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Los trapos sucios de la Asamblea Nacional

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La investigación de irregularidades cometidas por las asambleístas Rosa Cerda y Bella Jiménez, ha obligado a repensar el difícil equilibrio entre disciplina partidista y libertad personal de los afiliados a un partido político. 

Foto: Fernando Sandoval – Flickr Asamblea Nacional

La política no es valorada y los políticos no son queridos, eso ya lo sabemos; la pregunta es si la Asamblea Nacional rescata la política o le hace daño a la política. 

En el Parlamento se han hecho las grandes figuras de la política, nacional e internacional, porque es el escenario más natural de la actividad partidista. Allí se estudian los problemas nacionales que, en último término, se transforman en leyes; allí se descubren los grandes oradores y figuras carismáticas; allí se forjan los mejores negociadores y los expertos en el diálogo político. 

Los partidos políticos llevaban al Congreso sus mejores figuras, sus jóvenes más prometedores, los más estudiosos y trabajadores. En nuestro país ese tiempo quedó atrás. 

Ahora los partidos llevan a la Asamblea Nacional a los que más han aportado en la campaña, a los señoritos mejor emparentados, a los vanidosos y audaces, a las figuras populares de los deportes, la farándula y el periodismo. El resultado es la baja de nivel intelectual y, por desgracia, el incremento de la corrupción.

La depuración de la Asamblea Nacional 

La Asamblea tiene una Comisión de Ética pero nunca ha servido para depurarse a sí misma. Sus integrantes actúan con el lema “entre bomberos no se pisan las mangueras” y entre ellos se socapan las pequeñas travesuras que todos conocen y nunca se investigan. Las declaraciones de bienes y otros instrumentos diseñados para detectar la corrupción forman parte de las meras formalidades que deben cumplir.

Es probable que algunos crean ingenuamente que hay que evitar escándalos para no dañar más la imagen de la Asamblea y la política. Otros pensarán que las denuncias son malquerencias interesadas de periodistas y opositores políticos que filtran secretos ajenos por indignación, por envidia o por venganza. Por los Congresos han pasado sospechosos de narcotráfico, de corrupción, de calumnia, de estafa. Han ido para lavar su imagen y ensuciar la imagen de la institución.

Lo que más daño ha hecho al Parlamento ha sido la corrupción. Siempre denunciaron los propios políticos la compra-venta de votos, el chantaje al gobierno para la aprobación de leyes, la venta de cargos públicos, la venta de puestos en el poder legislativo. 

Los casos que tenemos ahora no son nuevos, aunque Rosa Cerda y Bella Jiménez sean figuras nuevas, los partidos que las llevaron a la Asamblea no son nuevos, son Pachakutik y la Izquierda Democrática. 

La diputada Cerda aconsejaba que roben bien, para que no se dejen ver, y Jiménez ha seguido la mitad del consejo, al parecer, ha robado en la venta de cargos, pero se ha dejado ver. Los partidos han actuado de manera diferente ante las denuncias y han tratado de evitar el escándalo antes que de sancionar la corrupción. No hay códigos de ética claros ni en los partidos políticos ni en la Asamblea Nacional.

Foto: Flickr Asamblea Nacional

El dilema entre disciplina y libertad

PachakutiK ha actuado con cinismo al perdonar a Rosa Cerda y darle un castigo simbólico: unos días de licencia y una orden de silencio. 

La Izquierda Democrática ha expulsado a Jiménez del partido, pero no le puede sacar de la Asamblea. 

Los casos de Cerda y Jiménez, resuscitan el debate sobre la disciplina partidista y la posibilidad de retirar de la Asamblea a los expulsados. Desgraciadamente, no es la primera vez que se discute el tema y siempre se presenta como una disyuntiva de dos errores: si el partido puede expulsar a los diputados, el director del partido se convierte en dictador y adquiere un gran poder de negociación con los diputados convertidos en borregos. Si el partido no puede expulsar a los diputados, pierde autoridad, no se hace responsable de las corruptelas de sus afiliados y los más audaces se convierten en tránsfugas que migran de partido en partido según las conveniencias.

Debido a este ir y venir de la disciplina a la libertad y viceversa, cuando estamos en un extremo queremos el otro y ninguno sirve. Las soluciones parciales no son de utilidad, es necesario un sistema coherente que concilie la necesidad de disciplina con libertad de conciencia y libertad de los representantes. 

Solo mejoraremos cuando los partidos estén obligados y acepten las condiciones mínimas de una organización política: 

  1. La necesidad de contar con afiliados reales y una base de datos actualizada;
  2. La designación de autoridades del partido democráticamente y con limitaciones para evitar dirigentes vitalicios;
  3. La designación de candidatos de entre los afiliados;
  4. La obligación de los partidos de organizar talleres sobre la realidad nacional y la democracia; y,
  5. Retirar la asignación de dinero público a los partidos que no cumplen las obligaciones. 

El partido puede expulsar a cualquiera de sus miembros pero cumpliendo procedimientos y bajo la vigilancia de las autoridades electorales. Si la falta es grave, la primera sanción debe ser la pérdida de su cargo porque es el partido el que presenta los candidatos a consideración de los electores. Y solo partidos nacionales deben presentar candidatos para cargos de carácter nacional.

Una revisión del Código de la Democracia debe empezar por las normas más generales y por los partidos políticos que son los que se ocupan de la cosa pública. Las revisiones del Código de la Democracia deben ir mejorando la organización y la actividad de los partidos que deben ser los primeros en sancionar los actos de corrupción. La corrupción es lo que más daño ha hecho a los políticos y a la imagen de los partidos.

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