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¡Vacúnate, mijito!

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La deshumanización es contagiosa. Es parte de una complicidad social que degenera en corrupción. Lea este análisis.

Foto: Boris Romoleroux – API

Un escándalo vergonzoso, la vacunación de dos jóvenes “influencers”. Hecho aupado por el papá de Salomón, dónde también salió beneficiada su novia, María del Alma. Jóvenes que no merecen los nombres que tienen: al primero, por faltarle la sabiduría y a la segunda, por desalmada. Sin duda, la desesperación de un padre por proteger la vida de su hijo y de quien comparte su afecto condujo a este desprecio por los que no tienen las mismas oportunidades. 

Tengo dos hijos, el menor vive en Cuenca y cuando se contagió de COVID-19 no pudimos estar con él; el mayor es un hombre fuerte con muchas cosas por hacer en la vida. Sí, la vacuna es un asunto de vida o muerte por lo que tomar la oportunidad parece lo más razonable. 

Como padres es difícil reconocer cómo, incluso acciones afectuosas tienen consecuencias dolorosas. Si no podemos pensar en los abuelitos y abuelitas mendigando en la calle, en los niños de padres migrantes bajo este cielo maldito, en las enfermeras que dejan a sus hijos solos, en la gente que recoge la basura frente a nuestra casa, en los profesores que desesperadamente necesitamos que regresen a clases porque, a veces, es el único lugar donde los niños tienen un espacio de socialización y afecto, entregamos a nuestros hijos una ciudad como la que vivimos.

La deshumanización es contagiosa, se extiende con estas acciones que deterioran el tejido social. Probablemente, ahora, estamos tranquilos porque sorteamos el peligro, el hambre el frío, incluso al virus; sin embargo, el costo del deterioro de la dignidad y la honestidad es el peligro del azar.

Un día, con todo y vacuna, un chofer “profesional”, de los que abundan, puede estrellar su camioneta o autobús contra el transporte de nuestros hijos. No es descabellado lo que escribo, los accidentes de tráfico, según el Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos, en el año 2019, son la principal causa de muerte en personas entre 18 y 29 años con 1 054 defunciones. Esto ocurre por la misma actitud de desprecio hacia la vida del otro.

Si no es un accidente, puede ser un asalto que termina con un balazo y la incapacidad permanente o la muerte. No es la pobreza, únicamente, la culpable, si esto fuera cierto, en cada esquina la gente que mendiga estaría armada. Steven Pinker, en su libro Elogio de la Ilustración, señala que la principal causa de la violencia es la falta de justicia y de una policía ecuánime y ligada a la comunidad. 

El elemento en común entre las dos causas es la complicidad por inacción; es decir, un par formado por la apatía moral y la proyección psicológica que consiste en echar la culpa de nuestras carencias a la sociedad, a los otros. 

Culpamos a la corrupción de como está el país, pero las autoridades, funcionarios, empleados corruptos, todos ellos tienen familias que lo saben, personas que conocemos y las aceptamos sin ningún reparo. 

Los corruptos también somos nosotros: es el padre que pagó para que alguien le resuelva el examen de ingreso a la universidad, para que le haga la tesis o que, así como le dijo: venga a vacunarse mijito, justificó cuando entró a un trabajo, con palancas políticas, para el que no estaba calificado con una frase similar: “aproveche mijito, si gente más ignorante es jefe”. 

Una penosa mayoría de los políticos relacionados con el poder proviene de esta complicidad social: uno estudia una maestría en la cárcel, otro fue gerente de un banco con un título falso, el otro traficó con sus hijos los medicamentos y mascarillas en mitad de mortandad provocada por la pandemia. 

Incluso la cárcel la consideran una victoria pues salen libres a disfrutar del dinero robado. Pero donde hay corrupción no es posible realizarse como persona, pues debe justificarse ante sí mismo y ante los demás que su descomposición moral es un acto de sagacidad y no un nauseabundo episodio de maldad humana. El egoísmo social, la indolencia, la corrupción en qué vivimos comenzó mucho antes de Correa, él supo canalizar nuestra miseria humana y convertirla en patria y castigo a imaginarios culpables de la frustración personal. Ahora, el miedo a la muerte y el egoísmo social nos asola como una peste, sin posibilidad de vacuna, pues un corazón sin compasión siembra de muerte su futuro.

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