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En serio: ¿hubo alguna vez neoliberalismo en el Ecuador contemporáneo?

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En Ecuador se habla de que hubo una época neoliberal… Ese es el discurso de los amantes del poder del Estado sobre la vida. Sin embargo, la realidad es otra. Lea este análisis. 

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Los movimientos sociales y de izquierda del Ecuador suelen achacar de todos los males al neoliberalismo, que tanto daño -dicen ellos- hizo al país. Sin embargo, el debate político en torno al concepto “neoliberalismo” es esencial para entender su influencia y presencia en los países latinoamericanos. 

En Chile, en 1973, tras el golpe de estado del general Augusto Pinochet, al mandatario elegido en las urnas, el socialista Salvador Allende, se instauró un modelo económico basado en las doctrinas de la Escuela de Chicago (los “Chicago Boys”), cuya cabeza visible era el economista Milton Friedman. La introducción del término en Chile fue la respuesta a la ineficiencia de la participación estatal en la economía, reemplazando al modelo que, por décadas, siguió la región: la sustitución de importaciones, inspirado por la CEPAL en los ‘50, suplantándola con un modelo de industrialización de la economía.

Friedman describía la liberalización del mercado como un “shock” necesario (en castellano “sacudón”), que es lo que pasó en Chile entre 1973 y 1980. La doctrina neoliberal buscaba reformas económicas y sociales para crear una política económica de mercado con orientación neoclásica y abierta al libre mercado, así como la descentralización del control estatal de la economía.

El neoliberalismo es “una teoría política y económica que tiende a reducir al mínimo la intervención del Estado”.​ Definido como “una forma de liberalismo que apoya la libertad económica y el libre mercado”, cuyos “pilares básicos incluyen la privatización y la desregulación”.​ El neoliberalismo señala también la paradoja de que el Estado no debe sujetarse a ningún control social. Su único papel en la economía debe ser crear un marco jurídico que favorezca el mercado. 

Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones”, de 1776, señala que el individuo es el principal factor de producción. El neoliberalismo matiza el concepto cuando mira a los individuos como fuerza productiva. El liberalismo clásico de Smith se preocupaba del desarrollo pleno de las capacidades de los sujetos y no solo de su potencial económico abstracto. El neoliberalismo no busca la igualdad social, pues mira con desconfianza lo planteado por la teoría marxista, pues considera que las diferencias sociales dinamizan la economía.

En el caso chileno, por muchos años se relativizó el valor de la democracia como el mejor sistema de gobierno y se dijo que podía existir neoliberalismo sin democracia. En tiempos de la dictadura de Pinochet fue donde más se aplicó este modelo. 

Connotaciones del término

Esta palabra motiva la lucha ideológica entre los defensores del mercado y los que defienden la redistribución de recursos. Es difícil precisar el término, porque nadie se autocalifica como tal y los países que implementaron estas medidas no las llaman así. El Papa Juan Pablo II lo llamaba “capitalismo salvaje”. Otros autores lo llaman “capitalismo de amigos” (grupos de los círculos de poder que buscan beneficios al privatizar y liberalizar las instituciones en su beneficio o de sus grupos de interés). 

Para los socialistas del siglo XXI,  el  “neoliberalismo”  es un concepto chicle para explicar y justificar las calamidades de la región por cinco décadas. Se lo equipara con el denominado “Consenso de Washington”, reformas aplicadas con poco éxito en la década de los 90, especialmente en Perú, Chile y Argentina, en los gobiernos del populista Fujimori, de la Concertación y del peronista Carlos Menem.  

Se califica como neoliberalismo a lo que se opone al sistema de intervención del Estado en la economía, al contrario de lo que promueve el socialismo del siglo XXI, con mucha presencia estatal en las actividades de un país. En el Ecuador se acusa al neoliberalismo de casi todos los males. 

Hasta al principal actor del socialismo del siglo XXI en el Ecuador, Rafael Correa, se lo acusó de tomar medidas neoliberales (como decía en 2012 el líder indígena Marlon Santi), pese a ser su detractor cuando era docente universitario. Correa atacaba a los gobiernos de sus antecesores con su muletilla de “la larga, oscura y triste noche neoliberal”, que antecedió a lo que él creyó que era “el amanecer socialista” en los diez años de su gobierno, más los cuatro del sucesor, Lenín Moreno, con línea análoga, pero que no tuvieron nada de neoliberalismo.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa, acusado de ser parte de esa “peste moderna” -los neoliberales-, señala que un “neo” es alguien que es algo sin serlo, que está a la vez dentro y fuera de algo, un híbrido escurridizo, un comodín que se acomoda sin llegar a identificarse nunca con un valor, una idea, un régimen o una doctrina. Decir “neo-liberal” equivale a decir “semi” o “seudoliberal”, es decir, un puro contrasentido. O se está a favor o seudo a favor de la libertad, como no se puede estar “semiembarazada”, “semimuerto”, o “semivivo”.

