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¿Cuándo bajó Argentina a la tercera división?

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Las lecciones que da Argentina permiten entender el daño que puede hacer un sistema económico, político y social basado en el clientelismo. Un análisis.

Foto: Flickr Casa Rosada Presidencia

Se cumplieron hace pocas semanas 45 años del golpe militar que significó el fin de la democracia encabezada por el general Perón quien, tras su muerte, fue sucedido por su segunda esposa Estela Martínez. Pero, aunque ese no fue el comienzo de la actual crisis de ese país, ocurrieron hechos atroces, como abusos, asesinatos y desapariciones de mucha gente (que fueron ocultados fundamentalmente durante el Mundial de Fútbol de 1978). 

Una vez que la nación volvió a la democracia, en 1983, bajo el mandato de Raúl Alfonsín, ya adolecía de problemas estructurales de difícil solución que llegan a los tiempos actuales. Un país que estaba en los primeros lugares del mundo en las primeras décadas del siglo XX, gracias a Perón y al populismo, actualmente se encuentra en la tercera división mundial

Argentina, el país del tango y la milonga, del asado, del mate, del clásico Boca versus River, de la avenida 9 de julio (la más ancha del mundo), del puerto de Buenos Aires (lugar de acogida de millones de migrantes europeos a finales del siglo XIX), de las madres de la Plaza de Mayo y del Luna Park. Un país de contrastes entre “lo porteño” y las provincias. 

Un país orgulloso de su herencia de viajeros de muchas partes del mundo. Lugar del arrabal, del abasto que hizo célebre al “morocho” Carlos Gardel (el “mudo” que cada día canta mejor, aunque murió en 1936). El país del cementerio de la Chacarita (donde está enterrado el zorzal criollo, pero también está la tumba de Evita, siempre adornada con flores que dejó algún descamisado. Cada vez quedan menos).

El país de Borges, de Sábato, de Cortázar, de Fontanarrosa, de Quino y Mafalda, de Charlie García y Gustavo Cerati, de las librerías siempre abiertas en la calle Corrientes (aunque el 348 del tango no exista), en una ciudad que nunca duerme. El país del malogrado boxeador Carlos Monzón y de Diego Maradona, el ídolo futbolístico que hizo culto del vicio y cuya idolatría hizo posible que se cree una secta futbolístico-religiosa (la maradoniana).

“Hay países que son ricos y países que son pobres. Y hay países pobres que se están haciendo ricos. Y luego está la Argentina”, según una clasificación atribuida a Mario Vargas Llosa. El país del lunfardo (una especie de neo lengua que mezcla dialectos nativos y reminiscencias del italiano), de los apellidos extranjeros y los complejos. ¿Qué es un argentino? Es alguien que tiene apellido italiano, quiere vivir como inglés, pero es argentino. Alguien que reivindica Las Malvinas y, al mismo tiempo, sabe que ya las perdió. 

Enrique Santos Discépolo compuso en 1934 un tango llamado “Cambalache”, una de las mejores descripciones del mundo contemporáneo. Fue compuesto originalmente en la denominada “década infame” por la denuncia de sus letras y víctima, en 1943, de la censura del gobierno militar como parte de una campaña para suprimir el lunfardo, las alusiones a la borrachera y los malos modales (esenciales en las letras del tango). Cuando tomó el poder el general Juan Domingo Perón, en 1949, se mantenía la censura a “Cambalache”, pero el caudillo pronto levantó la prohibición.

La canción denunciaba los males de la sociedad argentina, pero es aplicable a cualquier país. La letra menciona a personajes reales y otros ficticios: el prócer San Martín y Napoleón, Stavisky (un estafador que se suicidó en 1934), don Bosco (fundador de la orden Salesiana), don Chicho (Juan Galiffi, mafioso) y Primo Carnera (boxeador italiano, campeón de pesos pesados en 1933). A estos personajes reales se sumaba “la mignon” (una querida o amante). 

La letra, cantada por Julio Sosa, dejaba muchas reflexiones: “que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el 510 y en el 2000 también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y doblé. Pero que el siglo 20 es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue”, se menciona en la primera estrofa. 

“El que no llora no mama y el que no roba es un gil. Dale nomás, dale que va. Que allá en el horno nos vamos a encontrar. No pienses más, sentate a un lado. Que a nadie importa si naciste honrado. Si es lo mismo el que labura (trabaja) noche y día como un buey, que el que vive de las minas (mujeres), que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley”, cierra la canción.

Tenemos un técnico ganador

El general Juan Domingo Perón hizo su aparición en la política argentina como el típico militar que se subleva ante los mandos superiores, cuando era coronel, por lo que terminó en la cárcel, desde donde empezó a construir su mito (cualquier similitud con Hugo Chávez es pura coincidencia). Una vez creada la narrativa, Perón empezó a edificar su imagen de líder. Al tomar el poder, uno de sus golpes de efecto fue casarse con Eva Duarte (una discreta actriz de teatro) que encarnó el espíritu de los “descamisados”, a quienes “abrazaba” en todos los actos públicos. 

