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El abogado del diablo (rubio)

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Es fácil escandalizarse con episodios como el asalto al capitolio en Estados Unidos y el empecinamiento del presidente Trump hasta límites inaceptables. Para entender la crisis de la democracia en Estados Unidos conviene hacer de abogado del diablo, del diablo rubio.

Foto: Tia Dufour – Flickr The White House

Donald Trump es un ganador, conquistó la candidatura presidencial viniendo de fuera del poderoso partido republicano, pasando por encima de avezados políticos profesionales que habían hecho su vida en Washington y que detestaban al advenedizo, un hombre de la farándula, casi un ridículo de la política. Sin embargo, el objetivo de la política es llegar al poder y para reconquistar el poder los republicanos necesitaban un ganador como Trump. Tuvieron razón cuando, tragando sapos, adoptaron como candidato a un atila de dudosa reputación en los negocios, de bronca educación y cultura, de un ego descomunal incapaz de respetar personas o instituciones que se crucen en su camino. Los republicanos volvieron al poder y se sometieron a su figurón.

Las promesas del populista

Hacer América grande de nuevo, hacer crecer la economía, imponer su voluntad en el mundo, eran las promesas del populista más grande que ha tenido Estados Unidos. El precio a pagar fue alto. El magnate disfrazado de político chocó con la prensa, rozó la traición a la patria coqueteando con los enemigos más importantes de Estados Unidos, convirtió en figura mundial a un payaso como Kim Jong-un, se alejó de la OTAN, le quitó los recursos a la OMS, despreció los acuerdos para reducir el calentamiento global y alteró el comercio mundial. Sin embargo, todo eso tuvo la sintonía y el respaldo del americano promedio y no iba a bajarse de su cabalgadura a medio camino; decidió que ganaría la reelección para permanecer en el poder.

Trump venció a todos

Con enemigos como el partido demócrata, el establecimiento político de Washington y la prensa, parecía que no llegaría a las elecciones, que caería la víspera en un juicio de destitución en el cual sus enemigos cobrarían venganza. Pero Trump es un ganador y el juicio político se convirtió en su gran victoria.

En las elecciones se convirtió en el candidato republicano que más votos ha alcanzado en la historia de Estados Unidos y el segundo en la historia de los dos partidos. Su retador, Joe Biden, le superó con tres millones de votos. Trump despreciaba a su retador, un vicepresidente discreto, anciano y con algunos escándalos a reventar en la campaña electoral. Trump nunca concibió la posibilidad de una derrota ante un contrincante débil y, tal vez, estuvo genuinamente convencido de que le hicieron fraude.

¿Por qué no aceptó la derrota? 

Un derrotado no puede ganar las elecciones, Trump no ha renunciado a la idea de recuperar el poder. Si no ha sido posible obtener la reelección, puede convertirse en el azote de Joe Biden y volver como candidato en las elecciones del 2024. Sigue siendo un ganador para los 70 millones de electores que creyeron en él y que seguirán convencidos de que le robaron la victoria. 

Los líderes republicanos que le apoyaron hasta el final lo hicieron advirtiendo la posibilidad de beneficiarse de ese apoyo político gigantesco y la posibilidad de volver al poder en la próxima elección. Incluso el retroceso de última hora de Donald Trump al abandonar a quienes asaltaron el capitolio y advertirles que pagarán su precio, solo es la confirmación de su inquebrantable decisión de volver en la próxima elección y evitar que le hagan responsable del capítulo más vergonzoso de la historia electoral de los Estados Unidos.

Los culpables de la crisis

Los demócratas, el “Establishment”, la prensa, dejaron pasar muchas cosas y solo cuando parece tarde, a dos semanas de terminar su mandato, piden la aplicación de la Enmienda 25 para retirarle del poder por ser un riesgo para la institucionalidad y quitarle la posibilidad de volver a ejercer cargo público. Saben que no pueden dejar suelto un búfalo herido con una capacidad incalculable de destrucción. Pero no tienen los votos necesarios y la otra estrategia sugerida, la de iniciar un juicio político después de que haya dejado el poder, le permitiría mantener su vigencia política y, eventualmente, lograr otro triunfo político que le confirme como un ganador.

Solo haciendo de abogado del diablo se puede advertir las dimensiones de este caudillo populista y el grado de peligro para la democracia no solo de Estados Unidos sino del mundo entero. Los caudillos populistas de izquierda y de derecha son iguales, hacen lo mismo y provocan lo mismo. Pero no son ellos los únicos culpables de la crisis de la democracia en el mundo, son también culpables los partidos que necesitan, cultivan y se someten a estos megalómanos y son culpables los pueblos que creen que eligiendo rufianes como sus representantes van a mejorar sus condiciones de vida.

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