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Las propuestas de cine ecuatoriano compiten en calidad y entretenimiento

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En los últimos años se ha incrementado la producción de cine ecuatoriano a pesar de los altos costos de producción. Aquí una reseñan de cuatro películas de ficción que se destacan en lo más relevante de la producción nacional.

Foto: Le Minh – Pexels.com

Nuevos directores y directoras, diversidad de temáticas, calidad técnica y profesionalismo, sumados a una gran adaptabilidad de sus estrategias de producción, según la mucha o poca cantidad de recursos económicos, son los derroteros por los que transita en la actualidad el cine ecuatoriano.

En un contexto caracterizado por los altos costos que supone la producción cinematográfica en el país y el siempre insuficiente, aunque indispensable, apoyo económico del Estado para el fomento de la producción y circulación de las obras, el desafío mayor de los productores nacionales sigue siendo cómo lograr la tan anhelada “sintonía” con los gustos del público ecuatoriano -sobra revisar algunos de los programas con mayor rating de la televisión para darnos cuenta del riesgo que ello supone- sin hacer excesivas concesiones a la calidad narrativa de sus producciones.

Muestra clara de lo anterior son los cuatro filmes de ficción que reseñamos a continuación, óperas primas de sus directores en todos los casos y que, sin duda, se cuentan entre lo más relevante de la producción nacional reciente.

Nos referimos, en primer término, a La mala noche, de Gabriela Calvache, que ha participado ya en más de una docena de festivales internacionales, incluido el premio a la Mejor Película Internacional en el Festival de la cadena HBO. Una historia que aborda con respeto y sin dramatismos retóricos el tema de la prostitución, a través de un thriller bien ambientado, apelando a una construcción narrativa lineal, sencilla pero sólida. Destacamos el riesgo asumido por Calvache en el tratamiento de un tema tan complejo pero a la vez necesario; proceso que según cuenta ella misma le tomará ocho años de investigación, incluidas varias entrevistas a víctimas de este flagelo. Coproducida con México, la película tuvo un costo de $850,000 y fue seleccionada por la Academia de Cine Ecuatoriano para representar a nuestro país en los Premios Óscar y los Goya.

Con un presupuesto muy inferior, pero con una intención de denuncia idéntica, asistimos también al estreno de Azules Turquesas, de Mónica Mancero, su primer filme como guionista, directora y productora, en el que además encarna al personaje principal, alter ego de la directora. Abiertamente autobiográfico y testimonial, Mancero nos convierte en testigos de su camino, en una suerte de catarsis a través de la cámara, por varios centros de rehabilitación de adicciones, develando ante nuestros ojos sus abusos y perversiones. Producida con recursos muy limitados, pero a punta de voluntad y buen oficio, la película derrocha honestidad y transparencia apelando, además, con acierto, a algunos reconocidos actores profesionales de nuestro medio, compañeros de oficio de la directora, reivindicando así su compromiso con la profesionalización de nuestra tímida industria.

Llegará también a nuestras pantallas en los próximos meses, Vacío, de Paúl Venegas, reconocido hasta hoy como productor de otros importantes filmes nacionales. A través de la historia de dos inmigrantes chinos, Venegas nos adentra en las redes de la migración clandestina y las mafias de coyoteros que las controlan, eje narrativo del cual se vale el director para invitarnos a conocer de cerca el mundo de la colonia china que desde hace décadas reside en Guayaquil. Coproducida entre Ecuador, Uruguay y Colombia, y totalmente grabada en idioma mandarín, con actores naturales de origen asiático, la película logra hacernos partícipes de ese sentimiento de profunda angustia que experimentan lejos de su tierra los migrantes de todas las latitudes. 

Con un costo de 15 millones de dólares – cifra nunca antes vista en la corta historia del cine ecuatoriano-, A son of man, de Luis Felipe Fernández-Salvador y Pablo Agüero, narra la expedición encabezada por un padre y su hijo -que en el filme se representan a sí mismos- y que deciden adentrarse en la selva de los Llanganates en busca del tesoro de Atahualpa. Con este filme, Fernández-Salvador reivindica para sí la invención del “realismo fantástico” en el Ecuador – cabe recordar, al menos, Prometeo deportado y Quijotes negros, como dos antecedentes del género en nuestra cinematografía- y apelando a una narrativa de ficción con rasgos documentales, hace gala de un despliegue fantástico de recursos tecnológicos que nos permiten admirar la belleza de los entornos naturales de nuestro país, como difícilmente volverán a repetirse en nuestras pantallas.

En su incesante búsqueda creativa, el cine ecuatoriano actual se arriesga, entretiene y denuncia. ¿Y acaso el Joker no lo hace?

*Director de la Escuela de Cine de la Universidad de las Américas – UDLA

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