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Un año de la pandemia: el virus que cambió el mundo

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La especie humana ha enfrentado muchos desafíos, crisis y conflictos de toda índole. Los peores, sin duda, son las guerras, y les siguen las grandes pestes y enfermedades. El COVID-19 nos está cambiando.

Foto: @KetutSubiyanto – Pexels

“No sé cómo será la tercera guerra mundial, sólo sé que la cuarta será con piedras y lanzas”, Albert Einstein

Las personas se imaginan lo peor cuando ignoran algo o temen lo desconocido. Esto lo ha sentido la humanidad en muchos momentos de la historia, pero especialmente cuando se ha enfrentado a catástrofes como guerras, pestes, pandemias o cualquier otro evento que cause la muerte de cientos de miles de personas. Es la historia del género humano desde el inicio de los tiempos.

La especie humana ha enfrentado muchos desafíos, conflagraciones, crisis y conflictos de toda índole. Los peores, sin duda, son las guerras, pero a estas les siguen las grandes pestes y enfermedades, de las que la historia recoge muchos testimonios. El historiador griego Tucídides contaba, en su Historia de la Guerra del Peloponeso, hace casi 25 siglos, sobre una peste que mató a miles de personas. También se cuentan diversos episodios de grandes enfermedades que mataron a millones de personas, como fue el caso de la peste negra, al final de la Edad Media. Igualmente, a inicios del siglo XX, la mal llamada gripe española, que causó la muerte de entre 20 y 50 millones de personas en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud

El planeta llegó al nuevo milenio y miró con optimismo el futuro. La posibilidad de nuevas guerras mundiales se tornaba casi imposible -sin olvidar los conflictos regionales o de razones étnicas en algunos países- dadas las circunstancias en las que se mueve la geopolítica, donde prevalecen los enfrentamientos económicos, más que ideológicos. Sin embargo, hay que anotar que, desde el año 2020, el mundo comenzó a enfrentar hechos imprevisibles, por sus consecuencias.

El mundo contemporáneo está lleno de líderes mesiánicos, populistas y autócratas de toda laya, que han consolidado esquemas de poder nacionales y regionales, que les han posibilitado, mediante alianzas con líderes afines, controlar espacios de poder continental e incluso mundial. 

Esos líderes creyeron que todas las soluciones del mundo recaían en la posibilidad de establecer sanciones y tomar represalias contra sus rivales-enemigos. Donald Trump, antiguo especulador inmobiliario de la isla de Manhattan, en Nueva York, alcanzó el poder en Estados Unidos recurriendo al mensaje nacionalista, racista y xenófobo y a la utilización de las noticias falsas para, a través del miedo, lograr las adhesiones de los votantes estadounidenses.

Xi Ying Ping, un hijo de padres perseguidos por antiguos regímenes chinos comunistas, como el de Mao Tse Tung, lidera un país con un sistema de gobierno y política centralizada, pero con una economía de mercado, que ha sorprendido por su pragmatismo para incorporarse al mercado mundial. Sin embargo, como en las dinastías gobernantes de siglos previos, Ying Ping es un gobernante casi supremo, que acumuló un poder que no logró ni Mao.

En Rusia Vladimir Putin, un oscuro sucesor del primer presidente de ese país (Boris Yeltsin) tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991 fue, desde que llegó al cargo en el año 2000, acumulando poder hasta convertirse en una especie de “zar soviético”, una especie de híbrido entre la antigua Rusia de los Zares y lo que fue la Unión Soviética, extrayendo de ambas sobre todo sus vicios, por el poder que acumulan en ese país las mafias y los grupos empresariales afines y cercanos al gobernante.

Viendo el escenario mundial, en muchas partes del planeta brotan estos “iluminados”, cuyos ejemplos sobran (Trump en EE.UU., Erdogan en Turquía, Chávez y Maduro en Venezuela, Boris Johnson en el Reino Unido, Correa y Arauz en Ecuador o Bolsonaro en Brasil), haciendo que la libertad de las ideas y del pensamiento sean controlados, mientras a las poblaciones de muchos de esos países se las somete a través del miedo o la propaganda, presentando un escenario complicado, pero que se ha dificultado aún más con la aparición de este impensado enemigo global que puso de manifiesto los diferentes estilos que cada uno de estos líderes tuvo para afrontarla. 

