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El homenaje a 33 000 víctimas que se fueron sin una explicación, sin un adiós

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El maestro Jorge Oviedo rindió homenaje, junto a la Orquesta Ciudad de Quito, el Coro Mixto Ciudad de Quito y las solistas Chinatsu Maeda y Erika Guamán, a las víctimas de la COVID-19. Fue en la iglesia de San Francisco.

La niebla cae sobre San Francisco. Una tenue llovizna ampara a una plaza vacía, desolada, donde se marcan los recuerdos de quienes por ahí caminaron y no volverán. ¡Maldito Covid!

Las puertas se abren y, de a poco, la gente aparece entre la niebla con sus trajes escondidos bajo abrigos. El frío de Quito está en el homenaje a las víctimas mortales de la COVID-19. Es una creación del maestro Jorge Oviedo, con la participación de la Orquesta Ciudad de Quito, el Coro Mixto Ciudad de Quito y las solistas Chinatsu Maeda y Erika Guamán. Es el “Réquiem 20”, en una noche inolvidable, para recordar y que recordaremos.

La muerte vuelve a tener significado en San Francisco. La muerte sacudió al mundo entero. El virus se extendió por el mundo sin que nadie, en principio, entendiera qué sucedía o cómo cuidarse para no ser contagiado. Las teorías llegaron, las preguntas y cuestionamientos también, pero no había una respuesta ante lo que el mundo estaba viviendo. 

Más de cinco millones de personas han muerto en espera de una respuesta, de una explicación. Murieron sin que sus familiares pudieran hacerles una despedida adecuada. En Ecuador se apagaron más de 33 000 vidas.

“Concédeles el descanso eterno”. “Líbrame, Señor de la muerte eterna”. Pánico. Miedo. Incertidumbre. La pandemia trajo consigo, no solo enfermedad y muerte, sino también consecuencias para quienes vieron a los suyos partir. Para quienes vieron sus hogares desmoronados. Para quienes vieron sus casas como prisiones e, incluso, como centros de tortura diaria. La pandemia sacudió al mundo entero. La pandemia mató. La pandemia se llevó a seres queridos y hoy, lo único que nos queda es rendirles un homenaje.

Quizás fue uno o quizás toda una familia. Los casos iban en aumento conforme pasaba el tiempo. Las medidas que buscaban evitar la propagación parecían no funcionar. ¿Cuánto tiempo estaremos así? Una pregunta que, hasta hoy, no ha podido ser contestada.

Para unos la muerte es el final, para otros el inicio. Para quienes vieron partir sin una explicación, sin poder hacer nada, la muerte volvió a ser una sombra de miedo, incertidumbre y pánico.

Ahora podemos ver, así sea a lo lejos, luz y libertad.

Una nueva normalidad le espera al mundo. La vacuna llegó y con ella el alivio de muchos. En 20 meses la vida dejó de ser lo que era. En un abrir y cerrar de ojos todo cambió. La vida ahora es distinta. La muerte también.

Volver no será fácil, pero es un paso que debemos dar. Volver a vivir. Volver a compartir. Volver a reír. Volver para seguir adelante por quienes siguen aquí y siguen en la lucha diaria.

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