CARGANDO

Escribe para buscar

Contexto Noticias

El peligro del voto vergonzante en el Ecuador

Compartir

Las elecciones presidenciales están muy cerca. ¿Hay un voto oculto que distorsiona lo que se muestran las encuestas? Lea este análisis.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

En las elecciones presidenciales de 1960 se presentaron a la contienda cuatro candidatos. “Muchos, demasiados”, era el sentir de los ciudadanos. Pero, se trataba de cuatro respetables ciudadanos, incluso dos de ellos habían sido ya presidentes: Galo Plaza (período 1948-1952) y José María Velasco Ibarra (períodos 1934-1935; 1944-1947; y 1952-1956). Los otros dos aspirantes eran el conservador Gonzalo Cordero Crespo y el internacionalista Antonio Parra Velasco, que conformó un sugestivo binomio con el gran gestor cultural Benjamín Carrión (su lema era “Parra-Carrión, revolución”).  

Fue un triunfo del populismo velasquista, que había cimentado su popularidad en lo que Velasco llamaba “sus chusmas”, con el 48% de votos, frente al 23% de Plaza y al 22% de Cordero, dejando en la cola al binomio revolucionario de Parra con solo el 6%.  

Gracias a Velasco y también al surgimiento en la Costa en los años 40 -tras la pérdida territorial con el Perú del Protocolo de Río de Janeiro- de Concentración de Fuerzas Populares (CFP), acaso el primer movimiento populista ecuatoriano, pero que solo pudo llegar al poder en 1979 con Jaime Roldós y la posterior pugna que tuvo el mandatario con el líder histórico, Assad Bucaram.  

Entonces era difícil imaginar que el populismo sería la encarnación del voto oculto o secreto que se presenta como un peligro para el Ecuador. Y se viene repitiendo desde hace muchas décadas: el voto vergonzante u oculto que termina favoreciendo a aquellos candidatos que han hecho del populismo y de la demagogia sus principales armas para captar electores. Muchos decían que no votarían o que jamás votaron por algún candidato y, sin embargo, resultaba triunfador quien no estaba en los planes o que, probablemente, no constaba en las encuestas como la mejor opción. 

Históricamente, los casos más paradigmáticos del voto vergonzante en el Ecuador fueron los de los presidentes José María Velasco Ibarra y Abdalá Bucaram, ambos con un estilo populista, aunque diametralmente opuesto en su forma de hacer política. Lo de Velasco era una hechura política del siglo XIX, con una oratoria implacable, que le hizo exclamar “dadme un balcón y os daré la presidencia”. Mucha gente, incluso de estratos sociales muy acomodados negaba haber votado por el “loco”, “el gran ausente” o el “profeta” -como le apodaban- para evitarse cualquier crítica posterior. 

Lo de Bucaram era y es política de arrabal, albañal y apelación a los bajos instintos, pero que pega muy bien en un estrato socioeconómico bajo. En la elección de 1996 el candidato presidencial Jaime Nebot tuvo una muy mala estrategia en su campaña de la segunda vuelta. El líder de su tendencia, León Febres Cordero, declaraba que “solo las prostitutas y ladrones votaban por Bucaram”. Precisamente Bucaram, por frases como esa, logró captar simpatías no solo de la clase marginal, sino que muchas personas de sectores sociales más privilegiados le dieron su voto, eso sí, sin haber reconocido que habían votado por “el loco que ama”, como se le conoce. 

El candidato del PRE pidió a sus electores mentir a los encuestadores diciendo que habían votado por el “aniñado Nebot”, pero que en los comicios rayaron en el casillero “de la diez, la de los pobres”. En tres exit polls diferentes, con 200 000 personas, a las cinco de la tarde, había empate técnico. Pero, el escrutinio oficial le dio a Bucaram una ventaja de 8% -más de medio millón de votos-. Culpa del voto vergonzante, se dijo entonces. 

No hace falta referirse a Rafael Correa quien personificó en sus presidencias una forma arbitraria y canallesca de hacer política en la que el uso de la demagogia en sus campañas electorales daba para pensar que mucha gente terminaba votando por él por una idea, machacada en todos esos años de campaña política, de que se trataba “de la única opción existente”. Ese también puede catalogarse como un voto temeroso o vergonzante. 

