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Misterios del virus y la política

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La pandemia de COVID-19 avanza en el mundo y no solo ha provocado muerte y enfermedad, sino que ha destruido la economía, ha provocado desempleo y amenaza con una revuelta social. Los políticos dan palos de ciego y los ciudadanos se sienten librados a su suerte.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

El confinamiento se prolonga en nuestro país y a medida que se prolonga aumenta la indisciplina y el caos. A diferencia de lo ocurrido en Europa o en Guayaquil, en la ciudad de Quito y otras ciudades el proceso de contagio no fue explosivo, pero ha sido más prolongado. La capital superó ya en contagios a la ciudad de Guayaquil y las autoridades aseguran desde hace meses que el virus está bajo control y que pronto tendremos el pico para empezar a declinar el número de contagios. Ha bajado el número de muertos, pero los contagios aumentan. Esto sugiere que el virus se debilita, que ha mutado en cepas menos agresivas, o simplemente afecta a sectores de la población sanos y jóvenes que desarrollan sintomatologías menos graves.

Nadie pensó que Quito pudiera superar a Guayaquil en número de contagios. El crecimiento explosivo y el número de muertos en la ciudad de Guayaquil se pensó en algún momento que podía deberse a una concurrencia de epidemias: dengue y coronavirus. Sin embargo, llegado a un punto los contagios empezaron a bajar y parece que nadie sabe exactamente a qué o a quién atribuir este resultado. Pudo ser consecuencia de la inmunidad de rebaño, los medicamentos distribuidos por el Comité de emergencia, las pruebas rápidas, o la ciudadanía asustada que se cuidó más y adoptó los mecanismos de defensa recomendados. 

La prolongación de la pandemia provoca varios problemas graves. Rebasa las posibilidades de atención de los sistemas de salud, retarda la recuperación económica, aumenta el desempleo, reduce el temor de los ciudadanos, relaja los cuidados de higiene, distanciamiento social y utilización de mascarillas. El peor efecto tal vez sea que los ciudadanos pierden fe en los científicos y en las autoridades.

A nivel mundial la pandemia acelera el ritmo de contagios a medida que alcanza a países con poblaciones enormes y sociedades que viven en la pobreza y son incapaces de adoptar las medidas de defensa y el confinamiento. China que fue el origen del virus, ha normalizado sus actividades y Europa va retornando a las actividades con controles muy estrictos y con el temor de nuevos brotes que hacen temer una segunda ola. Casi todos los países europeos han abierto las fronteras, han vuelto a las playas y han abierto los lugares de entretenimiento. La mayor parte de la economía se mueve con normalidad y la Unión Europea ha repartido 750 mil millones de euros para paliar los efectos de la pandemia.

Lo que vive nuestro país es la desesperante concurrencia de fracasos: de los sistemas de salud, de la economía, de la política; todo esto prácticamente sin gobierno y con el temor de una eventual explosión social provocada por el desempleo, la penuria de los informales y la incapacidad de los políticos para diseñar una salida. En lugar de proyectos, acciones y remedios, lo que tenemos es denuncias, acusaciones, descubrimientos y encubrimientos de raterías de todo nivel. La política no parece preocuparse del virus y sus secuelas, los candidatos ya están calculando la campaña electoral. Un país que sufre una desgracia tan grande uno imagina que apenas si encontraría alguien dispuesto a tomar la responsabilidad de gobernar; sin embargo, parece que tendremos audaces y vanidosos por docenas que se imaginan en la presidencia de la república.

Si los problemas graves que tenemos son de salud, de economía, de política y la cuestión social, las soluciones tienen que ser integrales. Los candidatos vienen con recetas aisladas de carácter mágico. Algunos son especialistas en macroeconomía y creen que resuelto ese problema se resuelven luego todo. Otros hablan del problema social y el reparto de la riqueza como el fondo del problemas, otros de los recursos naturales o las clases sociales, etc. El que desee ser presidente debe tener la respuesta para resolver todos los problemas al mismo tiempo porque de otra manera no se resuelve ninguno. 

A Jared Diamond, un sabio de  nuestro tiempo, le preguntaron cuál era el problema prioritario, el cambio climático o el holocausto nuclear, y esto fue lo que respondió: “Es como si alguien me pregunta ¿Jared, cuál es el factor decisivo para gozar de un matrimonio feliz? Mi respuesta sería: Tu pregunta me lleva a vaticinar que tu matrimonio acabará en divorcio dentro de pocos años. Si quieres disfrutar de un matrimonio feliz, haz de hacer 37 cosas bien. Si haces 36 cosas bien, pero el sexo no es satisfactorio, o hay problemas de dinero o te llevas mal con tu familia política, estás abocado al divorcio.  El truco está en hacer todas las cosas bien a la vez.”

Si los candidatos aparecen con el viejo cuento de que no hay problema, estaremos perdidos. El negacionismo, la negación del problema es la peor señal. Ahí están Trump, Bolsonaro y López Obrador para probarlo. Tampoco es aceptable que vengan con el discurso de que la culpa es del imperio, del FMI, de la globalización. Si los problemas no son nuestros, entonces la soluciones también corresponden a otros. Si no aceptan que tenemos problemas y que son nuestros y nos ofrecen soluciones posibles, integrales, no están en capacidad de gobernarnos.

Los misterios del virus han complicado mucho nuestras vidas y le han puesto más difícil a los políticos. Ya hemos visto que los brujos de la epidemiología, de la economía, de la política y de las ciencias sociales, se han quedado sin respuestas y por eso muchos gobernantes apelan a la negación del problema, a las mentiras, a las ingenuidades o al silencio y la inacción. Los ciudadanos necesitan guías, pero los guías están ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo, dice el evangelio.

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