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Irán y América Latina

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Los cambios que se están produciendo en la región pueden ser favorables para Irán. Conozca por qué.

Foto: Flickr Venezuela Roja

Los encargados de América Latina en la República Islámica de Irán deben estar analizando con interés lo que está ocurriendo en América Latina, sobre todo los cambios políticos que han tenido lugar, y los que podrían sumarse.

En los 90 Irán fue muy activo, a través de los consejeros culturales de las embajadas, creando una red, que casi de la nada llegó a cubrir todos los países, incluyendo Chile.

Ello se detuvo después que quedó clara la relación de Irán y de Hezbolá con los dos peores atentados terroristas de la historia argentina, a la embajada de Israel en 1992 y sobre todo a la AMIA bonaerense en 1994, con sus 85 víctimas, todavía impunes.

Ello iría a cambiar este siglo en forma muy favorable para Irán por dos elementos. El primero fue el acuerdo con el gobierno de Cristina Kirchner que condujo a un fuerte cambio en la política de Argentina, pudiendo haber precipitado la denuncia del Fiscal Nisman y su muerte.

El segundo y aún más importante fue un acuerdo a todo nivel con Venezuela, a través del presidente Maduro, que permitió un acercamiento estratégico y con el vicepresidente Tareck El Aissami a cargo de la colaboración en el negocio de las drogas y la compraventa de petróleo para ayudarse mutualmente en las sanciones internacionales.

Incluso hubo entrega de pasaportes venezolanos, tal como fue formalmente denunciado ante la justicia norteamericana el 2017. Caracas se transformó así en la plataforma para el despliegue de Teherán en la América Latina, con dinero iraní para la supervivencia del régimen chavista en tiempos difíciles y para enriquecimiento de sus dirigentes.

De hecho, la reciente presión de EE.UU. para juzgar en su territorio al testaferro Alex Saab y la extradición desde España del ex jefe de inteligencia chavista Hugo Carvajal, obedecen al deseo de tener mejor información de estos vínculos con Caracas más que buscar la caída de Maduro.

Hoy, después de malos años para ambos gobiernos durante Trump, la crisis económica en ambos países no ha permitido nuevas iniciativas, más allá de la colaboración señalada. Sin embargo, ello podría cambiar.

La primera circunstancia va a depender de las negociaciones que se llevan a cabo para el relanzamiento del acuerdo nuclear del que Trump se retiró. Aquí todo indica que el optimismo inicial de Estados Unidos se está transformando en preocupación, ya que la agresividad de Irán en el medio oriente ha aumentado en vez de disminuir, lo que ha acercado aún más a los países del Golfo y Arabia Saudita a Israel.

En definitiva, todo indica que Irán sigue adelante con su bomba atómica y la retórica sería indicativa de que creen acercarse a la meta.

En todo caso, de este fracaso o éxito, va a depender si Teherán está dispuesto a desafiar a EE.UU. en la región. Al menos ya han firmado acuerdos estratégicos tanto con Venezuela como con China, y mucho han hecho mofa del retiro humillante de Afganistán.

El tercer y último elemento tiene que ver con los cambios políticos que están teniendo lugar en América Latina. A los vínculos existentes con Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua se han agregado cambios en la política exterior de Argentina y México hacia el apoyo a esta matriz bolivariana, y al resultado de las elecciones en Perú y en Chile se podrían agregar Colombia y Brasil hacia posiciones que tengan mas simpatía con Irán. Irán no tuvo ninguna influencia, pero sí podrían beneficiarse.

Irán tiene además otro interés, que es su participación en el lucrativo comercio de la droga, como política de Estado y método de financiamiento. Desde la heroína que viaja de Afganistán hacia Europa hasta el control de Hezbolá en El Líbano y Siria. En ese esquema Irán se ha beneficiado de la relación adquirida con el Cartel de los Soles de Caracas, y siguen muy interesados en seguir aprendiendo de las redes del narcotráfico para controlar fronteras, corromper funcionarios y llevar a la delincuencia organizada a los gobiernos de la región.

Lo que los encargados de América Latina deben estar haciendo es describir este nuevo escenario a los más altos jefes, que si dan la luz verde pillarían a Chile muy mal preparado por carecer casi del todo de una inteligencia capaz de abordar una situación de este tipo.

En otro punto y por su parte, la comunidad judía parece estar poco adaptada todavía a la posibilidad real de un cambio brusco de la política exterior de Chile hacia Israel, que había sido muy constante y consistente durante décadas, tanto en la previsibilidad de sus votos en organismos internacionales como de la estrecha relación existente a nivel privado y de Estado entre ambos países, en áreas tan diversas como educación, agua, innovación y defensa.

Eso podría cambiar por una política exterior que depende del jefe de Estado, no solo porqué sería popular en votos en un país que concentra la mayor población de ascendencia palestina fuera del medio oriente, sino por las convicciones de buena parte de los líderes conocidos del nuevo gobierno, expresado en votaciones en el Congreso y en declaraciones surtidas al menos desde sus épocas universitarias, donde el elemento común es el profundo sesgo hacia Israel.

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