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Bolivia: ¿Por qué el MAS vuelve al poder un año después de su caída?

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No estaba dentro de los cálculos, pero el MAS volvió al poder mucho antes de lo esperado y con nuevos líderes, como Luis Arce. Un análisis sobre las claves que lo llevaron al poder.

Foto: Flickr Casa América

Los resultados de las elecciones presidenciales del 18 de octubre no admiten dudas: Luis Arce Catacora del Movimiento al Socialismo es el nuevo presidente electo de Bolivia para el período 2020-2025 y David Choquehuanca el vicepresidente. El MAS vuelve al gobierno poco menos de un año después que Evo Morales renunciara a la presidencia y abandonara el país hacia el exilio.

Los datos de las dos principales encuestas difundidas poco después de la medianoche son coincidentes. Arce consiguió más del 50% de los votos, con una diferencia de más de 20 puntos sobre el segundo y no necesitará de ningún tipo de acuerdo en la Asamblea Legislativa Plurinacional para asegurar la gobernabilidad.

El candidato del MAS habría ganado en 5 de los nueve departamentos del país, Carlos Mesa en tres y Luis Fernando Camacho en uno, lo que garantiza al nuevo mandatario una cómoda mayoría.

En su primera intervención como presidente electo, Arce ofreció gobernar para todos, en “unidad” y sin “odios”. Agradeció a la gente por el respaldo y se cuidó de no mencionar en su discurso al expresidente Evo Morales.

¿Qué fue lo que pasó para que un partido que parecía derrotado y en retirada recobrara centralidad con semejante rapidez? Esa es una de las preguntas sobre las que girará el análisis en los siguientes días.

Algunos atribuyen la derrota catastrófica de las fuerzas democráticas al cuestionado desempeño del gobierno de la presidenta Jeanine Añez, sobre todo por la suspicacia que generaron varios hechos de presunta corrupción durante la gestión de la crisis sanitaria– e irregularidades detectadas en dos de las principales empresas estatales: Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL).

La asociación del gobierno de Añez, emergido en línea de sucesión constitucional luego de la caída de Evo Morales, con hechos que precisamente habían estado en el origen del desgaste de la gestión anterior, posiblemente marcó al conjunto de la oposición al MAS y no permitió que se consolidara un discurso diferenciador de renovación democrática y transparencia en el ejercicio de la función pública.

Sin líderes de recambio que pudieran articular la unidad e interpretar la fuerza, identidad real y narrativa del movimiento cívico urbano que fue capaz de acabar con 14 años de gobierno de Evo Morales, los adversarios del MAS fueron incapaces de crear la “ilusión” alternativa a un proyecto reivindicatorio, revanchista y polarizador, que mantuvo su vigencia y permitió una vez más alcanzar la fibra emotiva de la mayoría de los votantes del país.

Con la “humildad” de la “víctima” de un “golpe cívico militar”, del “perseguido” que reclama justicia desde el “exilio”, del “indígena” que advierte la amenaza de ser “excluido” nuevamente de la vida nacional, el MAS rearmó un rompecabezas discursivo que le permitió enarbolar nuevamente las banderas y proyectar los símbolos con los que históricamente había cautivado a la población.

Entre la arrogancia y la timidez, el otro bloque se concentró más en el ataque que en la propuesta, en el viejo enemigo antes que en la nueva amenaza, en los tecnicismos y no en un lenguaje de seducción. Para colmo, además, la elección trocó la unidad de octubre de 2019 en la dispersión de octubre de 2020.

Evo Morales recibió todos los golpes, mientras Luis Arce se dedicaba a construir distancias con el “jefe”, a interpretar antiguas canciones revolucionarias y David Choquehuanca mantenía el anclaje indígena con ofrendas a los achachilas a orillas del lago Titicaca. Fue casi como volver a la mística sesentera del rebelde urbano, universitario de clase media, que se da la mano con el indio para armar una nueva re- vuelta.

El MAS sabía que la “propuesta” no era lo más importante, sino solo el “gesto”, la “teatralidad”, la “interpretación” de un guion adecuado y “ganador”. Para llegar el gobierno había que recuperar primero el poder y parece que siguieron ese camino.

Las tareas de Arce son tal vez más complejas que las de Evo Morales, porque tendrá que administrar un país sumido en una profunda crisis económica. Las previsiones señalan que la economía decrecerá en casi un 11% del PIB, la peor caída de la historia, y con limitadas posibilidades de recuperación considerando que los precios del gas – la principal fuente de ingresos del país – son considerablemente más bajos, las reservas

menores y que los mercados tradicionales -Brasil y Argentina – negocian en términos ya no tan ventajosos para Bolivia.

Desde el punto de vista político, Arce tendrá que lidiar con una nueva “media luna” opositora, que abarca los departamentos de Santa Cruz, Tarija, Chuquisaca y Beni. A diferencia de Morales, que destruyó los liderazgos en esas regiones y trabajó en inesperadas alianzas con actores privados locales, el nuevo mandatario posiblemente deba buscar nuevas fórmulas de aproximación y equilibrio, de coexistencia no conflictiva y respetuosa de los disensos.

Entre los dilemas del nuevo presidente figura el saber cómo administrará su relación con Evo Morales, el expresidente y jefe de su partido, quien podría convertirse rápidamente en un compañero “incómodo”, lo mismo que sus ex colegas de gabinete, hoy asilados en la embajada de México, sobre quienes pesan varios procesos penales.

Arce deberá corregir errores de su antecesor en el rutinario intercambio con la prensa. Los atentados a la libertad de expresión, la persecución de periodistas, el copamiento de medios y otras acciones que le costaron a Morales una fuerte corriente de opinión crítica, son antecedentes delicados que deben merecer una valoración diferente del presidente electo, lo mismo que el énfasis en el desgastante culto a la personalidad que caracterizó la comunicación del gobierno Morales/Linera.

Paradójicamente, Arce será ahora el heredero de los errores de su propio partido. El deterioro institucional, la partidización de la justicia, el sometimiento de los otros poderes son algunos de los temas que figuran en la lista roja de un legado controversial, lo mismo que la ideologización de las relaciones internacionales que tanto daño le hizo a Bolivia.

Para los principales partidos de la “oposición”, que en realidad se alistaban para ser gobierno, queda un largo y doloroso camino de reflexión y autocrítica. La tarea más importante será crear un proyecto político, no exclusivamente electoral, con liderazgos renovados, capaces de interpelar al nuevo gobierno desde un discurso moderno y democrático, alejado de la radicalidad conservadora y religiosa que pareció imponerse en el mensaje de los “cruzados” del siglo XXI.

No estaba dentro de los cálculos, pero el MAS volvió al poder mucho antes de lo esperado y con nuevos líderes. El tiempo dirá si bajo la conducción de Arce, el partido azul fortalecerá su perfil democrático o mantendrá los viejos vicios. Ya se verá qué ocurre en los próximos cinco años.

  • El autor es periodista, analista y Director de la agencia Rodríguez-Baudoin, de Bolivia.
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