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¿Quién educa al COE Nacional?

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Las consecuencias de sostener la educación virtual en Ecuador son a todo nivel. Lea este tirón de orejas al COE.

Foto: @wirestock – Pixabay

Hace pocos días, en almacenes Tía, en Cotocollao, vi una familia entera comprando; la mujer de más edad tenía la mascarilla, mas bien la “quijarilla”, sostenida en la barbilla, mientras comentaba algo a su hija, tomaba una fruta, la acercaba al rostro y la devolvía repleta de partículas invisibles de saliva, a su lugar. 

Esto ocurría sin la menor preocupación del personal del supermercado por evitar que esta y otras personas circulen por el lugar, con poca ventilación, con las “quijarillas”, como si de una nueva moda se tratara. 

Similar situación, otra familia completa ingresaba a un local de comidas. Primero el padre, sin mascarilla; a continuación, una joven, aproximadamente de unos quince años, le increpó, se retiró la mascarilla y se la entregó al hombre; mientras, volvía al vehículo por otra mascarilla. Al interior del local los empleados atendían con mascarillas de tela que lucían horriblemente deterioradas. 

En las calles, a menudo, se ve a adultos caminando envalentonados sin mascarillas, en lugares concurridos; otros conversan en las veredas con las mascarillas en el cuello, mientras fuman despreocupados. 

Las limitaciones de aforo en el transporte público son ridículas, jamás se cumplen, de poco sirve utilizar una mascarilla, si los usuarios van como tallarín. Tampoco se planifica un sistema integral de transporte a través de bicicletas comunes, bicicletas eléctricas, scooters eléctricos y patinetas, que son alternativas, más saludables, con las cuáles pueden movilizarse miles de estudiantes.  

Puesto que las escuelas estuvieron cerradas, esta nueva ola de contagios se produjo en los hogares, transportes y sitios públicos, no en las instituciones educativas. 

¿Se puede culpar a la ciudadanía? Sí, por supuesto que sí, la irresponsabilidad es evidente. Sin embargo, es mayor la responsabilidad del COE Nacional por su falta de preparación para gestionar y comunicar la pandemia, lo que se demuestra en la inutilidad para el manejo de datos, que termina en una política policíaca de sanciones sin ton ni son.  

¿Cuáles son las cifras que respaldan la medida de cerrar las escuelas? El número de contagios o la saturación de los hospitales son criterios insuficientes. Se necesita información georreferenciada, por parroquias y barrios, que permita establecer el patrón de contagios. Los datos sirven para predecir comportamientos y establecer medidas particulares para cada situación.

Si, como se afirma, fue en las fiestas de fin de año el aumento de contagios; la responsabilidad recae sobre los adultos y no sobre las instituciones escolares. 

Las políticas de comunicación, en realidad, ¿cuáles políticas de comunicación?: distanciamiento, desinfección de manos y utilización de mascarillas. El mensaje no puede ser el mismo para vendedores informales, padres, jóvenes que tienen que trabajar porque sus padres murieron durante la pandemia, adultos mayores.  Tampoco se puede utilizar los mismos canales.

La comunicación adecuada es un factor de salud y las escuelas, son espacios naturales de comunicación donde se pueden filtrar los mensajes y traducirlos al contexto cultural. Los protocolos de bioseguridad tienen efectividad cuando forman hábitos y eso justamente hace una escuela, que contribuye también a la formación de los padres en una cultura de la prevención. Es decir, se forma una comunidad de cuidados, “civilizada”. 

De otro lado en muchas familias la situación es insostenible. ¿Cómo distanciarse en hogares hacinados? ¿Es relevante la desinfección de manos si los niños conviven con sus agresores? ¿Es el COE Nacional medianamente consciente de la situación de mujeres adolescentes violadas por sus custodios? 

La educación virtual es absurdamente imposible, mientras el acceso a Internet no se considere una política de estado y no un negocio; además, con pésimo servicio. En el sector rural la situación es apocalíptica, según María Fernanda Porras, de Unicef, la relación de muchos estudiantes con sus docentes es una vez por semana a través de un mensaje de WhatsApp; y qué decir del desayuno escolar, que mejoraba la nutrición de los niños y en consecuencia su sistema inmunológico. 

Para colmo, los líderes indígenas y sindicales no tienen el tema de la educación en su agenda de movilizaciones. 

El confinamiento de los niños y jóvenes es una medida cruel que nace de la ignorancia y el miedo. Según una publicación del New York Times: 

“Los datos más recientes provenientes de Sudáfrica de la semana que terminó el 12 de diciembre muestran que los niños en edad escolar (de 5 a 19 años) tuvieron la cifra de hospitalizaciones más baja de cualquier grupo etario e, incluso con el repunte de ómicron, la tasa de hospitalización es de cuatro a seis por cada 100.000” (27 / diciembre / 2021).El cierre de las escuelas es una vergüenza para organismos estatales como el COE Nacional; sobre quien recae una buena parte del desastre emocional, cognitivo y económico, que el confinamiento provoca: “los menores de bajos recursos tienen una probabilidad cuatro veces mayor de sufrir trastornos mentales” e incrementa los casos de suicidio (Claudia Tobar/ Forbes /17 enero).

El efecto, para el país, se puede comparar metafóricamente con una descerebración, pues el aprendizaje, especialmente para los niños, se produce en la interacción social y emocional, con sus amigos y maestros, es la situación la que educa.

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