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El peligro del socialismo del siglo XXI sigue latente en América Latina

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Recordar el camino del populismo es imprescindible a puertas de la campaña electoral. Lea estos apuntes del libro “El Discurso de un Caudillo Neopopulista”, próximo a publicarse.

Foto: Gianna Benalcázar – CCQ

Muchos cantos de sirena empezaron a sonar cuando algunos de los caudillos de la tendencia del Socialismo del Siglo XXI empezaron a dejar el poder hace alrededor de cinco años, llevándose en sus espaldas innumerables acusaciones por delitos de peculado, corrupción, órdenes de prisión, sobornos, cohechos y otras violaciones de la fe pública.

Se fue Cristina Fernández en Argentina, con diversas imputaciones (las cajas fuertes, los dineros enviados a Venezuela, los cuadernos del chofer, la extraña muerte del fiscal Nisman, entre otros). Se fue Lula en Brasil, implicado en diversos delitos relacionados con la compra de bienes inmuebles, sobornos y negociados con Petrobras y Odebrecht. Se fue Correa, por ahora acusado solamente en el caso sobornos 2012-16, pero con otras investigaciones en marcha en la Fiscalía del Ecuador.

Se fue Evo Morales, quien creyó que su mandato podía ser eterno y violando su propia Constitución, obligó al Tribunal Constitucional que le permita presentarse a las elecciones de 2019 que ganó con un fraude escandaloso (pese a un referéndum que se lo negó en 2016), provocando violentas protestas en Bolivia que lo forzaron a abandonar el país hacia Argentina, con escala en México.

¿Realmente se fueron? Su omnipresencia ha estado y sigue estando allí. Cristina logró burlar a la justicia de su país logrando mantener su inmunidad como senadora. No estuvo ni un minuto en la cárcel, pese a los delitos comprobados en su contra. Lula da Silva hizo de su estadía en la cárcel y de sus juicios una especie de suplicio, quejándose de ser un perseguido político. Lo mismo que hizo Evo Morales desde su exilio, pero con la ventaja que su Movimiento al Socialismo (MAS) logró mantener su fuerza en Bolivia, gracias a la dispersión de sus oponentes en las últimas elecciones.

Rafael Correa es otro de esos personajes que creó la política latinoamericana. Una especie de tecnócrata políglota (sin evidencia de que hable realmente los idiomas que proclama) que se aprovechó de los medios para crear su plataforma, lo que le permitió desde el ejercicio del poder cometer toda clase de tropelías, valiéndose de un poder construido constitucionalmente con la fórmula del hiperpresidencialismo. Hoy se considera un perseguido político, aunque muchas de las causas en su contra ni siquiera se han iniciado. 

Hubo una vez Chávez

La llegada a la política en Venezuela del coronel Hugo Chávez Frías no fue casual. La típica irrupción de militares en la vida civil, la crisis política y social de los países, a causa de gobiernos que no saben dar soluciones a los problemas y las Fuerzas Armadas como árbitros de las situaciones. 

Pero, el caso de Chávez tuvo un matiz diferente. Sin ninguna similitud con caudillos del pasado, como Perón, Velasco Alvarado, Bánzer, Rodríguez Lara, Lucio Gutiérrez o Figueiredo (algunos de ellos triunfando después en elecciones democráticas). Lo de Chávez tuvo como escenario la Venezuela del bipartidismo (COPEI vs. Acción Democrática o, para ser más claros, democracia cristiana frente a social democracia). Chávez encarnó al clásico oficial de ideología bolivariana que, durante su militancia en el ejército, operó células de adoctrinamiento político en los cuarteles. 

Tras su intento de golpe contra el presidente Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato, cuestionado por actos de corrupción, ocurrió la asonada del cuatro de febrero de 1992, donde Chávez junto a compañeros de armas se apoderaron de edificios militares, mientras el futuro gobernante dirigía las operaciones desde el Museo Histórico Militar. Una aparición suya en el canal Venevisión con un “saludo bolivariano”, presagiaba lo que venía. Luego estuvo preso y desde la cárcel iba creciendo su figura.

Desde entonces, Chávez se vinculó con sectores de izquierda, del movimiento al socialismo. Pese a sus actuaciones no fue dado de baja y continuó su carrera militar, llegando al grado de coronel, siendo en 1989 testigo del “caracazo”, con la muerte de miles de manifestantes. Su figura crecía cada vez más. En 1999 llegó al poder y desde entonces su objetivo fue acumular poder, silenciando medios, expropiando empresas, destruyendo la estructura institucional anterior y creando, vía constituyente, una nueva constitución, hecha a su medida.