“De tres cosas no podés hablar mal: de Gardel, de Evita y del Diego”, dicen los nostálgicos argentinos sobre la realidad de su país. Un país que, a partir de la llegada de Perón, creía que estaba en el camino al primer mundo, con indicadores económicos asombrosos, ya que estaba catalogada como la décima economía mundial, aprovechando los precios de la soya y de la carne, entre otros productos de exportación. Como dirían los futbolizados argentinos, “tenemos un técnico que nos hará campeones de América, de Europa y hasta del mundo”. 

Y si de temas futbolísticos se trata, Argentina no podía escoger mejor. Perón parecía el más indicado para que el país llegue al desarrollo. Cuando creó su movimiento político, siempre dijo que no era un partido político, sino que formaba parte de la esencia del movimiento obrero, de los estudiantes, de los hombres y de las mujeres. En esencia, era un movimiento de los “intereses nacionales”. Así fue como nació el Justicialismo.

Las consignas eran: la justicia social, no como lucha de clases, sino para mejorar el nivel de vida de los trabajadores; la independencia económica, sin injerencia de potencias extranjeras; y una postura de no alineamiento en el ámbito internacional (tercera posición), tomando una actitud de neutralidad en los conflictos internacionales (aunque se conoce que muchos líderes del nazismo alemán y del fascismo italiano fueron protegidos por el régimen peronista).

En un país en donde el movimiento obrero no se identificaba con el partido socialista o comunista, fue en el peronismo en donde se albergaron todos los espectros políticos e ideológicos, en contraposición al histórico partido de la Unión Cívica Radical, que tuvo como líder histórico al presidente Hipólito Yrigoyen, en la década de los 20. 

Siempre fue difícil caracterizar ideológicamente al movimiento creado por Perón que, además de los descamisados, tuvo entre sus principales sostenedores a los militares. Sin embargo, su llegada al poder no fue por el característico “cuartelazo”, sino por vía electoral. Desde que Perón llegó a la presidencia, en Argentina se empezó a gestar la crisis económica, que tuvo mucho que ver con las medidas populistas encarnadas desde su gobierno.

Perón instauró todas las formas del populismo. Un día dijo el caudillo argentino que, “habiendo recorrido el país de punta a punta y habiendo conocido todas sus bellezas y maravillas, se encontró al fin con su más grande y alta belleza: el pueblo”. El pueblo se asume como un mito, que va más allá de una definición terminológica a nivel lírico y emotivo.

Ernesto Laclau, un pensador argentino, experto en Perón y en el populismo de su país, señala que “es una categoría ontológica y no óntica; es decir, su significado no debe hallarse en ningún contenido ideológico o político que entraría en la descripción de las prácticas de cualquier grupo específico, sino en un determinado modo de articulación de esos contenidos sociales, políticos o ideológicos, cualesquiera ellos sean”. 

Era un buen entrenador, pero los resultados no se dieron…

Según datos del analista económico argentino Enric González, el Producto Interno Bruto argentino en 1921 superaba al de Francia o Alemania y mantuvo como moneda estable al peso, hasta 1969. Luego tuvo el peso ley hasta 1983, que fue cambiado por el peso argentino hasta 1985, el austral hasta 1991 y el actual peso. Desde 1980 entró en default (por no pagar la deuda externa) en cinco ocasiones.  Actualmente debe USD 44 000 millones al FMI.

Tras la caída de la segunda esposa de Perón, Estela Martínez (puesta por él en el poder en 1973) y la subsiguiente llegada de las dictaduras de Videla, Galtieri y Bignone desde 1976, el país entró en un torbellino de errores, agravados por la inacción que tuvieron los gobiernos previos (en una alternancia, de prevalencia peronista con el partido Radical). No hay que olvidar, tampoco, que el Mundial de Fútbol de 1978 fue otra ocasión para que la dictadura militar se endeude más de lo previsto.

De haber sido una de las economías más fuertes del mundo hasta la década de los 30, no pudo detener sus procesos inflacionarios en las últimas décadas, con una serie de presidentes de todas las tendencias ideológicas peronistas (Menem, Duhalde, Kirchner, Cristina y Alberto Fernández) y de otras agrupaciones (Alfonsín, De la Rúa y Macri). 

Desde su primer mandato (1946-1955), Perón estableció el proteccionismo de la industria nacional, haciendo de la agricultura la principal actividad de exportación del país, siendo éste también su problema cuando bajaban los precios internacionales de los productos agrícolas. Sin embargo, el sector agrícola no produce mucho empleo porque pocas personas poseen la mayoría de las tierras por las que pagan altos impuestos. Argentina nunca llegó a industrializarse. Un economista argentino, Raúl Prebisch, propuso el modelo de sustitución de importaciones, a mediados del siglo XX, que no provocó mejorías en el país.

