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Los cuenteros de tarima

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La calidad de la política está cuestionada. Hay candidatos que ofrecen lo imposible por alcanzar el poder… y son elegidos. Lea está reflexión sobre la campaña.

Foto: Flickr Consejo Nacional Electoral

En una sociedad sin el menor criterio ni cultura política, los negocios electorales prosperan. Candidatos que no tienen ni la menor idea de en qué país viven ni de los problemas estructurales que afectan a nuestra sociedad, están en la búsqueda de una palestra pública para pescar a río revuelto a los incautos electores, presa de su engaño. A ellos se los puede llamar los nuevos cuenteros de Muisne.

Partidos y movimientos políticos no se quedan atrás. Estos se forman, se restructuran y se venden al mejor postor, para luego realizar alianzas sin impórtales su ideología. Su único objetivo es llegar al poder para recuperar la inversión de su millonaria campaña o pagar a sus acreedores con suculentos contratos. ¡Qué viva la corrupción y el lavado de dinero!, como dice una canción popular: “ese es mi pueblo huevón”.

Ya no importa que los candidatos no tengan preparación académica ni experiencia en la administración pública. Eso es lo de menos, porque se lo compensa con un cuartel de asesores pagados por el mismo “pueblo huevón”. Ellos solo necesitan bailar bonito, trabajar en algún programa de televisión, ser parte de la familia de algún conocido o haber sido futbolista. Tampoco importa si no sabe expresarse bien o escribir una estrofa. Cuando llegan al poder materializan su emprendimiento electoral para salir de deudas.

Como el “pueblo huevón” no tiene ni idea de lo que se requiere, se ilusiona con propuestas descabelladas del cuentero político, que las hace parecer coherentes. Ahora mismo estamos ante una lluvia de incongruencias, de planes de gobierno que no se sabe de dónde salieron, de propuestas que sorprenden por su falta de sentido, de razonamientos tirados de los pelos.

Uno por ahí propone dar 1 000 dólares sin siquiera saber que eso es peculado y sacar oro de los celulares para mejorar la economía nacional. Otro quiere vender agua. Un tercero quiere pegarse una chuma con todos si llega a Carondelet. Otro más plantea un millón de empleos en el campo sin saber siquiera lo que se necesita para generar un negocio agrícola y si descubren sus ilógicas propuestas, dice que le escopolaminaron.

Nuestro país se merece los políticos que elegimos, y el pueblo merece los fantoches electoreros que dicen representar y trabajar por y para solucionar las necesidades sociales. El cuentero de Carondelet y el de Muisne se estarán revolcando de la risa viendo la ingenuidad de una sociedad de ilusos que alguien prediciendo estas elecciones en una canción nos definió “pueblo huevón”.

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