El Diccionario Panhispánico de dudas idiomáticas menciona que vergonzante es “algo que se oculta por vergüenza”, como en el caso de la pobreza oculta o vergonzante. Esta aclaración permite establecer la diferencia entre lo vergonzante y lo vergonzoso, porque no es lo mismo votar con vergüenza (algo que no se debe hacer porque provoca esa idea), que hacerlo con la conciencia de que estuvo mal hacerlo, pero se lo encubre. 

El voto oculto y el voto de último momento 

Una de las razones por las que el correísmo se encuentra optimista sobre las posibilidades de su candidato, Andrés Arauz, es el hecho de que, sumado el voto duro de esta agrupación (20%) más el 18% del voto vergonzante (basado en las últimas elecciones en Bolivia, en donde recuperó el poder el candidato de la tendencia del socialismo del siglo XXI), da para pensar que no haría falta una segunda vuelta. Y así lo ha proclamado desde Bélgica el prófugo de la justicia y expresidente ecuatoriano, Rafael Correa. 

Precisamente esa es la posibilidad que surge cuando los electores toman su decisión en el último minuto, al tener frente a ellos la papeleta para ejercer el voto. En ese momento se conjugan los anhelos, temores y recuerdos que tiene la persona de tiempos pasados. Si hubo una mejor situación, si estaba estable la economía u otros factores. Esto podría jugarles en contra a candidatos denominados moderados, frente a la verborrea, demagogia y violencia del discurso de los populistas, que apelan más a las emociones que a la razón. 

Por estas razones las encuestas se han vuelto una especie de juego de adivinanzas, profecías o servicio al mejor postor, dirigidas a quien quiere oír lo que le quieren decir y que paga por ello. Pero, también existen encuestas serias que intentan acercarse a esa realidad del voto vergonzante o de última hora que se ha vuelto determinante en muchos procesos electorales, especialmente en América Latina, en los últimos veinte años. 

Siguen siendo la vergüenza y el temor los que determinan la existencia del voto oculto o vergonzante. Lo más probable es que el votante tenga alguna certeza sobre su voto, pero no lo dirá en ninguna circunstancia y peor ante encuestadores o en el “exit poll” (encuesta de salida) que se manifiesta una vez que se ha votado. Esto genera algunas definiciones de votos: voto indeciso, duro, escondido, de castigo, blando y dudoso.  

Los indecisos son quienes no saben cómo van a votar hasta que tienen la papeleta en la mano; el voto duro proviene de personas que tienen decidido lo que harán; el voto escondido es el que podría dar lugar al voto vergonzante, porque no se sabe hasta el final cómo elegirán; el voto castigo ocurre cuando un político no cumple sus ofertas y es sancionado por los electores (como le pasó a Augusto Barrera en las elecciones para la alcaldía de Quito, en 2014); el voto blando y el voto dudoso pueden explicarse igual que el voto oculto, porque las personas deciden en el momento de sufragar.  

Este tipo de conducta electoral tiene su caldo de cultivo en sociedades polarizadas y divididas, donde prevalecen estigmas políticos muy marcados, en una especie de maniqueísmo (la década correísta quiso que la lucha política en el Ecuador sea entre correístas y anticorreístas; mientras que las marchas indígenas de 2019 establecieron una dicotomía entre el “progresismo” y lo que ellos denominaron “fascismo”).  

La cuestión, en este caso, no es si una persona es de derecha o de izquierda, si es liberal o socialista, si es partidario del expresidente o si no lo es. En muchos de los casos el voto opera apelando a mecanismos que poco tienen que ver con ideologías o tendencias, porque quienes votan por una tendencia en una elección podrían cambiarla por una totalmente contraria en el siguiente proceso electoral. Los seres humanos, muchas veces, se dejan llevar por las tendencias del momento. Esto se hace más evidente en las nuevas generaciones, que tienen rápidos y repentinos cambios de parecer, generando una dispersión política y una incertidumbre frente a procesos electorales como el actual. 

