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El Ecuador y la cultura de la micro corrupción

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Saltarse la fila, evitarse los trámites, no respetar los procesos, circular sin placa, darle al policía “para las colas”… es corrupción. ¿Cómo cambiar?

Foto: Freepik.es

El Ecuador es un país que no es ajeno a la corrupción. Es más, los ecuatorianos estamos acostumbrados a ver todos los días en los titulares de los noticieros un nuevo caso de corrupción del Estado, y ni siquiera la actual crisis sanitaria (social y económica) que atravesamos ha sido suficiente para frenar, al menos en algo, este fenómeno. No hay ningún gobierno, no hay ninguna institución que esté libre de este virus y que no haya causado gran indignación en todos los ciudadanos.

Pero fuera del foco de atención de los medios, la corrupción tiene otro lado, un lado que muchas veces ignoramos o vemos como algo insignificante, la micro corrupción. Quien en este país no ha hecho o recibido alguna vez esta pregunta: ¿Tienes un contacto? La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que esta pregunta es el inicio de una serie de actos conocidos como tráfico de influencias y cohecho (soborno) que, aunque en un principio parecen no afectar a nadie, a la larga logran normalizar una cultura de corrupción. 

Saltarse la fila, evitarse los trámites, no respetar los procesos, circular sin placa, darle al policía “para las colas”, querer buscar un amigo, familiar o conocido que nos ayude a pasar por encima de la ley, es corrupción sin importar el nivel en el que se haga, ni el tamaño del beneficio que se obtenga. 

Sin lugar a duda, estos pequeños actos diarios a los que no les damos la relevancia que evidentemente merecen, son la semilla de la que germinan los grandes actos de corrupción, pues, de a poco, nos vamos acostumbrando a que estos actos son normales y que no hay de otra que aceptar que unos pocos podrán acceder a beneficios injustos y jugar con la ley a su favor. 

Todos hemos cometido alguna vez un acto de micro corrupción, algunos tal vez sin siquiera darse cuenta, ya sea por lo aparentemente inofensivo del acto o por lo arraigada que tenemos ya esta costumbre – pues incluso la educación está medida en cuantos contactos puedes llegar a obtener en una institución determinada – pero lo importante es lograr salir de este círculo vicioso. 

¿Y cuál es la salida? La salida consiste en darnos cuenta que lo importante no es el valor del acto – es decir, no importa si lo que busco es zafarme de una multa de tránsito o que me adjudiquen un contrato millonario – sino su esencia. Para explicarlo mejor, el nivel del beneficio obtenido determinará la gravedad del delito, pero el delito será el mismo sin importar su gravedad. 

La corrupción, en todos sus niveles, i) destruye la institucionalidad democrática, pues resulta prácticamente imposible poder confiar en las instituciones, o en la ley, cuando resulta tan fácil esquivar sus procesos y sus normas; ii) impide la igualdad de oportunidades y el ejercicio de las libertades, ya que aquellos que puedan valerse de sus contactos o de otros medios de persuasión tendrán ventajas injustas e injustificadas al momento, por ejemplo, de aplicar a un cargo público; y, iii) acentúa las desigualdades, dado que, generalmente, son las personas pertenecientes a grupos privilegiados las que cuentan con una palanca o con los recursos suficientes para poder ofrecer algún tipo de soborno. Si bien no se trata de estigmatizar a un grupo específico pues la micro corrupción es un problema que tenemos como sociedad, responde a la lógica que para sobornar se necesite cierta cantidad de dinero. 

Tanto la corrupción a gran escala como la micro corrupción conllevan, de manera ineludible, un abuso de poder y un estado de ilegalidad que afectan todos los ámbitos de nuestra vida en sociedad, y más allá de indignarnos por los escándalos políticos – y de resignarnos a que todos los políticos, por el simple hecho de serlo, roban – es necesario hacerle frente a esta situación y cambiarla. Esta mala costumbre, esta cultura de micro corrupción se sale de la perspectiva meramente política y se convierte en una violación de los derechos y las expectativas de los demás.

En conclusión, parece que en el Ecuador hay dos maneras de hacer las cosas. Una es siguiendo las reglas y, la otra, es llamando a un amigo. Ahora lo que queda es que todos tomemos conciencia y optemos por hacer las cosas de la manera correcta, solo así lograremos romper con la micro corrupción y exigir la verdadera erradicación de la corrupción a cualquier escala. Depende de nosotros hacer de este un país mejor y crear una mejor sociedad.

  • El autor es Director Ejecutivo de la Corporación Diálogos por la Democracia.
Este video es parte de la campaña Honestidad Criolla, de la Comisión de Integridad y Anticorrupción.
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