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El envés de la política

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Los políticos, en general, son moralistas, pero una vez en el poder se manifiestan legalistas. La ley es menos exigente que la moral y puede imponer castigo; la moral puede censurar, pero no castigar. El populismo amenaza con volver y amenaza también con utilizar el subterfugio de la legitimidad para pasar por encima de la ley.

Foto: Jeremy Perkins – Pexels

La política está indisolublemente atada a la ley. Los políticos dictan las leyes y tienen obligación de cumplir las leyes; la única limitación del poder es la ley. Estos principios solo funcionan en el sistema democrático gracias a la separación de poderes, llamado también de chequeos y balances que impone la mutua vigilancia entre los poderes del Estados. El sistema se pervierte cuando los tres poderes están dominados por el mismo partido político, aunque es democrático suele ser peligroso y proclive a decisiones de conveniencia o abusivas. 

Los gobiernos autoritarios comienzan por dictar leyes a su gusto o con interpretaciones convenientes de la ley. La experiencia de las dictaduras disfrazadas de democracias, dejan ver con claridad en qué momento la democracia deviene en dictadura. El control de la legislación y de la administración de justicia convierte al régimen en dictadura porque convierte la voluntad del gobernante en ley y la justicia en mecanismo de represión. El siguiente paso es manipular los procesos electorales y perennizar la dictadura.

En su fachada la política se presenta con incondicional fidelidad a la ley, pero el envés revela contantes conflictos éticos y falta de integridad. En otras palabras, las declaraciones de los políticos están muy distantes de sus acciones porque ni siquiera cumplen la ley. La distinción entre ley, ética e integridad está muy clara en los documentos preparados por Naciones Unidas para la implementación de la Declaración de Doha contra la Droga y el Delito*. 

Este documento define la ley como un sistema de reglas reconocido por la sociedad y aplicado a través de algún tipo de sanción. La ética, como el intento de comprender la naturaleza de los valores humanos, de cómo debemos vivir y de qué constituye una conducta correcta. La integridad, como la congruencia entre las creencias, las decisiones y las acciones, y el apego constante a los valores y principios.

A la hora de elegir administradores del Estado, con estas definiciones tendríamos la guía correcta; quien esté más cerca de esta práctica ofrecerá más garantías como legislador o gobernante. Los ciudadanos, los medios, los representantes de organizaciones sociales, tenemos que revisar el envés de los políticos y su discurso, revisar su modo de vida, sus principios y valores para saber si están en condiciones de tomar decisiones por nosotros. 

La maldad del populismo no garantiza la bondad del liberalismo

Para la segunda vuelta electoral tenemos dos candidatos con altos niveles de rechazo, según indican las encuestas y la decisión de los electores en la primera vuelta electoral. El 80 y el 68% de los electores prefirió otros candidatos. Algunos quizá porque encontraron su candidato ideal, aunque no tuviera posibilidades de alcanzar la victoria; pero muchos otros simplemente por rechazo a los favoritos de la primera vuelta.

Ambos candidatos deberían cambiar si pretenden perforar ese techo tan bajo. Sin abjurar de los planteamientos que presentaron en la primera vuelta, deberían atender o descubrir lo que buscaban o aspiraban los electores al apoyar a otros candidatos y aceptar lo que rechazan de su propia propuesta.  Cambiar no es fácil, todos los políticos proponen el cambio para el país, pero ninguno propone el cambio de sí mismo. No es fácil cambiar porque los candidatos obedecen a sus propios principios y valores, a una ideología determinada y a un conjunto de apoyos y adhesiones que se convierten también en reclusiones, en sistemas de vigilancia de ideologías o intereses.

Los candidatos que llegaron a la segunda vuelta responden al populismo de izquierda uno y al liberalismo el otro, ambas tendencias políticas tienen fuertes niveles de rechazo. El populismo de izquierda concentra los rechazos en niveles más altos en educación y condiciones socioeconómicas; la derecha liberal en sectores populares. 

El rechazo al candidato de la izquierda populista obedece a la mala experiencia con el gobierno anterior, a los terribles antecedentes de los gobiernos de la misma tendencia, a los altos niveles de corrupción, a la presencia de figuras condenadas por la justicia o huidos por temor a los procesos judiciales, a los nexos con líderes y gobiernos corruptos y autoritarios. El rechazo al candidato de la derecha liberal obedece al resentimiento de la mayoría pobre por la desigual distribución de la riqueza, a los antecedentes de rescates bancarios y empresariales con dineros públicos, a la desigual aplicación de la ley y los privilegios otorgados al sector elitista de la sociedad, a la evasión de impuestos y a la desigual capacidad de influencia en el gobierno. 

La campaña negativa, la campaña del miedo no es suficiente. La maldad del populismo no garantiza la bondad del liberalismo y viceversa. El populismo debería hacerse potable, civilizado, democrático. El liberalismo debería hacerse solidario, sensible, abierto. ¿Cuánto estarán en capacidad de cambiar y cuánto querrán cambiar? Es difícil de saber y de creer, por eso los cambios deben ser profundos y evidentes. Los cambios pueden decepcionar a sus seguidores en el caso de la derecha liberal, y pueden ser considerados una grave traición en el caso de la izquierda populista. 

La ética se predica, pero no se practica

Los políticos tienen la tendencia al moralismo y los más corruptos son los más moralistas. Seguramente saben que los electores viven sujetos a valores, costumbres y principios religiosos que condenan la corrupción, la mentira, la hipocresía y que no pueden tomar como guía y ejemplo a personas que irrespetan estos valores. La devaluación de la política y la degradación de los valores han conducido al abuso de los políticos corruptos y a la tolerancia de las sociedades cada vez más nihilistas. Los políticos han aprovechado el poder para garantizar la impunidad y las sociedades han perdido la fe en los objetivos altruistas y eligen vengadores de sus resentimientos antes que estadistas capaces de inspirar y mejorar.

En el discurso político se escucha permanentemente que es el estricto cumplimiento de la ley lo que inspira las decisiones de gobierno, pero la realidad muestra que todo se reduce a un juego de intereses y que los jueces y organismos de control no se dan abasto para investigar y sancionar los abusos. Los políticos corruptos han puesto en circulación juegos de palabras para enmascarar la corrupción. La politización de la justicia y la judicialización de la política, son fórmulas para negar la aplicación de la ley y la sanción de los jueces. Los políticos investigados por la justicia o por el periodismo se declaran perseguidos políticos, otra fórmula para enmascarar la corrupción y confundir a los ciudadanos. 

La ética tiene que ver con los modos de vivir, con la realidad; no está en el orden de las ideas o las declaraciones. Los políticos han convertido la ética en declaraciones vacías que conviven con prácticas opuestas. La ética, como señalamos, es el intento de comprender la naturaleza de los valores humanos, de cómo debemos vivir y de qué constituye una conducta correcta. Por eso se interesan los ciudadanos en la vida privada de los políticos. La regeneración necesaria de los partidos políticos podría empezar por el estudio de la ética y su relación con la política, el examen de los problemas del momento a la luz de la ley y la ética. Las responsabilidades de los políticos y de los ciudadanos se han diluido, se considera que el examen del comportamiento está reservado para las personas que tienen alguna creencia o religión. La política ha quedado reducida a la habilidad para presentar una buena fachada pero el envés resulta impresentable.

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