Los problemas que Chávez ofreció resolver se ahondaron en los siguientes años, pero la bonanza de los precios internacionales del petróleo le ofreció la oportunidad de crear una economía poco productiva, dependiente de las importaciones y, asimismo, empezar a “exportar” su modelo “socialista” a otros países de la región. Su socialismo consistía en entregar petróleo a precios simbólicos, préstamos con muy bajo interés y obras faraónicas para sus colegas presidentes de la misma tendencia. Así se puso la primera, segunda y tercera piedra del terreno aplanado al que el expresidente Correa y el exvicepresidente Glas llamaron Refinería del Pacífico en Manta.

Si se trata de entender esto del Socialismo del Siglo XXI hay que mirar la receta que Chávez aplicó en Venezuela: concentración del poder, polarización entre los pobres y los “escuálidos” (así llamaba él a las clases más acomodadas), enriquecimiento de una elite de funcionarios, parientes y familiares del régimen, silenciamiento y persecución de  periodistas y medios de comunicación, compra de conciencias en la legislatura y en el poder judicial y vínculos con grupos narcoterroristas como las FARC o el ELN que, en tiempos de Nicolás Maduro, se siguen manteniendo, pese a la actual crisis.

El Socialismo del Siglo XXI

Foto: Flickr Secretaria de Comunicación Ecuador

¿Qué mismo es el Socialismo del Siglo XXI? Aunque la teoría fue creada por el alemán Hans Dieterich, el impulsor inicial en la región fue Hugo Chávez, pero actualmente ni Dieterich ni Maduro ni Evo Morales se refieren a esta tesis y peor, la defienden. Vale constatar lo que Dieterich decía en el año 2007, en su obra del mismo nombre “Socialismo del Siglo XXI” (pp. 75), y lo que dijo después sobre su manida tesis:

“Frente a los desafíos del capitalismo actual, la democracia participativa o el Socialismo del Siglo XXI es el único proyecto histórico nuevo. Como tal, crecerá rápidamente en tres dimensiones: a) el perfeccionamiento de su teoría; b) la elaboración de programas de gobierno nacional-regional-globales con horizonte estratégico no-capitalista y, c) la creciente asimilación por los movimientos de masas”.

Con el estallido de la crisis en la Venezuela post Chávez, ya gobernada por Nicolás Maduro, Dieterich en el portal informe21.com (2014) declaraba: “El gran error del gobierno de Maduro es seguir con la idea de Chávez, insostenible, de que el gobierno puede sustituir a la empresa privada. El gobierno usará su monopolio de importaciones y exportaciones para repartir las atribuciones en las empresas”. 

En entrevista con KienyKe.com, el pensador alemán y padre del Socialismo del Siglo XXI dijo que Maduro es “un inepto” y su gabinete “un fracaso” para el modelo chavista. Además, confesó que Chávez acuñó su idea, pero no la supo ejecutar. 

Rafael Correa, en los primeros años de su mandato, fue un ferviente defensor del Socialismo del Siglo XXI de Dieterich, como lo declaraba en 2009 en Teherán, capital de Irán: “El Socialismo del Siglo XXI proyecta la necesidad de sociedades con justicia, equidad y felicidad. El Socialismo del Siglo XXI hereda varias de las mejores manifestaciones del socialismo tradicional, pero confronta con valor y con sentido, los dogmas que la historia se encargó de enterrar a la vera de su camino”.

En la obra “El Cuentero de Carondelet”, del periodista argentino Nicolás Márquez, se aludía al tema en una entrevista de Correa con el periodista argentino Jorge Lanata, seis meses después de iniciar su gobierno, en julio del 2007 (pp. 57): 

Explíqueme qué es el socialismo del siglo XXI, le preguntaba Lanata y Correa decía: “es maravilloso, pero no se lo puede empaquetar en conceptos sencillos, porque básicamente son principios más que modelos, pero le puedo decir algunos principios coincidentes con el socialismo tradicional y otros no coincidentes. Por ejemplo, clave, el que nos diferencia enormemente del neoliberalismo y de lo que hemos visto en los últimos veinte años: supremacía del trabajo humano sobre el capital”. 

Agregaba: “si usted ve lo que se ha hecho con las políticas económicas de los últimos veinte años, es convertir al ser humano en un instrumento más de producción en función de las necesidades de acumulación del capital y de ahí vienen la tercerización, el trabajo por hora, la flexibilización laboral. Eso es la antítesis del Socialismo del Siglo XXI. Para nosotros el trabajo humano no es un factor más de la producción, es el fin mismo de la producción”.

Para Correa, el Socialismo del Siglo XXI estaba inspirado en el Buen Vivir, que era una tesis de los indígenas ecuatorianos. “Nuestro Socialismo del Siglo XXI añade, por lo tanto, nuevos parámetros a lo que entendemos por desarrollo, en los que juega un papel importantísimo la potenciación de la capacidad humana, la satisfacción profesional, la defensa de identidades de todo tipo, la armonía entre los seres humanos, y entre los seres y su entorno”, decía.

