista se fortalece y el gobierno central, sin recursos para doblegarlos, ha pactado con ellos para buscar juntos la forma de manejar políticamente el problema.

Si creemos que ambos deberán ceder algo para llegar a un acuerdo, el gobierno deberá aceptar a los gobiernos autonómicos como iguales y negociar más concesiones a las autonomías con la condición de que se mantengan como parte de España. Los separatistas catalanes y vascos, si imaginamos las concesiones que pudieran hacer, aceptarían mejorar la autonomía y mantener la unidad de España bajo la Constitución y el Rey hasta que sea posible hacer cambios que conviertan a España en una Federación de Naciones.

Si Pedro Sánchez consigue que este proceso se desarrolle en paz, sin despertar a los demonios de la guerra civil, manteniendo las aspiraciones de las partes negociando lentamente los cambios aceptables para todos. Si los partidos de derecha no consiguen destituirlo antes de que concrete nada y el proceso avanza, el poco confiable Pedro Sánchez puede ser el que ría último y termine en la historia como el genio que evitó la ruptura de España y logró lo que parecía imposible.

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