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La peligrosa sombra del populismo de izquierda en América Latina

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Izquierda America Latina

Un coctél de todos los ismos persiste bajo el discurso de los líderes populistas. Y hay riesgos para la región. 

Foto: Flickr Gustavo Petro

Más que un síntoma es una enfermedad. No obstante los problemas que ha generado y las crisis que ha provocado, el populismo latinoamericano parece estar más fuerte que nunca, precisamente porque los políticos formales no logran consolidar programas serios que lleven a los pueblos al bienestar que los charlatanes de la tendencia del socialismo del siglo XXI ofrecen, pero que nunca cumplen. Son sintomáticos los casos de Perú, Argentina, Chile, Venezuela, Bolivia y el azaroso destino que le espera a Colombia. 

Aunque se podría catalogar como un fenómeno ideológico, porque la izquierda siempre ha enarbolado la bandera y el discurso de las reivindicaciones sociales, en realidad es el matiz que está tomando la presencia de esta nueva izquierda, que es un cóctel de todos los ismos que han surgido en los últimos tiempos y que ha logrado imponer agendas en los países, con los riesgos de siempre: un inexorable regreso al pasado. 

Y aunque parezcan coincidencias, que no lo son tanto, en los programas de todos estos personajes aparecen propuestas como las de convocar constituyentes, denunciar las probables privatizaciones y a los gobiernos que siguen ajustes o recetas de los organismos financieros internacionales, la lucha por el medio ambiente, “cruzadas” contra el feminicidio, protestas de grupos indígenas o el aborto libre, gratuito y espontáneo, que demuestran que esta izquierda se ha vuelto mutante, es decir que se adecua a los tiempos y cambia de color de acuerdo con la ocasión, como el camaleón.

La sombra del populismo de izquierda en América Latina va creciendo peligrosamente. Maduro, los Fernández, Arce y López Obrador siguen haciendo de las suyas en Venezuela, Argentina,  Bolivia y México. Las posibilidades electorales del llamado socialismo del siglo XXI son evidentes en Colombia, donde Gustavo Petro no tiene un rival de peso que se le oponga. 

En Perú ya ganó Pedro Castillo y en Chile el resultado de las violentas protestas de octubre de 2019 fue convocar a una constituyente para desmontar la constitución de Pinochet y el probable triunfo de un candidato de esa tendencia en las presidenciales. Aunque Lula no confirma su participación, en las encuestas casi duplica en las preferencias a Jair Bolsonaro en la carrera por la presidencia de Brasil.

Perú se disparó en el pie

Aunque para los peruanos era escoger entre el sida y el cáncer (Castillo o Fujimori), la opción más radical era la del profesor de escuela, vinculado con sectores del comunismo e incluso del senderismo mariateguista (por suerte ya se murió Abimael Guzmán). Pero Castillo se topó con una realidad que no era la que esperaba. Un congreso de oposición le puso las cartas sobre la mesa.

Tuvo que negociar y dar marcha atrás en sus propuestas más radicales. Su agrupación política, Perú Libre (que de paso es investigada por la Fiscalía por lavado de activos) constató que debe manejarse prudentemente en lo económico. Por eso nombró a Pedro Francke, un economista prudente. Pero ha habido otras imprudencias, como nombrar canciller a Héctor Béjar, un exguerrillero y simpatizante del Che Guevara (el asesino de La Habana), quien afortunadamente dejó el cargo sin ejercerlo. 

Foto: Flickr Presidencia del Perú

También depuso las ideas radicales de su primer ministro, Guido Bellido (parte de la línea dura de la izquierda maoísta peruana y simpatizante de Sendero Luminoso) para que haya moderados en el Gabinete. Pero, la sombra del líder del partido, Vladimir Cerrón, puede ser un obstáculo para su gestión.

A lo Correa, Castillo optó por asumir la presidencia en la ciudad andina de Ayacucho, con su banda presidencial, una camisa estilo “Zuleta fashion”, una chaqueta como la de Evo Morales y su infaltable sombrero de palma que parece que no se saca ni para dormir. En ese escenario ancestral, juró el poder ante la cruz y la Biblia.

Fue en Ayacucho en donde ocurrieron hace dos siglos las últimas luchas de independencia contra las tropas de la monarquía española. Otra nueva y populista alusión al pasado. De paso, los políticos del socialismo del siglo XXI siempre tratan de retroceder al pasado y buscar hasta vínculos genéticos con próceres (pasó con Eloy Alfaro y con Simón Bolívar), pero también muestran su desprecio por la herencia española que tienen (como López Obrador o Díaz Canel).

