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Acoso bancario telefónico

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A más de uno le ha sucedido, quizás a diario o no con tanta frecuencia, pero le ha sucedido y nos preguntaos ¿qué hace ante el acoso bancario telefónico?

Foto: Andrea Piacquadia – Pixels

Luego de salir del confinamiento, un sábado, regresaba de Cuenca a Quito, visitando a mi hijo. El sol barría el horizonte que caía en el asfalto, disfrutaba del espléndido atardecer, mientras conducía, cuando sonó el celular. Contesté con los audífonos:

  • ¿El señor Gonzalo Ordóñez?
  • Sí.
  • Desde cobranzas del Banco de Pichincha, le comunicamos que tiene atraso en sus pagos del préstamo….
  • ¡Qué! ¿Cuál préstamo? ¡No tengo ninguno!

El día lunes fui a las oficinas del Banco, mi asesor de cuenta me dijo que no constaba ninguna deuda, que pasaba la información a servicio al cliente.

Unas semanas más tarde volvían a llamar.

  • ¡Otra vez! Qué no tengo una cuenta, haga el favor de verificar.

Llamé de nuevo a mi asesor, otra vez lo mismo, que no tengo deuda.

Las llamadas continuaron. El acoso continuó. Evidentemente el deudor era un homónimo, pero no servían de nada las explicaciones, así que contestaba: equivocado y bloqueaba el contacto. Sin embargo, los números desde los que se comunican conmigo se multiplican como el maná bíblico.

Regresé apenas tuve tiempo a las oficinas del Banco Pichincha ubicado en la avenida 6 de diciembre: que ya estoy harto, que es el colmo advertía a una persona desconocida, porque resulta que mi asesor de cuenta había sido cambiado, pero nadie se comidió en avisarme.

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  • La señorita de la empresa que hace los cobros no está, por favor espérele media horita.

Salí neurasténico, como es posible que no exista alguien que le reemplace cuando sale. – Insensibles – pensé -.

Nueva estrategia de acoso, un robot con un mensaje pre-grabado que más o menos dice: le informamos que mantiene una deuda, comuníquese al (no alcanzo a copiar el número) para ayudarle con el pago.

No importa la hora o el día el condenado robot llama sin contemplación y yo también, sin contemplación, bloqueo el número.

Otra semana, de nuevo al Banco.

Con tan mala suerte que la señorita de la empresa de cobranzas había salido al almuerzo.

Esta vez voy donde la gerente, le cuento la situación y me dice que es la señorita la que tiene los datos, que seguramente alguien puso mi número como referencia.  Le contesto que no tengo una cuenta con la señorita o la empresa de cobros sino con el Banco Pichincha y que es el Banco que tiene que arreglarme la situación.  – Qué tal -le digo- que yo refiera su número de teléfono, por una deuda mía, que luego el Banco no verifique y la acosen sin hacerse responsables -. En respuesta me dijo que enviaría un correo a la señorita, exponiendo mi caso, y que se comunicarían conmigo.

Por supuesto nunca ocurrió.

Llamé a servicio al cliente, pero el teléfono de la oficina tiene límite de tiempo y luego de transitar por varias extensiones se cortó la llamada, justo cuando, al fin, alguien parecía ayudarme.

A la semana siguiente intenté desde un teléfono convencional, luego del conocido peloteo inmisericorde finalmente logré que registren el reclamo. Como una semana después llegó un correo señalando la importancia que otorga el Banco a todos sus clientes, me pedía disculpas por el problema, que ya estaba solucionado. – Los odio, pensé, pero al menos me sentía aliviado-.

La paz duró unos días. Siguen llamando.

Cuando digo acoso, no es una metáfora, lo siento así, como un acto violento que altera la escasa paz que tengo en un país cercado por la violencia, la corrupción, la estupidez política y la ineficiencia de las instituciones.

A propósito de ineficiencia, la Superintendencia de Bancos, es efectivamente de los Bancos, pero no de los ciudadanos que nos vemos expuestos a llamadas para regalarnos, “sin costo”, tarjetas de crédito, viajes gratuitos en cruceros, créditos para pagar otros créditos, siempre por ser clientes VIP, y que utilizan nuestros datos sin permiso, además, afectando nuestra intimidad y privacidad.  

El artículo 29, literal “c” de la Ley Orgánica de Datos Personales establece el derecho de los titulares de datos crediticos a que “las fuentes de información actualicen, rectifiquen o eliminen, según el caso, la información que fuese ilícita, falsa, errónea, incompleta o caduca”.

Finalmente, nunca conocí a la señorita, es un fantasma, como la empresa que hace los cobros para el Banco Pichincha.

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