El campo argentino emplea al 14 % de trabajadores y solo aporta el 10 % del PIB. De cada 100 dólares por exportaciones, 70 provienen de la agricultura. Es un país con pocas relaciones comerciales con el mundo.  Entre granos y carne, exporta USD 60 000 millones con un total de 44 millones de habitantes. 

Desde la llegada al poder de Perón y sus sucesores, Argentina es un permanente productor de crisis, generadas por una economía basada en el endeudamiento externo, que en los años 80 provocó una situación de hiperinflación, con alzas de precios de más del 3000 %. Con la llegada al poder del peronista de derecha Carlos Saúl Menem, el país entró en privatizaciones, provocando una subida desmesurada de precios de bienes y servicios. El inicio del milenio generó un feriado (corralito) bancario, que impidió que las personas retiren sus ahorros de las instituciones financieras, en el fallido gobierno de Fernando De la Rúa, que dejó el poder con una de las mayores crisis que se recuerdan en ese país (lo sucedieron algunos encargados del poder).

Actualmente, la economía argentina no tiene suficientes dólares y los controles cambiarios son cosa de todos los días. No se puede comprar más de 200 dólares mensuales. Se prohíbe la importación de vehículos costosos. La inflación no puede controlarse y está en alrededor del 38,5 %. La moneda se devalúa a cada momento. Las reservas del Banco Central están en $3.000 millones. Cuatro de cada diez argentinos son pobres y se acomodan en las villas miseria o en invasiones de terrenos privados (la olla común se ha vuelto cotidiana en barrios pobres). La situación empeora cada vez y en 2020 volvió a suspender el pago de su deuda externa, pero se logró una reestructuración con el FMI (institución abominada y blanco de la mayoría de las protestas que ocurren en el país).

No hay dinero, impriman billetes: clasificados a la liguilla de descenso

Argentina pone frecuentemente a funcionar la máquina de imprimir monedas, para financiar el déficit y un gasto público elevado. Alrededor del 60% de los habitantes del país dependen del Estado (como empleados públicos o como beneficiarios de subsidios).  En 2020 el Banco Central contrató imprentas brasileñas y españolas para cubrir una parte de los 1,2 billones de pesos que emitió, pues las argentinas no podían hacerlo ni siquiera durante las 24 horas del día. 

Foto: Flickr Presidencia de la República

Es un país donde no se pueden resolver las dificultades, que forman parte de la vida diaria. Ante la devaluación y la inflación la gente tiene como el único seguro al dólar, que sirve para fijar precios en los sectores bancario, inmobiliario y automotor. La gente ahorra en dólares. Es muy caro producir bienes en el país. La energía, los servicios básicos y el transporte público son costosos (son frecuentes los paros y huelgas que detienen los buses y el subte -el metro-). La industria argentina no es competitiva, la desigualdad entre ricos y pobres es insultante. Se calcula que, si el país mantiene ritmos de crecimiento de entre el 6 y el 4% anual, recién podría iniciar su recuperación en el 2027. Pero, esto es algo improbable, ante el comportamiento político de los electores que, casi siempre, terminan seducidos por el populismo peronista.

Las lecciones que da Argentina permiten entender el daño que puede hacer un sistema económico, político y social basado en clientelismo y subsidios. El mensaje es claro: si un país cae en este método promovido por los pensadores del socialismo del Siglo XXI y del Foro de San Pablo, tendrá mucha pobreza, excesivo gasto público y subsidios a mucha gente que vivirá del estado sin tener que trabajar y le será difícil recuperarse o salir (como ocurre en Venezuela). 

Para cubrir el abultado déficit fiscal, el estado siempre recurrirá a la impresión de billetes, el uso de monedas virtuales, la deuda en el exterior (los chinos siempre están listos para prestar dinero a altos intereses). Como existe una barrera ideológica, no se comercia con países que pueden proveer insumos, productos y tecnologías que complementen las necesidades del país, sino solo con aquellos con los que se comparten intereses filosóficos. 

Argentina no tiene dólares, pero su economía depende de la circulación de la moneda estadounidense. Como se mencionó en un artículo anterior, es un país que llena muchos de los requisitos para convertirse en estado fallido. No hay control del estado sobre la seguridad, no existe una lucha decidida contra la corrupción, mientras que los jueces y fiscales que investigan algunos de estos temas son amenazados o terminan muertos (como pasó con Alberto Nisman).  Por décadas el populismo llevó a Argentina a descender de categoría. Hoy está en la tercera división del campeonato mundial porque es un país que tiene a la corrupción como una característica innata. Solo derrotando este sistema de gobierno se podría dejar de cantar el tango Cambalache, que en una de sus estrofas dice: “Siglo 20, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana (roba) es un gil…”.

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