Con una mixtura entre comunismo radical, marxismo y la línea china, norcoreana o rusa, los nuevos profetas de este modelo ya fracasado, intentan rescatar algo que no ha funcionado en la práctica, pero que sigue dando buenos réditos electorales. Castillo intentó generar calma en otros países, en su discurso ante la OEA, diciendo que “no somos comunistas. No hemos venido a expropiar a nadie. No hemos venido a ahuyentar las inversiones”. Y como para seducir a las masas y dorar la píldora, el candidato de la tendencia en Colombia, Gustavo Petro, ha dicho que “Colombia no necesita socialismo, necesita paz”. 

La paradoja argentina: más pobres que hace un siglo

Ya lo dijo otra de las seguidoras del manual del socialismo del siglo XXI, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien ejerce la vicepresidencia de ese país: “Argentina es el lugar donde mueren todas las teorías económicas”. A eso le agregó -no se sabe si en serio o irónicamente- que “deberían darles el Premio Nobel de Economía”.

Como se mencionaba en un artículo anterior, Argentina es un país que hizo todo mal desde hace cien años. De ser un país ubicado entre los diez más prósperos del mundo en la década de los ’30 del siglo XX a ser uno que navega entre las olas del populismo peronista, con votantes que los siguen eligiendo de nuevo y tras poco tiempo, les dan la espalda, como pasó en las recientes primarias de ese país, generando un efecto de tsunami en el gobierno de Alberto Fernández. 

Cuesta creer cómo pueden vivir los argentinos entre tanto sobresalto, de amanecer cada día con variaciones en los precios, distintos tipos de cambio respecto al dólar, controles cambiarios rígidos (compras limitadas de dólares, la única moneda segura en circulación), con un dinero que se devalúa todo el tiempo y pocas posibilidades de obtener créditos en el exterior. Es que ya nadie cree en las promesas económicas del país. Ni siquiera el tan denostado FMI… 

Foto: Flickr Instituto Patria

En un país con una crisis perpetua como Argentina, que ha suspendido sus pagos de deuda en nueve ocasiones (defaults), que en 1913 era el décimo país más rico del mundo, las explicaciones sobre este fenómeno (o paradoja) pueden darse por la inestabilidad política (una alternancia de gobiernos de facto con civiles, generalmente peronistas, especialmente desde la década de los ’40), una alta inflación que llega a la hiperinflación, devaluaciones constantes de la moneda (cambio del nombre de peso a austral y de nuevo a peso), escasez de dólares y un gasto público exorbitante, sin olvidar que buena parte de los argentinos dependen del estado (burócratas o beneficiarios de ayudas y subsidios). Otra razón relaciona al peronismo como la raíz de todos los males. 

También puede ser un complejo que tienen los argentinos. A inicios del siglo XX se decía, en el París de “los años locos”, la frase “rico como argentino”, para referirse a alguien que tenía mucho dinero. En verdad son pocos los argentinos que pueden darse el lujo de serlo, pero eso no les quita cierto complejo de superioridad que se evidencia en manifestaciones como el fútbol. En todo caso, el argentino medio sigue creyéndose rico o que merece serlo, aunque tres cuartas partes de la población sean pobres.

Argentina sigue siendo un país rico en agricultura y ganadería, en energía (el yacimiento de Vaca Muerta es uno de los mayores del mundo en petróleo y gas, pero está paralizado desde la crisis de 2018), en tecnología e incluso en bienestar. Ningún país de su entorno, ni siquiera Uruguay o Chile tienen su sistema de salud y de subsidios.

Pero Argentina, como otros países de la región, tiene la maldición de la dependencia de los commodities (materias primas). El país exporta soya para recibir dólares. Para exportar ganado debe igualar los precios del mercado interno con el externo, algo que no soporta un país al que le gusta la carne. El ex asesor de Macri, Carlos Melconian lanzó una idea rara: el Estado necesita una inflación muy alta para no quebrar.

Chile: del optimismo al pánico

Las primarias chilenas del 18 de julio pasado se decantaron entre dos candidatos presidenciales (uno de izquierda y otro de derecha). La derrota del candidato comunista, Daniel Jadue, frente el candidato del Frente Amplio, Gabriel Boric, fue un alivio para los mercados, pero no se tomó en cuenta que el discurso de Boric es también peligroso.

De ser un país que fue un alumno aplicado del neoliberalismo en las décadas del 70, 80 y 90, con políticas estables y una institucionalidad sólida, Chile se transformó en uno inconforme con todo lo que lo llevó a ese estado de bienestar, especialmente entre los jóvenes, que exigen cambios “que incluyan a todos” y que fue la causa de las violentas manifestaciones de octubre de 2019, provocando serios quebrantos al modelo chileno y a la economía del país, con afectaciones sociales y materiales.