Aunque hubo reformas liberales en el Ecuador, éstas se combinaron con políticas públicas equivocadas (mal manejo de deuda o gasto público estatal descontrolado). Si uno de los objetivos del modelo era privatizar empresas estatales, no hay que olvidar que éstas pasaron de monopolios públicos a privados en Perú, Chile o Argentina, generando graves conflictos sociales.

La “larga, oscura y triste noche neoliberal”

Una de las frases más utilizadas por el expresidente Rafael Correa en sus apariciones mediáticas fue la de “la larga, oscura y triste noche neoliberal”. El analista internacional Tomás Mandl señala que “es difícil encontrar un término más abusado por políticos y analistas latinoamericanos que neoliberalismo”.  

Para los políticos del socialismo del siglo XXI, el “neoliberalismo” explica las actuales y pasadas calamidades de la región. En otros casos, “neoliberalismo” es el “Consenso de Washington”, una serie de reformas del estado aplicadas vagamente en los ‘90. El término fue acuñado por el economista John Williamson, del Instituto Petersen de Economía Internacional, al referirse a las ideas de la agenda de reformas de esos años, basada en tres ideas: disciplina macroeconómica, economía de mercado y apertura al mundo. 

La Constitución ecuatoriana de 1998 estableció la economía social de mercado como marco doctrinario de la política económica del estado siguiendo los esquemas y tendencias de la época. Tras un auspicioso comienzo, a fines de la década de los 90, el Consenso de Washington fracasó. 

La inversión extranjera en la región subió de USD 14 000 millones en 1980 a USD 86 000 millones en 1997. Crecieron inversiones y exportaciones. En lo negativo, el crecimiento real del PIB solo aumentó 3% anual por una década equivalente (1,5 % per cápita), apenas mejor que el 2 % de la década perdida de los años 80 y mucho más del 5 % en las décadas de los 60 y 70. Tras las reformas, crecieron el desempleo y la pobreza, hubo desilusión general y sentimiento de injusticia. 

¿Hubo en el Ecuador una reforma encaminada al neoliberalismo? 

El Ecuador nunca tuvo un proyecto de esas características, lo que plantea una tesis contraria a la de los analistas de la corriente del socialismo del siglo XXI, el marxismo o el indoamericanismo. Aunque se tomaron algunas iniciativas o medidas, al final no se implementaron o se hicieron mal. 

Con la ley de fomento industrial de 1957 (en el gobierno del derechista Camilo Ponce Enríquez), el Ecuador entró a la senda “desarrollista”, con el modelo de sustitución de importaciones de la CEPAL. Los consumidores, productores y comerciantes eran engranajes en la planificación estatal. En los años 60, con las primeras exploraciones petroleras en el Oriente, como el estado no disponía de suficientes recursos para financiar la explotación, buscó inversión extranjera.

El expresidente Oswaldo Hurtado en su libro “Ecuador, entre dos siglos” señalaba: “…(El petróleo no se habría) descubierto y explotado, de no mediar las inversiones realizadas por compañías extranjeras en la por entonces aislada selva amazónica, ya que no existía un camino que traspasara la cordillera andina oriental y llegara a la zona en la que estaban localizados los yacimientos. El menesteroso Estado y el débil sector privado nacional habrían sido incapaces de acometer tamaño desafío económico y tecnológico, pues carecían de los considerables capitales requeridos y desconocían las complejidades técnicas y empresariales del negocio petrolero”.

Llegaron al país las compañías Texaco y Gulf, iniciando la explotación y exportación petrolera en 1972. Al aumentar el precio del hidrocarburo en 1973, la dictadura del general Guillermo Rodríguez Lara determinó que el petróleo era un “bien estratégico” y que “había que sembrarlo”, paseando en un folklórico desfile por las calles de Quito el primer barril de petróleo extraído de los yacimientos. 

Tras una primera fase de endeudamiento agresivo (en tiempos del ministro de la dictadura Santiago Sevilla), se agregó la deuda contraída para la guerra de Paquisha en 1981. El país entró a una segunda fase, con el retorno de la democracia en 1979 (de gasto desenfrenado, corrupción y deuda, así como de intervención estatal en la economía privada). 

