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Ansia de normalidad

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Normalidad Covid

Europa va por la quinta ola del COVID-19 y con la presencia de variantes más contagiosas. A pesar de la vacuna, los gobiernos han debido adoptar medidas restrictivas, especialmente en el turismo de verano. Hay ansiedad por volver a la normalidad.

Foto: Boris Romoleroux – API

La aceleración del proceso de vacunación ha traído cierto alivio a las deprimentes previsiones de la pandemia. Sin embargo, la aparición de nuevas variantes, las recaídas y nuevas olas de contagios, nos devuelven la conciencia de una crisis planetaria de caracteres siniestros. Ecuador, como todos los países, ha sentido el alivio que proporciona la confianza en las vacunas y, con ello, el ansia de normalidad.

 Ya se advierten todas las señales de esa ansiedad: restaurantes y lugares públicos llenos, retorno al trabajo presencial, reactivación de la economía, gente que se reúne y conversa sin mascarillas, los grupos de vacunados que se infunden mutua confianza. El ansia de normalidad es más visible en los jóvenes a quienes ha pesado más el año de los confinamientos. Después de tanto tiempo de vivir encogidos, es natural que provoquen una explosión de vitalidad incluso con muestras de imprudencia.

La pandemia ha mostrado en toda su potencia la dicotomía entre Eros y Thánatos. La pulsión de vida se hace más apremiante cuando nuestra condición de mortales está más presente. El vigor vital de la juventud desea sobreponerse a la condición de caducidad de nuestra naturaleza. De la liturgia católica recuerdo una invocación sobrecogedora: “Agios o Theos, agios athánatos, eleison imas”, santo Dios, santo inmortal, apiádate de nosotros. Nuestra penuria reclama la existencia de un Dios inmortal. La juventud y los más activos y vigorosos adultos sienten, con más apremio el deseo de volver a la normalidad, quieren volver cuanto antes a la vida plena.

Esto explica la impaciencia por dejar atrás la pandemia y la paradoja de la recaída provocada por esa misma ansiedad. Europa va por la quinta ola y no puede dar por superada la pandemia. El virus muta, se esconde, se protege, se repliega y vuelve otra vez; la vacuna tampoco tiene asegurada la victoria. Desde la primera ola, muchos expertos anticiparon que la humanidad sufriría de períodos alternativos de confinamientos y liberación.

El filósofo Edgar Morin, quien acaba de cumplir cien años con extraordinaria lucidez, ve ahora justificadas sus preocupaciones acerca de la incertidumbre. Siempre nos alertó de la necesidad de educar para la incertidumbre, ahora dice que la pandemia le ha enseñado precisamente a “No creer en la perennidad del presente ni en la previsibilidad del futuro. Debemos esperar lo inesperado, aunque no podamos preverlo. La vida se basa en navegar por un océano de incertidumbre, con algunas islas de certeza”.

En los peores momentos de la pandemia han surgido también nuevos negocios, nuevos servicios, nuevos impulsos vitales; la misma vacuna es alguna victoria sobre la enfermedad y esta esperanza que no se amilana es la manera de expresar el triunfo de eros. Dice Morin: “Las probabilidades están a favor de lo peor. Pero, como siempre, lo improbable e imprevisible también es posible. Parece que Tánatos debe ser el ganador. Pero, pase lo que pase, nuestra vida sólo puede tener sentido si nos ponemos del lado de Eros”.

La pandemia ha provocado nuevas virtudes, pero también nuevos peligros para los seres humanos cada día más acostumbrados a ser gobernados y reclamar del poder todas las soluciones. Hay nuevos emprendimientos y nuevas ideas para abrirse paso ante la incertidumbre, hay nuevas formas de penuria, pero también nuevas manifestaciones de solidaridad. 

El poder siente una cierta comodidad con la idea de garantizar la salud, se acostumbra a la facilidad con la que decide confinar y liberar a las comunidades y los gobiernos más prósperos ven garantizado su futuro con el reparto de dinero por miles de millones. Hay nuevas formas de ejercer el poder y nuevas formas de someterse. Ante la pandemia, las expectativas se han reducido, le basta a la gente con tener garantizada la salud y mantener su trabajo. Sin embargo, las manifestaciones de ansiedad por el retorno a la normalidad pueden adoptar nuevas formas de liberación y nuevas formas de protesta.

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