La epidemia del coronavirus, cuyo origen en diciembre de 2019 tuvo como epicentro los mercados populares de la ciudad de Wuhan y, que por sus facilidades de contagio puso en muy pocos meses, de rodillas al mundo, dio los indicios de que había comenzado la Tercera Guerra Mundial. Y no una guerra cualquiera, sino la que podría provocar el inicio del fin de la civilización humana, como fue construida desde el siglo XVIII.

Ese mundo que creyó que todo estaba a su alcance, donde los seres humanos miraron con desprecio a las sociedades más atrasadas, pues no estaban en su objetivo los sucesos de países que pasan hambre y que tuvieron episodios de guerras, hambrunas y colapsos políticos. A todo ese mundo alejado se lo llamó con desprecio “tercero y cuarto mundo” o eufemísticamente, “países en desarrollo”. En los edificios modernos y casas de gobierno del primer mundo se los bautizó como republicas “bananeras” o “cacaoteras”. 

A fines de la década de los 90 del siglo XX, el mundo asistió a un momento histórico donde parecía haber llegado la paz, con la caída del Muro de Berlín y el final del socialismo real en la Unión Soviética, y parecía que todo estaba encaminado a un nuevo tiempo, tanto es así que Francis Fukujama lo describió como “el fin de la historia”. 

“El siglo XX vio al mundo desarrollado caer en un paroxismo de violencia ideológica, ya que el liberalismo contendió primero con los restos del absolutismo, luego el bolchevismo y el fascismo, y finalmente un marxismo actualizado que amenazaba con conducir al apocalipsis final de la guerra nuclear. Pero el siglo que comenzó lleno de confianza en sí mismo en el triunfo final de la democracia liberal occidental parece estar volviendo a su punto de partida: no a un “fin de la ideología” o una convergencia entre el capitalismo y el socialismo, como antes predijo, pero a una victoria descarada del liberalismo económico y político”.

Hasta que llegó el coronavirus

Esta plaga sin rostro parece amenazar con absorber todo nuestro ser. “Pero, cuando pase, es posible que una nueva conciencia de la brevedad y la fragilidad de la vida empuje a la gente a cambiar sus prioridades”, dice David Grossman. 

La plaga a la que nos enfrentamos es más grande y poderosa que cualquier enemigo al que la humanidad se haya enfrentado nunca. Es una guerra que se podría perder y puede ser el mundo el que lo haga. Nunca creyó la especie humana que un virus diminuto iba a hacer cambiar tanto las costumbres, los hábitos y el modo de ser de las personas. Cuando se haya aplacado la fuerza del COVID-19, habrá que seguir manteniendo la distancia, evitar los contactos, disminuir los afectos y regular todo aquello que la especie humana tuvo como convenciones sociales.

Aunque creímos que la tecnología era capaz de superarlo todo, porque somos seres que tenemos el mundo al alcance de la mano, cumpliendo la predicción profética de Orwell, Verne o MacLuhan, ya que el mundo tiene la robótica, la domótica, la nanotecnología, las predicciones a través de cuadros virtuales, la realidad aumentada, el 3D, la 5G y cualquier otra cosa que tenga algún nombre sofisticado, ininteligible. Además, las armas de hoy en día no se parecen en nada a la que usaron los antepasados en diferentes guerras alrededor del planeta. Pero, esta plaga nos dice que las reglas del juego cambiaron para siempre. El miedo nos acompañará de aquí en adelante. El virus se modifica, muta, mata y no tiene compasión.

Es una plaga que obligó a la mayor parte de los 7 000 millones de habitantes del planeta a buscar refugio, a confinarse, durante el lapso de más de un año. Su peor consecuencia fue una crisis económica de la que el mundo no tiene memoria (ni siquiera con el colapso sucedido tras el viernes negro de 1929). Nunca había sucedido: la recesión, la escasez y las penurias forman parte de la vida de los seres humanos. La pobreza ha aumentado exponencialmente. 