Chile tiene la disyuntiva entre un modelo que, en la práctica, funcionó, pero mostró demasiados desequilibrios entre la clase alta y los estratos bajos (con dificultad para acceder a los servicios sociales) y una respuesta que surgió de la protesta ciudadana. En el modelo generado por el denominado neoliberalismo, Chile redujo la pobreza del 45% a menos del 15% en dos décadas, con un crecimiento de la economía, pero existió demasiada exclusión de gran parte de la población. 

A partir de la convulsión social de octubre de 2019 se realizó un proceso de cambio de la institucionalidad, partiendo con un plebiscito en octubre de 2020, donde el 78% de la población aprobó convocar una Asamblea Constituyente para escribir una nueva constitución, desmontando la creada en 1980 por el dictador Pinochet y excluyendo de esa convocatoria a políticos tradicionales.

Convencion-Institucional Chile
Fotos: René Lescornez – Flickr Convención Constitucional

Luego se eligió a los representantes de la asamblea constituyente en mayo de 2021. En este proceso fueron escogidos muchos candidatos independientes para implementar reformas estructurales. Más de la mitad de los constituyentes (unos 80) quieren efectuar cambios profundos y hasta radicales. El propio presidente Piñera reconoció que los políticos tradicionales no están en sintonía con los pedidos de la ciudadanía.

Finalmente, en las primarias de julio pasado, se produjo la aparición, con el voto de más de 3 millones de personas, de jóvenes sin tradición ni militancia política que son los favoritos en las elecciones presidenciales de noviembre. Gabriel Boric, el candidato de la izquierda, que agrupa a simpatizantes del Frente Amplio y del partido comunista, sería el preferido, frente al derechista Sebastián Sichel, que tampoco tiene una militancia conocida.

¿Qué busca Chile? Tal vez cambiar el sistema de gobierno, hacia un parlamentarismo, un semi presidencialismo a lo francés o seguir con el mismo sistema, pero dando mayor poder al legislativo. Otro cambio sería el de aumentar la presencia del Estado, rompiendo con el esquema planteado por los Chicago Boys desde los ‘70, para pasar a un “estado de bienestar” a la europea, con intervención estatal en salud, educación y economía.

¿Volver al pasado? 

Buscar sociedades con menor desigualdad y pobreza, donde las personas accedan a servicios de salud, educación o alimentos, es algo que siempre ha sido un anhelo de los ciudadanos. La pregunta sigue siendo sobre cuál es el mejor modelo para alcanzar estos objetivos. Millones de latinoamericanos siguen bajo el umbral de la pobreza, en muchos casos sobreviviendo con menos de un dólar diario. Los efectos de esa desigualdad se palpan a diario en las calles de cualquier ciudad de la región.

Los políticos que proponen modificaciones estructurales aplicando recetas inservibles, como se ha comprobado, no traen soluciones a los graves problemas de las grandes mayorías. Pero sigue siendo más fácil que surjan candidatos mesiánicos que parecerían tener soluciones sencillas, pero que nunca logran llevarlas a la práctica.  

Como pasó en el Ecuador, primero modifican la constitución, luego imponen el intervencionismo estatal y al final aplican la receta del socialismo del siglo XXI incrementando el papel del estado y el aumento de la burocracia como proveedora de empleos y adeptos leales al proyecto. En la práctica esto solo infla presupuestos, crea déficits fiscales inmanejables y recurre a deuda internacional para cubrir las necesidades desaforadas de gasto público cuando los precios de las materias primas bajan. 

A lo anterior se suma la corrupción: las elites de esa tendencia que alcanzan el poder crean cofradías que concentran los negocios estatales y generan alianzas mafiosas que son las únicas que acceden al dinero de la contratación pública, que siempre termina con sobreprecios y sobornos a las compañías.

“La izquierda latinoamericana es de derecha”, titulaba su artículo de The New York Times el editor y escritor Diego Fonseca, relatando los avatares de esta, aparentemente fortalecida, tendencia política. Su relato se desarrolla luego de la orden de captura del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, ex vicepresidente del primer gobierno sandinista, hoy crítico de las arbitrariedades de la dictadura de Ortega y Murillo.

A eso, Fonseca le suma el hastío de los argentinos frente al gobierno de los Fernández “cuando parecía que el peronismo ganaría las primarias abiertas de Argentina, la sociedad se hartó y dio su voto a la centroderecha para castigar al gobierno por su manejo cínico de la pandemia”. Según Fonseca, “el rechazo unánime del mundo a la persecución de Ramírez simboliza la derrota moral de la izquierda latinoamericana así como el resurgimiento de la sociedad civil argentina. Es una cachetada política a uno de los proyectos más agresivos de la llamada ‘marea rosada’ regional”.