Subirse a la camioneta 

Aunque la frase fue registrada por el inefable Abdalá Bucaram, cuando criticó a los políticos de todas las tendencias que se unieron para lograr que lo destituyan en febrero de 1997, subirse a la camioneta tiene mucho que ver con esa predisposición que tienen las personas en países en donde no hay partidos ni tendencias políticas consolidadas, como el Ecuador. Muchos suelen mirar a quien está en lo alto en los sondeos y se dirigen hacia ese objetivo.  

Según Polibio Córdoba, de la encuestadora Cedatos, este tipo de voto se incuba en poblaciones temerosas e inseguras. Incluso se refiere como un caso de voto vergonzante al triunfo de Jaime Roldós sobre Sixto Durán Ballén en las elecciones de 1979 y al ya antes señalado como inesperado triunfo de Abdalá Bucaram frente a Jaime Nebot en las de 1996. 

Para Córdoba, el voto oculto se puede medir y eso ahora puede ser posible con las redes sociales. Las tendencias pueden definir cuándo un candidato debe hablar y cuándo no debe hacerlo y, asimismo, sirven como un termómetro para determinar el tipo de mensajes que deben ser emitidos para llegar a los votantes (en base a los “likes” o “me gusta”). 

Además, influyen mucho en el ánimo de los votantes los hechos de la vida de los candidatos. En anteriores elecciones le pesó mucho el membrete de banquero que se le endilgaba a Guillermo Lasso, a quien se le responsabilizaba por el feriado bancario de 1999, cuando al analizar la historia, el candidato no tuvo participación en ese hecho, ocurrido durante el gobierno de Jamil Mahuad. 

A Andrés Arauz se le puede endilgar dos cuestiones que sucedieron cuando era funcionario del correísmo (un contrato cuando fue ministro de cultura para inflar el presupuesto de un festival cultural en Loja o haber sido el segundo de a bordo de la tristemente recordada secretaría de la Felicidad, junto al polémico y extraviado Freddy Ehlers). A “Yaku” Pérez le puede pesar su protagonismo en las violentas protestas indígenas de 2019 o su cambio de nombre del mestizo Carlos. A Juan Fernando Velasco, Ximena Peña y Gustavo Larrea les puede afectar haber sido colaboradores del actual gobierno. Este tipo de informaciones pueden incidir en los votantes para expresar públicamente sus intenciones de voto.  

Pero, hay que recordar, y así lo manifiestan los encuestadores, que los resultados de las encuestas preelectorales son solo el reflejo o fotografía del momento político que se vive, más que una tendencia que va a mantenerse permanentemente. 

Volatilidad e incertidumbre 

Como pocas veces ha ocurrido en la historia del Ecuador, se asiste a un evento cuyas principales características son la incertidumbre y la volatilidad. La confusión se origina desde el propio Consejo Nacional Electoral, en abierta pugna con el Tribunal Contencioso Electoral, lo que genera más inseguridad para los comicios y también existe el temor de que ocurran los mal recordados “apagones electorales”, justamente a la hora en que se empezaban a marcar las tendencias que no eran las que ciertos grupos esperaban, como sucedió en las elecciones de 2017 cuando Lasso superaba a Moreno hasta que se recobró el sistema informático y hubo un inexplicable viraje de la tendencia hacia el presidente en ahora en funciones, sin razón para lo sucedido. 

Hasta la fecha que se escribe este texto, se mantiene alto el número de indecisos, superando incluso el 40% de los votantes habilitados. Pero, más que la indecisión puede ser la preexistencia de un voto vergonzante, de gente que ya decidió su voto, pero que solo lo hará conocer en las urnas, lo que hace de estas elecciones un hecho político peligroso para el futuro del país. 

Va a ser complicado que se repita el fenómeno de Bucaram en 1996, cuando el candidato del PRE iba muy abajo en las encuestas y fue subiendo hasta que un recordado político socialcristiano, Heinz Möeller, advirtió que “Bucaram se estaba metiendo entre las tranqueras”, usando un aforismo de la hípica, cuando el caballo se desboca y logra rebasar a otros en la carrera. 

