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Cambiar el pasado

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La protesta que se propaga por las redes sociales ha puesto de moda en el mundo derribar estatuas. Los protestantes no saben quiénes son los personajes, ni saben que no se puede cambiar el pasado y, sobre todo, que ya se practicaba esta protesta mil años antes de Cristo.

Foto: Freepik.es

Cuando se puso de moda en Quito decapitar la estatua de Colón o atacar con pintura la estatua de Churchill, parecía solo vandalismo e ignorancia; cuando robaron bustos en las avenidas y las plazas para fundir el bronce y ganarse unos dólares convirtiendo el arte o el homenaje en materia prima reutilizable, parecían actos de delincuencia. La protesta actual que derriba estatuas en Bruselas, Barcelona, San francisco o Bristol es otra cosa, se trata de rechazar las ideas que los personajes eternizados en estatuas representan, es un movimiento revisionista, iconoclasta, infantil, el afán de reescribir la historia a su gusto.

La última ola de destrucción de estatuas se inició con las protestas anti racistas después del asesinato de George Floyd a manos de un policía en la ciudad norteamericana de Mineápolis. Los más civilizados son probablemente los más indignados, pero son los más ignorantes los que van en tropel a destruir las estatuas de figuras históricas sin saber quiénes son, qué hicieron ni cuáles eran las circunstancias de su tiempo.

Entre las figuras cuestionadas están desde descubridores como Cristóbal Colón hasta santos como Fray Junípero Serra, evangelizador de California. A los dos se les acusa de robar el oro de América y matar a los habitantes nativos de las tierras conquistadas y evangelizadas. En el caso de Fray Junípero Serra, solo la ignorancia puede tildarle de fascista, ladrón o racista, porque siempre defendió a los aborígenes, era respetuoso de su cultura, aprendió el idioma de las comunidades en las que vivió y solo tenía el afán de llevar el evangelio y la civilización en los términos que él conocía. En el año 2015, el Papa Francisco le canonizó incluyéndolo en la lista de los santos de la Iglesia Católica.

Juzgar a una figura histórica con los parámetros de la actualidad es cometer una injusticia lo mismo que hacer juicios históricos basados en prejuicios o estereotipos. Estos anacronismos son los que inducen a derribar estatuas y desacralizar monumentos y homenajes a personajes históricos acusándolos de fascistas, racistas o antifeministas. Aunque hayan tenido conductas que ahora sean reprochables, en su tiempo fueron defensores de las libertades, la igualdad y la dignidad humana y por defender estos valores fueron considerados merecedores de reconocimiento.

Un internauta, que se llama a si mismo Águila Roja, perteneciente a las comunidades indígenas que aparecen como beneficiarias de la aparente reparación que dicen buscar los destructores de estatuas, publica un comentario para poner en su puesto a los falsos reivindicadores:

“Si quieren defendernos basta con que nos devuelvan todo lo robado. Los que nos exterminaron son los antepasados de ustedes, los que viven en Estados Unidos. Los que nos confinaron son los antepasados de ustedes, los que viven ahora en nuestras tierras. Nos deben una explicación del holocausto desde George Washington hasta Donald Trump”.

Otro internauta ofendido por la pandilla que pretende revisar la historia a nombre de todos escribe: “No soy ni monárquico, ni republicano, ni federalista, ni trosquista, ni artista pop, ni nada de nada y desde esta falta de filiación, me doy cuenta de que hay una pandilla de energúmenos que siempre encuentra una razón para derribar cualquier cosa; además una larguísima tradición de derribos y destrucción recorre la historia del hombre”.

Efectivamente, el derribo de estatuas no es nada original. Esta manía, al parecer, ya existía mil años antes de Cristo a juzgar por estatuas asirias que llevaban esculpida la amenaza de sufrimiento por toda la vida a quienes destruyan esa obra. Ellos ya sabían que los personajes famosos son un día héroes y otro día, villanos. Por eso cambiamos también los nombres de plazas, calles y monumentos. En la ciudad de Barcelona es suficiente que se califique de facha a algún personaje, a veces por ignorancia o error, para que se cambie de nombre la calle o plaza que lleva su nombre. Los homenajes con nombres de calles y plazas, así como las estatuas son símbolos de poder y con el tiempo el poder se desvanece o se olvida las motivaciones del homenaje. En nuestra ciudad hay un parque que tiene, en una esquina, grabado en piedra, su nombre como parque Isidro Ayora; vino otro alcalde y le puso, en otra esquina, parque Genith Centeno de Granda y la gente le conoce como “Parque Inglés”.

La historia está llena de anécdotas aleccionadoras de la veleidad humana. El primer inquilino del panteón de los héroes inventado por los revolucionarios franceses fue Mirabeau. Su cadáver fue expulsado del camposanto dos años más tarde. La coalición de izquierda que gobierna España decidió escarbar la tumba de Francisco Franco para expulsar su cadáver del Valle de los Caídos porque ya no “merecía” la tumba que tuvo durante 44 años. Transformar el pasado es la aspiración humana más honda porque es imposible, dice el filósofo Albiac. Revisar o reescribir la historia tal vez sea un sucedáneo, un infantilismo. La izquierda política desea cambiar la interpretación de la historia, aunque no pueda cambiar los hechos. El tiempo es inexorable; si el pasado pudiera ser revisado, los demonios hubieran vuelto a ser ángeles y Adán hubiera vuelto al paraíso.

Juzgar a los héroes del pasado con la perspectiva de nuestro tiempo y condenarles según nuestros valores y nuestras circunstancias, nos obligaría a destruir las pirámides, las obras de arte y los templos porque su costo, sus motivaciones o sus excesos resultan hoy inaceptables. Picasso es un genio, pero las fanáticas del feminismo, probablemente, no valoran su arte y derribarían con gusto sus estatuas y sus obras. El genio de Heidegger es negado por los adversarios por su conexión nazi y están dispuestos a negar su aporte a la filosofía.

El revisionismo histórico es utilizado para revisar acontecimientos o períodos de la historia con el propósito de introducir hechos falsos o nuevas interpretaciones de la historia. Se trata de proponer una nueva manera de ver el pasado para justificar determinadas prácticas en el presente.

El revisionismo puede ser saludable y necesario cuando es realizado por expertos respetuosos de los hechos y los contextos históricos. Cuando el revisionismo es promovido por políticos irresponsables y ejecutado por muchedumbres ignorantes derribando estatuas, puede ser regresivo porque destruye el patrimonio cultural de la humanidad y puede poner de nuevo en marcha hacia la barbarie.

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