Para mantener una posición cercana al Movimiento de los No Alineados, el Ecuador de Roldós se alejó de EE.UU., votó por la readmisión de Cuba en la OEA, denunció a la dictadura de Somoza en Nicaragua y aplicó políticas nacionalistas aprovechando los ingresos por exportaciones petroleras. Hurtado quiso abrir el mercado petrolero a la inversión extranjera y controlar el tipo de cambio del dólar. Pero su más importante acción económica fue “sucretizar” la deuda, aliviando a grupos empresariales que se endeudaron en dólares. No fue una medida neoliberal (el concepto no existía) porque se usó fondos públicos para el rescate. 

El esquema estatal de las décadas de los 80 y 90 giraba en torno a entidades gubernamentales regulatorias y la injerencia del gobierno en educación, transporte, vialidad y telecomunicaciones. Se estatizó la explotación petrolera, con la creación de CEPE. El modelo de sustitución de importaciones entró en crisis. La industrialización prometida por ese modelo y la integración andina tuvo pocos resultados (ensamblaje de automóviles: Andino y Cóndor, una fábrica de remaches en Latacunga y una de repuestos de relojes). 

Fotos: Wikipedia

Al llegar al poder León Febres Cordero en 1984 se pensó que no solo las simpatías personales que tenía con el presidente de EE.UU., Ronald Reagan, sino la doctrina económica que éste aplicaba (“the reaganomics”), encajarían con las preferencias del mandatario ecuatoriano. Al comenzar su mandato tomó medidas para liberalizar precios de algunos productos y tasas de cambio, reformas amigables para la inversión foránea. 

El terremoto del 5 de marzo de 1987 modificó todo. Se desplomaron la economía y cayeron las exportaciones petroleras por la rotura del oleoducto. Las medidas para paliar el problema fueron estatizantes: más gasto público y emisión inorgánica de moneda. Las medidas no fueron “neoliberales”, aunque el entonces ministro de finanzas, Alberto Dahik, era partidario de estas tesis.

Rodrigo Borja hizo ajustes ante la situación heredada de su antecesor: eliminación de subsidios, recorte del gasto público, contención de la emisión de moneda y límites a créditos del Banco Central. Flexibilizó leyes laborales (la tercerización), redujo aranceles y mejoró la política tributaria, pero no atrajo inversión. A mitad de su período el estado entró en la campaña electoral y terminaron las medidas anteriores. Se imprimió billetes y hubo inflación. La socialdemocracia no era partidaria de la presencia privada en la economía. 

Sixto Durán Ballén y su vicepresidente Dahik llegaron al poder bajo las líneas del Consenso de Washington. Se decía que se perfilaba un primer proyecto neoliberal en el Ecuador, pero esas intenciones encontraron, desde el inicio, oposición de la izquierda, con protestas y, desde el Congreso, boicot a todas las leyes con ese tinte. 

Se aprobó la Ley de Modernización en “exploración y explotación de recursos naturales no renovables estatales por parte de empresas privadas o mixtas” y la “enajenación de la participación de instituciones del estado en las empresas estatales”. La idea de privatizar no cuajó, aunque el discurso progresista habla de que “se privatizaron sectores estratégicos como las telecomunicaciones, hidrocarburos y electricidad”. Solo fueron a manos privadas la aerolínea Ecuatoriana de Aviación, el ingenio azucarero Aztra, la empresa de fertilizantes Fertisa y la cementera Selva Alegre. Fue el único momento en que hubo medidas neoliberales en el país. No “larga noche”, sino “un cuarto de hora”…

Se quiso privatizar las telecomunicaciones con la creación en 1995 del Fondo de Solidaridad, pero solo se regionalizó Emetel en dos empresas (Andinatel -sierra- y Pacifictel -costa-): antros de corrupción estatal que se volvieron a fusionar en 2006, como CNT. Igual pasó con INECEL (Instituto de Electrificación), que se dividió en varias entidades, sin atraer inversión privada y peor extranjera. CNEL es otra institución estatal con corrupción. Pero, de neoliberalismo, nada.

Cuando se quiso que entren al país las aseguradoras privadas de salud, el presidente Durán Ballén convocó una consulta para escoger entre la seguridad social pública del IESS o las aseguradoras de fondos privadas (AFPs). Tras el fracaso chileno y una campaña de la izquierda, los ecuatorianos votaron no.

El “neoliberal” Mahuad

Con la Constitución de 1998, expedida por la Asamblea Constitucional, llegaron al poder Mahuad, Gustavo Noboa, Lucio Gutiérrez y Alfredo Palacio. A Jamil Mahuad se lo recuerda por la paz con el Perú, la dolarización, el congelamiento bancario, la crisis de las instituciones financieras y la hiper devaluación. Esa carta magna no derogó ninguna propuesta estatista: el país estaba atado a los precios internacionales del petróleo (manejados por el Estado), que cayeron en picada.

