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El Centro Histórico sufre su primer infarto

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Este sector, que guarda la identidad de la capital, va camino a una degeneración que tiene a sus comerciantes y habitantes furiosos y sin esperanza. Una crónica.

Fotos: Gianna Benalcázar – CCQ

La Biblia está abierta sobre el mostrador. Las páginas maltratadas de tantas lecturas, son recorridas por los dedos del anciano de 83 años. Jaime Totoy lleva la mascarilla debajo de la nariz. Busca los pasajes sobre la resurección de Cristo y de los muertos. 

El local, en la calle Venezuela y Mejía, se llama Shoes Americano. Luce polvoso. Sus alfombras están viejas. Las perchas no están llenas. Y ahora menos. Jaime Totoy fue asaltado en su local minutos antes. Sus manos tiemblan. “Qué pena decirle, pero hay que decir las verdades. Estamos peor que quedar en la calle. Recién acabo de mandar un ladrón porque me robaron cuatro pares. No hay policías”, dice desesperado.

En los últimos dos días no ha vendido nada. Y debe pedir ayuda para subistir. “Señor, por favor… Yo no soy político, soy hombre de a pie. No tengo ni qué vender. El local tiene 50 años. Todo mundo andamos mal, los almacenes quebrados. Porque no hay ventas. Dicen que hay gobierno… pero no. ¡No hay Señor! No estoy insultando a nadie…”, cuenta con desazón. 

Jaime Totoy vive la crisis del Centro Histórico. Este sector de 376 hectáreas y con más de 40 000 habitantes, que guarda la identidad de la capital y declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1978, sufre su primer infarto. 

La pandemia, mezclada con el confinamiento, para evitar contagios, dejó un sector huérfano de los habituales transeúntes y movimiento comercial de este sector. Pero además, un serio problema con las ventas ambulantes, la delincuencia, cierre diario de locales, mendicidad, alcoholismo… hasta de inseguridad para los políticos que mandan, y tiemblan, desde ese sector. El Centro está cercado por vallas y concertinas que se cierran totalmente ante el aviso de marchas de manifestantes descontentos por la actual situación ecónomica. Fabrican una burbuja relativamente segura. Pero es como vivir una guerra.

Las 130 edificaciones monumentales, su arte pictórico, han quedado como unas tristes fachadas de pocos admiradores. Los transeúntes, cabizbajos, se santiguan frente a las piedras magistralmente talladas. Otros ofertan productos, hacen pequeñas filas para las entidades bancarias o tradicionales farmacias. A las 16:00 muchos de los locales del Centro se cierran para los visitantes. 

Y quedan pocos que siguen su camino entre las fachadas con balcones llenos de guaraguas. Aunque esa suspensión de actividades no es debido al anuncio de nuevas restricciones gubernamentales por la alta cantidad de contagios, sino porque ya no hay ventas. Así lo testifica Ricardo Sánchez, propietario de un restaurante ubicado en la calle García Moreno y Sucre. “La situación es sumamente crítica. La delincuencia se está tomando radicalmente el Centro Histórico. Por la tarde no hay nada, ni nadie”, dice mientras se acomoda la mascarilla oscura.

Caminando por la Guayaquil

La mayor arteria vial, la calle Guayaquil, está cerrada por trabajos de repavimentación. Esa vía es históricamente vital, la más larga, la que une el parque de La Alameda con la Plaza de Santo Domingo. Desde esa calle, en la segunda mitad del siglo pasado, se podía observar el Quito pujante, el comercial y el financiero. 

Ahora, el sonido de la maquinaria que fabrica el concreto es ensordecedor. La mezcla rellena la vía por donde pasarán vehículos y el trole. Pero a sus costados hay decenas de locales cerrados. Panaderías, locales de electrodomésticos, almacenes de ropa, relojerías, ya no abrirán más. Ahora parece desahuciada, agonizante. Hay puertas cerradas y pocos caminantes.  

Los trabajos de repavimentación ya están al frente del portón de uno de los locales más antiguos del sector, la Heladería-Restaurante San Agustín. Sigue abierta luego de 160 años pese a que sus ventas han bajado un 82%. Así lo muestra en su computador Andrés Chaguaro, gerente de ese tradicional restaurante quiteño, quien viste con el traje de cucurucho. El salario del personal se redujo en un 50% para mantener los puestos de trabajo. Y ha contado 26 locales vecinos que ya quebraron. 

Asegura que no cerrará. Hará todo lo posible por mantener abierto el restaurante. Incluso, tiene en mente abrir una sucursal porque presiente que la gente no regresará al Centro por inseguridad y miedo a los contagios de COVID-19… “El proceso que se vive llevará a una degeneración del Centro. Se necesita de control del alcohol no legalizado, puntas, porque hay muchas personas en estado de ebriedad. La gente sale a mendigar, a pedir, a tomar. Se pueden crear talleres con la empresa privada para que esa gente se pueda reactivar”, propone.

Calle arriba, Daniel Laque está de pie en el portal de su almacén donde oferta de todo. Mira a la Guayaquil vacía. El local tiene 80 años, de los cuales ha trabajado 40. El virus lo fregó, dice. “Y el Alcalde decidió abrir la calle justo en esta época y nos tendrá así supuestamente 60 días. Pero ya conocemos como son los trabajos… La calle todavía resistía. Es bastante absurdo. Es que cuando hacen negocios… hacen negocios”, ironiza el comerciante. 

Le estorba la mascarilla, la manipula mientras habla. Antes de dar una sentencia, la acomoda nuevamente. “Veamos qué pasa. Menos mal el local es propio. Si arrendara, ya hubiera cerrado. El almacén ahora no da para vivir. Estamos sobreviviendo de los ahorros para pagar todo, hasta los impuestos”, dice el comerciante.

Locales que cierran a diario

En la calle Bolívar, Irma Poma barre su local. La mujer de 42 años renovó al mercadería para fiestas infantiles y afiches antes de la pandemia. Se endeudó. Pero ya no puede más. Abrió el 3 de junio pero las ventas no logran generar el suficiente dinero para pagar la renta. 

El zaguán le cuesta USD 300 mensuales. Vende ocho dólares por día. Y la decisión es fácil pero durísima: dejar el local para embodegar la mercadería. Dice que así estan muchos de sus vecinos. Ella está indignada. Se siente abandonada por las autoridades.

Jhofre Echeverría, presidente del Buró del Centro Histórico, conoce del ánimo de las personas que conviven en el Centro. Algunos furiosos y otros sin esperanzas. Advierte que esta situación no es únicamente el resultado de la pandemia, sino de unos nueve años de desidia y cambios constantes de planes municipales. 

Desde esa organización han pedido un pronunciamiento del Municipio. En especial, que ofrezca facilidades para el pago de arriendo de inmuebles a cargo del Cabildo. El problema a mediano plazo es que las casas que sean desocupadas, ocasionarán gastos en seguridad y costos fijos, como los servicios básicos. Además, está en camino la elaboración de una propuesta conjunta, con dirigentes de varios sectores. 

La hija de Irma, Angie, atiende a un cliente que pregunta por los afiches, mientras ella cuenta el problema con el pago del arriendo y cómo el dueño del zaguán le pidió que ya lo desocupe. “Hay mucha injusticia. Los políticos nos dicen una cosa pero la relidad es otra. Ecuador es un país hermoso pero el hombre mismo se encarga de acabarlo. Es un país lleno de rateros y cada vez llega un presidente, roba mas, y la gente al hueco”, comenta dolida por su situación.

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