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Una vacuna para la economía

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Todavía no hay una vacuna para el coronavirus, pero cuando pase la crisis de salubridad, se presentará la crisis económica y los que teníamos crisis desde antes seremos los más afectados. Necesitamos trabajar en planes para la restauración de la economía.

Foto: Gianna Benalcazar – CCQ

No sabemos cuánto durará la crisis sanitaria, pero saldremos adelante. La aplicación urgente y estricta de las medidas de confinamiento recorta la duración y más pronto retornaremos a lo que podemos llamar normalidad. Los ecuatorianos ni aplicamos pronto ni aplicamos bien el confinamiento y los contagios se multiplicaron especialmente en Guayas. Los médicos nos han explicado bien, si todos los contagiados se hubieran recluido, tengan o no tengan los síntomas, o si todos nos hubiéramos recluido, bastaba un período de 15 días porque al cabo de ellos ya nadie tenía el virus. Pero si los contagios continúan, los nuevos contagiados siguen propagando el virus y el tiempo de confinamiento se prolonga.

No existe vacuna que se haya logrado en menos de un año, pero es posible que la ayuda de la tecnología y la necesidad mundial aceleren el proceso y logremos la vacuna en seis u ocho meses. De todos modos, una vez descubierta la vacuna puede imponerse la codicia y venderse en altos precios a quienes puedan pagarla. Ojalá que los descubridores se atiborren de fama pero no reclamen también fortuna con su descubrimiento para que sea accesible a las poblaciones más pobres del mundo.

Cuando la crisis sanitaria haya sido superada, se medirá el grado de afectación a las personas, a las empresas y a los países. Habrá desempleo, quebrarán empresas y sufrirán los países que ya tenían, como el nuestro, baja de las exportaciones, petroleras y no petroleras, alto riesgo país y gasto público exagerado y ahora utilicen como coartada la emergencia sanitaria. A la crisis económica puede sumarse una crisis social porque no faltarán los demagogos irresponsables que no pudiendo ofrecer soluciones ofrecen empeorar los problemas soliviantando a los desesperados y prometiendo soluciones que no tienen.

Los gobiernos vapuleados por el coronavirus que ha desnudado sus incompetencias y sus irresponsabilidades no tendrán el pulso para dictar medidas creativas, sagaces y rápidas para iniciar la reconstrucción de la economía. El gobierno debería designar una comisión de expertos de alto nivel con participación de empresarios, representantes de los asalariados, académicos y personas con sentido común que funcione como cerebro y aporte propuestas. Esos comisionados deben ser personas que no busquen réditos políticos, ni vanidad, ni dinero. Que no tengan medios de comunicación acosándolos para meterlos en el corre ve y dile, el estrellato o la chismografía. Que trabajen desde ahora en silencio, que investiguen, que consulten con otros países, que también ellos se dejen asesorar y después que presenten al ejecutivo sus propuestas, no a la prensa, ni a los políticos, ni a los dirigentes del protestantismo político.

Todos los países, incluidos los más desarrollados, tendrán que revisar sus políticas y modelos económicos para corregir esas debilidades ya evidentes como la creciente desigualdad entre sectores de la sociedad y entre países. El carácter global de la pandemia ha mostrado el riesgo de las dependencias y concentraciones con el pretexto de bajar los costos. La industria farmacéutica, por ejemplo, advierte con preocupación, según estudio de diario Le Monde, que el 80% de los principios activos de los medicamentos son importados de China y de India y es uno de los sectores que debieran ser “relocalizados”. Es un término relativamente nuevo en economía y en cierto sentido propone desandar el camino hacia la mundialización de la economía neoliberal que buscaba mano de obra barata en nombre de la reducción de costos.

En nuestro caso, la pandemia ha demostrado que la dependencia de un producto, como el petróleo, puede ser tóxico para la economía. Pero es algo que se viene diciendo por décadas y los políticos siguen despilfarrando cada centavo que cae en sus manos. Ha llegado la hora de buscar fórmulas diferentes como quitarles a los políticos el manejo de los recursos extraordinarios. Para el funcionamiento del Estado no deberían necesitar más de lo que aportamos con impuestos. Los políticos nunca serán capaces de reducir el gasto o crear cuentas de ahorro. Y los economistas que ingresan al gobierno enseguida se convierten en algo peor que los políticos, se tornan serviciales recaudadores y confiscadores de recursos para el dispendio de la demagogia.

Mientras los gobiernos responsables del mundo estaban asignando recursos para evitar la quiebra de empresas y la pérdida de empleo, nuestro gobierno estaba pidiendo más dinero a las empresas y a las personas. Los gobiernos responsables son lo que crean fondos para emergencias y para tiempo de catástrofes, son aquellos capaces de pensar en el futuro, los que ven un palmo más allá de sus narices.

La pandemia que se originó en China obligó a reducir el consumo de petróleo desplomando los precios en el mercado. China consume 14 millones de barriles diarios, el 13,7% del consumo mundial. A esta reducción del consumo se suma la guerra comercial entre Arabia Saudita y Rusia; ellos incrementaron la producción en una guerra suicida que solo tiene perdedores. Los dos países y el tercero en discordia, Estados Unidos, tienen reservas para hacer frente a la caída de los precios, pero para los países productores dependientes del petróleo es una pesadilla. La Agencia Internacional de la Energía dice que los países productores de África y América Latina tendrán una reducción de los ingresos en un 50% y en el caso de Ecuador hasta un 85%.

No necesitamos que nuestros líderes se disputen el rol de enfermeros sino que presidan equipos de pensadores para encontrar respuesta para las preguntas del futuro. ¿Qué haremos con las empresas que está en peligro de quiebra? ¿Qué haremos con los salarios? ¿Qué haremos con un gobierno sin recursos? ¿Qué haremos con los pobres y los indigentes? Nos haría bien examinar las medidas económicas, junto a las primeras medidas sanitarias, tomadas por el presidente Nayib Bukele de El Salvador: Bono de 300 dólares mensuales a los que pierdan su trabajo durante la cuarentena, suspensión por tres meses de los pagos de servicios de luz, agua, electrodomésticos, hipotecas, seguridad social y luego esos pagos atrasados serán diluidos en tres años.

Cuando se produjo la crisis financiera que estremeció al mundo, todos comentaban que el acuerdo de Breton Woods había sido sobrepasado y que era necesario crear un nuevo orden mundial. Los bancos y las grandes empresas resolvieron el problema y se olvidaron del nuevo orden mundial. Ahora volveremos a ver que el sistema tiene muchos errores y que la realidad nos está obligando a corregirlos.

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