Como se puede apreciar, el Socialismo del Siglo XXI puede ser cualquier cosa, matizada por los instintos ideológicos del caudillo de cualquiera de los países que lo tomaron como doctrina. Son estos personajes los que lograron adueñarse de algunos estados de la región entre las décadas de los 90 del siglo XX y de las dos primera décadas del siglo XXI, pero que no saben exactamente qué ideología defienden.

Una mezcla de todo y de nada

No está claro qué pretenden los seguidores de esta corriente. Pero, necesitan llegar al poder para des institucionalizar países, crear sistemas y normativas ajustadas a su pensamiento, eliminar constituciones a través de asambleas leales que impongan las ideas del caudillo, perseguir a los que piensan distinto y generar un nuevo estado de las cosas y de la opinión, donde el líder decide, algunas veces, con un politburó (a la usanza soviética o china) pero sin que sea ésa la regla.

Parece ser algo que nutre de la combinación reflexiva de muchos socialismos, incluido el clásico o científico, pero también el socialismo agrarista de Zapata, el andino de Mariátegui, la Doctrina Social de la Iglesia y la Teología de la Liberación, así como de una larga historia de luchas emancipadoras de los pueblos americanos.

Se dicen de izquierda, pero toman medidas que no tienen que ver con esa tendencia. Como decía el actual líder del Partido Socialista Ecuatoriano, Enrique Ayala, historiador y catedrático universitario, no hay una clara distinción de la ideología en esta corriente de pensamiento:

“No es socialismo, no es de izquierda: es la consolidación de una clientela electoral que es muy fuerte. Correa tiene respaldo popular y una votación alta, pero las masas se olvidan. Dentro de poco nadie le agradecerá a Correa los bonos, porque ya los tienen. Cuando la gente tiene algo lo considera una dádiva o mala costumbre. Lo que tenemos es un gran aparato electoral, con un gobierno y un proyecto más personal y autoritario”.

El politólogo Carlos de la Torre, Director de Estudios Internacionales de la Universidad de Kentucky (EE.UU. ), analizaba en un artículo en El País de España titulado “Las promesas y los riesgos del populismo”, en 2014, que algo que caracteriza a algunos líderes latinoamericanos de estos tiempos e incluso al dirigente español Pablo Iglesias (de Podemos) es que son populistas, antes que otra cosa:

“Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, al igual que Podemos, por ejemplo, cuestionan las políticas neoliberales y politizan el manejo del fisco cómo una economía política que favorece intereses de clase. Los populismos prometen una mejor forma de democracia en que la participación ciudadana reemplace el manejo de lo público por élites partidistas. 

Los populismos, por lo general, construyen al líder como la encarnación del pueblo. En un mensaje a la Asamblea Nacional Chávez aseveró, “no soy yo, soy el pueblo”. Al triunfar en las elecciones de 2009 Rafael Correa dijo, “el Ecuador votó por sí mismo”.

La tentación populista de forjar al líder como la encarnación del mismo pueblo se acentúa en regímenes presidencialistas, al colapsar los partidos políticos cuando aparecen en coyunturas donde los movimientos sociales son débiles o fragmentados. Tras el colapso de los partidos políticos ecuatorianos en el 2005 sólo quedaba Correa. Su gobierno emergió cuando los movimientos sociales estaban en crisis y a diferencia de Bolivia no tuvieron el poder para frenar los intentos del líder de ser la única voz del pueblo”, según de la Torre.

En estos países no es importante tener alguna ideología. Solo importa conocer cuáles son los intereses del grupo que gobierna e investigar cuáles son las amistades que a la persona le puedan colocar en algún cargo, desde donde se puede “servir a los más altos intereses nacionales” (algo que en la práctica nunca se cumple). 

Nunca, como ahora, países como el Ecuador se ha enfrentado a la encrucijada de no saber cómo actuar en política. Los discursos, desde el poder y la oposición, solo varían en el destinatario de los ataques y, sobre todo, a quién se puede hacer daño. 

Al final, el gran damnificado sigue siendo el país, atravesado por una crisis galopante en toda su médula, con una pléyade de “salvadores” que ofrecen el oro y el moro. ¿Izquierdas o derechas? Eso parece no existir. Solo ambición y afán desmedido por el poder. Por eso, el peligro del socialismo del siglo XXI sigue latente en la región.

Nota: buena parte de este artículo fue tomada del libro “El Discurso de un Caudillo Neopopulista”, de Ugo Stornaiolo P. (en proceso de publicación).

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