El escritor lo matiza señalando que, salvo excepciones, la izquierda latinoamericana “no ha sido democrática sino autoritaria”. Los grupos de izquierda siempre lucharon contra el poder, pero nunca se prepararon para gobernar. Ese es su problema: trasladar ideas de las barricadas a las oficinas (algo que no pueden congeniar). Anclados en el pasado y con adeptos que todavía creen que el muro de Berlín no cayó y continúa la guerra fría, piensan solo en la próxima elección. Pero esa inmediatez ha contagiado a votantes que, tras años de desilusiones, esperan recetas mágicas que estos encantadores de serpientes no dudan en proponer.

Como agrega Fonseca, “este es el elefante en la habitación del que no hablamos: la izquierda latinoamericana es de derecha. Cuando debió demostrar de qué estaba hecha, en los primeros veinte años del siglo XXI, mientras gobernaba buena parte de la región, probó que gusta de los gobiernos fuertes, descree de los acuerdos y no tiene imaginación cuando se queda sin dinero”.

El presidente mexicano es tal vez el paradigma de esas ideas equivocadas. López Obrador se dio el lujo de recibir en la celebración del bicentenario de la independencia de su país a dos autócratas -el venezolano Nicolás Maduro y el cubano Miguel Díaz-Canel-, a quienes elogió en sus discursos. El Mandatario mexicano hasta se refirió a la “valiente resistencia de los cubanos por 60 años con libertad y sin injerencia de gobiernos extranjeros”. ¿Se olvidó López Obrador de los soviéticos y venezolanos en Cuba? 

Dice Fonseca que “América Latina se benefició de los buenos precios de las materias primas durante la primera década del siglo, pero la izquierda, que gobernaba en buena parte de sus países, jamás previó cómo administrar las expectativas sociales cuando el ciclo se acabara”.

Estados que se malacostumbraron al excesivo gasto público, por los precios de las materias primas. El resultado: países empobrecidos y poco afines a la democracia, como Argentina o Venezuela, endeudados “hasta el cogote” y donde sus gobernantes siguen vendiendo a los habitantes la “pócima milagrosa” del populismo, llegando al punto, como en Venezuela y Nicaragua, de inhabilitar opositores y gobernar por la fuerza, cooptando otras funciones del estado y captando el apoyo de los militares.

“López Obrador critica el legado del neoliberalismo pero ajusta como neoliberal y antagoniza con el feminismo como un conservador. Bolivia y, hasta cierto punto, Ecuador exhibieron reducciones históricas de la pobreza -bravo- pero sus líderes creyeron que eso les daba derecho a presidencias vitalicias”, agrega Fonseca.

¿Dónde quedó el manual de la izquierda latinoamericana, que luchaba por los valores humanistas e intelectuales, la solidaridad, inclusión, equidad, la creatividad e inteligencia, la honestidad, la defensa de la democracia igualitaria, el diálogo y la vocación por el cambio?, se pregunta el autor. Basta constatarlo con la pobreza intelectual en los discursos de algunos mandatarios de esa corriente en la reciente cumbre de la Celac (por cierto, un organismo que, aunque nació en 2010, ya es anacrónico, apenas once años después).

Una izquierda que recurre a las viejas fórmulas de estirpe china y soviética o de los despóticos regímenes de Norcorea, Turquía o Bielorrusia. Encerrada en la guerrilla del monte, en el manual de la lucha subversiva y el libro rojo de Mao, como si el tiempo se hubiera detenido. A muchos votantes les sigue atrayendo ese discurso y ese es el peligro.

Una izquierda intelectualmente mediocre e infantil, que apela a los dogmas y a luchar contra asuntos tan etéreos como “el fascismo”, “el neoliberalismo” o “la derecha liberal”, pero que se instaló en las universidades latinoamericanas y adoctrina jóvenes que engrosarán las estadísticas del desempleo, con formación más teórica que práctica. 

No es casualidad que los proyectos más serios de la izquierda fueran moderados, como la concertación chilena, el laborismo brasileño (con sus problemas de corrupción), y los uruguayos Mujica y Vázquez, que entendieron que la inversión social debe ser responsable y lograron modelos compatibles con estos tiempos. Pero en el resto de los casos, la izquierda no actuó bien, porque no dialoga, sino que impone. Pero, aunque esas ideas parecen estar fuera de tiempo, aún son atractivas a la hora de votar. Por eso, no hay que descartarlos en ninguna elección, porque siguen siendo un peligro real.

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