Correa decía que los contratos petroleros suscritos desde tiempos de Mahuad fueron negociados por “una élite entreguista y antipatriótica”, que obligaba a los contribuyentes a pagar millones de dólares a compañías petroleras internacionales, como OXY, a la que Correa se negó a pagar y expulsó del país, señalando que ese era un resultado nefasto de “los contratos firmados en la larga, oscura y triste noche neoliberal”. Pero, el contrato con la OXY para extracción de petróleo se suscribió con la expectativa de un barril de USD 15 dólares. En los siguientes años el precio subió hasta a USD 65 dólares, generando ganancias para las petroleras. No hubo ninguna medida neoliberal, como se jactaba Correa. 

El Congreso de entonces, en 2006, amenazó con juicios políticos al presidente Palacio si no declaraba la caducidad del contrato con la OXY y Rafael Correa, una vez iniciado su mandato, amenazó con cárcel a quienes negocien con la petrolera. La estrategia correísta funcionó bien y se canceló el contrato. Sin embargo, algunas petroleras demandaron al estado ecuatoriano por incumplimientos en acciones que fueron perdidas ante tribunales internacionales de justicia y arbitraje. Pero, de que estas medidas o juicios fueron ocasionados por un modelo neoliberal, no existen indicios. 

Existió en tiempos de Mahuad y su sucesor, Gustavo Noboa, una coalición legislativa, “la aplanadora”, que aprobó medidas que desataron la crisis financiera y bancaria, pero no por intervención del sector privado o el neoliberalismo, sino por la injerencia del Estado. En el libro “Así dolarizamos”, el expresidente Jamil Mahuad (2021), dice que siempre se opuso a la privatización y venta de empresas estatales,

En aplicación del Consenso de Washington muchos países latinoamericanos redujeron el tamaño del Estado, privatizando empresas y servicios como electricidad, telefonía, carreteras y agua potable. La venta y concesión de estos servicios permitió buenos ingresos estatales en esos países. En oposición al pensamiento económico neoliberal de la época, Ecuador no privatizó sus servicios públicos. En 1998 la privatización representaba solo el 1% del PIB, en contraste con el 8% o más de la mayoría de países de América del Sur.

Cierto que hubo liberalizaciones previas, pero como menciona Mahuad, las tesis neoliberales que se aplicaban en Chile, Argentina y Perú, no pasaron en el Ecuador por el intervencionismo estatal de la economía. 1999 fue un año traumático: no solo quebraron bancos, sino que hubo migración a EE. UU., España e Italia.

El país colapsó, el petróleo llegó a su más bajo precio, el sector agroexportador se vio afectado por el fenómeno del Niño, el PIB se contrajo 7 puntos y se perdió una cuarta parte de las reservas internacionales, usadas para enfrentar el efecto dominó de la caída de los bancos, mientras el sucre se devaluaba a cada hora y tras el feriado bancario, la gente guardaba dinero en sus casas (el “colchón bank)”.

La crisis del 99, más que por culpa del neoliberalismo, fue por ayudas a banqueros irresponsables (los hermanos Isaías y Fernando Aspiazu). Se quiso responsabilizar al presidente Guillermo Lasso, en el discurso correísta, desmentido en la auditoría -de tiempos de Correa-, dirigida por un economista de izquierda, el fallecido Eduardo Valencia. Se creó la Agencia de Garantía de Depósitos (dirigida por el primo de Correa, Pedro Delgado, fugado del país); un tributo contra la bancarización fue el impuesto del 1% a los cheques (creado por el líder socialcristiano Jaime Nebot) que ahuyentó depósitos en los bancos y emisión inorgánica en el Banco Central que llevó la inflación a límites insostenibles. Pero, de neoliberalismo, ninguna huella.El discurso neoliberal no calzó en el Ecuador.

El país no fue parte de la ola privatizadora, pese a las cartas de intención que muchos gobiernos hacían al FMI y al Banco Mundial, que exigían ajustes económicos que, por oposición de grupos políticos, naufragaban y obligaban a los gobiernos a tomar medidas más atractivas para esos grupos de presión que aún inciden en la política nacional, con amenazas de paros, marchas y huelgas en las que, por supuesto, no falta la alusión, como remoquete, al “malvado neoliberalismo de los gobiernos anteriores”, de cualquier tendencia que fuesen.

Pero, como se dijo, el neoliberalismo ni siquiera llegó a calentar motores en el Ecuador…

  • El autor es comunicador social, Doctor en Derecho Internacional y profesor en varias universidades del país.
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