Albert Camus, en su novela La Peste, decía que “una plaga no está hecha a la medida del hombre; por eso nos decimos a nosotros mismos que no es más que una pesadilla, un mal sueño que pasará. Pero no siempre pasa, y, de mal sueño en mal sueño, son los hombres los que fallecen… Creían que todavía todo era posible para ellos; lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles… ¿Cómo iban a pensar en algo como la peste, que suprime el porvenir?”. 

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Un 70% de la población o más puede contagiarse, en algún momento, con el virus y muchos ya han muerto (aunque comparativamente las cifras serán menores que en el caso de otros virus y pandemias). Ha muerto gente cercana, cuya presencia era necesaria para las vidas de otras personas. Murieron conocidos, sin haberlo podido evitar. No poder ir al cine, a tomar un café, a un teatro, a fiestas, a una sala de música o a un partido de fútbol, que han sido mecanismos para probar la resistencia. La vida desde ahora no será la misma. La educación ha sido vía zoom, meet o cualquier sala virtual y la posibilidad de construir un mundo se volverá más difícil. Un estudio de la universidad de Stanford advierte de problemas adicionales que generan las videoconferencias (la denominada “fatiga de espejo” o “efecto ascensor”) como uno de los nuevos problemas que surgen.

Todos los habitantes del planeta forman parte, nadie se excluye. No faltaron los que se enriquecieron con la desgracia (los de la corrupción en los hospitales o las pruebas “chimbas”), los que vieron crecer sus negocios en tiempos tan hostiles (funerarias, casas de salud o salas de velación). Mientras tanto, se sigue contando los muertos como si nada, porque son un número más de una macabra estadística que se transmite a diario en los noticiarios o enlaces de los gobiernos. 

Para muchos, la plaga será el hecho más importante de sus vidas. Cuando pase (si es que pasa), la gente saldrá de su encierro y buscará un mundo y una civilización sepultadas entre mascarillas, respiradores y trajes extraños. Saber que se pudo burlar a la muerte (porque no era hora) será solo un paliativo ante la pérdida de los seres queridos. Muchos perdieron su trabajo, sus ingresos y hasta su dignidad. Muchos no quieren recuperar sus vidas anteriores. Se formaron y se acabaron familias. Nacieron y murieron muchos. Creer en alguna forma divina será una posibilidad. La brevedad y fragilidad cambiaron las prioridades. El dinero ha dejado de ser lo más importante para la gran mayoría. No obstante, el gran capital sigue moviéndose en el mundo.

Habrá que tomar decisiones y descartar otras. Importarán poco las opiniones políticas porque la mayor parte de políticos (si no, todos) han fracasado en la gestión de la pandemia mundial. La protesta y el estallido social podrían llevar a verdaderas guerras por el hambre y el agua. Puede crecer el odio hacia los semejantes por la xenofobia o la intolerancia. La desesperación será una consejera permanente, que buscará problemas a las soluciones. La gente ha dejado de dormir bien por el miedo a perderlo todo. Un mundo mejor es una utopía. Pero, la pandemia podría lograr una liberación de aquello que oprimía. Ser libres puede ser una opción cuando todo acabe.

El consumismo pudo haber pasado a la historia. El capitalismo salvaje del que hablaba Juan Pablo II puede haber llegado a un punto de no retorno. Habrá, como siempre, personas muy ricas (menos que antes) y personas muy pobres (mucho más). La igualdad de oportunidades podría ayudarnos a entender el mundo post COVID-19.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Los medios de comunicación que escriban el relato de la vida actual y de este tiempo se preguntarán cómo contribuyeron al sentimiento de asco que teníamos antes de este estallido sanitario. Algunas personas quizás estaban manipulando cuando esos medios contaban su propia versión del mundo desde su ventana. Las noticias falsas no lo serán porque, de tanto haber sido difundidas, serán parte del marco de referencias y de las creencias de cada persona, acomodándolas según su propia conveniencia.

El final de esta historia será triste. La lucha por el reconocimiento, la disposición a arriesgar la vida por un objetivo puramente abstracto, la lucha ideológica mundial que provocó audacia, coraje, imaginación e idealismo, será reemplazada por el cálculo económico, la resolución interminable de problemas técnicos, preocupaciones ambientales, y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores. En el período histórico posterior no habrá arte ni filosofía, escribe Fukujama.

¿La vacuna será la solución?