Hoy, el peligro que existe es que, en ese altísimo porcentaje de personas que han declarado que no saben por quién van a votar, esté escondido ese voto vergonzante u oculto que puede cambiar todo en un minuto, cuando se vota. Es muy difícil proponer que se haga una apología del voto útil en estas circunstancias, frente a la volatilidad de los electores, que pueden generar sorpresas de último momento, como el triunfo de Yunda en la alcaldía de Quito, de Pavón en la prefectura de Pichincha o de Orlando en la de Manabí en las elecciones seccionales de 2019. 

Las posibilidades parecen barajarse entre tres candidatos, un moderado de la tendencia de derecha y dos de la tendencia de la izquierda populista, encarnada en las opciones del sector indígena y de los nostálgicos del correísmo, por lo que el riesgo persiste.   

¿Cómo detener la manipulación? 

Cuando nuevamente surge el peligro del voto vergonzante, se puede decir que es posible controlar la manipulación de personas que quieren modificar o cambiar los resultados de las encuestas, con investigaciones que eviten distorsiones o falsas informaciones que favorezcan a quienes buscan crear una situación de duda o incertidumbre en los votantes, para que se suban al carro del presunto vencedor, modificando los sondeos. 

Hay que esperar que esta definición del “voto vergonzante” desaparezca de los procesos electorales y que la sociedad avance en una transformación a través de la educación, para que sean las propuestas las que prevalezcan a la hora de decidir los votos y que no sea algo que se decida por coyunturas momentáneas (del hígado o del estómago). Los encuestadores tienen el deber de afinar sus investigaciones, mejorar sus análisis cualitativos y cuantitativos, para conocer con más exactitud lo que los votantes piensan. 

Las encuestas cualitativas han tratado de adentrarse en los miedos y prejuicios del electorado, pero no ha sido posible hasta ahora en los estudios sociales encontrar explicaciones para muchas actitudes de las personas y menos aún en recientes procesos electorales. El humor popular señala que, en algunas ciudades y provincias, en lugar de obligar a votar, se debe prohibir hacerlo. 

Que no sea el candidato que más grita, que más insulta, que ofrece lo que no va a cumplir quien cale hondo en el sentimiento del electorado, sino que las propuestas sean las que prevalezcan. Que no sean los ataques al adversario o el juego sucio los que predominen. Esto parece inalcanzable en época de redes sociales. En tiempos bíblicos los apedreamientos y lapidaciones ocurrían en los extramuros. Hoy suceden a través de Facebook, Twitter, Whatssap, TikTok o Instagram.  

Muchas de las estrategias que apelan a las emociones de quienes habitualmente votan de esta manera son a través de ataques a los partidos, a las instituciones, al gobierno, a los periodistas o a la política. Así, de continuarse con esa tendencia, puede ocurrir que los candidatos que apelen a temas de protesta social o coyunturas logren adhesiones.  

Tampoco hay que olvidarse de los candidatos que proponen soluciones demasiado simples a problemas complejos, porque saben apelar a los miedos de personas que ya, de por sí, tienen una carga muy fuerte de temor por todo aquello que ha sucedido en el Ecuador entre 2019 y 2020. Algunos de ellos exageran sus posturas diciendo que su presencia es mesiánica o providencial y ese es el caldo de cultivo para el voto vergonzante.

Etiquetas:

4 Comentarios

  1. Jael Trujillo 18/01/2021

    Tenemos una responsabilidad este 7 de febrero, otorgarle un gobierno justo al Ecuador. No podemos permitir que las elecciones sean un juego ni que la gente se base en lo más popular. Tenemos la tarea de luchar por lo que merecemos, es nuestro trabajo decirle no al socialismo y no a Arauz.

    Responder
  2. Evelia Guzman 18/01/2021

    Es claro que existe un gran movimiento político a favor de asegurar el desarrollo de la spersonas y emprendedores, pero el candidato a la delantera puede arruinar las intenciones ya que ha mostrado no le interesa conservar la economía y progreso de las políticas liberales.

    Responder
  3. Judith Corona 18/01/2021

    Debemos de ser realmente cuidadosos con nuestro voto, el futuro de nuestro país esta en juego y debemos de tomar la mejor decisión

    Responder
  4. Andre Urriaga 19/01/2021

    Yo solo espero que los correistas no ganen las elecciones. Arauz es un mudo, el títere de Correa, solo nos va a faltar el respeto y nos va a querer seguir humillando y robando.

    Responder

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *