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Las monarquías de izquierda

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Los partidos de izquierda son enemigos de todas las formas de monarquía, incluida la monarquía parlamentaria, sin embargo, los gobiernos de izquierda siempre aspiran a quedarse indefinidamente en el poder y rodearse de herederos.

Foto: Flickr Secretaria Comunicación Ecuador

Alexander Lukashenko, el presidente de Bielorusia, es un extraño espécimen de la fauna política. Ha sido reelegido en las elecciones celebradas la semana pasada con abrumadora mayoría del 80% de los votos, sin embargo, desde el día siguiente confronta protestas en las calles. Le acusan de fraude electoral y le exigen que abandone el poder. Trató de contrarrestar las manifestaciones con una muestra de apoyo al gobierno acarreando partidarios en autobuses desde fuera de la capital Minsk, pero los opositores hicieron una manifestación paralela con 200 000 participantes, cuatro veces más numerosa que la concentración oficial.

Lukashenko, de padre desconocido, lleva el apellido de su madre y en su juventud sirvió al ejército ruso. Ya como miembro del parlamento, fue el único que votó en contra de la separación de Bielorusia. Elegido primer presidente del país para cinco años, antes de cumplir su período alargó el mandato dos años mediante una consulta popular y luego, propuso una nueva constitución para aspirar a nuevas reelecciones. Va por la sexta reelección y lleva 26 años en la presidencia; asegura que primero morirá antes que aceptar repetir las elecciones. Lukashenko preside una de esas monarquías de izquierda que llegan al poder mediante elecciones democráticas y luego cambian la Constitución para eternizarse en el poder.

La ingenuidad de la democracia

Ya hemos visto muchos casos, incluso cercanos, de esta mañosa manera de apoderarse de naciones ingenuas en el juego democrático. Chávez hizo su propia Constitución, Maduro cambia leyes e instituciones de acuerdo con las necesidades del día, Morales propuso en consulta popular la eliminación de limitaciones al período presidencial y perdió; sin embargo, pretendió quedarse con el poder. Nuestro propio caudillo Rafael Correa, intentó quedarse con el país encargando una Constitución a su medida, negándose a jurar el respeto a la Carta vigente y nombrando a todos los organismos de control mediante peones políticos que organizaron falsos concursos de méritos. El ejemplo más antiguo es la democrática Cuba donde los líderes de la gerontocracia han ganado elecciones con partido único y liderazgo hereditario. 

Así es la izquierda, aunque tal vez aprendió de la derecha la manipulación de las leyes. Tiene más vocación monárquica que la derecha porque busca siempre todos los poderes de manera personal, indiscutible. Para eso necesita voto obligatorio, aparato de propaganda, control de la información y cárcel para los opositores. Eso es lo que garantizan los caudillos de izquierda, desde Putin, los chinos, Duterte y Lukashenko hasta los mediocres latinoamericanos que han destruido las economías y han pervertido a los pueblos.

Para que la democracia funcione tiene que haber libertad de pensamiento, de información, de prensa y libertad económica. Ninguna de estas libertades está garantizada en las monarquías de izquierda. Tampoco lo estaban en las dictaduras de derecha, porque todas son iguales, las dictaduras de izquierda y las de derecha, aunque a las de derecha se les llame fascistas y a las de izquierda se les apode progresistas.

Los partidos como laboratorios de democracia

Los partidos políticos eran los que cultivaban las ideas de libertad y las defendían en las calles cuando las libertades eran amenazadas por aventureros de izquierda o de derecha. Los partidos eran también los laboratorios de democracia. Solo agrupaciones capaces de aceptar la diversidad de opiniones, construir acuerdos, designar líderes y aprobar resoluciones por consenso, eran capaces de sobrevivir. Cuando los partidos se convirtieron en manadas al mando de caudillos, dejaron de ser democráticos, dejaron de ser idealistas y cayeron en la corrupción política y el sometimiento al dinero.

Es probable que tengamos nuevamente en la política ecuatoriana una segunda vuelta electoral entre dos partidos, uno de izquierda y otro de derecha. Es también posible que otra vez los partidos de derecha, rencorosos, se nieguen a formalizar una alianza para enfrentar a la izquierda. La izquierda ha degenerado en populismo, los académicos y los intelectuales que presumen de ser de izquierda, porque la izquierda es “progresista”, no han tenido vergüenza de arrimarse al populismo, les ha ido mal, pero mayor es el miedo a parecer de derecha. Todas las izquierdas tienen vocación monárquica porque sueñan con el poder total, hereditario y sagrado. La participación en elecciones es el único camino que queda para llegar al poder, pero no pueden eludir la marca autoritaria. En la campaña propaganda mentirosa y apenas llegan al gobierno, nueva Constitución, eliminación de la separación de poderes, control de la información, cárcel para los adversarios y el viejo truco del enemigo invisible: el imperio, la CIA, la oligarquía. Los dogmas de las monarquías de izquierda son la soberanía del Estado, los héroes nacionales, la “participación” popular.

Nunca resolveremos la crisis que vivimos ni con la derecha rencorosa ni con la izquierda monárquica. Si los partidos políticos no pueden regenerarse, tendremos que buscar con qué reemplazarlos. Los gremios, las organizaciones sociales o cualquier agrupación dispuesta a practicar la democracia: libertades, consensos, separación de poderes. Nada de caudillos, nada de corrupción y nada de eternizarse en el poder.

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