Las vacunas sirven para reforzar el sistema inmunológico y prevenir enfermedades. Sin embargo, no curan del coronavirus ni evitan los contagios. El papel de la vacuna es preparar el cuerpo en caso de infecciones. La OMS define a las vacunas como cualquier preparación que puede lograr inmunidad contra una enfermedad con la producción de anticuerpos. Son bacterias o virus muertos o atenuados. La vacuna es un escudo para el futuro.

El problema es que hay demasiada demanda de vacunas en el mundo y todas las farmacéuticas juntas que las producen se muestran incapaces, por el momento, para abastecer al así llamado mercado, generándose una situación de desigualdad y de arbitrariedad en la entrega. Países con mejores capacidades económicas han iniciado campañas masivas de vacunación, mientras que las naciones más pobres tienen muchos problemas para hacerlo, a lo que se ha sumado otro virus: el de la corrupción, las vacunas VIP o el turismo de vacunas.

Casos como el de los privilegiados que se inmunizaron en Ecuador, Argentina y Perú (que les costó el puesto a los ministros, entre ellos el ecuatoriano, que terminó fugándose a Miami) cuando se vacunó a personajes de la política, el periodismo y la farándula, anteponiéndolos a los grupos de mayor riesgo y a los que están en la primera línea frente a la enfermedad, ponen a esos y a otros países en el dilema de ver si pueden hacer bien las cosas. Lo de Chile es el ejemplo paradigmático de cómo se puede actuar. Incluso países tan grandes como Estados Unidos y Brasil han fallado en la gestión de la pandemia, algo explicado por el talante y las inclinaciones de sus gobernantes, el expresidente Donald Trump y Jair Bolsonaro.

Como señala el analista Felipe Burbano hay un ranking de la corrupción sobre este tema. En Argentina el ministro de Salud fue obligado a renunciar tras la denuncia de un periodista afín al gobierno, Horacio Verbitsky, que mostró una sala de vacunación vip en el Ministerio para allegados y amigos del ministro y redes clientelares de vacunas para los kirchneristas. Esto es algo que no sorprende en ese país, señala Burbano.

Foto: Marcos Pin – API

El denominador común de estos escándalos va desde eludir las estructuras formales del Estado para vacunar a quienes se quiere. En Venezuela, primero se vacuna a los funcionarios y militantes chavistas, luego a simpatizantes que muestren el carné del pueblo, más adelante al personal de salud y finalmente, si alcanza, al pueblo de ese sufrido país.

En el Perú el expresidente Martín Vizcarra y algunos de sus parientes y funcionarios de su gobierno y del actual recibieron secretamente pruebas experimentales de la vacuna china en octubre, cuando aún no se hablaba de planes de vacunación en ese país.

En Ecuador, las declaraciones del exministro de Salud, Juan Carlos Zevallos, revelaron un nudo consanguíneo en la vacunación, cuando reconoció (por lo menos lo hizo) que vacunó a su madre en un centro gerontológico que no estaba en el listado de centros de salud y atención prioritarios del gobierno. Hasta ofreció la vacuna a rectores de universidades (por suerte no aceptaron) y a conocidos periodistas (uno de ellos reconoció en sus redes sociales haber sido vacunado por su edad y por una enfermedad que lo aqueja). 

Si Zevallos actuó como ministro, médico e hijo, entonces cualquier funcionario estatal es esposo, padre, suegro, cuñado o amigo y tendría ese privilegio. Zevallos confesó que lo hizo como ministro y como hijo. Por suerte –cruel paradoja-, en el país no hay suficientes vacunas para generar reclamos como en Argentina, donde se colocaron en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, bolsas de cadáveres con la inscripción “aquí yace una persona que murió de COVID-19 porque se prefirió vacunar A LOS AMIGOS DE ALBERTO”.

Los casos citados demuestran lo mal que funciona el Estado en estos países. Además, ofrecer millones de vacunas en tiempos de campaña electoral solo puede ser una tomadura de pelo a mucha gente que cree que la vacuna sería la única solución a sus problemas y el regreso a una vida “normal”. Lo cierto es que el COVID-19 llegó para quedarse y aunque en algún momento -quizás en el 2022- se regrese a cierta normalidad, el mundo nunca más no volverá a ser el mismo.

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